lunes, 20 de agosto de 2018

Disparar a una lechuza blanca.



Una vez José Luis.

Una vez José Luis le disparó.

Una vez José Luis le disparó a una lechuza blanca.


Nunca supo explicar.

Nunca supo explicar por qué.

Nunca supo explicar por qué lo hizo.


Yo, en cambio.

Yo, en cambio, sé.

Yo, en cambio, sé por qué.


No puedo, sin embargo.

No puedo, sin embargo, explicárselo.

No puedo, sin embargo, explicárselo sin mentir.


Y es que si digo la verdad.

Y es que si digo la verdad, José Luis.

Y es que si digo la verdad, José Luis no podrá soportarla.


La bala rompió.

La bala rompió el rostro.

La bala rompió el rostro de la lechuza blanca.


Ese es.

Ese es el recuerdo.

Ese es el recuerdo de aquel día.


Es normal entonces.

Es normal entonces tener miedo.

Es normal entonces tener miedo, de nosotros mismos.


José Luis dispara.

José Luis dispara a la lechuza.

José Luis dispara a la lechuza cada noche.


Nada avanza.

Nada avanza mientras no deje.

Nada avanza mientras no deje de apretar el gatillo.


Y es que no sabe.

Y es que no sabe quién era.

Y es que no sabe quién era la lechuza blanca.


No sabe tampoco.

No sabe tampoco de sí.

No sabe tampoco de sí, ni del mundo.


Y es que la lechuza blanca.

Y es que la lechuza blanca, José Luis.

Y es que la lechuza blanca, José Luis, no está muerta.


Dios tampoco supo.

Dios tampoco supo explicar.

Dios tampoco supo explicar por qué lo hizo.

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