domingo, 30 de septiembre de 2018

Día libre.


I.

Cada cierto tiempo pide un día libre.

Sin goce de sueldo, por supuesto.

Redacta una solicitud, señala que debe hacer unos trámites y por lo general el asunto se resuelve rápido.

Y es que su trabajo no es tan necesario día a día, y además ahorrar un poco en la paga no le desagrada a sus empleadores.

A eso se reducen, por lo tanto, sus solicitudes y aprobaciones.


II.

Le gusta la expresión día libre.

No referida a un domingo, por supuesto, sino a un verdadero día libre.

Y es que le agrada, ante todo, la sensación de saber que ese día debía estar en el trabajo y que ha optado por otra cosa.

El haber optado, por tanto, es la clave en todo esto.

Tal vez ni siquiera importe el día libre.

Su expresión, digamos, es lo importante.


III.

Durante el día libre se queda en casa.

Desayuna con calma, ordena algunas cosas y hasta un par de veces ha cortado el pasto.

Todo lo anterior, por la mañana.

Luego, elige tranquilamente qué cocinar.

Generalmente se inclina por pastas, aunque a veces se demora en platos mucho más elaborados.

Como sus conocidos trabajan ese día suele almorzar solo.

Sin apuros.

Degusta cada bocado hasta que vacía el plato.

Reúne y lava entonces lo que hubiese ensuciado.

Luego, a veces, se prepara un café.

Mientras lo hace –mientras hace cada cosa en realidad-, piensa que no está en el trabajo.

No pone música ni prende la tv.

Respira hondo y a veces siente sus latidos.

Sangre fluyendo.

Movimiento.

A veces pasa tanto rato así que de pronto se da cuenta que es la hora de salida del trabajo.

Extrañamente eso lo intranquiliza un poco.

Como si lo que él hubiese escogido se hubiese acabado, de cierta forma, en ese instante.

Ahora vendría de camino, se dice.

Ahora vendría de camino, pero ya estoy acá.

Por último, mira el reloj para notar el momento exacto en que el yo que hubiese trabajado estaría entrando por la puerta.

Lo espera, digamos, hasta reunirse con él.

Ese fue su día libre.

sábado, 29 de septiembre de 2018

No quiere nada.


No quiere nada. No es mi culpa si no quiere nada. Nada especial, me refiero. Y claro, la situación aburre. Ni siquiera molesta, solo aburre. Y es que no se trata de un rechazo. Me refiero a que acepta, pero no quiere. Puede parecer algo menor. Una situación fácil de llevar, en apariencia. Pero no es así, por supuesto. Y no se trata solo de energía de vida o ánimo o como quieran llamarle. Yo creo que ni vivir ni morir quiere. Porque no quiere nada. Además ni siquiera se percata. No quiere darse cuenta, supongo. No sé. Una vez lo escuché hablar sobre esto, pero no decía gran cosa. Que aceptaba la vida, decía. Que no la desprecia. Que no la rechaza. Cosas así planteaba. Incapaz de darse cuenta que en el fondo era incapaz de apreciarla. Porque apreciarla es un acto. No un saber. No una actitud. No una relación que funciona por inercia. Y es que alguna acción, en definitiva, está faltando entre él y la vida. Y su error, por supuesto, es creer que la vida es la acción. Pero le falta el verbo. Y no se da cuenta que en el cómo está el verbo. En el cómo se vive, me refiero. En la acción que debe generar y que en su caso no genera. En el cómo y en el para qué, en última instancia. En todo lo que rodea a la palabra que él ha pretendido dejar separada de sus acciones. Funcionando por defecto. Y claro, todo eso simplemente por no querer nada. Por supuestamente aceptar la vida, pero en realidad estar aceptando una palabra. Una palabra que ni siquiera habla de su vida, por si misma. Si hasta la sangre, sabe más que esa palabra. Yo se lo intenté decir, por supuesto. Varias veces lo intenté, pero él no quiere nada. No es mi culpa, como ven. Yo hice lo que pude.

viernes, 28 de septiembre de 2018

Cada cierto tiempo.


I.

Cada cierto tiempo compro maderas y hago muebles.

