sábado, 31 de enero de 2015

4 versiones de hoy.


Igualito que en el día de la marmota viví la experiencia de comenzar el día en varias oportunidades.

Por otro lado, a diferencia de lo que sucedía en esa película, las acciones realizadas en cada uno de los días, eran distintas por completo.

Obviamente, fuera de este texto, tendré que aceptar que fue un sueño algo extraño.

Y claro, por razones de tiempo y de interés, haré una referencia breve a la acción o situación emblemática de cada una de las versiones de ese día, que me tocó vivir.


Versión 1:

Luego de un día normal voy a ver una obra de teatro. Dicha obra, tiene la particularidad de repetir todo el tiempo una única palabra. Un significante más bien. Me refiero a que los actores desarrollan sus situaciones y conversaciones repitiendo solo una palabra y cambiando su entonación. Los significados son múltiples, claro. Extrañamente, la obra se deja ver bien, y hasta me emociona profundamente, cerca del final. Como si todo adquiriese sentido a fuerza de repetición. Luego volvía a casa, simplemente. Escribía y me iba a acostar.


Versión 2:

Me despierto con la sorpresa que lo de la obra teatral había sido un sueño. Sin embargo, todo transcurre normal. Entonces escucho a un humorista contar algo que podría considerarse como un chiste muy fome:
¿Sabes cómo se consigue guardar la muñeca rusa más grande dentro de la muñeca rusa más pequeña? ¿No sabes…? Pues entonces no se puede.
Así, durante el día, contaba este supuesto chiste, sin encontrarle gracia alguna, pero todos quiénes lo escuchaban terminaban con ataque de risa.
Finalmente, antes de dormir, le encontraba la gracia.
Y escribía sobre él.


Versión 3:

Me levanto y todo transcurre normal. Normal hasta que tarde noche veo un grupo de tres tipos. Los observo con atención pues tienen una apariencia extraña. Uno de los tipos le entrega un paquete al que parece el jefe. Luego, el que parece el jefe, le dispara al tipo con una pistola con silenciador, en un café del barrio Manuel Montt. Nadie se percata y el muerto parece dormido. Entonces se produce una conversación entre los dos hombres que quedan:

-¿Lo mataste?

-Sí.

-Pero si te pagó la deuda.

-Lo sé

-¿Y entonces?

-No me gusta el sencillo.

-Pero te entregó un fajo de billetes, yo lo vi.

-Pero los billetes estaban arrugados.

-Pero valen lo mismo.

-No tienen el mismo precio, no el mismo valor

-No te entiendo

-Es obvio. Nunca entiendes nada


Luego de esta conversación los hombres acomodaban al muerto y se iban.

Yo también lo hacía, medio asustado, aunque anotaba la patente del auto al que subieron.

Por la noche le contaba la situación a un amigo.

Luego volvía a casa.

Escribía un texto sobre una taza de café.

Luego me dormía.


Versión 4.

En este día yo tenía consciencia clara de lo que venía ocurriendo.

Así, le contaba a alguien sobre esta situación.

Esta persona, me decía que el problema era mío y ponía una canción donde se hablaba de mi supuesto problema.

En la canción (cuyo ritmo y letra recuerdo a la perfección) un tipo cantaba alegremente:

Las chicas me dicen sé más simple.
Y yo lo intentaba una y otra vez.
Pero es tan difícil ser más simple.

Luego, el tipo me decía que a veces existía esa posibilidad. La de vivir un día como borrador y luego pasarlo en limpio. Pero claro, yo ya había abusado del asunto y además no corregía nunca nada.

Por lo mismo, la única posibilidad de comenzarlo nuevamente era ir borrando mis huellas, como las de un arma. O sea, retroceder cada uno de mis actos y disolverlos.

Entonces, yo intentaba realizarlo, pero finalmente me daba cuenta que no podía. Y claro, me quedaba finalmente en ese día.

Ese día es hoy.

Ahora escribo, un poco antes del final del día, para ver si hay cambio.


Si esto queda escrito, quiere decir que algo comprendí, y que esto funcionó.

viernes, 30 de enero de 2015

Se me cayó la billetera / À nous la liberté


“No trabajéis, no améis, no leáis, pensad en mí.
Yo he hallado la nueva risa que produce el dejar pasar”
F. P.


