domingo, 31 de julio de 2011

Un cuarto negro.

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-No me gusta beber sola –me dijo- ¿quiere acompañarme?

Yo estaba en la otra mesa, hojeando un libro sobre Vermeer. Al principio no pensé que me hablaba a mí, sobre todo por la formalidad de sus palabras, pero al no haber nadie más opté por contestar, y fui a sentarme a su mesa.

-No me gusta conocer gente así, pero menos aún me gusta beber sola –me explico, seriamente-, es una situación que desespera, ¿no cree?

-¿Beber solo?

-No, no solamente beber –me aclaró-, estar solo en general… el tiempo pasa distinto cuando se está solo… ¿me entiende?

-Un poco, tal vez…

-Es que es como si el tiempo se transformase un poco en viento, y nos gastara con el roce… ¿cómo es que se dice eso…?

-¿Qué cosa?

-Cuando el viento gasta a las cosas.

-¿Erosión?

-Eso, erosión, eso es lo que nos hace estar solos, ¿no cree?

-No –contesté, aunque sin afán de discutir-. No tanto… es que viendo a los otros, o leyendo, o mirando… no sé hasta qué punto lo siento realmente como estar solo...

-Sí, puede que en esos casos tenga usted razón –me dijo-. ¿Quiere algo de beber?

-No gracias, pediré otro café en un momento más…

Luego ella pidió una copa de algo que me pareció champagne, aunque no pude comprobarlo pues apenas lo pidió con un gesto y nadie mencionó ninguna palabra.

-Mi padre era inventor –comenzó a decir de pronto, como si viniera al caso-. Cosas inútiles en general, pero sin duda impresionantes… una vez por ejemplo inventó un cuarto negro…

-¿No habían antes? –pregunté, intentando sacarla de la seriedad.

-Habían –contestó, imperturbable-, pero este cuarto era especial, en relación al tiempo, me refiero…

-¿Podría explicarme?

-Claro, verá… el cuarto aquel tenía la particularidad de hacer transcurrir el tiempo de forma más lenta… quizá suene extraño, pero es así… en su interior el tiempo corría más lento…

Yo la miraba hablar, y calculaba cuantos tragos se habría tomado, pero la mujer estaba seria y no parecía bromear en lo absoluto.

-Por ejemplo –continuó-, tú adentro podías contar fácilmente hasta mil, y cuando salías, resultaba que afuera solo habían pasado 15 o 20 segundos…

-¿Pero podía comprobarse…?

-Personalmente sí… es decir, yo me metí muchas veces y lo comprobé, pero si entrabas con relojes, por ejemplo, estos al salir descubrías que se habían descompuestos, lo que no constituía una prueba muy decidora, o específica, sobre lo ocurrido.

-¿Y qué sucedió con el cuarto negro? –pregunté.

-No “el cuarto negro”, sino “un cuarto negro”… -me corrigió, aunque sin explicarse-. Pues no ocurrió mucho para ser sincera… ya que no resultaba muy útil... y es que adentro del cuarto siempre estaba oscuro y no podías hacer nada, salvo tener más tiempo para pensar…

-¿Cómo…?

-Es que era oscuro ese cuarto, como para hacer algo… y por una extraña razón nunca nadie pudo dormir adentro, así que a fin de cuentas lo único que podías hacer era pensar…

-Pero tu padre lo habrá utilizado, quizá… para idear nuevas creaciones… o para…

-Sí –me interrumpió-. Pero cambió desde entonces. Una vez, por ejemplo, pasó un día entero adentro…

-¿Un día de los de afuera?

-Claro… nosotras le contamos un día, con mi madre… pero adentro debe haber sido como un mes.

-¿Y qué sucedió?

-Aparentemente nada, pero yo comencé a sentir que cada vez que mi padre se metía a aquel lugar salía como un poco más gastado… creyendo menos en el mundo, por decirlo de algún modo…

-¿Erosionado, como decías antes?

-Sí –admite-, pero esa erosión creo que aún era más fuerte, pues esa oscuridad era como más pesada… como si el mundo se desnudara ahí dentro y su desnudez fuese incómoda y oscura…

-…

-Disculpa por hablar así –me dice de pronto-, pero es que a veces sigo pensando que estoy en un cuarto oscuro… y hablo un poco como si pensara, y estuviese tratando de poner orden a aquello que pienso…

Luego la mujer se toma el líquido que le quedaba y hace otro gesto para que le traigan una nueva copa… y claro, yo siento que no me ve casi, cuando habla, y que quizá soy parte de esa pieza oscura, para ella.

