martes, 22 de agosto de 2017

Como un tesoro.


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Martina tiene un cuaderno para autógrafos. Se lo trajo una tía que vive en Nueva York y que las visitó hace un par de meses. Desde ese entonces es que Martina tiene un cuaderno para autógrafos. Pero el cuaderno está vacío.

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La tía de Nueva York le dijo a Martina que los autógrafos son las firmas de gente importante. Actores famosos, deportistas destacados o gente de televisión. Martina desde entonces ha comenzado a investigar que gente podría firmar su cuaderno y ha memorizado sus caras. Cuando sale con su mamá anda siempre con el cuaderno para ver si encuentra a alguno.

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Con su mamá, Martina sale varios días por semana. Casi siempre es a comprar, luego de salir de la escuela. Su mamá la retira y casi siempre pasan al supermercado que está en la calle grande. Martina busca famosos entre la gente, pero no encuentra ninguno. Siempre anda con su cuaderno en la mochila. El hombre que pesa las frutas se parece mucho a un actor de la tele, pero su mamá le dijo que no era. Por eso el cuaderno sigue en blanco.

El tío Carlos que además es su vecino tiene medallas en su casa. Marina investigó y es porque de joven corría su universidad.  Tiene dos medallas de bronce y una de plata y un trofeo pequeñito. Por un tiempo Martina pensó en pedirle a él un autógrafo pero desde que lo vio besarse a escondidas con su mamá ya no quiere hacerlo.

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Un domingo en la noche Martina se pone a llorar. Entonces le explica a su madre que los famosos no existen. O se esconde o no existen. Y llora por eso y porque su cuaderno sigue nuevo. Tiene 184 espacios para firmas, pero sigue en blanco. Además llora porque nadie que conozca es lo suficientemente importante y tiene miedo de nunca conocer a nadie así. De envejecer y nunca conocer a nadie así. De morirse como la abuelita Luisa y nunca conocer a nadie así.

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Para el cumpleaños de su mamá Martina le preparó un tarjeta y le hizo un dibujo y le preparó un desayuno. El té estaba frío y botó mermelada pero su mamá no se enojó. Entonces su mamá le prometió que irían pronto a un barrio a buscar famosos y la abrazó muy fuerte. Entonces Martina se sintió más grande, como si ella hubiese sido la del año más, y le dijo a su mama que eso no importaba. Y se alegró incluso porque sintió que era verdad. En su corazón sintió que era verdad. Por eso, sacó el lápiz que venía con el cuaderno y le pidió a su mamá que lo firmara. Luego, al lado, ella misma hizo una firma que quedó chistosa. Finalmente, guardó el cuaderno en un lugar secreto, como un tesoro.

lunes, 21 de agosto de 2017

Apuntes.


El hombre que está vivo no tiene movimiento natural. No al menos según los conceptos de Aristóteles. Y es que según él, los elementos tienen un lugar natural en el cosmos, un lugar que les es propio y hacia el cual se desplazan (ya que tienen tendencia hacia él).

En este sentido el hombre que está vivo se manifestaría a partir de movimientos violentos, es decir, movimientos cuya dirección y trayectoria es contraria al movimiento natural. A modo de ejemplos para este tipo de movimientos, Aristóteles señala el lanzar una piedra hacia lo alto o sacar agua de un pozo, entre otros.

Siguiendo esta idea, el hombre que está vivo estaría no solo contrariando el movimiento natural, sino que además estaría desafiando al cosmos mismo, pues sus movimientos de vida, serían manifestaciones contra la tendencia que al cosmos le es propia (que cada elemento acceda a su lugar natural).

¿Qué debiera hacer el hombre que está vivo entonces, para acceder a su lugar natural en el cosmos? La respuesta es sencilla -aunque triste, dirán algunos-: El hombre que está vivo debería dejar de estar vivo. 

Y es que el lugar que le es propio al hombre –como conjunto vivo, más allá de los elementos que lo componen-, es sin duda su tumba, es decir, un lugar único en el cual el hombre que está vivo se transforme únicamente en un ente cuyo modo de existencia sea la renuncia al movimiento violento y, desde ahí, sea capaz de encontrar su lugar natural en el cosmos.

Solo el hombre que muere -escribo entonces-, tiene un movimiento natural.

domingo, 20 de agosto de 2017

Causas.


-¿Supiste?

-¿Qué?

-Se llevaron preso al abuelo de Laura por salir a andar en pelota por la calle.

-¿Qué calle?

-Da lo mismo… la calle donde vivía, supongo… ahora Laura está juntando firmas.

-¿Firmas para qué?

-No sé bien… creo que para demandar a los que se llevaron a su abuelo… Laura dice que lo golpearon cuando lo llevaron detenido…

-¿Firmaste tú?

-Sí. Obvio. Además la otra idea de Laura era más compleja.

-¿Cuál era la otra idea?

-Hacer un grupo grande y que fuéramos a protestar en pelota afuera de la comisaría…

-…

-…

-¿Todavía está detenido el abuelo?

-No. Ya lo soltaron. Pero creo que tuvo que pasar la noche ahí, encerrado… o eso al menos decía Laura.

-¿Y Laura va a protestar en pelota, al final?

-Sí, yo creo… ayer estaba buscando gente para eso, al menos…

-¿Laura es la crespa que tiene buenas tetas, cierto…?

-Sí, esa misma, la que vive en la esquina.

-¿Al lado de la botillería?

-Sí. Esa misma.

-…

-…

-Pues podríamos ir a ver la protesta, si tenemos tiempo.

-¿A verla?