Bueno, menos que muebles en realidad, ya que me limito a hacer repisas y estantes para libros.

Generalmente, antes de hacerlo, dejo que se llene de libros y los apilo haciendo pequeñas torres.

Cuando las torres no se sostienen es que compro madera.

Y entonces hago los muebles.


II.

Como ya no queda espacio, a veces simplemente añado repisas.

Me refiero a que no siempre se trata de muebles, sino que agrego partes nuevas a los muebles más bajos.

Una vez terminadas, ordeno los libros que formaban las torres y a veces hago pequeños cambios en el orden de la “biblioteca mayor”.

Si no fuera tan absurdo, tal vez haría marcas en la pared, como la que marcan algunos chicos, al ir creciendo.


III.

Por lo general leo todo antes de ponerlo en las repisas.

Si no es así, suelo esperar y dejo las repisas vacías algunos días.

Suena más ordenado de lo que es, pero lo cierto es que finalmente se ordena.

Lo malo es que cuando se ordena, nuevas cosas han llegado y debo ir nuevamente por madera.

A veces pienso que inconscientemente estoy tratando de llenar la casa, o hacerla colapsar, para tener que salir hacia otros rumbos.

Otras veces, pienso lo mismo, pero conscientemente.

jueves, 27 de septiembre de 2018

Sed.


I.

Tengo sed.

Casi siempre tengo sed.

Por esto voy a un bar, habitualmente, luego de mi trabajo.

Es un lugar pequeño, algo descuidado, pero tranquilo.

Por lo general me siento al fondo, en una esquina, cerca de una planta que está medio seca.

Entonces se acerca el garzón al que le pido siempre lo mismo.

-Una botella de Klein –le digo.

-Enseguida –dice él.

Poco después llega y suele poner unos pequeños panes, junto a la botella, pues no les está permitido vender solo alcohol.

-¿Algo más? –pregunta.

Yo le digo que no.

Casi siempre digo que no.


II.

Antes no bebía en botella, pero desde que voy a ese lugar he cambiado mis gustos.

Tampoco solía beber solo, pero lo cierto es que me relajo con mi botella de Klein y algún libro que ando trayendo a mano.

A veces se me pasa el tiempo y me sorprendo al salir y encontrar todo oscuro y sin gente.

Tal vez se deba simplemente al estar tranquilo, postergar los quehaceres y a que la botella de Klein parece durar más de lo normal.

Es extraño, de hecho, porque no me quita directamente la sed, pero me produce una sensación rara, como si mantuviese la sed al borde.

O la sitúa más bien en el lugar exacto donde dicha sed pasa a ser parte de mi condición natural, como el latido de un corazón extra.

Casi siempre, antes de irme del local, vacío el concho de la botella en la planta que está medio seca.

No sé, sin embargo, si eso sirve de algo.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

El orden de las cosas.


Yo digo que es normal. Que los demás exageran. Que el orden que me exigen es algo lejano a la naturaleza de las cosas. Porque las cosas tienen naturaleza, ciertamente. Una naturaleza viva, me refiero. Esparcidas y todo por los rincones de la casa, por ejemplo, esas cosas pertenecen a un reino que tiene pulsaciones propias. Yo las observo, por ejemplo, y es como si viese árboles. Árboles que están siempre en el lugar correcto, por cierto. En el lugar donde tienen sus raíces. No han quedado ahí, me refiero. Su existencia está ligada a aquel lugar. Y darles un orden, entonces, sería segarlas. Arrancarlos de lo que son. Diseccionarlas.

Con todo, no todas las cosas tienen una naturaleza viva. O no todas la han desarrollado, al menos. Me refiero a que hay cosas que puedo reubicar. Mover de un sitio a otro sin provocar daño. Justamente mientras son cosas. Cosas que aún no palpitan. Que aún no han encontrado el sitio donde comienzan a existir. Aunque hay que estar atento. De pronto cae una cosa, por ejemplo, y descubres entonces que era ese el lugar correcto. Que ahora existe. Que ha pasado a ser parte del reino de las cosas vivas. Que ya no debes recogerla. Que está ahí como un árbol. Y que ese es el comienzo, realmente, y no el fin.

martes, 25 de septiembre de 2018

Una especie de ensayo.


