lunes, 31 de diciembre de 2018

Al borde del río.


Antes había piedras en el borde de este río.

Un montón de piedras, en su mayoría pequeñas, de diversos colores.

Yo no creo que sea cierto, pero dicen que aquí cerca vivía un hombre que le gustaba venir hasta acá y lanzar esas piedras al río.

Sin desesperarse, como si se tratase de una misión… de forma constante.

Todos los días, todas las semanas, todos los meses y años de su vida, hasta que se acabaron las piedras.

Luego, nadie acierta a decir qué ocurrió con aquel hombre, aunque ya era bastante mayor, por lo que debió haber muerto.

La historia es extraña, por supuesto, pues nadie sabe más de aquel hombre salvo que lanzaba las piedras al río.

Nada dicen sobre su familia.

Nada sobre el lugar específico en que vivía.

Ni siquiera saben su nombre.

Todos sin embargo, en el sector, dicen que alguna vez lo vieron y no dudan de la veracidad de aquella historia.

-Ningún turista nos cree, -me dicen-, y lo toman simplemente como una leyenda del lugar…

Entonces intento creer, mirando el borde del río, lleno de tierra fina y pequeña arenilla.

Pero si soy sincero, no creo que la vida de un hombre alcance para eso.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Un caballo de Troya,


Soñé que era un caballo de Troya.

No sé si el original, pero era yo un caballo grande, de madera.

Llevaba en mí un gran número de personas ocultas, al parecer armadas.

Me costaba comprender la situación, por cierto, pues tal como decía, yo solo era un caballo de madera.

Me arrastraban otros hombres, y al parecer tenía ruedas en mi base.

Había gran alboroto y música cuando me recibían.

Todos hablaban de lo bello que era

Pero yo –como todos-, ignoraba cómo era realmente.

Pasó entonces el tiempo y hubo frío y todo se volvió silencio.

Entonces, se abrió mi vientre y comenzaron a salir de él los que iban escondidos.

Escuché sus voces y hasta el sonido de sus armas.

Poco después comenzó el caos.

Se escuchaban gritos y sentía el fuego, ardiendo en la ciudad.

Voces de mujeres y niños pidiendo por sus vidas se escuchaban en las calles.

Yo, en tanto, estaba vacío, intentando comprender qué pasaba.

Entonces, sentí que alguien volvía a meterse en mi vientre y cerraba por dentro.

Yo no podía entender a qué había regresado.

La persona al parecer estaba herida, aunque luego se quedó quieta y perdió su temperatura.

Entonces el fuego llegó también hasta mí, y me quemé, mientras despertaba.

No recuerdo, aunque me esfuerce, nada más.

sábado, 29 de diciembre de 2018

Tres chistes sin remate.


Lo crean o no a veces preparo rutinas humorísticas.

O más bien, descripciones humorísticas para las viñetas de una revista.

Lamentablemente, la mayor parte de las veces los chistes se tuercen en otra dirección y quedan sin remate.

Aquí dejo tres ejemplos:


I.

Se encuentran en una convención tres actores porno.

Un actor porno africano, uno chino y un chileno.

Los tres han sido nominados para el mismo premio y los tres, también, han hecho un discurso.

Antes de la premiación se reúnen causalmente en un bar, donde todos brindan en memoria de una actriz que se suicidó el mes pasado.

Los tres habían trabajado con la actriz, aunque no la recordaban mayormente.

Entonces, el actor porno chileno levantó su vaso y dijo:


II.

Yuri Gagarin se regresa a la Tierra y da una serie de entrevistas.

Luego va a casa con su mujer.

En silencio, recorre la casa, pues algo le parece extraño, pero no sabe precisar qué.

Le ocurre lo mismo al mirar a su esposa.

Como si hubiese vuelto a otra Tierra, tal vez.

Todavía no han pronunciado palabra cuando a él le parece ver a alguien escondido en un mueble donde guarda el vodka.

Entonces él la mira fijamente y le pregunta:


III.

Están Lennon Y McCartney en la playa viendo cómo Harrison mira el horizonte.

Ambos están drogados y quieren gastarle una broma a George.

Entonces Lennon escribe algo en un papel y acercándose a Harrison se lo pega en la espalda.