Hoy iba caminando y se me cayó la billetera.

Se me cayó porque no acostumbro llevar, y una de mis manos la arrojó por su cuenta.

Como hizo un ruido leve, me voltee y la vi en el suelo, un paso tras de mí, sobre la acera.

Entonces la miré y de cierta forma, sentí que no era mía, y seguí mis pasos.

Avancé unos metros.

El corazón latió fuerte y me alegré, como cuando descubrí de casualidad la película esa de Clair, el otro día.

Dudé al doblar la esquina, lo reconozco, pero entonces recordé un juego que hacía de pequeño.

El juego consistía en dejar algo valioso, olvidado en la calle, y luego dar rápidamente una vuelta a la manzana, hasta volver al lugar.

Así, como perdías de vista aquello que dejabas al ir por la otra calle, te invadía cierta sensación de libertad, y hasta alegría, independientemente si volvías a encontrar o no, aquello que dejabas.

Quiero resaltar aquí que no era el miedo a perderlo, el sentimiento o sensación que predominaba.

Créanme que era alegría.

Libertad y alegría, en una sola sensación.

Pues bien, algo muy similar a aquello fue lo que sentí hoy al dejar ahí la billetera.

Alegría y libertad, en una sola sensación.

Reconozco que en unas semanas tendré que ocuparme del asunto del carnet y de otros detalles, pero ya veremos qué ocurre.

Si alguien me invita una cerveza negra heladita –para el calor, pues no quiero emborracharme-, completaríamos ya el día perfecto.

Y yo le regalo la película de Clair.


jueves, 29 de enero de 2015

Ese tipo es Dostoievski.



-Mira… ¿ves ese tipo que está allá, en ese banco?

-¿Ese…?

-No… no es ese.

-¿Y entonces?

-Pues mira bien… Dos más allá…

-Ya… Ya lo vi… ¿qué pasa con él?

-¿No lo reconoces?

-No, hueón… ¿qué pasa con él?

-Pasa que ese tipo es Dostoievski.

-¿Qué Dostoievski?

-Dostoievski po, hueón… el escritor…

-No digay hueás…

-¿Por qué…?

-Porque Dostoievski está muerto po, hueón…

-No puede ser.

-Claro que puede ser.

-Pero si se está moviendo…

-Hueón… Dostoievski era del siglo XIX… Para de decir hueás…

-¿Y cómo te explicay entonces que esté muerto y esté ahí…?

-No tengo por qué explicar esa hueá…

-No podís explicarla, hueón… reconócelo…

-No tengo que explicarla porque ese tipo no es Dostoievski…

-¿Qué tipo?

-¡El tipo po, hueón…! El que me indicaste…

-Pero es que acuérdate que primero te confundiste…

-Pero después me aclaré po, hueón… mejor para la hueá… ya no tiene gracia…

-Si estoy hablando en serio, hueón… a ver… ¿cuál decís tú que no es Dostoievski?

-Ese po, hueón…

-¿Ese?

-No po, hueón… dos más allá… ¿me estay hueveando?

-No hueón… ¿ese decís tú?

-Sí.

-¿Ese no es Dostoievski…?

-¡Esa hueá te estoy diciendo po, hueón!

-O sea que ese no es, pero el otro…

-¡Ninguno es, culiao…! Dostoievski murió el siglo XIX… Entiende esa hueá…

-Ya, la entiendo… pero si murió el siglo XIX, ¿cómo me podís explicar que ahora, en pleno siglo XXI esté ahí?

-De nuevo la huea…

-Viste que tengo razón.

-No tenís ni una hueá de razón… tenís ganas de huevear no más, así que no te respondo más…

-No tengo ganas de huevear… te lo decía en serio… pa que aprovechís de ir por un autógrafo o algo así…

-…

-Sería bueno que te dijera una de esas frases, además… esas que se dicen a sí mismos sus personajes, en las novelas…

-Qué frases, hueón, si ni lo hay leído…

-¿A quién no he leído?

-A Dostoievski po, hueón…

-Viste, lo miraste a él cuando dijiste Dostoievski…

-No miré nada, hueón…

-Lo miraste, hueón… y además sí he leído a Dostoievski.

-¿Qué leíste?