M. estaba arreglando una máquina para cortar el pasto y se cercenó un dedo.

El anular de la mano derecha, para ser exactos, que quedó atrapado entre las cuchillas de la máquina.

Por un momento, en medio del dolor, M. pensó en ir por hielo y llevar su dedo al hospital por si se podía hacer algo.

Luego pensó que lo que ha de hacerse ha de hacerse de todas formas.

No sabía bien qué significaba la frase, pero lo cierto es que  fue al doctor principalmente para frenar la hemorragia.

Le pusieron una prótesis fija, sin mayor movilidad, que podía utilizarse como una especie de guante.

Intentando encontrarle sentido a lo ocurrido llegó a pensar que perder un dedo podía ser una especie de ensayo.

Un ensayo antes de perder otras cosas. O antes de perderlo todo.

Dándole vueltas a esa idea, M. pensó en hacer una lista donde iba a anotar todo lo que podía perder.

Pasaron días, sin embargo, y la lista seguía en blanco.

Finalmente, tras cortar el pasto (que había crecido más de lo habitual luego del accidente), anotó en la lista los dedos de las manos que le quedaban.

Luego no volvió a pensar en aquel asunto.

lunes, 24 de septiembre de 2018

Dejé sonar el teléfono.


I.

Dejé sonar el teléfono antes de contestar.

Siete veces lo dejé sonar.

Luego dijeron un nombre.

No escuché bien así que pedí que lo repitieran.

Tras volver a escucharlo seguí sin entenderlo, pero sin duda no era el mío.

El nombre que habían dicho tenía una gran extensión y palabras compuestas,

Yo no soy ese, les dije.

Luego corté.


II.

Volvieron a llamar.

Tres veces volvieron a llamar hasta que decidí contestar.

Era la misma voz que antes.

Volvió a decir un nombre complejo y yo le dije que no.

Que ahí no vivía nadie con ese nombre, fue lo que les dije.

Tras colgar, sin embargo, comencé a darle vueltas al nombre que me habían dicho.

No era el mío, claro está, pero yo no soy el único que está al centro de este mundo.


III.

No se llega al centro de este mundo yendo al centro de este mundo.

Tampoco contestando –o no-, consultas telefónicas.

Menos aun  escribiendo a diario textos de escasa calidad.

Conozco las reglas aunque a veces las olvido.

No importa que estés en el centro de un mundo.

Siempre que accedes a otro el centro se modifica.


IV.

Me acerqué al teléfono y marqué mi número.

Siete veces debe de haber sonado antes que contestaran.

Tengo el mensaje de Dios, le dije.

Tengo la verdad oculta.

Tengo el secreto del sentido del dolor.

Del otro lado cortaron, sin embargo, como si hubiesen estado esperando un nombre.

domingo, 23 de septiembre de 2018

Antes de volver de la playa.


Antes de volver de la playa un pájaro se metió en la casa.

Volaba en círculos y se golpeaba contra las paredes mientras intentábamos sacarlo.

Papá ya estaba en el auto y nos apuraba.

Íbamos varias veces al año, y nunca antes había sucedido.

Mamá movía sus brazos e intentaba guiarlo hacia la puerta, pero el pájaro estaba demasiado nervioso y volaba a cualquier sitio.

Desde fuera, papá tocaba la bocina y nos llamaba, haciendo sonar el motor.

Finalmente, tras un último intento, debimos cerrar la puerta.

El pájaro quedó adentro. Encerrado.

Mientras íbamos hacia el auto, mamá me dijo que no le dijera nada a papá.

Le hice caso, por supuesto, pero no dejé de pensar en lo que había ocurrido mientras volvíamos a Santiago.

Pasaron así los días.

Eran las vacaciones de verano y faltaban todavía un par de semanas para entrar.

Papá había vuelto al trabajo, por lo que mamá y yo pasábamos gran parte del día en casa.

Una mañana, mientras desayunábamos, mamá me contó que no dejaba de pensar que el pájaro estaba encerrado en aquella casa.

Así, resultó que ni yo ni ella podíamos dormir bien, desde que habíamos regresado.