Harrison siente algo y sospecha de una broma, pero prefiere seguir mirando el horizonte.

Finalmente, antes de irse del lugar, Harrison escribe algo en la arena.

Intrigados, Lennon y MacCartney van a ver qué es lo que George ha escrito.

Entonces… 

viernes, 28 de diciembre de 2018

Ruidos.


I.

Llegan ruidos.

Me acostumbro a ellos, pero llegan ruidos.

Tanto en la ciudad como en la montaña llegan ruidos.

Incluso en el desierto, llegan ruidos.


II.

No me agradan los ruidos.

Ante el silencio, sin embargo, prefiero el ruido.

Dicen que cuando hay vida, hay ruido.

Pero en la muerte también hay ruido.


III.

Los niños quieren ser astronautas para huir del ruido.

Pero los planetas y los astros hacen ruido.

Y qué decir de los cometas… ¡cuánto ruido…!

Pero nos mienten sobre ellos y la mentira es ruido.


IV.

La música es un invento para dar orden al ruido.

Aunque Russolo y Bartok dejaron libre al ruido.

Y en la libertad el caos asusta como el ruido.

Entonces los hombres alaban el silencio, para cubrir al ruido.


V.

De todas formas siempre llegan ruidos.

Aunque construyamos iglesias, para huir del ruido.

Y es que el verdadero Dios no es paz: es ruido.

Y su voz ensordece y molesta como el peor ruido.


VI.

La nada es lo contrario del ruido.

Puedes ir hacia ella o acostumbrarte al ruido.

La sangre en tu cuerpo produce ruido.

Deja que la sangre en tu cuerpo, produzca ruido.

jueves, 27 de diciembre de 2018

En la montaña, pensando cosas.


Estaba en la montaña pensando cosas.

Algunas importantes y otras no tanto.

Era de mañana y tenía un termo con café, unas galletas, una manzana y una botella con agua.

Debía bajar de la montaña en ocho horas.

Como subí sin celular ni reloj, debía calcular la hora por la posición del sol.

No es tan difícil y por lo general me oriento de esa forma, así que no me preocupé en este aspecto.

Sí me preocupé en cambio de llevar una lista con algunas acciones que he realizado estos días y que aún no sé hacia dónde me dirigen.

Renunciar al trabajo, regalar mis pocos ahorros y hasta atrasarme en la escritura de este blog, después de no haber fallado nunca con la entrada diaria durante más de ocho años.

Sin embargo, por más que mirará la lista no lograba asociarlo con ninguna idea o sensación concreta.

Entonces, fui buscando una serie de frases que pudiesen dar alguna luz sobre mis acciones.

Me dije varias, pero ninguna me dejaba convencido.

Finalmente, mientras bajaba la montaña decidí que las acciones ya tenían luz propia y no debían ser iluminadas por ninguna otra, para revelar nada.

Me tomé el agua y comí la manzana.

Luego regresé a mi hogar.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Abejas de plástico para flores de plástico.


He descubierto que me gustan los artículos de jardín.

Pequeñas palas para trabajar la tierra, rastrillos, maceteros y hasta uno que otro adorno que antes me hubiese parecido molesto.

Y es que hasta hace unos años no hubiese previsto que me agradara el hacerme cargo de unas plantas o incluso de un pequeño huerto.

Y claro, de vez en cuando a uno se le olvida algún detalle, pero los descuidos son cada vez menos y de pronto uno se descubre regándolas como prioridad, o moviéndolas para que reciban sol o para resguardarlas del frío.

Tal vez por esto es porque me molestan al mismo tiempo cada vez más las plantas y flores de plástico, o de cualquier material en realidad, destinado para durar.

Y me molesta sobre todo que se vendan en los mismos sectores con las plantas reales.

Hace unos días, por ejemplo, observé que vendían una bolsita con abejas de plástico.

Abejas de plástico para flores de plástico.

Me quedé entonces tan absorto en ellas que una vendedora se acercó para cumplir con su rol.

-Buenas tardes –me dijo-, bienvenido a X., mi nombre es G., ¿le interesan las abejas?

-No son abejas –le dije, cortante.