-Sí… ya sabes… a grabarla para difundirla…

-Pues no sé… además yo quedé de acuerdo con Laura en que no iría…

-Pero ahora vamos, ¿cuál es el problema?

-Es que le dije a Laura que en ese rato yo podía quedarme cuidando al abuelo.

-¿Qué abuelo…?

(Etc.)

sábado, 19 de agosto de 2017

¿Por qué rezamos en la oscuridad?

“No hay nada que pueda en la oscuridad
convertirse en verdadero”.
A. B.

I.
Acostumbramos rezar en la oscuridad. No sé por qué. Tal vez sea por el miedo. Si fuese así, por cierto, rezar no sería tan bueno. Rezar a oscuras, me refiero. Rezar para combatir el miedo. Un error tras otro, entonces. En la oscuridad.

II.
El miedo llega desde fuera. No surge desde dentro, como algunos creen. Tal vez por eso buscamos cerrarnos en nosotros mismos cuando llega el miedo. Refugiarnos en nosotros mismos, digamos. Bajo las sábanas, por ejemplo. Contraídos. Ocultos incluso, bajo la piel.

III.
El miedo viene desde fuera, decía. Pero el mal no sé. En el mejor de los casos el mal llega desde dentro y desde fuera. Entonces, el mal que viene desde fuera viene hacia el mal que está en nosotros como a visitar a un hijo. Viene por algo que en el fondo es suyo.

IV.
El miedo es estar abierto al mal. Por eso es bueno tener miedo. Me refiero a que te abres y llega el mal y saca –a veces- el mal que tenías dentro. O en el peor de los casos lo visita y luego se va. En esta última opción al menos no quedas peor que antes. Por eso es malo evitar tener miedo.

V.
Cuando el mal que tenías es llevado fuera queda un vacío. Posteriormente ese vacío es llenado por la estupidez. Entonces intentamos evitar el miedo con eso. Con algo más estúpido que el mal. La estupidez es entonces ese palo con el que trancas la puerta para que no llegue el miedo. Para que no te abras al mal, digamos. Por eso rezamos en la oscuridad.

VI.
Reemplazamos el mal con la estupidez. Y tememos, entonces, al daño proveniente del sitio equivocado. Esa es, en gran parte, la historia del hombre. Nadie debiese, sin embargo, culparse por todo aquello.

viernes, 18 de agosto de 2017

Imágenes (III).


I.

Encuentra las fotos en medio de libros viejos. Sin apuntes, sin explicaciones, sin comentario alguno. En este sentido, todo va constituyendo una sorpresa hasta que comienza –poco a poco-, a distinguir algún rostro, o algún lugar. Dentro de los rostros está el de su familia, como era de esperarse, aunque hay muchas otras personas, aparentemente cercanas según se infiere de las imágenes, de los que no parece tener mayor noción.


II.

Según sus cálculos, las imágenes deben tener entre quince y veinte años. En una de ellas, hay un niño pequeño junto a la imagen de una virgen. Ese niño, según estima, debiese ser él. No reconoce el lugar, pero sí los rasgos del niño. También reconoce la actitud de rebeldía que lo caracterizaba en ese entonces. El niño parece mirar e suelo y sin duda está algo molesto. La mayoría de las fotos está entre las páginas de una enciclopedia vieja y en una colección de literatura nacional que nunca antes se detuvo a revisar.


III.

Separó las fotos y las agrupó a partir de su contenido. En un montón dejó las que solo contienen lugares, sin presencia de individuos. En un segundo grupo dejó aquellas en que aparecen personas que distingue con facilidad. Sus padres. Un tío. Él mismo. Sus abuelos. En un último grupo dejó aquellas en que aparecen personas que no reconoce y de los que no tiene noción alguna. De cierta forma, sin embargo, tiene la certeza que todas esas personas están muertas, hoy en día. Antes de dormirse, piensa que también él puede estar presentes en las fotos de algún otro que no lo reconozca. Tal vez, por eso, finalmente, solo termina conservando las fotos de lugares o hasta de objetos, que deja en un sobre, sobre su velador.

jueves, 17 de agosto de 2017

Verdad.


Iba en el mismo colegio, en un curso mayor. En ese entonces teníamos un recreo largo, a la hora de almuerzo, momento en el cual él se ubicaba tras una mesa, fuera de una sala y atendía de uno en uno a quien quisiera preguntarle algo y tuviese el dinero que nos cobraba por su servicio.

Dicho de manera breve, su servicio consistía en decirnos si era verdad o mentira cualquier situación que llevásemos ante él. De hecho, esas eran sus únicas palabras al momento de atendernos. Verdad. Mentira.

No se trataba de preguntas, en todo caso –si le preguntabas algo él no te respondía y perdías la consulta-, sino que le contabas una historia, con un tono afirmativo, y él simplemente te miraba y decía la palabra. Ningún detalle ni explicación, solo la palabra.

Como yo no creía en el asunto, gasté mucho dinero comprobándolo.

-Hoy de camino al colegio vi a un perro que atacaba a un conejo.

-Verdad.

-Tengo en mi bolsillo derecho las llaves de mi casa.

-Mentira.

-Tengo una media hermana que vive en Valdivia.

-Verdad.

-Voy a hacer dos goles en el partido de la tarde.

-Mentira.

Así, poco a poco este tipo fue quedándose con el dinero mío y de otros que no podíamos comprender cómo siempre adivinaba. Y es que no solo se trataba de cosas pasadas sino que tenía que ver con situaciones del porvenir.

Una vez un compañero, dispuesto a todo por demostrar que se equivocaba fue hasta él con la intención de contradecirlo:

-Te voy a golpear luego que digas la palabra.

-Mentira.