Acordamos entonces que intentaríamos convencer a papá para viajar pronto a la playa.

Lo intentamos varias veces, pero papá trabajaba hasta los sábados y no quería ir por tan poco tiempo.

La última vez que intentamos nos dijo que no insistiéramos más, y hasta intentó explicarnos que no salía a cuenta.

Al día siguiente de esa negativa, mamá me despertó temprano y fuimos hacia la estación de buses.

Ella había hecho los cálculos y me dijo que alcanzábamos a ir y volver sin que papá se diera cuenta.

Recuerdo que íbamos alegres, incuso más que cuando iniciamos a las vacaciones.

Apenas llegamos, mamá abrió la puerta y nos pusimos a buscar al pájaro.

No se veía en ningún sitio.

Por un momento pensamos que había logrado escapar de alguna forma, pero justo entonces mamá lo encontró muerto, en el lavaplatos.

Yo la vi como pasaba un dedo sobre sus plumas y lloraba un poquito.

Poco después, con cuidado, lo enterramos en el patio y volvimos a Santiago.

Estábamos tristes, pero papá no sospechó nada.

Con el tiempo, siempre que veía con pena a mamá, pensaba que estaba recordando a aquel pájaro.

sábado, 22 de septiembre de 2018

Apuntes.


Un hombre de edad de avanzada llama insistentemente a carabineros asegurando que le están robando, en su domicilio.

Lamentablemente, tras explicar que lo sustraído son prendas de vestir y que no ha desaparecido ningún otro tipo de artículos, desestiman sus seis primeras llamadas.

A la séptima, sin embargo, se deja constancia del hecho y, como la víctima es un hombre de avanzada edad que vive solo, se le señala a un par de efectivos que pasen por su casa y verifiquen que todo esté en orden.

Un par de horas después, dos carabineros a cargo de ese cuadrante, van hasta la casa del hombre y consiguen que este les abra la puerta y entrar con él al living del lugar.

El hombre mayor –poco más de 80 años se escribirá en el informe-, les ofrece a los carabineros algo de beber, mientras comenta que no se ha sentido bien últimamente, principalmente por el calor y la sensación de ahogo que ha sentido con este clima.

Los carabineros ven moverse lentamente al hombre, quien al parecer no se percata que lleva puestas una gran cantidad de prendas de vestir, que dificultan incluso su movilidad, al interior del domicilio.

De esta forma, tras percatarse que el hombre no es consciente de su situación, los carabineros toman su declaración, sin decirle todavía que las prendas desaparecidas que describe, parece llevarlas puestas en ese mismo instante.

Como información extra de contacto, los carabineros consiguen con el hombre el número telefónico de su hijo al que intentan contactar, minutos después, para que haga una visita a su padre y se haga cargo de su situación.

Al mismo tiempo, llenan unos papeles para derivar el caso al asistente social adjunto de la comisaría quien visitará al hombre durante las próximas 72 horas, para verificar si la situación presenta alguna mejora.

Uno de los carabineros que hizo la visita, sin embargo, no deja de pensar en el viejo. A raíz de esto, en su día de descanso, decide hacer una visita al hombre, vestido de civil.

Este es el comienzo de la historia.

viernes, 21 de septiembre de 2018

El abuelo andaba en algo.


Todos sabían que el abuelo andaba en algo.

Nunca nadie le preguntó.

A nosotros, por ejemplo, nos tenían prohibido hacerle preguntas de cualquier tipo.

Por lo mismo, inventábamos historias sobre él, que nos permitieran al menos completar su historia.

Fue por eso que, de pequeños, nos turnábamos para esas invenciones.

Por ejemplo, recuerdo que a mí me tocó inventar una historia sobre una cicatriz que él tenía en una de sus manos.

A L., en cambio, le tocó inventar una sobre un revólver que guardaba entre sus cosas.

Para saber quién debía contar la próxima la sorteábamos con una semana de anticipación, supuestamente para investigar con nuestros padres.

Yo una vez, para armar una historia, intenté preguntarles y me regañaron de inmediato.

No tienes por qué meterte en la vida del abuelo, me dijeron.

