jueves, 29 de julio de 2010

Encuentros con apóstatas (III).

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No creo en la desesperanza, porque tampoco creo en la esperanza. Nunca me ha parecido realmente una virtud, como suelen clasificarla. No creo que pueda tenerse ni que, por lo tanto, pueda dejar de tenerse.
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Me molesta entonces toda ese gente que habla de la esperanza en algo, como si tuviesen la certeza de ese algo. No veo valor en eso, no aprecio en ello virtud alguna.

Me gusta más la desesperación, me atrae la idea que contiene, la fuerza asociada a este término, la idea de enfermedad a la que la asociaba Kierkegaard. La muerte, en definitiva, que viene a calmarla y a la vez la origina.

No me refiero aquí al desesperar por algo, o de algo. Yo hablo de la desesperación como una sensación cuyo origen está justamente en la falta de certezas, en la incertidumbre de ser uno mismo.

Y es que tal como planteara Kierkegaard en su Tratado de la desesperación, el querer deshacerse del yo, -algo así como el desesperar de sí mismo-, es la fórmula de toda desesperación. La ecuación que la explica.

Me acuerdo de esto al pensar en un chico que conocí hace unos días. Otro apóstata que viene ahora a reforzar la serie. Un chico al que le dicen "el uña", y que trabaja repartiendo pedidos en una calle del sector centro de Santiago.

Lo conozco de casualidad. Porque me quedo hablando con el dueño de un local que vende revistas y que va a irse del sector en poco tiempo. El local está vacío y estamos hablando. Entonces aparece el uña.

Es un chico alto, un poco encorvado. Usa una ropa café que no le queda muy bien. Lleva las manos pegadas al cuerpo y sólo las separa para entregarle al dueño de la tienda una cajetilla de cigarros. Se le ve la piel reseca, dura. Como si fuese una especie de reptil y estuviese cargando una piel muerta.

-¡Este es el uña! -me dice el dueño de la tienda como haciéndose el simpático-. Lo vamos a echar de menos también... ¿cierto uña?

Pero el uña no responde.

-Cuando llegamos fue el primero que nos vino a ayudar. Nos trae el almuerzo, algún cigarrito... está acá desde chico, me contaron.

El uña entonces, como previendo que van a hablar de él -así como una mamá empieza a contar cosas de su hijo frente a la polola que ha llevado a casa-, se sienta a un costado y toma una Condorito, como para evitar participar.

-Yo no sabía por qué le decían el uña, pero el tipo del kiosco me dijo que era porque no sentía nada. Ni dolor, ni se ríe, ni ninguna cosa. Una vez lo atropellaron acá y no hizo ni un gesto... ¿te acorday, uña?

Uña sigue hojeando la revista, pero no dice nada. No tiene cara triste ni expresión alguna en especial. Sólo pasa de una página a otra a tiempos regulares, como si estuviese haciendo el test de cooper y guardara aún sus energía.

-La cosa es que el hueón crece no más -dice el dueño-, como una uña. A veces hasta hay que decirle que se lave porque el hueón se pone un poco cochino... pero todos acá lo cuidan. La de la tienda de allá le pasa ropa, en la peluquería le cortan el pelo gratis, le compramos la comida... yo le ofrezco revistas, pero casi siempre las lee acá y no se las lleva...

El tipo me sigue contando alguna cosa más, pero yo me quedo atento mirando al uña. Siento que me recuerda a alguien, pero no recuerdo a quién. Quizá al ladrón de ceros del que les hablaba el otro día...

-¿Tiene cara de esperanzado, o no? -escucho que me pregunta el tipo de la tienda.

-¿Quién...?

-El uña, po...

Yo lo miro. El uña parece haber terminado la revista pues ya no tiene hojas que voltear. Se queda mirando la última hoja. No sé qué responderle al tipo de la tienda, pero por suerte él sigue hablando un poco más hasta que se escucha que llaman al uña desde fuera, desde otro local...

El uña deja la revista donde estaba y se va del lugar sin hacer ni un gesto de despedida ni nada. Simplemente sale por la puerta, encorvado, con el mismo ritmo que le he visto en todo momento.

Al final el dueño del lugar me vuelve a hablar.