-Unas novelas po…

-¿Cuáles? Viste que no hay leído.

-Leí El Idiota, Los demonios y una parte de Los hermanos Karamazov

-Al menos te sabís algunos nombres…

-Si de verdad los leí, hueón… bueno Los Karamazov no entero, pero…

-A ver, ¿hasta dónde lo leíste?

-Hasta justo antes de esa frase.

-¿Qué frase?

-Esa po, hueón, la típica… ¿No te hay dado cuenta?

-¿De qué?

-Que Dostoievski siempre mete una frase específica…

.,,,

-¿De verdad no te hay dado cuenta?

-No, hueón… ¿qué frase?

-Una que desarma la vida de los personajes… Una frase que todos los otros encuentran hueona… así como ilógica, me refiero…

-Estay evadiendo el tema, hueón… Mejor confiesa que estay mintiendo…

-No, si es cierto… y siempre después de esa frase viene algo así como el desmoronamiento del hueón que la dice… acuérdate…

-…

-Yo creo que si esos personajes hubiesen defendido esa frase hueona, a lo mejor no se desmoronan… Aunque claro, ahí los libros habrían sido como más comedia, no más…

-Pero…

-¡Espera…! Mira: se paró Dostoievski… parece que se va a ir…

-Sí, y está mirando para acá… deja de mirarlo, mejor…

-¿A quién?

-A Dostievski po, hueón…

-¡Viste hueón… viste que era…!

-No es, hueón… pero deja de mirarlo…

-¡¡Eh…!! ¡¡Oiga…!!

-No le hablís, hueón, no vis que…

-¡¡Eh…!! ¡¡Dostoievski…!!

-Estay loco, hueón…

-¡¡Dostoievski…!!

-Cállate, hueón…

-Pero si hasta está saludando…

-Obvio, si le estay gritando…

-¡¡Que le vaya bien, Dostoievski…!!

-…

-¿Viste…? No me vay a negar que no se despidió…

-…

-Si hasta levantó la mano…

-Estay cagao, hueón… Cagao y loco.

-Ja, ja… puede ser… cagao y loco, pero no desmoronao…

-…

-No estoy desmoronao po, hueón… Ja, ja…

-Y esa hueá te hace reír…

-Es que eso basta po, hueón… Ja, ja…

-…

-Ja, ja, ja… Eso basta…

miércoles, 28 de enero de 2015

El agua va a hervir.



Ellos están en la cocina. Él en una mesa donde acostumbra tomar café, por las mañanas y ella lavando unos platos pequeños que quedaron del desayuno.

-¿Tú me trajiste este periódico? –dijo él.

-Sí. Lo acabo de entrar –dijo ella.

Él mira en detalle el periódico.

Ella se demora lavando los platos por segunda vez.

-Pues este periódico está demasiado viejo para ser de hoy.

-¿Qué dices…?

-Míralo tú misma… No ves que está amarillo…

-Lo veo, pero eso no dice nada…

-¿Nada…? Pues observa lo que pasa cuando giro las hojas… se quiebran, ¿no lo ves…?

Ella no responde y comienza a guardar lentamente los platos.

Pasa un minuto.

-¿Es miércoles, cierto?

-Sí. Miércoles.

-Pues la fecha está bien -dice él.

-Ya ves –dice ella.

Afuera se escucha un pájaro.

Pasa otro minuto.

-Con las noticias no hay cómo saber… -continúa él-. Son siempre las mismas…

-Sí… -dice ella.

-Tal vez puede ser el hoy, ¿no crees?

-¿Qué cosa?

-El que no pase.

-¿Cómo?

-Que tal vez sea el hoy y no el diario el que esté demasiado viejo.

-Puede ser –dice ella, mientras le echa agua a un hervidor.

 Él se queda inmóvil un momento y luego deja el diario sobre la mesa.

-No sé bien cómo decirlo… -sigue hablando él-. Me refiero a esta sensación…

-…

-Me refiero a que antes una sensación seguía a otra, y tarde o temprano llegaba una que podías reconocer, y la entendías…

-…

-Ahora en cambio es como si las sensaciones se amontonaran… como la ropa sucia…

-Acá nunca se ha amontonado la ropa sucia –interrumpe ella.

-Era un ejemplo, solamente –dice él.