-Yo también pasé mucho tiempo adentro –me confiesa de pronto-. Adentro de un cuarto negro. Por eso hablo como en un libro cerrado y no como en la vida… Antes me dolía, recuerdo, pero hoy hasta eso he perdido.

-Lo lamento…

-Sí, es para lamentarse… -agrega-, pero todo aquello necesario para lamentarse, en mi caso…, creo que se fueron quedando en un cuarto negro…

-¿Y no se pueden recuperar?

-No. Lo que se pierde en un cuarto negro no se recupera, es como si saliesen las sensaciones desde dentro tuyo y después buscases volver a meterlas dentro… supongo que es imposible.

-¿Y que sucedió con el cuarto negro…? ¿Seguiste metiéndote?

-Un cuarto negro… –me corrigió nuevamente-. Y sí, hasta el día de hoy me escondo a veces ahí dentro, como para arrancarme del mundo… pero resultamos ser más resistentes de lo que creemos y el desgaste no termina nunca de derribarnos totalmente…

Mientras decía esto, recuerdo que la mujer no alteraba ni en lo más mínimo el tono de su voz, y sus ojos pasaban por mí como si yo no estuviese.

-¿Sabes? –me dijo entonces, esforzándose por fijar su vista en mí-. Hay que tener cuidado con un cuarto negro… justamente porque es “un cuarto” y no “el cuarto”, y es tan indeterminado que puede aparecer en cualquier sitio, y robarte todo sin que te des cuenta…

-¿Por eso me llamaste, realmente?

-Sí, es algo que debe advertirse siempre que tengamos una oportunidad –concluye-.

Por último, y siempre con el mismo tono, me pide que me vaya del lugar, y que la deje ahí, sin preocuparme por ella…

-¿De verdad es eso lo que quieres? –le pregunté entonces.

Pero ella, en vez de responder, desaparece.

Así de simple: desaparece.

sábado, 30 de julio de 2011

Un poco de sinceridad.

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“Sin alarmas y sin sorpresas,
por favor…”
No surprises, Radiohead.

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Ahora pienso que quizá me equivoqué,
que quizá no era necesario,
pero lo cierto es que antaño
le insistí a ella
para que lograra definirse a sí misma,
un poco por vergüenza
de pedirle,
lo confieso ahora,
que definiese cuales eran los sentimientos
que tenía por mí.

Pero el tiempo fue pasando
y esto que era en el fondo tan simple
y que hoy prácticamente me avergüenza,
no llegaba nunca,
y terminamos por equivocarnos
y dejamos que lo erróneo
contaminara el resto de aquello que existía,
innombrado,
y que por razones totalmente opuestas
entre nosotros,
terminó agotándonos
y haciéndonos desistir.

He tratado desde entonces
de enfocar mi corazón
hacia otras cosas que tenía abandonadas,
-yo mismo, entre ellas-,
y toda la fuerza ha estado desde entonces
fluyendo ahí,
y haciéndome mirar de frente
a todos aquellos entre los cuales
existo,
y para quienes escribo
y trabajo.

No sé si he dado más
de lo que he recibido,
y no creo que sea esa la manera
de cuantificar ni calcular
aquello que en el fondo
nos hace existir
y levantarnos…

pero lo cierto,
es que estoy satisfecho porque he dado
todo lo que he podido,
y sobre todo porque de a poco
estoy aprendiendo también
a aceptar aquello
que me entregan los otros
y agradecerlo.

No quiero decir con esto,
sin embargo,
que no me haya equivocado,
pero al menos,
no he dejado de esforzarme
y he buscado día a día
transformar las pequeñas amarguras
en algo plenamente distinto
y cercano a la alegría.

Aún así,
el corazón me alega a veces
porque cree estar listo
para algo más,
y no es consciente
hasta días como hoy,
de lo delicado de salud
que realmente se encuentra.

Y no es simplemente
que no quiera sorpresas,
o que prefiera la tranquilidad
del equilibrio que siempre
está al borde de ser quietud
y adormecernos…
pero es que duele tanto
recordar los errores
que podemos llegar a cometer
simplemente por querer sentirnos amados,
que todo el tiempo que necesitamos
para darnos cuenta que no es culpa nuestra
querer eso,
se hace también un poco eterno…

Y es que si bien es cierto
que quizá me equivoqué en todo esto,
he aprendido a querer esos errores
y no cargar con ellos
como una culpa
o un peso…

Por último,
siento que intentar vivir cada día
con el corazón expuesto,
por más que a veces
duela de una forma
que creíamos olvidada,
-y otras tantas nos avergüence
o nos lleve a malescribir textos como estos-,
es la única forma válida
de transformar en algo cercano
a la alegría
aquellas pequeñas amarguras
que pueden ocurrir,
por ejemplo,
en un día como hoy,

y agradecerlas.


viernes, 29 de julio de 2011

Ratas en el subterráneo.

