domingo, 4 de diciembre de 2016

Hablar de otra cosa.


Ese era mi lugar, pero ya no. Te mueves y ya no hay más. Lo que viene es caída o ascenso, pero no es lugar. Y es que el sitio propio en realidad siempre es uno. No uno de cantidad, en todo caso. Uno de uno mismo, más bien. Porque el sitio del que hablo es ese. Lo otro ni siquiera lo llamo lugar. De hecho, ni siquiera lo tomo en cuenta. Si me obligan lo llamo decorado, pero ojalá no me obliguen. Además, mi intención es siempre hablar de otra cosa. Algo que tiene que ver justamente con ese lugar que a veces abandonamos, sin saber. (A veces sin saber). Dos ejemplos, entonces: 1: Salir a caminar y dejar los pies atrás. 2: Soñar con nosotros mismos y no saber con qué soñamos. De esas cosas tal vez me gusta hablar, eso es lo que ocurre. Hablar y no decir, en todo caso. Me refiero a que estoy consciente del problema. Consciente del no lugar, digamos. Y consciente del no decir. Breve descripción cursi: Allá quedaron mis pies. Más allá mis manos. Parece que en ese mueble late mi corazón. Y claro, decir luego de eso es siempre no decir. Caída o ascenso nada más. Luego te das cuenta que tal vez ni eso. No lugar, como decía. Y no decir. Mi intención, por cierto, sigue siendo hablar de otra cosa.

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