Entonces ella me miró extrañada, sopeso la situación y finalmente decidió ir por otro comprador, que estaba a mi izquierda.

Yo, en tanto, salí del lugar todavía molesto, buscando palabras de plástico, con las que dar cuenta de aquella situación.

martes, 25 de diciembre de 2018

Cosas raras con Murakami.


Siempre me pasan cosas raras con los libros de Murakami.

A veces, por ejemplo, descubro que he escrito cosas similares, y, en novelas al menos, se me repiten algunos elementos.

El pozo, la gente pequeña, el animal extraño que se fotografía, la mujer que desaparece y el hombre que no sabe si buscarla o no buscarla.

Ya de pequeño, también, gané un premio menor con un cuento en el que un hombre miraba dos lunas mientras escuchaba una obra de Janacek y hasta entraban en una especie de otro mundo.

Por suerte fue antes que Murakami escribiese 1Q84 así que era absurdo acusarme de plagio.

Incluso, tengo la impresión que una vez me crucé con él en Barcelona, hace varios años mientras yo caminaba por la costa y un japonés pasó trotando en la otra dirección.

Años después, de hecho, investigué sobre la posibilidad y Murakami justamente había estado en Barcelona e aquella fecha.

Sn muchas más las otras coincidencias y hasta tengo una teoría al respecto, pero no la desarrollaré acá.

Simplemente contaré que ayer un desconocido me detuvo en la calle y me ofreció vender un libro.

Era el libro dos de La muerte del comendador, que todavía no se publica, aunque creo que saldrá en un par de semanas.

El libro parecía ser la maqueta de prueba de la editorial –no era pirata, al menos-, y tiene la fecha de la primera edición de enero del 2019.

-Este es el libro 2 –le dije al tipo-, y todavía no sale.

-Usted ya leyó el primero –se limitó a decir, y luego me dio un precio.

Selo pagué y no hablamos más.

Iba con mi hijo, quien está acostumbrado a que ocurran este tipo de cosas.

Él también una vez me contó que sueña con gente pequeña y ha visto dos lunas, desde el interior de nuestra casa.

Pero eso es otra historia.


lunes, 24 de diciembre de 2018

Una serpiente y un ratón.


Me regalaron una serpiente de mascota.

Y para alimentarla me regalaron un ratón.

Los dejé juntos y también les dejé agua.

Me dijeron que eso bastaba por unos días.

Entonces viaje para pasar unos días en la montaña.

En una pequeña cabaña de un pariente que hace figuras con madera.

En la entrada, de hecho, había hecho un pesebre, no muy grande, pero con una gran variedad de figuras.

Al día de llegar encontramos una culebra en el pesebre, entre las figuras.

Se había enroscado entre ellas y al parecer se había comido a uno de los reyes magos.

Creo que a Melchor.

Pensaron en matarla, pero los convencí que la dejaran de mascota.

Y les dije que podían alimentara, si querían, con un ratón.

Por la tarde, junto a un primo, cazamos un ratón para alimentar al reptil.

Era bastante grande, pero confiamos en que la culebra podría con él de todas formas.

Los dejamos juntos en una caja de madera y también les dejé agua.

Volví esa misma noche a mi casa, a los pies de la montaña.

Mi serpiente estaba enroscada, junto al ratón.

Ambos estaban vivos y el agua estaba intacta.

Llamé horas después a mi tío y le pregunté qué había pasado con la culebra y el ratón.

Él me dio que ambos estaban vivos y el agua estaba intacta.

Mientras hablábamos, nos percatamos que era ya bastante tarde, pero la noche todavía no llegaba.

domingo, 23 de diciembre de 2018

Qué sacas con mirar la luna.


-¿Qué sacas con mirar la luna?

-Perdón, ¿qué dices…?

-Te pregunto qué obtienes con mirar la luna.

-¿Te molesta que la mire?

-No, no es eso.

-¿Y entonces?

-Entonces te pregunto qué obtienes al mirarla. Qué comprendes.

-Pues no sé. Supongo que es una sensación… Solo la miro.

-Wingarden decía que al mirar la luna te conviertes en otra luna… o en una luna de la luna, o algo así…

-¿Y eso es bueno o es malo?

-¿Según Wingarden?

-No. Según tú.