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I.

Todos tenemos
ratas en el subterráneo,
incluso los que no tenemos
siquiera un subterráneo.

No importa si se es Hitler,
Dostoievski, o hasta Gandhi…
lo cierto es que las ratas están ahí,
por debajo,
y se reproducen tan rápidamente
que cuando te das cuenta
ya son plaga.

Ahora bien,
queramos reconocerlo o no,
lo cierto es que las ratas se alimentan,
y al igual que la mayoría de los seres
solo se quedan en un lugar si están a gusto…
es decir,
algo debemos tener que atrae a las ratas
y algo debemos ocultar
en el subterráneo
que les sirva de alimento.

Yo mismo,
para ser sincero,
no creí que tuviese ratas,
pero un día en que quise demostrar
que mi intuición era correcta,
comencé a escarbar bajo mi sombra
y accedí a mi subterráneo.

-¿Quiénes son ustedes? –les pregunté apenas las vi.

-Somos las ratas –me dijeron ellas.

-Pero están en mi propiedad, ustedes no tienen derecho…

-¿Y si hubieses sido tú el que edificaste
sobre nuestra propiedad…?

-Con mayor razón…
sería como una ciudad fundada sobre otra,
o sobre las ruinas de otra…
y lo que queda abajo, poco importa...

-¿Como en Troya? –preguntó una de las ratas.

-Sí, como Troya… o como en todo el mundo
aunque tú no deberías saber esas cosas –dije yo,
y entonces las ratas
volvieron a guardar silencio.


II.

No tiene sentido
intentar exterminar
a las ratas.

Muchos lo intentan,
es cierto,
pero ante el fracaso
simplemente estas acciones
quedan en nada.

Y claro,
vienen entonces otras técnicas
y tal vez termines aislando
de mejor forma
los sonidos que ellas producen…

Y es que poco más puedes lograr
y mucho menos…

las ratas no se van
y el subterráneo es tuyo,
y ambas cosas permanecen.


III.

Hay que aprender
a querer a las ratas.

Después de todo
sus chillidos suelen alertar,
sobre ese espacio perdido
y subterráneo,
del que no teníamos noticia
hasta ese entonces.

Además,
hambrientas,
las ratas acostumbran acabar
con todo lo que se cruza en su camino,
y a veces esto nos deja más livianos,
y nos ahorra el tener que sacar la basura
hasta fuera de nosotros,
como debiésemos hacer
cada cierto tiempo.

Por último,
me gustaría recordar que la tierra se moja
cuando llueve,
pero no necesariamente se hace barro,
es decir,
dejemos que llueva
y queramos la lluvia…
y dejemos a las ratas
existir tranquilas allá abajo,
pues según dicen
todo tiene un sentido
en este mundo…

Quizá un día lo entendamos,
quién sabe…

jueves, 28 de julio de 2011

Caminando por el centro de Santiago.

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I.

Camino por el centro de Santiago. Entro a un almacén. Una mujer le cuenta a otra sobre una tía que tiene un gato. No parece novedoso, pero escucho igual.

-Pero no es un gato gato –dice la mujer como exigiendo atención-, no te creas… es un gato perro.

-¿Cómo un gato perro? –pregunta la otra.

-Es que era un gato en un inicio, pero mi tía lo crió en un lugar cerrado donde solo habían perros… -explica la primera mujer-, y así se fue acostumbrando y hoy lo puedes ver moviendo la cola y hasta enterrando un hueso de vez en cuando…

-¿Y no anda saltando desde lugares altos o lanzándose desde los árboles?

-No, de hecho nunca se ha subido a un árbol…

-¿También por imitar a los perros?

-No, esencialmente porque no había árboles ahí donde vive mi tía, pero yo creo que de haberlos habido, tampoco se habría subido...

Luego, el encargado del almacén les entrega sus pedidos y ellas pagan en silencio. Por último, cada una se va por distintos caminos.


II.

Sigo caminando por el centro de Santiago. Entro a una tienda de revistas y libros viejos. Me detengo un momento en una revista de casos insólitos que habla sobre el increíble “hombre seco”.