-Un mal ejemplo –dice ella.

El hervidor comienza a sonar.

Ella se va hasta el costado, a esperar que el agua hierva.

Él la mira.

-¿Has pensado qué pasaría si esa agua no termina por hervir? –dice él.

-No –dice ella-. Además va a hervir.

-Pero piensa un rato que no lo hace… -dice él- ¿Qué pasaría si esperaras y esperaras, pero el agua nunca hierve…?

-Hablas demasiado –dice ella.

Ambos se quedan en silencio, un momento.

Solo se escucha sonar el agua, en el hervidor, aunque sin hervir todavía.

-¿No vas a decir nada? –dice él, luego de un rato.

-El agua va a hervir –dice ella. 

Él la observa.

-El agua va a hervir.

martes, 27 de enero de 2015

Un amigo emprendedor / La cuestión de las luciérnagas.



Un amigo emprendedor encargó decenas de miles de luciérnagas a China.

Al parecer había leído que eran el regalo típico para el día del amor, en algunos países de Asia.

Y claro, como el precio era mínimo y además tenía unos contactos que le permitían obtener los permisos sanitarios rápidamente, se embarcó en el proyecto.

El punto es que las luciérnagas llegaron y ya están almacenadas y como estoy viajando por la zona en que vive aprovecho de ir a visitarlo.

-Son feas las hueás –me dijo-. Si quieres te llevo a verlas, pero te vas a decepcionar. Yo creo que el negocio se va a ir a la mierda.

-Vamos a verlas –dije yo.

Fuimos.

La gran mayoría estaban almacenadas en unas especies de bodegas con temperaturas especiales, pues al parecer, no resisten mucho el calor.

Otras estaban en unas pequeñas piezas de vidrio, desde donde podían observarse sin problemas.

-¿Veís que son feas las hueás? –dijo entonces mi amigo.

-Vos soy más feo –le dije.

Él se afligió porque era cierto.

Una luciérnaga se rio.

-Más encima brillan poco… -continuó-. El otro día vinieron de un hotel para ver si compraban y las vimos de noche y las hueás apenas se veían…

-A lo mejor no estaba tan oscuro –dije yo.

-Esa misma hueá me dijo el hueón que me las vendió… O sea, dijo que brillan más si la oscuridad es más profunda…

-Entonces está bien, po…

-No po, hueón, está mal –señaló-. Si a la gente no le gusta la oscuridad profunda, como decía ese culiao… Todos se arrancan de esa hueá… No importa si hay luciérnagas al fondo…

-Hmm… -dije yo.

Entonces siguió hablando sobre ciertos planes y estrategias para vender las luciérnagas, a pesar de todo.

Yo, sin embargo, me quedé pegado en aquello sobre la oscuridad profunda.

Justo entonces, mi amigo se sobresaltó porque encontró una luciérnaga fuera de los vidrios.

-Por dónde se habrá arrancado esa hueá… -dijo, mientras inspeccionaba.

En tanto, la luciérnaga en cuestión se acercó hasta donde yo estaba y descendió lentamente hasta mi vaso de cerveza y se posó sobre la espuma.

Yo creo que hasta tomó un poco.

Me acerqué a mirarla.

-¡Qué miray, hueón sin brillo…! –me dijo entonces, con voz bajita.

Llegué a saltar de la impresión, pero mi amigo no estaba a la vista, para mostrarle el fenómeno.

-Esa es mi cerveza –atiné a decir, simplemente.

-Media hueá… -comentó.

Yo me quedé en silencio.

-Ya… si tomé poco un no más… ahora me voy… -agregó, más afable.

Yo seguía en silencio.

Mi amigo todavía no volvía.

-A veces se necesita esa hueá, pa irse a la oscuridad profunda… -fue lo último que dijo, mientras se alejaba.

Yo no me pude ni despedir.

Justo en ese instante volvió mi amigo.

Comentó que estaba todo cerrado y supongo que después habló otras cosas.

-Me tengo que ir –dije entonces.

Y era cierto.

Tomé otro pack de cerveza, para el camino, y me encaminé hacia el bosque.

lunes, 26 de enero de 2015

Porque no sabes.