Y extrañamente, mi compañero no lo golpeaba y no podía explicar bien por qué, aunque ese hubiese sido el plan inicial.

A veces el asunto se ponía oscuro, y una que otra vez –por ejemplo cuando le preguntaban sobre Dios-, el chico aquel nos devolvía el dinero sin decir nada.

-Voy a morir después de los treinta años.

-Mentira.

-Mi mamá va a salir bien de su operación.

-Mentira.

-Dios existe.

-(Silencio).

Recuerdo que aquello solo se detuvo cuando un inspector nos prohibió aquello sin tomárselo muy en serio, pensando que se trataba de apuestas y suspendiendo un par de días al alumno que adivinaba, tratándolo como a un estafador.

Luego de eso, el chico se negó a contestarnos nada y hasta nosotros lo tratamos como si nos hubiese engañado, todo el tiempo.

Hace unos días, por cierto, cerca de mi trabajo, he vuelto a ver a aquel chico.

Pero esa es otra historia.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Sueño.


Sueño que negocio la posesión de algunas cosas. Me refiero a que alguien ofrece algunas de sus cosas por otras que son mías. Cada cierto tiempo tengo de esos sueños. En ellos, los productos negociados cambian, pero la situación viene a ser prácticamente la misma. Dicha situación es extraña, además, pues no quiero desprenderme de mis cosas. En este sentido, siempre es otro quien viene a ofrecerme algunos cambios. Por otro lado, se generan sensaciones incómodas pues en el fondo las cosas que quieren cambiarme son cosas sin mucho valor. Incluso cosas inútiles, derechamente. Es decir, en esos sueños, ofrecen cambiarme cosas inútiles por otras cosas inútiles. Por ejemplo, pueden querer cambiarme un feo cenicero que se encuentra guardado hace años o hasta la tapa de una olla que extravié en un cambio de casa. Sin embargo, en el sueño no tengo intención alguna de desprenderme de esos objetos. Entonces, escucho las ofertas que ese otro me hace y algo en mí se aferra a las cosas desestimando cada una de ellas. Por ejemplo, recuerdo que en el último sueño me ofrecían una serie de libros de psicología en japonés por un par de fotos viejas que no me interesa volver a ver y que ni yo mismo sé dónde se encuentran. Y claro, como en cada una de las negociaciones termino negando la transacción, aunque sintiéndome culpable, en parte, por lo absurdo de mi decisión. Quizá por eso, ya despierto, intento darle vueltas a esos sueños y ver qué es lo que defiendo, en el fondo, al negarme a cambiar esas poco importantes pertenencias. Al respecto, mi conclusión es clara y no muy compleja: En el fondo, negocio posibilidades de mí.  Posibilidades de ser yo mismo y no ser otro, me refiero. En este sentido, cada cosa que defiendo viene a ser no solo una posesión, sino una posibilidad almacenada en algún sitio. Una posibilidad de interactuar con algo que me es propio. De incluirlo en mi trayectoria, digamos. Tal vez otro día lo explique en detalle, pero por ahora me entiendo. Además no creo que a nadie más, en el fondo, le interese.

martes, 15 de agosto de 2017

Tres muertes.


Mi abuela contaba que tuvo una hermana que murió tres veces. Sin metáforas ni símbolos. Tres veces al menos en que la lloraron y enterraron y luego ella volvía a casa como si nada. Era mayor que mi abuela por unos años y era una más de doce hermanos. Todos se habían criado en el campo, cerca de Temuco, pero su hermana era la única que había muerto y regresado, sin mayores explicaciones. La primera vez que murió la pisó un caballo. Le partió la cabeza y murió poco después que un doctor logró llegar hasta la casa. Mi abuela recuerda que la metieron en un ataúd chico, que hizo su padre con las tablas de unos cajones, y que lo pintaron de color crema. Esa vez volvió luego de unos meses. Con la cabeza intacta y sin nada que contar. No le dijeron nada a nadie y la inscribieron otra vez con el mismo nombre, en los registros, dando a entender que era una prima venida de lejos. Mi abuela compartía cama con ella y dice que nunca notó nada extraño, salvo que tenía la voz muy aguda. La segunda vez fue unos pocos años después. Murió de una peste en la que también falleció uno de sus hermanos. La muerta era ya adolescente por lo que la enterraron en un cajón más grande y con flores amarillas, como se acostumbraba. Hubo que envolverla además en varias mantas por el tema de la peste, al igual que a su hermano. Esa vez los enterraron en el patio de la iglesia, pues habían dispuesto un lugar especial debido a las muchas muertes que se produjeron en esa época. Luego de unos años, sin embargo, su hermana volvió a la casa. Ya era una joven, pero su rostro y su voz seguía siendo el mismo. Esa vez, según contaba mi abuela, no la recibieron muy bien, y trataron principalmente de esconderla. Luego de unos meses, tras volver del campo, la madre de mi abuela la encontró acostada con su esposo, quién se había emborrachado. De vez en cuando pasaba eso de acostarse padre e hija, contaba mi abuela, como si nada. A partir de eso, sin embargo, la madre de mi abuela ideó un plan pues decía que a esa hija la había devuelto el demonio. De esta forma, una noche, fueron hasta la cama donde dormía y le dieron muerte, arrastrándola hasta el patio y cortándole la cabeza. Esa fue la tercera muerte, dice mi abuela. Luego de eso no volvió, más que en sueños. Mi abuela murió hace como quince años y poco tiempo antes de morir me contó esas y otras historias. Nunca dudé que fuesen ciertas.

lunes, 14 de agosto de 2017

Mancha.


Ella y él admiten que se engañaron.

