lunes, 19 de noviembre de 2018

Pésame.

I.

Le di el pésame por la muerte de su hijo a la vecina equivocada.

Mi hijo está vivo, me dijo.

Tal vez, le dije yo. En algún sitio.

No hueón, agregó. Está ahora mismo en su pieza, para no ir al velorio del hijo de tu otra vecina.

Ah, dije yo.

Y fui donde mi otra vecina.


II.

Mi otra vecina lloraba desconsolada, sentada en un sillón.

Quise esperar a que parara de llorar para darle el pésame.

Treinta minutos esperé, pero no se detenía.

Casi a los cuarenta hizo una pausa.

Entonces me acerqué.

Lo lamento, le dije. Esteban era un muy buen niño.

No murió Esteban, me aclaró.

Murió Rolando, el más grande.

Como no me acordaba cómo era Rolando fui a verlo al ataúd.

Es cierto, le dije. No es Esteban. Es Rolando.

Ella  volvió a llorar.


III.

Rolando me debía un libro de Pessoa.

El libro de versos de Álvaro de Campos.

Para recuperarlo dije que iba al baño, pero fui al cuarto de Rolando y saqué el libro.

Como es grande no podía ocultarlo así que me vieron luego con él.

Antes de irme, algunos pensaron que quería leer algo y se reunieron en torno a mí.

La situación era bastante incómoda.

Yo no escribo ni leo para los muertos, les dije.

Luego me fui del lugar.

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