Así, según la revista, existía un hombre que se cortaba con cuchillos o con otro tipo de elementos cortantes, y no sangraba. Ni una sola gota. Un hombre como de cartón, totalmente seco, vacío… un hindú que ahora era venerado por fieles que hacían filas para hacerle un pequeño corte y comprobar que podían adorarlo sin temor al engaño.

-¿Le interesa llevar la revista? –me preguntan entonces.

Pero yo no tengo dinero, así que prefiero decir que no. Y salgo del lugar.


III.

Sigo caminando por Santiago y observo cosas. Miro así a una mujer embarazada que pide ayuda porque al parecer se estaba acercando el momento de parto.

Dos personas la ayudan y llaman una ambulancia, que llega extrañamente rápido.

Un humorista callejero que vio lo sucedido intenta ganar algo de dinero contando chistes en relación a las mujeres embarazadas.

Uno de ellos contaba de una mujer que tras ir a acampar, lloraba desesperadamente pues al ir a hacer sus necesidades cerca de un riachuelo, había abortado a su bebé, por lo que su esposo llegó corriendo donde ella.

-¡José, José… mira, aborté al niño…! –decía ella, llorando y apuntando a un extraño ser, en el suelo.

-No, María… tranquila –le aclara entonces su esposo-, simplemente te has cagado en una rana…


IV.

Me cansé de caminar y entré al teatro municipal. Tocaba un pianista que iba a ejecutar obras de Mozart, Beethoven y Chopin… lo típico. Ricardo Castro, se llamaba.

Extrañamente compré dos entradas: la B44 y la B46, con visión parcial, bastante económicas. Mientras esperaba a que comenzara el concierto llegó una muchacha con entradas de esos mismos asientos.

-Pero yo tengo el B44 y el B46 –decía ella, mostrándome las entradas.

-Pero yo también –alegaba yo mostrándole las mías.

Lo extraño fue que ella también iba sola, y con dos entradas, así que nos sentamos juntos, sin problemas.

Ella se durmió mientras tocaban unas sonatas de Chopin, pero se despertó al final y aplaudió más fuerte que en las que había estado despierta.

Yo en cambio no aplaudí nunca. Principalmente porque a los tres que hubiese aplaudido –Mozart, Betho y Chopito-, ya estaban muertos hacía tiempo, y el tal Ricardo Castro tocó simplemente para hacerse desaparecer, y no logré apreciar nada de él, salvo su técnica, en aquella presentación.


V.

Ya es tarde para caminar por Santiago, pero igual lo hago. A estas horas las parejas pelean en la calle con menos vergüenza y la ciudad parece cambiar de voz, y hasta mirarlo a uno con otras intenciones.

La gente pasa por las calles y siguen hablando, pero sus historias se escuchan ahora más nítidamente, y las mentiras se hacen también más evidentes. Me parecen algo así como palabras aprendidas, como las notas que tocó el señor Castro.

Me fijo en todos. En la forma en que se miran todos. Y pienso que aunque siga caminando aquí toda la noche no encontraré nada que contenga el tipo de verdad en la que creo.

Así, finalmente, termino nuevamente en uno de esos bares donde el silencio parece purificar la jornada. Bares donde se va a beber simplemente y los borrachos te saludan apenas levantando la cabeza…

Nada de palabras, parecen querer decir… Nada de mentiras.

Y en el silencio y en el sonido del alcohol bajando por las gargantas encuentro esta noche el refugio y el aliciente que necesito.

Si Dios existe, y nos ama, pienso entonces, de seguro está en este bar, y es uno de esos viejos…

Con todo, concluyo, tras pensármelo un poco, no vale la pena molestarlo.

miércoles, 27 de julio de 2011

Si te vas de acá, te vas a ningún sitio.

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Ella era tan fea
que ni siquiera tenía
amigos hombres.

Además resistía el alcohol
mejor que todos,
por lo que algunos se avergonzaban doblemente
al salir con ella.

Y es que no contenta con ser fea,
decían los que la conocían,
después de tomar solía engañarte
hasta llevarte a la cama,
y luego les contaba a todos
y a todas
-porque amigas sí que tenía-,
sobre los puntos más negativos
de tu desempeño sexual.

Con todo,
había algo en la chica fea
que creo atraía a todos,
y que era lo que realmente
les llevaba a asustarse
y a no querer salir con ella,
pensaba yo,
analizando sus comentarios.