-Pues según yo es bueno si quieres ser otra cosa, pero es malo si lo haces buscando comprender algo… sobre todo algo de ti mismo, o de los otros…

-No te entiendo.

-Me refiero a que por más que mires la luna estarás siempre a la misma distancia de ella… la misma distancia comprensiva, por así decirlo…

-¿Y entonces?

-Y entonces estarías en órbita con ella… a una misma distancia… mostrándose la misma cara… frente a frente, pero sin comprender nada uno del otro…

-¿Y si uno no quiere comprender?

-Pues nada… sigue mirándola y ya… solo que siempre que veo a alguien mirar la luna me da la impresión que quiere comprender algo y erra el camino.

-¿Eso es lo que crees tú?

-Sí. Más o menos.

-¿Y Wingarden?

-Pues sí… creo que cree lo mismo… más o menos.

sábado, 22 de diciembre de 2018

Challas.


En Marzo fue el primer mes que ella encontró challas entre la ropa de su marido. No fueron más de diez, pero ella sospechó de inmediato y dejó las challas en línea, sobre la mesa de la cocina, y le preguntó directamente qué significaban.

-No significan nada –dijo él-, ¿qué pueden significar unas cuántas challas?

-No sé –le dijo ella-, por eso te pregunto.

Él se rio del asunto y le dijo que tal vez le habían caído encima en el metro, que en realidad no sabía cómo habían llegado hasta su ropa.

-¿Crees que anduve de fiesta? –le pregunto entonces.

-No creo nada –dijo ella-, por eso te pregunto.

-Pues es ridículo –zanjó él-, ni siquiera se usan challas en las fiestas… No tiene sentido alguno…

El asunto no pasó a mayores esa vez e incuso ella se sintió ridícula desconfiando de esa forma. Intentó no pensar más en el asunto y tal vez lo hubiera logrado si no hubiese vuelto a encontrar otro grupo de challas un par de semanas después.

Esta vez, ella puso las challas sobre la mesa de la cocina –eran veintidós-, en cualquier orden, en un pequeño grupo. Desayunaron en silencio, sobre la mesa en que estaban las challas, pero él pareció no notarlas. Ella, en cambio, no dejó de mirarlas y hasta le pareció encontrar una figura, en la forma en que quedaron dispuestas, como si se tratase de una constelación.

-¿Todo bien? –preguntó él, antes de irse.

-Todo bien –dijo ella-. Todo bien.

Luego él se fue y ella guardo las challas.

Lo hizo así hasta la sexta vez que encontró. Luego las comenzó a botaras directamente y extrañamente el asunto dejo de importarle.

-Solo son challas -se dijo a sí misma, la última vez que encontró-. Insignificantes challas…

Luego las botó y comenzó a preparar la cena.

-No da siquiera para una historia –dijo.

viernes, 21 de diciembre de 2018

Sueño.


Soñé que Fassbinder estaba vivo y dirigía en el patio de mi casa el especial de navidad para una serie que trataba de un vendedor de aspirinas.

Tanto él como los actores hablaban en alemán y daban vueltas por la casa de forma brusca, sin preocuparse de nada.

Por lo mismo, yo debía andar atento pues algunos cambiaban cosas de lugar y debía preparar algunas cosas para comer, además de limpiar a cada rato.

Por si fuera poco, el propio Fassbinder se paseaba por mi biblioteca y de vez en cuando sacaba algún libro, que luego dejaba en cualquier sitio, incapaz de leerlos, en español.

Por la ventana de mi cuarto miraba la filmación, que por lo general se desarrolló en el patio en un set improvisado con unos muros falsos opacos y una pequeña decoración que indicaba que estaban en navidad.

Los actores eran solo cuatro: el vendedor de aspirinas, su esposa, una mujer mayor que parecía ser la madre del primero y un hombre que venía de visita y que sufría constantes dolores de cabeza y se acostaba con la mujer del vendedor.

La grabación, por cierto, era amarga y agresiva, como el propio Fassbinder.

Hacia el final del capítulo la esposa le entrega un regalo al vendedor, pero este lo deja a un lado y decide no abrirlo.

jueves, 20 de diciembre de 2018

Galletas de navidad.