Hace años.

Durante un viaje que hicieron a República Dominicana.

Ambos lo sospechaban, pero nunca lo habían admitido claramente.

Él la engañó con una vendedora de tabaco.

Ella lo engañó con un tipo que sacaba fotos en la playa.

Fue la misma noche en medio de un tour que compraron por separado.

Ambos coordinaron quedarse esa noche en otro lugar y la habitación que compartían en el hotel quedó vacía.

Se volvieron a reunir por la mañana, al otro día.

Ninguno habló de lo sucedido.

Luego fueron a bucear y se sacaron también fotos con delfines.

La foto de ella estuvo enmarcada durante algunos meses, puesta en el dormitorio.

Ahora ella y él hablan del asunto mientras toman la tercera botella de vino.

No parece un asunto tan grave.

No hay al menos mucho daño, de por medio.

Los niños están grandes y ellos siguen juntos.

Incluso, mientras hablan, ambos cuentan algunos detalles.

Él, por ejemplo, cuenta que a ella le gustaba gritar, mientras lo hacían.

Ella, en tanto, cuenta que el hombre apenas la dejó dormir, en esa ocasión.

Ambos ríen, finalmente, cuando confiesan que a los dos les pidieron dinero, en la mañana.

Para el taxi, pidió el hombre.

Para el peluquero, pidió la mujer.

Eso hablan cuando vuelcan, de improviso, una cuarta botella de vino –recién abierta-, sobre la alfombra.

Igual ya está vieja, piensan ambos, mientras observan la mancha.

No vale la pena, incluso, esforzarse por limpiarla.

domingo, 13 de agosto de 2017

Compartir el baño.

“Están aquellos que se bañan y aquellos que son limpios”
R. W. F.

Ella se ducha dos veces al día. Al despertar y al acostarse. Está largo tiempo en el baño por lo que él suele dormir –o dormitar al menos-, mientras ella lo ocupa. Además, él no se baña en las mañanas. Por lo mismo, calcula levantarse en el momento preciso en que ella sale del lugar y solo entonces entra al baño por algunos minutos. En la mañana él se lava los dientes y se rasura. Luego ambos salen juntos al trabajo. Por las noches él se ducha y suele mirarse largo rato en el espejo, mientras ella se mete en la cama. A veces, cuando él se demora mucho, en la noche, ella ya se ha dormido. Es casi como un acuerdo. Cuando él se demora más pareciera emitir una señal para que ella duerma. Posteriormente él sale, se prepara un café y se queda leyendo un par de horas. La ducha le sirve para renovar energía luego de dormitar mientras ella se ducha. Mientras lee, igualmente, ella duerme. Por lo mismo, parece lógico que ella se despierte antes y ocupe primero el baño, mientras él dormita. Ella suele estar una hora en el baño, cada mañana. Él, desde la cama, escucha correr el agua cerca de diez minutos y luego escucha el secador de pelo. Tras esto, ella está media hora en el baño y luego sale –todavía envuelta en la toalla-, para que él entre. Él no sabe qué hace ella en esa media hora. Tampoco se lo ha preguntado. Es posible que en unos años compren un departamento más grande, con un baño extra. Tal vez incluso, si tiene más cuartos, dejen de compartir dormitorio. Deben hablarlo, en todo caso, para no ofender al otro. Es solo cuestión de comodidad, no de afecto, dirá él. Ella también dirá lo mismo. Ambos pensarán que son sinceros. 

sábado, 12 de agosto de 2017

No robar, sino esconder.

"-Ya sabes -nos dijo-, 
piensen en el grano de mostaza"

No robar sino esconder. Otra técnica a tener en cuenta. No robar de inmediato, me refiero. La idea en el fondo es sencilla y no muy novedosa. De hecho, de vez en cuando sale en algún relato o película de esas en que hay que ir descubriendo cómo se ha realizado cierto robo. Y claro, todos los que intentan descubrirlo fallan porque, en primer lugar, el robo ni siquiera se ha hecho. Por ejemplo, puede ocurrir de la siguiente forma: la investigación de un gran robo en una exhibición de joyas. En ese caso, la policía y los investigadores llegan hasta el lugar porque han desaparecido los elementos de valor sin que sonaran las alarmas más sofisticadas. Así, tras comenzar a aventurar hipótesis y sospechosos, se termina por desconectar las alarmas y descuidar el lugar, momento en que se revela que el robo no se había realizado sino que las joyas estaban a pocos centímetros de su exhibición original, en espera de este nuevo momento, para -ahora sí-, ser robadas. Es decir: no robar sino esconder, como técnica. Y luego robar, cuando ya se ha dado todo por perdido. Una técnica que valiosa que bien podría utilizarse de otra forma y en circunstancias totalmente opuestas. Para dar algo por ejemplo. Para entregar algo a quien no quiere recibirlo. Moralejas, por ejemplo. Que parezca que el texto está vacío. Que no hay afecto en ningún sitio. Eso, digamos, es lo que he venido practicando. Pero claro, cuando menos lo esperan ha de llegar un abrazo. Una mirada. O una voz que diga simplemente que nada ha cambiado. Que soy el mismo. Que esto siempre ha sido –aunque no lo parezca-, para ustedes. 

viernes, 11 de agosto de 2017

Un caballo de Troya dentro del caballo de Troya.


Según una versión surgida en Asia Menor, la idea del caballo de Troya se habría originado desde el interior del pueblo troyano.

Así, cansados de la guerra y el asedio, una pareja de hermanos que habitaban en la ciudad de Troya, habrían ideado un plan para sugerir a Ulises, a través del sueño, la idea del caballo de madera.