Porque no sabes. Porque en el fondo tienes miedo. Porque la noche está abierta. Porque el calor te aturde. Porque el pasto no salió. Porque las semillas se secaron. Porque el libro solo entregó palabras. Porque olvidamos los significados. Porque recordamos los nombres. Porque el tiempo pasa. Porque duele. Porque se pierde el rumbo. Porque a veces desesperas. Porque también está el cansancio. Porque te cuestionas el porqué. Porque tienes sed. Porque el corazón se agita. Porque no dormiste. Porque la gente y sus palabras. Porque nadie necesita. Porque pocos creen. Porque las cervezas están tibias. Porque las agujas se quebraron. Porque ellos mienten. Porque el gato atrapó un pájaro. Porque el dinero es una mierda. Porque estás solo. Porque trabajas con corbata. Porque se olvidan de los sueños. Porque se dejan estar. Porque se puede mentir. Porque del amor no se habla. Porque ese sitio está alambrado. Porque el amor no se vive. Porque hablan de sí mismos. Porque se detuvo el viento. Porque cuesta respirar. Porque lloras sin saber. Porque todos están solos. Porque olvidaron a Vonnegut. Porque no ves bien. Porque la iglesia está vacía. Porque se escuchan risas. Porque la música está alta. Porque levantas la cabeza. Porque observas la noche. Porque respiras hondo. Porque las estrellas no saben. 

domingo, 25 de enero de 2015

Lo que hicimos.

“Por una razón u otra,
las cosas que no comprendía
solían ser
las que me robaban el corazón”
H. M.


Caminamos por un recorrido difícil, pero que ya hemos realizado en otras ocasiones.

Primero hay un pequeño bosque, luego una gran e irregular colina y finamente, siguiendo un pequeño arroyo, se llegaba a un lago, que por lo general tenía agua algo tibia, dependiendo de la estación.

Esta vez, sin embargo, por más que buscamos no pudimos dar con el arroyo y solo reconocimos el lugar por una pequeña cabaña que estaba junto al lago.

Esta vez, por cierto, tampoco estaba el lago.

Es decir, no estaba el agua que llenaba la cuenca del lago, pero el espacio donde debía estar el agua existía todavía. Seco en unos sectores y algo pantanoso y con juncos, en lo que había sido la parte central.

Ahí había un lago, nos dijimos.

Fue entonces que, al querer hablar sobre lo ocurrido, caímos en cuenta que no conocíamos –o no recordábamos-, el nombre de aquel lago.

Así, fuimos hasta la cabaña y hasta hablamos con algunas personas del lugar.

Sin embargo, nadie recordaba el nombre.

Como ya era de noche, decidimos acampar ahí, a un costado de lo que fue el lago y tratamos de ver en mapas y preguntarle a otras personas qué nombre había tenido.

Lamentablemente, nada parecía arrojar resultados positivos en nuestra investigación.

La única pista fue un letrero borroso, que había indicado el nombre años atrás, donde podía apreciarse, más o menos, que el lago había tenido un nombre con tres sílabas.

Eso fue todo lo que pudimos averiguar.

Por la mañana, antes de irnos, dimos una vuelta en torno a la cuenca del río.

Lo bordeamos entero en aproximadamente cuatro horas.

Eso nos calmó un poco, de cierta forma.

Así, finalmente, hacia el mediodía, regresamos hasta las zonas donde aún quedaba agua dentro de los lagos.

Y claro, esos lagos todavía tenían nombres que no habían sido olvidados.

Nos bañamos en uno de esos, durante la tarde.

Eso fue lo que hicimos.

sábado, 24 de enero de 2015

El rey y sus súbditos se mondaron de risa.


I.

Creo que era en un cuento de Murakami donde un personaje hacía referencia al final de un libro:

“Y cuando todo hubo acabado el rey y sus súbditos se mondaron de risa”.

Y de la misma forma como en el cuento de Murakami el personaje solo se acordaba de ese fragmento del cuento, yo también he olvidado el texto de Murakami y solo recuerdo el recuerdo de ese otro personaje.

Como sea, lo cierto es que aquella frase es sin duda un buen final.

Eso quería decir en un inicio.


II.

Para continuar me gustaría hacer referencia a un conserje que trabajaba en un edificio en el que viví hace algunos años.

