jueves, 23 de noviembre de 2017

Quemar a casa.


De vez en cuando se despierta en medio de la noche porque piensa que van a quemar la casa. Con el tiempo, de hecho, dicha idea se ha transformado poco a poco en una certeza. Intenta convencerse de que está equivocado, que no debe levantarse y vagar por ahí buscando sospechosos, pero lo cierto es que hacerlo le resulta inevitable. Y es que le recomendaron realizar ejercicios, cambiar alimentación, incluso le recetaron pastillas, pero nada de aquello ha dado buenos resultados. De esta forma, cuando el doctor intenta llevarlo a la razón, él no tiene respuestas claras. Por el contrario, manifiesta la certeza –sin ninguna base concreta por supuesto-, de que su casa es algo que debe desaparecer. Que ellos la van a quemar, señala. Que donde está edificada debe restablecerse el vacío. Cosas así son las que señala. Con tanto énfasis lo expresa que el propio doctor tiene por momentos la impresión de encontrarse con un profeta. Uno que anuncia la quema de sus posesiones… el regreso al espacio en blanco. Como si creer en Dios fuese lo mismo que creer en el vacío. O en la necesidad del vacío. Una forma pura de creer, después de todo, piensa el doctor. De abandonarse a Dios digamos, o hasta de no esperar nada. De dejarnos caer en él y ser conscientes entonces de nuestro propio peso. Y es que estar en Dios, bajo esa mirada, anotará al borde de la hoja el doctor, luego de su entrevista, es sin duda estar en caída. Ser en caída. Estar en medio del vacío y ser una única coordenada… Eso es lo que busca aquel hombre, determina el doctor, para sí mismo. Seguramente, escribe finalmente en su libreta, será el mismo quien termine por incendiar su propia casa. Tal vez está en lo cierto.

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