De esta forma, con la ayuda de un dios de la región, estos hermanos habrían entregado a Ulises la figura de un pequeño caballo de madera, escondiendo en él una dosis de un somnífero profundo.

Ulises, tras haber recibido el regalo y pensando que había sido atacado por un veneno que por cuestión de fortuna no alcanzó a matarlo, decide usar ese mismo engaño –a gran escala-, para provocar la derrota definitiva del pueblo de Troya. Todo esto sin saber, por supuesto, que estaba siguiendo la idea de sus propios enemigos.

Tras esto, se nos dice que Ulises habría escondido dentro del gran caballo de madera la pequeña figura del caballo que los hermanos troyanos le habían obsequiado.

Es decir, el verdadero caballo de Troya estaba realmente escondido dentro del gran caballo de Troya.

“De este modo opera realmente el verdadero ingenio”, se dice al respecto en la versión que se acaba de mencionar, prácticamente a modo de sentencia.

jueves, 10 de agosto de 2017

Cambio una ventana grande por dos pequeñas (Canción)


Cambio una ventana grande por dos pequeñas.

No me importa si centímetro a centímetro se pierde un poco.

Después de todo, no las quiero para usarlas como puerta.

Tampoco las quiero para olvidar alguna situación.


Quiero dos ventanas más bien para lo mismo que querría una.

Pero dos veces para eso.

Ventanas para que el aire entre a mi casa cuando quiera.

Pero también para que nos abandone el aire, si olvidamos que vivir es más que respirar.


Cambio una ventana grande por dos pequeñas.

No me fijo en detalles, ni distingo el material.

Si tienen uso hay más alegría que sensación de estafa.

Si los niños las dañaron, yo lo veo más bien, como señales de vida.


Cambio una ventana grande por dos pequeñas.

Igual como cambiaría nacer hombre, por nacer flor y nacer pan.

No distingo diferencias  entre aquello que está sobre la tierra.

Si Dios existe debe amar a cada cosa y ser, por el mero hecho de existir.


Quiero dos ventanas más bien para lo mismo que querría una.

Pero dos veces para eso.

Ventanas para que el aire entre a mi casa cuando quiera.

Pero también para que nos abandone el aire, si olvidamos que vivir es más que respirar. (x2)

miércoles, 9 de agosto de 2017

Hombres disfrazados de robot.


A veces veo televisión japonesa.

Sin saber japonés, por supuesto, y sin subtítulos.

Me ponen nervioso algunos programas, es cierto, pero las noticias al menos, no me dejan de parecer interesantes.

Hoy por ejemplo, luego de la sección de deportes, apareció un reportaje sobre hombres que trabajan de robot.

Disfrazados de robot, me refiero.

Por la forma en que se mostró supongo que denunciaba aquel hecho.

Los hombres, de hecho, bajaban la vista y parecían disculparse, cuando el periodista los interrogaba.

Al parecer, trabajaban para grandes empresas que querían simular tener tecnología avanzada, utilizando a estos hombres-robot en lugares de acceso, entregando algunos datos específicos o simplemente saludando a los transeúntes.

Todo con el fin –según entendí-, de competir de mejor forma con aquellos que tienen robots verdaderos como recepcionistas o derivados a otras pequeñas funciones comunicacionales.

Así, en las imágenes, se mostraba cómo distintas personas iban a fotografiarse al lado de esos supuestos robots, y cómo reaccionaron al descubrir que se trataba de un engaño.

Uno de los hombres disfrazadas, de hecho, recibió una fuerte bofetada de una mujer que minutos antes le había pedido algún dato, pensándolo robot.

Así, con esa imagen repetida en varias ocasiones, las noticias dieron paso al área internacional, donde al parecer hablaban del peligro de un conflicto entre USA, y algún otro país de la zona.

Todo esto según conjeturas, claro.

martes, 8 de agosto de 2017

Chocolate.


-Fui una vez a una fábrica de chocolate y todo me pareció una mierda –me dijo-. Era una fábrica grande, donde prácticamente no había contacto con el producto final y todo lo que veías eran máquinas, sacos con polvos y bidones con grasas que iban de un  lugar a otro… todo sin ninguna gracia…

-¿No había Umpa Lumpas?

-Ninguno –continuó-, eran como veinte trabajadores, la mitad de los cuales acarreaba cosas y los otros operaban unas máquinas… la mayoría vestidos con una especie de cotona que llegaba hasta el suelo… no recuerdo ni siquiera que alguno me haya saludado… solo parecían molestos con el trabajo…

-Casi toda la gente está molesta con su trabajo.

-Sí, puede ser… pero al menos yo esperaba algo distinto en ese lugar… era una fábrica de chocolate, después de todo… y yo había sido invitado por uno de los dueños…

-¿Te había salido un cupón dorado?

-No, hueón… -dijo algo molesto-. Pasó que querían que ayudara en una campaña publicitaria y creyeron que era una buena idea recorrer la fábrica… Creo que hasta estaban orgullosos de cómo funcionaba… ninguna máquina detenida, recuerdo que me decían… todo aquí funciona bien…

-¿Y al final hiciste la campaña?

-Sí, junto a un equipo eso sí… no salió tan mal, pero al final supongo que salí perdiendo… después de todo no volví a disfrutar el chocolate desde entonces…

-Lo lamento.

-Sí… igual no es tan grave… ¿tú nunca has ido a una fábrica de chocolate? –preguntó.

-No –le dije-. Pero soy profe.

lunes, 7 de agosto de 2017

Dos serpientes y unas monedas.


Un  hindú que amaestraba serpientes hacía un pequeño espectáculo en el centro de Santiago.