Dicho conserje tenía la particularidad de obsesionarse con la limpieza del ascensor. Así, ocurría que prácticamente en todo momento del día, lo veías limpiándolo u ocupado en detalles de su panel de mando.

Tanta era la obsesión que incluso te miraba extraño cuando lo ocupabas, lo que te hacía sentir cuestionado. Como si él te dijera: Usted solo vive en el quinto piso… ¿lo va a usar igual?

Así, dicho cuestionamiento –siempre tácito, claro-, te conducía incluso a sentir cierto tipo de culpa, como si al ocupar el ascensor realizaras una acción innecesaria, como si le rezaras a Dios, simplemente, para pedir que gane tu equipo de fútbol.


III.

Un mes antes que me fuera de ese edificio el conserje fue encontrado desmayado en la sala de lavandería.

Nunca se explicó bien el asunto, pero lo cierto es que llegó incluso una ambulancia y se lo llevaron con las sirenas encendidas.

Debo reconocer que nunca pregunté abiertamente por él.

Lo reemplazó un tipo que leía cómics de superhéroes y que tenía lentes gruesos.

El día que me fui, el ascensor estaba tan sucio que daba asco.


IV.

Nadie me preguntó por qué me fui de ese lugar.

Apenas saludaba a unos vecinos y hablaba con una señora que tenía un almacén, a un costado del edificio.

Por lo mismo, el que nadie preguntara, fue simplemente una consecuencia lógica.

Con el tiempo, la sensación que me producía el conserje cuando yo subía al ascensor se ha ido repitiendo.

Y claro, es extraño, pero supongo que tras toda esa seriedad puede que exista una especie de clave que viene a resolverse de la misma forma como el final ese que recordaba un personaje de Murakami.

Así, suelo imaginar que tras cada una de esas sensaciones existe un rey y algunos súbditos, que aguantan la risa hasta que legue el final de todo esto.

Eso quería contarles.

viernes, 23 de enero de 2015

Esa tarde llovió.



Esa tarde llovió.

Aunque claro… también llovió esa noche.

Y había llovido también esa mañana, si soy exacto, pero lo importante fue esa tarde.

Fue lo importante porque esa lluvia fue la que me mojó mientras estaba sentado esperando tomar una decisión luego de leer su carta.

Hablábamos siempre, es cierto, pero esa vez ella me había dejado una carta.

Yo había encontrado la carta esa mañana, mientras llovía.

Luego la había leído.

Yo estaba en la cocina y la leí mientras tomaba un chocolate caliente viendo llover tras la ventana.

El mensaje era sencillo y directo y principalmente decía que se iba a ir fuera del país.

Al menos por tres años, informaba.

No había huella de emociones, en la carta.

Yo la leí y la doblé y la guarde en un bolsillo.

De alguna forma extraña no pensé en eso hasta que fue la tarde.

La tarde esa en que llovió, como les contaba.

Yo salí a caminar y me acerqué a una plaza por la que pasaban muchos autos.

Saqué la carta y la leí nuevamente.

Tres años, al menos, decía.

Yo ya había pasado por eso, pensaba, mientras leía.

Más o menos por eso, pensaba.

Comenzó a oscurecer y yo supongo que tampoco en mí, encontraba emociones.

Con la lluvia, recuerdo, se desdibujó lo escrito en la carta.

Mis sensaciones también, de cierta forma, se desdibujaron con la lluvia.

Guardé la carta esa noche, mientras llovía.

No volví a hablar con ella.

Se iba en dos meses y solo una vez la vi, desde entonces.

Fue en una oportunidad en que llegó hasta fuera de mi departamento.

No abrí esa vez.

No abrí nunca más.

Fue como si la lluvia de esa tarde desdibujara todo irremediablemente.

Todo quedó así, desde entonces.

Esa tarde llovió, les contaba.

 Esa tarde llovió.

Aunque claro… también llovió esa noche.

Y había llovido también esa mañana, si soy exacto, pero lo importante fue esa tarde.

Fue lo importante porque esa lluvia fue la que me mojó mientras estaba sentado esperando tomar una decisión luego de leer su carta.

Hablábamos siempre, es cierto, pero esa vez ella me había dejado una carta.

Yo había encontrado la carta esa mañana, mientras llovía.

Luego la había leído.