Deja que descanse, me dijeron.

Yo asentí.

No guardé rencores, pero quería descubrir, al menos, si alguien sabía algo.

Alguien que no fuera el abuelo, por supuesto.

Fue entonces que, un día jueves según recuerdo, nos enteramos que el abuelo había muerto.

Ni siquiera entonces, sin embargo, se descubrieron cosas nuevas.

El funeral fue muy concurrido, pero casi nadie hablaba.

O no hablaba sobre el muerto, al menos.

Y es que había mucha gente que no era familiar ni conocido, acompañando el entierro.

Al parecer eso, pienso ahora, habrá influido en el ambiente.

Yo preparé una historia sobre aquello, por si seguíamos la tradición.

Pero nadie nunca volvió a inventarse historias y hasta dejamos de juntarnos.

Eso es lo que ocurrió.

jueves, 20 de septiembre de 2018

Hacer las cosas como es debido.


I.

M. trabaja instalando regadores automáticos.

Antes hacía jardines, pero hoy solo se centra en la instalación de estos aparatos.

En un curso que hizo en la municipalidad le enseñaron a comprar por internet y entonces encargó a China un gran número de regadores, por lo que ofrece un servicio de venta e instalación.

No gana mucho más que cuando se encargaba del mantenimiento de jardines, pero de cierta forma lo ve como un avance en el ámbito laboral.

De hecho, en la misma municipalidad, destacaron su espíritu emprendedor y lo premiaron con un pequeño galvano.


II.

M. trabaja con un sobrino, los fines de semana, a quien decidió hacerle un pequeño contrato, para hacer las cosas como es debido.

A veces, cuando instala los regadores, no puede evitar ver fallas en el jardín, y a veces se queda pensando en volver a trabajar en ello.

Directamente con semillas y preparando la tierra.

Algunas veces, de hecho, hizo algún comentario sobre el mantenimiento del jardín, pero al parecer no fue bien visto.

Por lo mismo, ha tratado de centrarse en instalar los regadores y punto.

Después de todo, se dice, es menos complicado que trabajar con cosas vivas.


III.

De vez en cuando a M. le dan trabajos extraños.

Por ejemplo, hubo una vez en que una mujer le pagó por instalar regadores en un patio donde solo había tierra.

Él sintió entonces que su trabajo podía ser inútil y hasta se lo comentó a su sobrino, que había ido a trabajar con él aquel día.

Por ese mismo tiempo, fue que se le ocurrió ir dejando de a poco el trabajo en terreno, y contratar un par de personas para que realizaran las instalaciones.

Calculó los costos y vio que era factible.

Cuando contó su idea en el nuevo curso de la municipalidad recibió numerosas felicitaciones y algunos lo propusieron para recibir un nuevo galvano.

Extrañamente, no logró sentirse orgulloso con todo aquello.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

F. en el desierto.


F. va al desierto a filmar un comercial.

Yo la acompaño porque me pidió aprovechar el viaje y sacar algunas fotos.

Según entiendo, por contrato, yo no puedo sacarle fotos, oficialmente en esa locación.

Esa locación es el desierto.


F. lleva un vestido blanco y un sombrero que no logra sujetar a su cabeza.

Tras varios intentos se lo amarran directamente al pelo.

Ella se queja en un principio, pero no parecen haber muchas opciones.

F. me hace un gesto para que le saque algunas fotos, a distancia.


Me gusta el desierto.

Pero no me gusta que me guste el desierto.

Eso concluyo tras tres horas esperando que F., filmase una secuencia de doce segundos.

Vi el script y se indicaba la duración exacta: doce segundos.


Durante esas horas en el desierto, logré sacarle casi doscientas fotos.

Todas a distancia, pero confío en la resolución de la cámara.

Tras volver a la ciudad, ella me dice que le muestre las fotos.

Yo lo hago.


¿Esa soy yo?, me pregunta, mientras ve las fotos.

Eres tú, le digo yo. Eres tú cuando no posas.

Ella mira un rato más y de pronto dio su sentencia.

Borra esas fotos, me dice. No quiero verlas.


Luego de eso compramos sushi.

Más tarde, le enviaron la grabación editada, para el comercial.