Era delgado, tenía un turbante en la cabeza y llevaba una pequeña flauta colgada a su cuello.

La gente le abrió espacio y pocos minutos después –sentado en posición de loto-, comenzó a tocar la flauta.

Poco después, salió desde un bolso que llevaba el hindú, dos serpientes que, absortas, se pusieron frente al hindú.

Una tenía la piel llena de tonos rojizos mientras que la otra poseía tonos verdosos.

El movimiento de las serpientes fue armónico mientras duró la música tocada por el hindú.

Luego, las serpientes e quedaron quietas por un instante hasta, sin previo aviso, atacaron a una paloma que se había acercado hasta ellas, de forma despreocupada.

El hombre no hizo nada por detenerlas y las serpientes dieron cuenta rápidamente del ave, antes de volver a meterse en el bolso del hindú.

La gente que observaba la situación, por cierto, no supo tampoco cómo reaccionar y simplemente se quedaron en sus lugares.

Finalmente, luego de un par de minutos, algunos se atrevieron a dejar unas monedas cerca del bolso.

Luego se fueron.

Como yo me quedé un poco más, pude observar que el hombre se fue del lugar sin recoger ninguna de las monedas.

Horas más tarde, cuando volví a pasar por el lugar, observé que las monedas todavía estaban en el suelo.

Pensé en recogerlas, pero terminé renunciando a aquello, pues sentí que nada demostraban.

Después de todo, cuando conté la historia, en el trabajo, todos me dijeron que la estaba inventando.

Yo me defendí diciéndoles que si la hubiera inventado yo, habría intentado darle un buen final o hasta dejar una moraleja.

Cosa que por supuesto no hice.

domingo, 6 de agosto de 2017

Balas de cañón.


Me cuentan que un bisabuelo holandés coleccionaba balas de cañón.

Un par de años después de llegar a Chile, mandó a que las trajeran.

Las enviaron en cajas de madera, que enviaban cada tres meses.

En cada oportunidad llegaba una caja con ocho balas dentro.

Creo que era mi bisabuela  y dos de sus hijos quienes iban a buscarlas.

Parte del trayecto lo hacían en carretas y luego simplemente cargaban la caja.

Cada bala, al parecer, tenía unas señas que indicaban su procedencia.

El abuelo podía entenderlas, pero nunca contó los detalles a nadie más.

Mandó a que sus hijos construyeran repisas y fue colocándolas las balas, en hileras.

Por el peso, las repisas tenían que ser construidas con gruesos tablones.

Ningún otro mueble de la casa estaba hecho de tan buenos materiales.

Dicen que llegó a tener cerca de seiscientas.

Dicen que un día que notó que estaban sucias golpeó a mi bisabuela.

Nadie da detalles, pero al parecer no se trataba de golpizas simples.

Y es que a veces ella perdía un hijo o en otras un par de dientes.

Esa vez, sin embargo, fue la última golpiza.

Días después encontraron su cuerpo en un pozo, cubierto con seiscientas balas de cañón.

Mi bisabuela volvió s casarse luego de un par de años.

Su nuevo esposo tenía una pierna de palo, pero no guardaba colección alguna.

Al parecer esto último fue lo que convenció a mi bisabuela.

Supongo que no habían, realmente, otras razones.

sábado, 5 de agosto de 2017

Treinta hombres para enterrar a un gigante.


I.

Se necesitan al menos treinta hombres para enterrar a un gigante.

Ni mujeres ni niños pues un gigante muerto es cosa que da lástima.

Treinta hombres de fuerza que no se detengan a pensar sobre el porqué de sus acciones.

Treinta hombres que no se detengan a sentir que ese gigante pudo ser el último.


II.

Yo mismo una vez ayudé a enterrar uno.

Luego de morir su cuerpo estuvo tibio por al menos doce días.

Limpiamos su piel, pero no quisimos cerrar sus ojos.

En ellos, al reflejarse el cielo, parecía estar menos vacío.


III.

Sobre el cuerpo de los gigantes se acostumbran plantar árboles.

Y es las raíces, según dicen, se nutren de aquel cuerpo.

Sin lápidas ni piedras deben estar sus tumbas.

Si una ciudad crece sobre ellas toda la ciudad será maldita.


IV.

Nadie sabe a ciencia cierta cuánto viven los gigantes.

También, por otro lado, desconocemos dónde viven.

Quien logra verlos vivos cree que ha visto a Dios o a uno de sus ángeles.

Quien los ha visto muertos sabe que el amor es real, pero pequeño y pasajero.


V.

A veces odio a Dios porque abandona a los gigantes.

Además llegará el día en que no habremos treinta hombres.

La fuerza perderemos y los perros comerán su carne.

Nos permitiremos llorar y todo habrá acabado.


VI.

Se necesitan al menos treinta hombres para enterrar a un gigante.

Nada de oraciones. Nada de llantos. Nada de palabras.

Olvidemos sus acciones y pensemos que el mundo se enriquece.

Sobre el corazón, en sus tumbas, brotan flores amarillas.

viernes, 4 de agosto de 2017

Ni canción ni trabalengua.

"Ni canción ni trabalengua,
pero ambas cosas quiero yo"
N. P.

La reina que reinó
no quería reinar;
quería reír y arruinar
al rey, al reino y a Dios.

Rabiosa rompía el reloj
tratando de no respirar
ardía con ira y rubor
arriba de un reino sin par.

Regalos del rey recibió
bufones la hicieron llorar
ni el oro a la reina ni el mar
lograron rotar su dolor.

El reino debiera rezar
dijo el rey asumiendo su rol,
el reino requiere algo más
que una reina sin paz ni razón.