Yo estaba en la cocina y la leí mientras tomaba un chocolate caliente viendo llover tras la ventana.

El mensaje era sencillo y directo y principalmente decía que se iba a ir fuera del país.

Al menos por tres años, informaba.

No había huella de emociones, en la carta.

Yo la leí y la doblé y la guarde en un bolsillo.

De alguna forma extraña no pensé en eso hasta que fue la tarde.

La tarde esa en que llovió, como les contaba.

Yo salí a caminar y me acerqué a una plaza por la que pasaban muchos autos.

Saqué la carta y la leí nuevamente.

Tres años, al menos, decía.

Yo ya había pasado por eso, pensaba, mientras leía.

Más o menos por eso, pensaba.

Comenzó a oscurecer y yo supongo que tampoco en mí, encontraba emociones.

Con la lluvia, recuerdo, se desdibujó lo escrito en la carta.

Mis sensaciones también, de cierta forma, se desdibujaron con la lluvia.

Guardé la carta esa noche, mientras llovía.

No volví a hablar con ella.

Se iba en dos meses y solo una vez la vi, desde entonces.

Fue en una oportunidad en que llegó hasta fuera de mi departamento.

No abrí esa vez.

No abrí nunca más.

Fue como si la lluvia de esa tarde desdibujara todo irremediablemente.

Todo quedó así, desde entonces.

Esa tarde llovió, les contaba.

jueves, 22 de enero de 2015

La azafata gorda.

“Tú aún no sabes de qué va el mundo”
H. M.


Y entonces ella vino y comenzó a hablar de su trabajo. Dijo que era azafata, que volaba semana por medio y que era un buen trabajo. Beneficios, viajes… ya sabes… esas cosas. Me refiero a que describía lugares, contaba anécdotas, explicaba detalles de los procedimientos… Pero claro, el punto es que mientras ella lo decía nosotros veíamos que era gorda. No gorda así, anchita… era gorda gorda. Gorda mal. Y entonces, aunque el discurso fuera de lo más lógico había algo que no encajaba. Es decir, ella contaba su historia, pero la veíamos esforzarse en dar un par de pasos y entonces nosotros calculábamos si ella cabía o no por los pasillos de un avión. No lo hacíamos de burla… no creas. Lo que pasa es que era gorda de esas que no ves ni en la calle… Si la hubieses visto entenderías. Y bueno… seguimos escuchando, pero de vez en cuando nos mirábamos y sabíamos que había ahí algo equivocado… O sea, si cerrabas los ojos todo era lógico… O si le quitabas 70 u 80 kilos, todo podía ser cierto, pero así, con la evidencia, no encajaba… Entonces ella volvía y seguía hablando sobre sus viajes… y explicaba que ver el mundo era en realidad recorrerlo… que había una sensación extraña luego que le habías dado un par de vueltas… como que volvías sobre ti mismo de una manera distinta, creo que dijo... Y es que si no hubiese estado lo de su gordura me hubiese interesado más en sus palabras, pero dada la situación apenas podía escuchar lo que decía. Ella reflexionaba entonces, según recuerdo, sobre mirar el mundo, desde fuera, y explicaba que desde su rol de azafata el mundo era otra cosa… y aunque ellos llegaran a esos lugares del mundo, ella, desde su rol, seguía estando fuera… Algo así decía, según recuerdo. El problema fue que entonces, ante nuestro silencio, ella empezó como a molestarse… O sea, nosotros tratábamos de disimular nuestra incredulidad, pero tal vez se notaba… y es que era una situación que se volvió hasta agresiva… Fue como si nos comenzara a tratar como inferiores… Ustedes no van a entender, porque ni siquiera saben de qué va el mundo, creo que dijo… Fue así el final de la conversación, más o menos. No nos echó de la casa, ni nada de eso, pero la situación fue igualmente molesta… El punto es que nos fuimos, igualmente. Bajamos de su departamento y ni siquiera nos miramos. La situación, recuerdo, seguía siendo incómoda, incluso para nosotros… Tanto así que no recuerdo, por ejemplo, que habláramos del tema. De hecho, ni siquiera comentamos lo absurdo o extraño de la situación, con el tiempo... Con todo, trato de dejar un pequeño espacio para creer que su historia es cierta y que en este mismo momento ella puede estar sobrevolándonos, como azafata. De ser así, supongo que debiese reconsiderar su apreciación respecto a no saber de qué va el mundo... Quizá tú no vas a entender porque no la viste, claro, y mi historia debe sonar sin sentido alguno. Yo te confieso que tampoco entiendo, en todo caso, pero no comprendo de una forma distinta… Todo es raro, no crees… Todo. 

miércoles, 21 de enero de 2015

Así, nada más.