Hace galletas de navidad todos los años.

Le enseñaron de pequeña, aunque en asuntos de decoración ha sido más bien autodidacta.

Fue mejorando la receta con el tiempo y practica algunos cambios cada año, a partir de septiembre.

Este año, por ejemplo, varió la cantidad de jengibre y agregó un toque de miel, en la pasta para el decorado.

Por lo general acostumbra a terminar, en detalle, cien galletas.

Y realiza diez diseños diferentes.

Hace pequeñas cajas en las que mete diez de ellas y las regala a sus seres queridos.

Por lo general no tiene problemas con la lista, aunque este año puede que sobren galletas.

Se ha divorciado en abril y su hijo mayor se ha ido a estudiar a Australia.

Le preguntó por las posibilidades de enviar las galletas, pero su hijo le dijo que no se preocupara, pues enviar alimentos podía resultar complicado.

Además dudó bastante si enviar o no a su hermana, pues discutieron las dos veces que se reunieron este año.

Finalmente, sin embargo, optó por enviarle las diez que consideró menos perfectas.

Así, finalmente, este año, solo ha decidido enviar a ocho personas.

Confeccionó igualmente, en todo caso, las diez cajas, por lo que dos de ellas parecen mirarla, desde el mueble, como animales abandonados.

Yo le diría que se deje una para ella misma y me dé otra mí, pero tal vez sea demasiado compromiso.

Además, las galletas están tan bien terminadas que me apenaría comerlas.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Ecuaciones.


De vez en cuando sueño con ecuaciones.

Un par de veces, al despertar,  las he escrito.

No distingo bien los signos, por lo que casi todas, para mí, son incógnitas.

Llenan cuatro páginas de una libreta que tengo en mi velador.

Nunca me he preocupado de buscar qué significan.

Nunca lo he intentado, aunque sospecho que tienen algún tipo de sentido.

Y es que aunque resolvieran algo, no sé realmente qué resolverían.

Así y todo, hay momentos en que me gusta observarlas.

Generalmente lo hago cuando me siento tranquilo.

Me voy hasta un rincón y pongo algo de música.

Entonces, saco la libreta y paso mi vista por las ecuaciones.

Igual como de pequeño me gustaba hacer sonar textos en idiomas que desconocía.

Ahora, en cambio, como una forma de leerlas, transcribo las ecuaciones.

Voy copiando uno a uno los números y signos intentando que todo parezca organizado.

Lo hago en hojas especiales, con cuidado, como si se tratase de un dibujo.

Y es extraño, porque me emociona ver aquello que extraigo del sueño y que no sé qué significa.

Una vez lloré, incluso, pensando que Dios me hablaba de esa forma.

Y pasé entonces mis dedos sobre las ecuaciones como si acariciase mi interior.

martes, 18 de diciembre de 2018

Un accidente.


Un amigo tuvo un accidente en moto.

Un auto adelantó a otro y de pasó chocó a mi amigo.

Según el informe mi amigo fue eyectado casi treinta metros y se estrelló contra otro vehículo.

Sufrió varias heridas graves.

La más notoria fue que le amputaron una pierna.

La moto extrañamente, no sufrió mayores daños.

Por lo mismo, semanas después, obtuvo por ella un buen precio.

Con el dinero de la venta, más un poco que reunimos, pagó una prótesis.

La encargó a Suecia, tras consultar a un gran número de expertos.

Envió las medidas y los detalles de los requerimientos.

Un mes después, aproximadamente, llegó la prótesis.

Nos juntamos varios en su casa, para armar la pierna.

Fue bastante difícil pues estábamos borrachos y la prótesis no parecía pierna.

Es decir, cumplía la función, pero no tenía la apariencia de una pierna.

Finalmente la armamos, aunque nos sobraron dos piezas.

Se probó la prótesis y encajó de maravilla.

Se puso de pie y uno de nosotros sacó el celular para grabar un video.

Intenta avanzar, le dijimos.

Él lo hizo.

Dio dos pasos, tambaleándose un poco.

Todo parecía funcionar bien.

Festejamos bebiendo unas cervezas.

Una de las piezas que sobró sirvió de destapador y con la otra le hicimos un llavero.