La vimos juntos, y ella pareció conforme con el resultado.

Antes de irme, a la mañana siguiente, le saqué una última foto, sin que se diera cuenta.

martes, 18 de septiembre de 2018

Boletos para un tren.


Escucho un tren pasar en algún sitio.

Yo tengo boletos a ese tren.

Estaba ordenando y me encontré con ellos.

Seis boletos, encontré.

Todos con la fecha de hoy y con mi nombre impreso.

Todos a un lugar, en el que nunca he estado.

No recuerdo bien cuándo los compré.

Ni siquiera las razones las tengo hoy tan claras.

Se va en pocas horas.

No alcanzo a preparar equipaje alguno.

Apenas unos minutos para darme una ducha y escribir al paso.

Esto es lo que escribo al paso.

Tengo los boletos a un costado, mientras escribo.

Perderé cinco de estos boletos, pienso.

Todos están a mi nombre y solo puedo usar uno.

Lo haré al azar, y guardaré los otros cinco

Me servirán para recordar que de cierta forma no viajé.

O simplemente como marcadores de páginas.

No alcanzaré a despedirme de nadie.

Tampoco sé qué clima hay, adónde voy.

Y es que el destino impreso en los boletos está algo borroso.

Y sinceramente, no me interesa mucho, esforzarme por leerlos.

Después de todo, un tren no puede dejarme en este sitio.

De hecho, es el único lugar donde no puede dejarme.

Entonces miro los boletos y pienso que solo escribiré una línea más.

Ninguno, por cierto, es un boleto de retorno.

lunes, 17 de septiembre de 2018

La corriente del río.


La corriente es fuerte en una parte del río.

No nos dejan bañarnos en esa parte.

Podemos hacerlo en el sector que se juntan pozas, o en esa parte alta donde el agua se mueve, apenas.

Alegamos un poco, pero lo cierto es que soy cobarde.

Iba a escribir somos, pero ella se metió al río en el lugar no indicado y pareció disfrutarlo.

Por un momento pensé que pasaría algo malo, pero logró detenerse sujetándose de unas rocas.

Ella me gritó desde ahí que buscara ayuda.

La muerte es algo malo.

Entonces dos adultos que tal vez eran sus padres lograron sacarla del río.

Le arrojaron una cuerda que ella amarró, bajo sus brazos.

Yo no sabía cómo ayudar y me sentía tonto, a un costado del río.

Cuando lograron sacarla ya estaba oscureciendo, y la tendieron sobre un lugar, donde había pasto.

Ella estaba tiritando así que ellos intentaban frotarla, con un par de toallas.

Ella tenía unos cortes, en la espalda, y las piernas con varios moretones.

También se había hecho daño en el lugar donde amarró las cuerdas.

La vi desnuda esa vez y me dio vergüenza.

No por verla así, sino por no haberme lanzado al rio.

Nunca hablamos de aquel día, pero yo sé que eso nos distancia.

Ella quedó viviendo en un mundo y yo en otro.

domingo, 16 de septiembre de 2018

No voy.


-¿No vienes?

-No. No voy.

-Nunca vienes. Ya ni sé para qué pregunto.

-Tal vez en otra oportunidad. Disculpa.

-No es cuestión de disculpar. Es solo que no entiendo.

-¿Qué es lo que no entiendes?

-Ya sabes… por qué te quedas… Nunca te entiendo.

-Entonces estamos igual: yo nunca voy y tú nunca entiendes.

-Pero podrías al menos explicar por qué no vas.

-Puedo si tú explicas por qué no entiendes.

-No lo digo bromeando.

-Lo sé. Yo tampoco… Además si no entiendes no creo que pueda explicártelo…

-¿Y cómo podría explicar las razones de lo que no entiendo?

-Puedes intentar.

-Además si lo entendiera no tendría que preguntar.

-Son cosas distintas…

-…

-…

-¿No te aburres de no ir?

-No. Estoy bien con no ir.

-Pero, ¿te quedas para algo?

-Digamos que me quedo para no ir.

-¿Te molesta que pregunte tanto?

-No… es solo que creo que debiese ser al revés.