“También hay ríos metafísicos,
a ti pueden sacarte con ganchos
de uno de esos”
J. C.


En el comedor hay un mueble donde se encuentran un par de trofeos y algunas fotos.

Todas son referidas a la pesca.

El hombre que nos hospeda nos muestra así sus logros.

Es viejo y le gusta recordar.

Además no tuvo hijos.

Su esposa es silenciosa y está cebando el mate.

Entonces nos muestra la gran foto.

Está en otro cuarto, enmarcada junto a algunos adornos de madera.

En la foto aparece el hombre y varios peces sobre una mesa.

Los peces están ordenados por orden y son cuatro.

El más grande de todos excede el tamaño de la mesa de la foto.

Entonces nos explica que esos los pesco de una vez.

Es difícil de creer, pero él me explica que mient4ras el más pequeño picaba el anzuelo, pasó el otro más grande y se comió al más pequeño y así hasta el más grande.

Fueron cuatro peces en uno, nos dijo.

Lo extraño de todo esto, nos cuenta, es que después de eso pasaron dos años en que no pescó nada.

Y luego dejó de intentar.

Yo creo que fue una maldición, nos dice el viejo.

La mujer llega entonces con el mate.

Vamos pasando el mate de uno en uno.

Yo no creo que fuese una maldición, dice entonces la mujer.

Yo creo que la vida es así, nada más.

martes, 20 de enero de 2015

¿Puedes disfrutarlo?



Estaba sentado frente a un lago. Atardecía y la temperatura era agradable. Tomaba un vaso de leche con frambuesas. Todo estaba calmo.

Entonces un tipo llegó caminando y me hablo de golpe.

-¿Puedes disfrutarlo? –me dijo.

Yo ni siquiera respondí.

El tipo continuó:

-No digo que sea malo, pero hay algo extraño en todo esto, si lo piensas.

Yo miré mi vaso de leche, las ondas de agua en el lago y hasta revisé los colores que el atardecer producía sobre el agua.

-Es como en los pájaros -continuó-. Como en el final de los pájaros... ¿no crees?

-¿Qué pájaros?

-La película Los pájaros, esa de Hitchcock… ¿la viste?

-Sí –confirmé.

-Pues yo te hablo del final… después de todos los problemas, los peligros, las muertes… después de todas esas interrogantes que te haces ante lo terrible… y resulta que simplemente los pájaros se van… y todos se conforman con eso.

-No entiendo el punto.

-Es que es lo mismo –señaló-. O sea, nos pasa a todos... Yo mismo, por ejemplo, hubo un tiempo en que estuve vomitando día a día durante tres meses… cada día, en la mañana y en la noche…

-Debe haber sido terrible –comenté.

-Eso pensaba entonces… Algo terrible. Fui al médico, cambié hábitos alimenticios, me tomé un sinnúmero de exámenes… todo eso y al final simplemente desapareció…

-Pues qué bueno…

-¡Ni una mierda…! – exclamó-. Ya ves… ocurrió como en Los pájaros… Y para mí fue peor aún, porque no se trataba solo de desaparecer, sino que algo comenzó a afectarme… era como si me faltara el vómito…

-¿Cómo…?

-Eso. Lo que dije –señaló-. Faltaba el vómito. Al comienzo y al final del día. Es decir, me sentía extraño… como si levase un peso extra…

-Y entonces no lo disfrutaste.

-No. Pero prefiero decir que no me engañaron…

-Como en Los pájaros.

-Exacto. Comprendiste el punto –señaló.

-…

-…

-¿Quieres leche con frambuesas? –le pregunté entonces-. Yo mismo ordeñé la vaca.

Él no me respondió.

Pasaron unos minutos.

Las últimas luces se reflejaron en el lago.

El sol había terminado de ocultarse.

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