Seguíamos bebiendo cuando un par de tipos pasó corriendo por fuera de la casa gritando que había comenzado el fin del mundo.

Poco después comenzó el caos.

lunes, 17 de diciembre de 2018

Vivir en el DeLorean.


-Es como vivir en el DeLorean –me dijo-, voy por la ciudad y observo lo que viene…

-Me alegro –dije yo, por cumplir.

-Pues no hay de qué alegrarse –siguió-, vivir en el DeLorean es una mierda.

-Tal vez tengas que ventilarlo de vez en cuando…

-No es eso… -siguió-. Ya sabes, el futuro…

-Claro –interrumpí-. Ya se sabe que el futuro es una mierda.

-Tampoco es eso –siguió-. De hecho no necesariamente es una mierda…

-¿Y cuál es el problema entonces? –pregunté.

-El que te decía antes: vivir en el DeLorean.

-¿Y…?

-Y ver el futuro, claro…

-Porque el futuro es una mierda.

-No, hueón… -dijo ahora, algo molesto-. El problema no es que el futuro sea una mierda o no lo sea…

-¿Y cuál es el problema entonces?

-Pues eso… no sé cómo decirlo de otra forma…

-¿Vivir en el DeLorean?

-¡Exacto…! –exclamó-. ¿Me comprendes, entonces?

-No. Solo repetía lo que habías dicho antes.

-Y no entiendes…

-No.

-Ni quieres hacerlo.

-Ehh… no, –confesé- Creo que no.

-Ni vas a hacerlo.

-Pues no sé –le dije-, dime tú… tú vas en el DeLorean.

-Todos vamos –señaló.  Viviendo en el DeLorean se ve que todos van en un DeLorian.

-Eh… ya… -acepté-. Todos vamos en un DeLorean.

-No digas nada más –dijo entonces-. Estaciónate ahí.

Y eso hice.

domingo, 16 de diciembre de 2018

Errores en los submarinos.


Hay errores en los submarinos.

Fallas graves, digamos.

Equivocación, incluso, en el concepto.

Eso pienso, al menos, mientras observo uno flotando en la superficie.

Ha emergido hace poco y ha llamado la atención.

Algunas personas lo fotografían como si fuese un monstruo que surgió desde la profundidad.

Yo, en cambio, lo veo más como un animal perdido, o como una ballena que se acerca a la costa, para morir sobre la arena.

Y es que un submarino no debiese ni asomarse fuera del agua.

No es su lugar, digamos.

No pertenece a ese sitio.

Apenas emerge parece un resto.

Un trozo de algo, que se ha desprendido.

O un hombre muerto que ha aparecido flotando en la costa.

Esa es mi postura.

Un submarino no debiese salir del agua si sigue vivo.

O en funcionamiento, digamos.

De hecho, debiese buscar otra superficie, allá abajo.

Otra superficie, por supuesto.

Una superficie bajo la superficie.

Esa es la gracia del submarino.

Su razón de ser, si se quiere.

La esencia del submarino.

En cambio, preferimos olvidar la esencia de las cosas y restarle importancia.

Fotografiarnos con el submarino y celebrar que agoniza.

Que fracasó en el encuentro de esa otra superficie.

Que huyó de la profundidad.

Que la encontró demasiado oscura y prefirió flotar como un muerto.

¡Pobre submarino…!

Eres uno más, entre nosotros

sábado, 15 de diciembre de 2018

Cumpleaños.


