Esa tarde llovió.
Aunque claro… también llovió esa noche.
Y había llovido también esa mañana, si soy exacto,
pero lo importante fue esa tarde.
Fue lo importante porque esa lluvia fue la que me
mojó mientras estaba sentado esperando tomar una decisión luego de leer su
carta.
Hablábamos siempre, es cierto, pero esa vez ella me
había dejado una carta.
Yo había encontrado la carta esa mañana, mientras
llovía.
Luego la había leído.
Yo estaba en la cocina y la leí mientras tomaba un
chocolate caliente viendo llover tras la ventana.
El mensaje era sencillo y directo y principalmente
decía que se iba a ir fuera del país.
Al menos por tres años, informaba.
No había huella de emociones, en la carta.
Yo la leí y la doblé y la guarde en un bolsillo.
De alguna forma extraña no pensé en eso hasta que
fue la tarde.
La tarde esa en que llovió, como les contaba.
Yo salí a caminar y me acerqué a una plaza por la
que pasaban muchos autos.
Saqué la carta y la leí nuevamente.
Tres años, al
menos, decía.
Yo ya había pasado por eso, pensaba, mientras leía.
Más o menos por eso, pensaba.
Comenzó a oscurecer y yo supongo que tampoco en mí,
encontraba emociones.
Con la lluvia, recuerdo, se desdibujó lo escrito en
la carta.
Mis sensaciones también, de cierta forma, se desdibujaron
con la lluvia.
Guardé la carta esa noche, mientras llovía.
No volví a hablar con ella.
Se iba en dos meses y solo una vez la vi, desde
entonces.
Fue en una oportunidad en que llegó hasta fuera de
mi departamento.
No abrí esa vez.
No abrí nunca más.
Fue como si la lluvia de esa tarde desdibujara todo
irremediablemente.
Todo quedó así, desde entonces.
Esa tarde llovió, les contaba.
Aunque claro… también llovió esa noche.
Y había llovido también esa mañana, si soy exacto,
pero lo importante fue esa tarde.
Fue lo importante porque esa lluvia fue la que me
mojó mientras estaba sentado esperando tomar una decisión luego de leer su
carta.
Hablábamos siempre, es cierto, pero esa vez ella me
había dejado una carta.
Yo había encontrado la carta esa mañana, mientras
llovía.
Luego la había leído.
Yo estaba en la cocina y la leí mientras tomaba un
chocolate caliente viendo llover tras la ventana.
El mensaje era sencillo y directo y principalmente
decía que se iba a ir fuera del país.
Al menos por tres años, informaba.
No había huella de emociones, en la carta.
Yo la leí y la doblé y la guarde en un bolsillo.
De alguna forma extraña no pensé en eso hasta que
fue la tarde.
La tarde esa en que llovió, como les contaba.
Yo salí a caminar y me acerqué a una plaza por la
que pasaban muchos autos.
Saqué la carta y la leí nuevamente.
Tres años, al
menos, decía.
Yo ya había pasado por eso, pensaba, mientras leía.
Más o menos por eso, pensaba.
Comenzó a oscurecer y yo supongo que tampoco en mí,
encontraba emociones.
Con la lluvia, recuerdo, se desdibujó lo escrito en
la carta.
Mis sensaciones también, de cierta forma, se desdibujaron
con la lluvia.
Guardé la carta esa noche, mientras llovía.
No volví a hablar con ella.
Se iba en dos meses y solo una vez la vi, desde
entonces.
Fue en una oportunidad en que llegó hasta fuera de
mi departamento.
No abrí esa vez.
No abrí nunca más.
Fue como si la lluvia de esa tarde desdibujara todo
irremediablemente.
Todo quedó así, desde entonces.
Esa tarde llovió, les contaba.
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