-¿Qué cosa?

-Las preguntas.

-¿A qué te refieres?

-A que yo debiese preguntarte.

-¿Y qué preguntarías?

-Te preguntaría si sabes para qué vas.

-¿Por qué voy?

-No por qué, si no para qué… con qué fin…

-¿Siempre tu problema es el fin?

-No realmente, pero pensé que querías entender…

-Quiero entender.

-Pues no puedes entender si no eres capaz de cuestionar algunas cosas.

-…

-¿No lo harás ahora por que se te hace tarde, cierto?

-Cierto. Pero podemos hablarlo otro día.

-Sí. Podemos.

-…

-…

-¿Seguro entonces que no vas?

-Seguro. No voy.

sábado, 15 de septiembre de 2018

Sombreros.


No me dan confianza los sombreros.

O más bien, las personas que utilizan sombrero.

De cierta forma sospecho que se pasean pensando que llevan corona.

O creen, tal vez, que lo valioso se encuentra en la cabeza.

Es extraño, pero la situación me molesta más de lo debido.

Cuando estoy borracho, por ejemplo, me gusta ir por las calles arrancando sombreros.

Así, intentando no golpear ni causar daño, siento que estoy liberando, de cierta forma, a quien va sometido bajo ellos.

Ataco por sorpresa, corro con ellos bajo el brazo y me deshago de ellos, tras romperlos.

Una vez, tras uno de estos arrebatos, alguien me siguió por varias cuadras intentando recuperar su prenda.

No me alcanzó, pero durante la huida, alguien me sacó una foto y pusieron una especie de aviso.

No se veía mi rostro, pero aparecía de lejos, corriendo, y se decía que tuviesen cuidado, que era un ladrón, por sorpresa.

Hubo un par de esos anuncios pegados por varias semanas en unos postes y en una muralla del barrio Lastarria.

En uno de ellos, sentí la necesidad de escribir una especie de manifiesto, en el que intentaba explicar, además, que no se trataba de un robo cualquiera, sino que era un ataque dirigido exclusivamente a los sombreros, y a lo que ellos -al menos para mí-, representaban.

No sé si alguien habrá leído aquello, pero estuvo ahí, pegado, hasta que la lluvia lo terminó de arrancar, con el tiempo.

Después de eso, debo haber realizado unos cuantos ataques más, hasta que un día me sorprendí mirando con odio no solo los sombreros, sino la cabeza de algunos transeúntes.

Preocupado, dejé de tomar por un tiempo hasta que me abandonara esa sensación.

Supongo que funcionó bien, pues no recuerdo haber vuelto a esas andanzas, desde entonces.

Perdí así mi pasión, como el resto.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Tarde o temprano.

“Pero tarde o temprano tienen que hablar.
Esto es lo que destroza el mundo.”
DDL

Lo intento.

A veces lo intento.

Como ahora.

Lo intento porque el mundo intacto.

Porque el mundo intacto, si soy sincero.

Porque el mundo intacto no me agrada.

Cuesta decirlo.

Ni siquiera bien, lo he dicho.

Y es que duele decirlo.

Duele decirlo y no decirlo.

Hasta la más pequeña de las palabras.

Hasta la más pequeña se resiste a ser dicha.

Tras una ventana.

Siempre tras de una ventana.

Y detrás del vidrio, el mundo.

Y las palabras en el vidrio

Y uno no sabe entonces donde está.

Ni donde merece estar.

Pero lo intento.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Ya hemos hablado de esto.


Me parece que ya hemos hablado de esto, me dijo. Yo no le respondí porque supongo era cierto. Y es que tras treinta años juntos, era poco realmente de lo que no habíamos hablado. Siendo sincero, sin embargo, aclaro que ella hacía referencia a un reclamo por alguno de mis comportamientos que, según decía, le resultaban insoportables.

-¿Insoportables desde hace cuánto? –preguntaba yo, entonces-, ¿veinte años más o menos?

Ella solía molestarse más si yo intentaba atacar sus palabras y no aquello que concretamente me reclamaba. Yo si podía intentaba evitarlo, pero era algo en lo que caíamos siempre que comenzábamos a discutir.