Le dijimos que iríamos para su cumpleaños y ella imaginó un pastel. Uno de chocolate y relleno de crema. Imaginó que la dejarían comer ese día todo lo que ella quisiese así que comió poco la semana previa, para no engordar. El miércoles incluso, en el patio de la tarde, pidió que le dieran materiales para construir una tarjeta. Solo consiguió una hoja blanca y lápices de tres colores, pero se las arregló igual. En la tarjeta daba las gracias por la torta y la había dibujado grande, pintada de negro, con muchas velas. Fue entonces que por alguna razón pensó que no llevaríamos velas. O que no nos dejarían encenderlas, en aquel lugar. Trató de conseguir algunas con los otros, pero esos eran productos prohibidos. Afortunadamente, la Gladis tenía dos velas grandes escondidas y las cambió –le prometió cambiarlas, más bien-, por dos trozos grandes de la torta de chocolate que estaba dibujada en la tarjeta. Guardó las velas envueltas en un papel, junto a la tarjeta y nos esperó toda la semana. Cuando llegaos allá, mientras le cantábamos, ella parecía algo molesta, mientras comparaba el pequeño pastel que le habíamos llevado con el dibujo de la tarjeta, que escondía entre sus manos. No sopló porque no nos dejaron entrar velas y ella no nos pasó las suyas. Tampoco nos dio la tarjeta aunque igual se comió el pastel. Cuando nos despedimos nos llamó mentirosos y se fue dejando su tarjeta, arrugada, sobre la silla. Ese fue el último cumpleaños.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Las luces de navidad.

Usaron escaleras para poner las luces de navidad. Ya cerca de terminar apoyaron la escalera en una ventana y entonces el vidrió se quebró y el hijo menor se vino abajo. Sufrió varios cortes y llegó una ambulancia a buscarlo. Entonces los vecinos se acercaron para ver qué ocurría. La ambulancia llegó con las luces encendidas y la sirena sonando, pues habían temido algo peor. Se lo llevaron al hospital para extraer de forma segura unos trozos de vidrio y suturar algunas heridas. Le pusieron en total 214 puntos. Perdió la movilidad de un par de dedos de la mano izquierda, pero en lo demás quedó igual, salvo por las cicatrices. Volvió a casa justo el día 24, por lo que alcanzó a pasar la nochebuena con la familia. Cuando llegó, se fijó que ya habían reemplazado el vidrio roto. Era de día, pero las luces que adornaban la casa estaban encendidas. Tal vez lo hicieron así para celebrar su llegada, pensó el recién llegado. Cuando preguntó, le dijeron que las luces las terminó de poner el hermano mayor y que debieron pintar sobre las manchas de sangre. No supieron que más contarle y él tampoco sintió que debiese preguntar nada más. Se quedaron entonces en silencio, mientras las luces encendidas en pleno día apenas se notaban.

jueves, 13 de diciembre de 2018

No escribí y el cuerpo se me descompuso.


No escribí y el cuerpo se me descompuso.

Aunque algunos podrían pensar que fue al revés.

Tengo fiebre, vómitos y sudo a cada instante.

Y las páginas en blanco se suman y uno no es capaz ni de pensar en eso.


Trato de escaparme del cuerpo descompuesto.

Pero cuando el cuerpo se me descompone todo yo soy cuerpo.

Y la fiebre me limita y el espíritu no se manifiesta.

Y sobre los hombros un peso extraño se posa, como hundiéndome en mí mismo.


Antes yo mismo pensaba que el mal del cuerpo era primero.

Y que luego, claro está, venía el no escribir.

Pero uno se deja de mentir, con el tiempo, y la verdad aflora.

Pero escribir para evitar que esto ocurra, no es honesto en modo alguno.


Si hubiese escrito habría vencido al cuerpo.

Y la descomposición se habría asentado, de hacerlo, en otro sitio.

Pero no escribí y el cuerpo se me descompuso.

Y el dolor parece tener más significado que todo lo que alguna vez, he escrito.


Y claro, es en estos momentos cuando pienso.

Que cuando escriba nuevamente debo hacerlo sin escapar del dolor.

En medio del vómito, sudoroso y con la fiebre en su punto más alto.

Y la verdad se acerque, nuevamente, a calmar la carne.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Cajones.


Como quería tener cajones para todo, hice muebles extraños.

Cajoneras con decenas de compartimientos para guardar de forma específica cada una de mis pertenencias.

Siempre pensé que tenía pocas cosas, hasta que me encontraba con la necesidad de hacer un nuevo mueble.

Y luego otro.

Quienes venían a casa se detenían a observar los muebles y a veces pedían sacar fotos.

Incluso en ocasiones me mandaban copias, y yo las guardaba en un cajón determinado.

Con el tiempo, sin embargo, la casa se fue haciendo pequeña e intenté detener la construcción.

De hecho, lo que hice realmente fue detener la adquisición de cosas.

Incluso, comencé a eliminar a algunas que no lograba determinar dónde debía guardar.