-Está cagao el hueón... -me dice-, no entiende na´. Lo de esperanzado te lo decía hueveando no más a todo esto, si ese hueón no tiene cara de na´... cara de uña quizá, o de desesperanzado en todo caso...

Por la ventana veo al uña que entra a un local y que sale luego en otra dirección.

-A mí no me acepta plata ni revistas. -sigue el de la tienda-. Pero a veces le paso plata a don René, el de las empanadas, y él se la entrega al uña, o le da algo de comida con eso. Igual es raro el hueón. Una vez me reclamaron de que a unas Condorito le faltaban algunos Plop...

-¿Cómo?...

-Que le faltaban los "Plop", la cuestión que ponen al final, como pa´ que uno se ría, para mostrar que terminó el chiste... Yo revisé y vi que le faltaban a varias y que eran justo las que saca este hueón. Pero no le dije nada eso sí, total de esas tengo como diez cajas allá atrás y no las voy a vender nunca.

No recuerdo mucho de qué hablamos después. Lo dejé que me contara de su nuevo local mientras yo intentaba sin mucho éxito ponerle fin a la visita. Al final el tipo me invita unas cervezas para cuando cierre, pero me voy a dar una vuelta y no regreso.

Entonces me quedo pensando en el uña. En la esperanza y desesperanza en que no creo y que, de todas formas, no tenían relación alguna con lo que era aquel chico. Ese chico estaba desesperado... no de algo o por algo, como decía en un inicio. Este chico tenía la desesperación esa de que hablaba Kierkegaard aunque también, de la misma forma que la tenía, la había, de cierta forma, superado. Y es que era un ejemplo claro de eso que planteaba el filósofo danés respecto al querer deshacerse de uno mismo -deshacerse por querer al mismo tiempo ser en verdad uno mismo, por aspirar a un yo distinto al que se es, distinto al yo que ya se tiene-.

Con esto no digo, sin embargo, que el uña estuviese aspirando a ese algo, de hecho, lo identifico un paso más allá, luego de haber deshechado de alguna forma ese yo, como si hubiese dejado incluso de creer en su propia desesperación... como si todo quedase en parte inconcluso, pero a la vez ya estuviese terminado (como los chistes de Condorito sin el Plop) o como un contrasentimiento que pasa a ocupar y establecerse como el todo posible de nuestras emociones.

No tengo a mano el libro de Kierkegaard, -para citar correctamente-, pero recuerdo que en el capítulo tres del primer libro del Tratado de la desesperación, -lo recuerdo porque fue un capítulo que volví a leer y marqué en varias ocasiones-, éste decía que Sócrates intentaba demostrar la inmortalidad del alma por la importancia y la capacidad de la "enfermedad del alma" -como le gustaba al filósofo nombrar al pecado- para destruir, de la misma forma como hace la enfermedad con el cuerpo. Luego, a partir de esa imagen, Kierkegaard señalaba que otra forma de demostrar la inmortalidad del hombre era a partir de la impotencia de la desesperación, por esa terrible contradicción de la desesperación.

Y es que sin eternidad en nosotros mismos, plantea Kierkegaard, no podríamos desesperar; pero si pudiera destruir al yo, entonces tampoco habría desesperación.

Pues bien, tras ver al uña siento que Kierkegaard de cierta forma se equivoca. No se trata de que no existiría una desesperación, sino que comenzaría a existir una desesperación distinta, innombrada todavía: la desesperación del no ser, del dejar de ser, del renunciado. La desesperación del contrasentimiento. La desesperación del apóstata total. O como queramos llamarle.

Pienso entonces en las razones que llevaron al uña a arrancar los "plop" de aquellas revistas, pero no me centro en la razón que tuvo él (desde él) para arrancarlas... más importante me parece entender por qué dejó esas revistas sin el "plop", qué quería mostrar con esto.

Y es que más allá de ser una manifestación directa de esa nueva desesperación, la acción de este chico, -y su vida misma, de hecho-, parecen haber quedado en suspenso, justo al borde de dos abismos hacia los cuales es imposible caer cuando se es un apóstata.

Porque hasta para caer se necesita creer en los abismos -y en un yo que pueda caer por ellos, ciertamente-.

Y sí, elijo al uña como mi tercer apóstata.

Al uña, como un reptil a punto de cambiar su piel y que de pronto decide no cambiarla. Y hasta decide, además, dejar de tener algo debajo.

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