sábado, 24 de septiembre de 2016

Serpientes.


¿Alcanzas a verlas?

Son serpientes.

Están en el pozo.

Al fondo del pozo.

No pueden salir y tienen hambre.

Pero claro, lo peor es que son ciegas.

No reaccionan a la luz y a veces pasan horas sin moverse.

Son cientos.

Muerden lo que sea.

A veces desgarran carne.

A veces chillan, como si pidieran ayuda.

Yo ni sabía que podían.

Los primeros días arrojé ratones.

Dos diarios al principio.

Después uno.

Luego probé a no echar nada.

No vi algo distinto, tras los cambios.

Pero claro, ahora se muerden entre ellas.

O se muerden a sí mismas.

¿Puedes verlas?

Ni la temperatura parece afectarles.

Sus movimientos son iguales día y noche.

Están llenas de heridas.

La sangre incluso ha transformado el color de su piel.

Desde arriba, incluso, parecen un solo ser, que se retuerce.

Esa es la impresión que dejan.

Un ser que no se altera.

Un ser que aprende, de paso, a ser uno con el pozo.

Las observo entonces, desde el brocal.

De cierta forma es como si las leyese.

Como si fueran significados puros retorciéndose allá abajo.

Condenadas a desaparecer.

Condenadas al hambre.

Condenadas a devorarse a sí mismas.

Pasa el tiempo, sin embargo.

Aun no veo que muera alguna.

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