Fue así que un día
me entró interés por conocerla,
y entre trago y trago
terminé viviendo en su casa
por casi tres semanas,
literalmente exprimido sexualmente
y mantenido entre tragos, ropas y comidas
que yo nunca
por mí mismo
me hubiese podido costear.

“Puedes quedarte cuanto quieras”
me decía,
y ofrecía hasta pagarme
una especie de mensualidad
para que yo escribiese mis obras legendarias
y la “atendiera” sin fallar
al menos siete veces al día.

“Esta noche tengo turno en la clínica”
me decía,
pues trabajaba de matrona,
y luego me obligaba a adelantar trabajo…

Y había que darle nuevamente, entonces,
a aquel asunto.

“Un día de estos se me va a caer”
le advertía yo,
pero ella reía y luego hasta me pedía
que escribiese un texto
con ese título.

Pero lo cierto
es que con tanto ajetreo,
no me quedaban energías
ni para escribir un haikú,
y como además había algo en aquella situación
que no me hacía sentir a gusto,
me propuse un día hablarle de frente.

“Creo que estamos abusando del asunto,”
le plantee,
“no es que no lo disfrute
ni que no quiera hacerlo más,
pero creo que sería bueno cambiar de actividad
de vez en cuando”.

“¿A qué te refieres con de vez en cuando?”
me dijo entonces ella
con un tono agresivo.

“No sé…
de pronto podríamos hacer algunas
de las cosas que hacías
cuando vivías sola…
ver una película,
o hablar un poco…”
Le propuse.

Luego ella lo pensó
y quizá hasta lo comprendió un poco,
porque incluso me dejó
esa noche
dormir casi dos horas seguidas.

Al día siguiente llegó con unos videos,
y luego de hacerlo un par de veces
dijo que podíamos darnos un descanso
viendo aquello.

Fue entonces que conectó un equipo viejo
a la tv
y comencé a ver unas imágenes extrañas.

“¿Qué es eso?”,
pregunté.

“Es la sala de los recién nacidos”
dijo ella,
mostrando unas tomas hechas
desde una cámara de seguridad,
y luego comenzó a reírse
explicando algunos casos
proyectados en la tv,
al mismo tiempo que yo
comenzaba a asustarme.

Me mostró por ejemplo
un video de hacía más de un año,
donde un padre ciego
había querido conocer a su hijo,
palpándolo y tomándolo en brazos.

“Pero el hueón lo tomó al revés…”
explicaba ella,
“y de pronto soltó al bebé
y lanzó un grito
desesperado porque creía
que su hijo no tenía cabeza…”

Luego retrocedía y volvía a poner
aquel video,
y se acercaba a la tv
a explicarme los detalles,
mientras reía a carcajadas.

También me mostró
otros videos,
que daban cuenta de una serie de niños
nacidos con malformaciones,
junto a otros que según sus propias palabras
habían optado por dejarlos morir…
porque sus falencias eran demasiado grandes.

“Siempre quise tener a alguien
a quien contarle sobre los secretos de la vida”
me dijo entonces,
y sin parar de reír,
se abalanzó nuevamente sobre mí
y mordió y gritó
esa vez,
como nunca.

La situación volvió a pasar un par de veces
-lo de los videos, me refiero-,
y yo sospechaba que estaba siendo drogado,
pues había horas del día
de las que no podía recordar
absolutamente nada.

Fue así que un día,
decidí botar las cervezas por la cañería,
y no comer nada del refrigerador,
y hasta descubrí, luego,
que la puerta de salida
de aquel lugar,
había permanecido cerrada.

Recuerdo que fue ese día
el mismo en que ella llegó
en un horario extraño
con un bulto extraño entre los brazos.

“Mira…”
me dijo entonces, acercándome aquel bulto…
“¿Habías visto un rostro tan extraño?”

Yo miré entonces y vi un recién nacido
realmente extraño,
tenía cara de hombre mayor
y ella le había dibujado con plumón
un bigote a lo Chaplín…

“Te lo traje para que lo vieras,
pero ahora voy a devolverlo…”
me explicó mientras reía,
y se desnudó rápidamente
para tener sexo al menos una vez
antes de volver al trabajo.

Fue entonces que me negué rotundamente
y decidí vehementemente
irme de aquel lugar…
y todo pareció revelar entonces,
su verdadera forma.

El rostro de ella se descompuso,
su cuerpo
pareció encorvarse,
y pude fijarme que bajo su piel,
se movían algo así
como una serie de cuerpos pequeños
que buscaban salir
arañando desde dentro.