-No sabes cómo defenderte –seguía ella-, prefieres buscar imprecisiones en el lenguaje en vez de hablar realmente de lo que me molesta…

Luego de esto ella volvía a enumerar lo que  le molestaba de mí y yo escuchaba por un rato, hasta que yo volvía a atacar la imprecisión en su forma de expresarse o simplemente fingía indiferencia y le decía que tomara una decisión si todo esto le era tan difícil.

Siempre era así, pero esta vez fue la que dijo esa frase, en medio de todo.

-Me parece que ya hemos hablado de esto –fue lo que ella dijo.

Lo extraño fue que, tras decirlo, esta vez se quedó pensando, aparentemente, en lo que había dicho. Y guardó silencio.

No volvimos a discutir desde entonces y, de forma civilizada, ella me comunicó a las dos semanas que quería separarse definitivamente, de mí.

Estuve a punto de cuestionarle el uso del adverbio, pero me di cuenta que todo estaba en orden.

Ahora debo tomar una decisión.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Una destrucción controlada.


-Estoy seguro que todo es una destrucción controlada.

-¿Una destrucción controlada?

-Sí, como en esas  demoliciones que a veces aparecen en las noticias… algún edificio que derriban en pocos segundos y…

-Entiendo. O sea, creo que entiendo… ¿Dices que todo se está derrumbando en pocos segundos…?

-No. No he dicho eso. O al menos no es lo principal de lo que he dicho.

-¿Y entonces?

-Yo me refiero al aspecto del control, y al del derrumbe. Y digo que todo opera de esa forma. Alguien debe estar tras todo esto y haber planificado un gran número de destrucciones controladas…

-¿Alguien?

-Sí. Alguien. Pero no sé quién.

-¿Y aquello que se derrumba…? ¿Cuál es la destrucción controlada…?

-Todo, ya te lo dije. La historia entera. Un imperio… una epidemia… una guerra… todas son destrucciones controladas… Intenta mirarlas desde fuera y verás que nada parece afectar verdaderamente al todo… Toda destrucción está controlada. Nunca se destruye algo que no se reemplace… se destruyen ciudades que luego se levantan…. Mueren generaciones de hombres, pero luego llegan otras nuevas…

-¿Para renovar?

-No sé… Tal vez, para renovar. Los motivos y quién lo realiza es algo que no comprendo, pero no me cabe duda que es así.

-¿Es una teoría incompleta, entonces?


-No es una teoría. Es una percepción. Una comprensión incluso, si se quiere. Todo es una destrucción controlada. Escríbelo por ahí, para que sepas que al menos hay alguien que se da cuenta…

martes, 11 de septiembre de 2018

Un gato. Un jardín. Unos pájaros.


En el antiguo Egipto los faraones momificaban a sus gatos.

Mi vecino también lo hace unos miles de años después.

No es faraón ni mucho menos, pero envió su gato donde un  taxidermista.

Este último, al parecer, no escatimó en relleno, pues sin duda el gato me pareció más gordo.

Lo tuvo unos días dentro de casa, pero finalmente quiso utilizarlo en el jardín, para ahuyentar unos pájaros.

Ahí fue cuando lo vi.

Estaba en el medio de su jardín y, tal como dije, se veía más gordo.

Tres días después resultó que al gato se lo habían comido los pájaros.

Lo habían picoteado y se habían comido casi todo el relleno.

Entonces, mi vecino recogió los restos que quedaban y se dispuso a enterrarlo.

Vino  a mi casa y me pidió una pala.

Luego preguntó si podía ayudarlo con eso.

“Eso”, por supuesto, era enterrar al gato.

Así lo hicimos.

Cavamos una tumba y enterramos el cuerpo.

No hubo recuerdos ni buenos deseos, simplemente lo enterramos.

Si un día tengo otro animal, dijo mi vecino, trataré que sea uno que viva largos años, y que no dé problemas.

Desde entonces, por supuesto, no ha conseguido otro animal.

Por las tardes, lo veo solo, junto al jardín, sentado en una silla.

A la distancia, por cierto, pareciera que ha engordado un poco.

Sobre su jardín, se observan algunos pájaros.

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