Fue así que la reina arrancó
de harapos creó su disfraz
una  muerta en el trono dejó
y en un río se vino a arrojar.

El reino al verla lloró,
el rey la quería abrazar;
todo es ruina decía al cantar
el hombre que urdió su canción:

La reina que un día reinó
ocurrió que no quiso reinar;
todos dicen que quiso arruinar
al rey, a su reino y a Dios.

jueves, 3 de agosto de 2017

Once cajas, dispuestas en hileras.


Yo no alcancé ni a preguntar y ya ellos intentaban explicármelo. Sin grandes teorías. Sin necesidad de cuidadas demostraciones. Se trataba más bien de una serie de revelaciones que debían aclarar nuestras inquietudes. Como si estuviésemos contra el tiempo, me daba la impresión. O como si cada pregunta hablara mal de lo que ellos podían llegar a explicar, sin necesidad de ellas. Me refiero por ejemplo al asunto de las cajas. Aunque todo en el fondo vino a revelársenos de la misma forma. ¿Preguntamos por el porqué de esas once cajas cerradas y en hileras? Muy bien, nos dijeron. Ahí están cada una de esas cajas abiertas y ahora dispuestas de otra forma. No sé si logro expresarlo de buena forma. Pero en el fondo era posible que sintiésemos que más allá de una explicación lo que se nos entregaba era una forma de castigo para cada una de nuestras preguntas. ¿Un niño pregunta por qué es un animal? Pues entonces ustedes lo capturan y lo abren frente a dicho niño. ¿Una persona pregunta por el sentido de la vida o el centro de su significado? Y ustedes le entregan la muerte, sin  más, como experiencia reveladora. ¿Alguien pregunta sobre el amor? Ustedes se lo arrebatan y demuestran la inutilidad de preguntar por aquello de lo que carecemos. Es decir, no puedo sino sentir que ustedes fomentaban nuestra falta de preguntas. Nuestra aceptación silenciosa. Nuestro vivir en definitiva, con esas once cajas, dispuestas en hileras, sin efectuar pregunta alguna. ¿No creen acaso que se trata de un amedrentamiento injusto? ¿No pueden ustedes mismos acabar siendo víctimas de aquel procedimiento? Y es que yo no alcancé ni a preguntar, como les decía, y ya intentaban explicármelo. Esta es la autopsia del mundo, parecían decirme. Y solo desde ese punto, podemos ahora explicarle.

miércoles, 2 de agosto de 2017

A una hora de distancia.


Todos los miércoles.

Aproximadamente a una hora de distancia.

Alguien intenta sacar unas notas en algo,
que bien podría tratarse de un violín.

Sucede por las noches.

Una y otra vez, intenta
ese alguien.

No acierta, por supuesto.

No acierta con las notas, me refiero.

Eso es evidente.

Extrañamente, sin embargo,
el sonido no me es
desagradable.

Cansado, incluso,
en medio de la noche,
pero no me es
desagradable.

Entonces, además, otros ruidos.

Todos a una hora de distancia.

Pisadas pequeñas.

Intentos de vuelo, de un pájaro.

La respiración de alguien que observa.

Tal vez pueda, piensa alguien.

Con mi voz, él piensa.

No sé por qué yo lo escucho.

Como en un teléfono que se cruza,
lo escucho.

Todos los miércoles, extrañamente.

Solo los miércoles.

Aproximadamente –como decía-,  a una hora de distancia.

Casi como una conversación.

En medio de la noche.

Como en una línea que se cruza
donde mi voz está hablando con alguien
que no responde.

Eso es lo que percibo.

No sé, sin embargo, de qué trata.

Si soy yo, pienso entonces,
o si esa voz es la mía, más bien,
tal vez yo esté, realmente,
a una hora de distancia.

El sonido sigue, entonces,
mientras pienso.

Las pequeñas pisadas, por ejemplo.

Todo hasta que el silencio se instala
casi como una imagen.

Como una certeza, más bien
y una imagen.

El pájaro ese de la izquierda,
quiere decir mi voz,
ciertamente no va a volar.

No va a hacerlo, repite.

Pero todavía insiste

martes, 1 de agosto de 2017

Una noticia, antes de dormir.


Leo una noticia.

Antes de dormir leo una noticia.

Un importante magnate ruso muere y en su testamento dona la totalidad de su dinero, acciones y propiedades a distintas causas benéficas a lo largo y ancho del mundo.

Extrañamente –ya que las leyes rusas así lo permiten-, el magnate, quien además es viudo, no deja bienes económicos a su hijo (salvo los asociados a pagos de sus estudios secundarios), que es su único pariente directo.

En cambio, especifica en su testamento que su hijo debe permanecer en cierto internado hasta los 17 años –al morir el magnate su hijo tiene apenas siete-, dejándolo al cuidado de Los hermanos Karamazov.

Es decir, si bien acepta correcciones disciplinarias por parte de sus profesores tutores, el magnate se asura que el aprendizaje sea determinado por una serie de pruebas que obliga a su hijo al menos, a dar cuenta de su lectura.

Así –si bien la noticia no entrega detalles al respecto-, supone quizá el primer ejemplo real de alguien que deja a su hijo al cuidado de un libro.

Por otro lado, sin embargo, algunos abogados independientes han cuestionado las decisiones anteriores y han intentado retener parta de la herencia del magnate proponiéndose ellos mismos como albacea de los bienes.

Si bien no hay luces claras todavía respecto a lo que pueda ocurrir, dejo el resumen de la noticia como texto de hoy, mientras pienso que entregar un hijo al cuidado de Vonnegutt, no habría sido tampoco una idea tan descabellada.