Algunos amigos se preocuparon e intentaron que me hiciese ver.

Con el tiempo, accedí a ir a un doctor para explicar qué me sucedía.

Llevé fotos de los muebles y hasta me acompañó una amiga, para que asegurar mi asistencia.

El primer doctor me derivó a otro y el otro después de varias sesiones me dio a tomar tres tipos de pastillas.

Para guardarlas me regaló un objeto que tenía tres compartimientos, uno para las pastillas de cada tipo.

Tres cajitas, digamos.

Las tomé por dos meses y luego las dejé en el cajón con las otras pastillas que ya no tomo.

Mis amigos creen que estoy mejor y nos juntamos a tomar de vez en cuando.

Ninguno se ha matado, todavía, aunque uno murió en un accidente.

Cada uno se arma la vida como puede.

martes, 11 de diciembre de 2018

Puntos.


Marqué en el mapa algunos puntos.

Pasó el tiempo y viajé hasta ellos.

Tal vez tenía la esperanza que el recorrido revelara algo.

Como esos juegos en que unes puntos y aparece una figura.

No fue así, por supuesto.

Y el viaje perdió, en consecuencia, parte de su atractivo.

Entonces pensé en buscar puntos que formaran, ahora sí, alguna imagen.

Y pasé de esta forma horas frente al mapa.

Preguntándome una y otra vez qué figura era la adecuada.

Cuál contenía, digamos, un significado propio.

Tras probar con varios, desistí.

Y quise creer que el azar, en definitiva, terminaría por revelar la verdadera figura.

Volví así a marcar puntos.

Sin lógica alguna, los marqué.

Y decidí, nuevamente, recorrerlos.

Fui de uno a otro, olvidándome incluso que eran puntos.

Y es que comprendí, en el trayecto, que no hay líneas que unan los puntos.

O más bien, que las líneas trazadas estaban formadas, a su vez por infinitos puntos.

Tras esta comprensión, un día, sin más, me detuve.

Y al observar el mapa solo vi una infinidad de puntos, en contacto.

Y hasta mis manos me parecieron entonces, existir de esta misma forma.

Y marqué en mí, como antes en el mapa, algunos puntos.

Sin saber qué buscaba, los marqué.

Un último intento, pensé, para trazar la figura.

O tal vez una trampa, para atraparse uno mismo.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Sin comentario alguno.


Durmió en el auto durante seis meses. Lo estacionaba en un sector lejano, sobre la colina. Cuando el cielo estaba despejado y en la casa encendían las luces, él podía distinguirla, a lo lejos. Lavaba la ropa en una lavandería y solo planchaba las camisas, en casa de un primo. Luego las metía en la parte superior del bolso y las dejaba en el auto. Estaba inscrito en un gimnasio pequeño donde se duchaba cada día, aunque prácticamente no hacia ejercicios. En el trabajo, siguió asistiendo como de costumbre, aunque todos lo notaban más reservado. Esa fue la rutina que llevó durante seis meses.

Ocurrió entonces que una noche, mientras se masturbaba, antes de dormirse, vio unas luces de color extraño, fuera del auto. Por un momento pensó que se trataba de otro vehículo que había llegado hasta el lugar, pero pronto se dio cuenta que las luces eran de otro tipo.

No le fue fácil explicarnos lo que vio y aun así ninguno de nosotros le creyó, hasta que días después nos mostró una grabación, que hizo con el celular. No se ve muy claro, por supuesto, pero se aprecian al menos dos seres con apariencia extraña, sentados sobre una roca, emitiendo unas luces extrañas.

-Una vez me hablaron –señaló, cuando nos enseñó la grabación-. Creo que también tenían problemas, pero los sabían llevar…

-Ya –le dije yo, todavía escéptico.

-No sé en todo caso en qué idioma me hablaron, pero creo que hubo comprensión entre nosotros -agregó.

-¿Nada más que contar? -le dijimos entonces, algo incómodos y con ganas de cortar el tema.

-Nada -concluyó-. Simplemente, como ya era innecesario, apagaron sus luces, y dejaron de brillar.

No hicimos comentario alguno.

Seguidores

Archivo del blog

Datos personales