Esto es hoy lo que quería contarles.

Buenas noches.

lunes, 31 de julio de 2017

Campanas que nada significan.


I.

Alguien hace sonar una campana cerca de la medianoche.

Apenas se escucha, sin embargo, desde el dormitorio,

En lo personal, nada me indica, por lo que su sonido es simplemente su sonido.

En otros tiempos me habría esmerado en buscar un significado, pero hoy son justamente otros tiempos.


II.

Los perros del sector apenas reacciones ante las campanas.

Unos ladridos tal vez, aunque también es c ierto que hay un perro que aúlla.

Es un perro blanco y pequeño, que nadie más sigue.

En otros tiempos me habría esmerado en buscar un significado, pero hoy son justamente otros tiempos.


III.

Siempre estoy despierto cuando suenan las campanas.

De una forma extraña, sin embargo, pues descubro que nunca estoy demasiado absorto en mis acciones.

De he ho, tras el sonido, nunca sé decir si lo que estaba haciendo tenía la importancia necesaria como para seguir haciéndolo.

En otros tiempos me habría esmerado en buscar un significado, pero hoy son justamente otros tiempos.


IV.

Hoy por ejemplo, cuando sonó, leía una historia de Diabolik donde un mago repetía siempre un conjuro.

Palabras que nada significaban y cuyo conjuro era simplemente un engaño para quienes las oían.

Diabolik lo descubre y decide no hacer nada por evitar aquel engaño.

En otros tiempos me habría esmerado en buscar un significado, pero hoy son justamente otros tiempos.

domingo, 30 de julio de 2017

Por no querer matar las moscas.


Él tuvo la culpa por no querer matar las moscas. Todos se lo dijeron. Se lo advertimos mil veces. Yo mismo fui hasta la cabaña y se lo plantee bien claro. Acá pasa algo raro, le dije. No es normal esa cantidad de moscas y que tú no hagas nada por librarte de ellas. Él escuchaba en todo caso, pero sonreía y no terminaba haciendo nada. No voy a matarlas, se limitó a decirme, como si me hablara de hijas enfermas. Yo tampoco insistí más. Pensé que era cosa de suciedad, pero no de muerte. Supongo que eso nos ocurrió siempre. Errar el diagnóstico, me refiero. Ya cuando se fue a la cabaña supimos que estaba mal, pero lo dejamos. También cuando abandonó la iglesia. Supongo que nosotros no queríamos un párroco y él se cansó de serlo. Era fácil serlo de esa forma. Aceptamos en silencio que aquello era innecesario. Que todo era un rito en el que ya nadie creía. Después de todo, ninguno volvió a la iglesia. Ni siquiera para robar algún objeto o para usar los bancos como leña. Nos turnábamos para llevarle alimentos, pero sabíamos que esto iba a pasar tarde o temprano. De hecho, creo que pasó más tarde de lo que esperábamos. Por eso las moscas, tal vez. Se fueron todas a la cabaña y él se negaba incluso a echarlas. Era extraño en todo caso pues yo mismo debo haberlo visitado varias y nunca entendí la razón de las moscas. Nada en descomposición. Ningún olor extraño. En el pueblo además no parecía haber ninguna. Todas estaban allá, al parecer. Lo siguieron cuando se fue mientras nosotros nos quedamos. Luego pasó lo que tenía que pasar, nada más. Lo que todos sabíamos que ocurriría. Siempre ocurre lo mismo, entre nosotros. Ahora mismo por ejemplo, debemos votar pero la decisión ya está tomada. Tapiaremos la cabaña y luego uno de nosotros irá a escondidas y le prenderá fuego. Tal vez iremos cada uno de nosotros, en la noche. Eso puede cambiar, pero la decisión está tomada. Si alguien oye un grito todos sabremos que son las moscas. Yo creo que, con suerte, en un año más enviarán recién un nuevo párroco.

sábado, 29 de julio de 2017

Ejercicio 2723: La no objetividad.


Es confuso de explicar pero hoy leía sobre el caso de un hombre que había nacido con dos ojos derechos.

Del ojo izquierdo, en cambio, no se tenía noticia alguna.

Se decía en el texto que dicha situación provocaba en el hombre una alteración que iba mucho más allá de anomalías en su visión.

Esto, ya que el proceso de “configuración” de la realidad estaba dañado.

Lo que se planteaba en el texto era que las dimensiones habituales en que se  configura nuestra realidad estaban cambiadas, cuestión que iba mucho más allá de alteraciones de perspectiva.

Y es que el hombre en cuestión, si bien podía desenvolverse bastante bien en el espacio real, no podía describirlo de forma correcta ni mucho menos ejecutar dibujos o representaciones comprensibles de aquello que veía.

De hecho, se incluían en el texto algunas imágenes dibujadas por el hombre donde apenas podía distinguirse el objeto inicial que había intentado reproducir, careciendo además de separaciones entre unas cosas y otras, como si lo que viese fuese una sola masa de objetos… o una especie de continuo espacial.

De hecho, en este último punto, se mencionaba que otra alteración extraña que se daba en el hombre era su mal cálculo del tiempo, siendo incapaz de contar siguiendo espacios regulares entre cifras, o de esperar en un lugar cierta cantidad de minutos antes de realizar otra acción.

Por último, hacia el final del escrito, se mostraban fotografías del hombre con su familia. Se explica así que tenía tres hijos, de los cuáles recordaba todo salvo cuál era mayor o menor que otro.

De la mujer –que aparecía en las fotos con una expresión algo triste-, no se entregaba, en cambio, información alguna.

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