La miré entonces
detenidamente a los ojos
e intenté mostrarme fuerte,
pues sentía que en cualquier momento
ella iba a lanzarse sobre mí,
y luego ya todo
sería imposible.

“Si te vas de acá
te vas a ningún sitio…”
me dijo.

“No tienes hogar
donde volver,
y la única verdad del mundo
es ésta…”
continuó.

Luego hablo de otras cosas
que tampoco comprendí:
sobre un barco,
sobre niños muertos,
y sobre algo que ella llamó,
según recuerdo,
el dios del dolor amargo.

Miré entonces a un costado
y me pareció ver
al bebé recién nacido
ponerse bruscamente de pie,
y reír y caminar extrañamente,
en torno mío.

Sin embargo,
mientras todo esto ocurría,
creí sentir que tras de mí,
alguien había abierto la puerta
de aquella casa,
posibilitando mi salida…

Fue así que mientras ella se transformaba,
y el pequeño Chaplin daba vueltas
en torno mío
como en un círculo de sal,
me armé de fuerza y voltee rápidamente
y corrí hacia la puerta
sin voltearme a ver
en ningún instante.

“¡Yo quería enseñarte
los secretos de la vida…!”
Me gritaban.

“¡Huyes de la verdad del mundo…!”
Insistían.

Pero yo seguí corriendo
hasta que las voces no se escucharon.

Luego me detuve a descansar
tendido en el suelo,
boca arriba,
y entonces quise que lloviera…

Pero no llovió.

Y me prometí guardar al menos por tres años
el secreto
sobre aquella historia.

martes, 26 de julio de 2011

La lluvia me aturdió, como si fuesen piedras.

.
"El amor del hueso,
por la tierra que lo descompuso, eso
es lo que permanece"


Estaba tan borracho
y tan solo,
que se me ocurrió
jugar a la locura.

Quebré botellas,
me enfrenté a golpes
y queriendo vomitar el mundo
terminé vomitándome encima
quizá demasiadas veces.

Maldije los caminos,
escupí rostros
y arañé la tierra
hasta que las piedras terminaron
arrancándome las uñas.

Entonces la lluvia cayó
y me aturdió
como si hubiesen sido piedras.

Y todo lo que en mí se había endurecido
terminó cayendo entonces
como cáscara.

Antes, sin embargo,
poco me faltó para hacerme fama:
me dieron premios,
me gritaban genio,
y decían que mis escritos
eran dictados por el demonio
que venía a quemar el mundo.

Pero claro,
uno en realidad no era un genio,
y los demonios se consumieron a sí mismos
como fósforos,
y la rabia no es
un combustible eterno
y hasta a veces ciega.

Una vez me contaron,
por ejemplo,
que estando ebrio abrí una jaula
porque quería liberar un pájaro,
pero por más que lo intentaba
el puto pájaro no volaba,
le movía incluso la jaula
para que saliese
y el ave no se iba…
entonces, desesperado,
agarré al pájaro en castigo
y lo apreté en mi mano,
y solo cuando el animal se quedó quieto
me di cuenta que en mi mano
tenía una rata muerta,
y que aún estaban sus dientes enterrados
en mi carne.

Pero claro,
esto fue antes que la lluvia
cayera sobre mí,
como si fuesen piedras…

Y el bautismo aquel me ablandó
y me dio un nuevo nombre,
aunque a diferencia de otros bautismos
esa vez
no se perdonaron mis actos.

Devolví los premios,
renuncié al amor
y quemé mis antiguos escritos
y mis pertenencias.

Con todo,
no creo ser mejor que antes,

pero me siento más honesto

y el pequeño peso que cargo
tiene ahora, al menos,
un sentido claro.

Un día quizá,
Incluso,
escriba una palabra pequeñita,
y será el momento entonces
de un nuevo bautizo…

Hasta entonces,
sin embargo,
simplemente soy Vian,
y aunque las piedras sigan cayendo sobre mí
¡y sobre tantos!
yo las agradezco,
y las recibo como si fuesen
el gesto de un dios que también
juega a la locura,
profundamente solo
y vomitado también
sobre sí mismo.

lunes, 25 de julio de 2011

¿Y esa es toda la historia?

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I.

Por meses fuimos a visitar al abuelo de un amigo que se había vuelto loco y estaba internado en un hospital en las afueras de Santiago.

Era un hospital "lindo" para tratarse de un siquiátrico y contaba con un doctor que organizaba reuniones, donde se les pedía a los paciente contar una serie de historias humorísticas que las familias visitantes escuchaban y aplaudían, sin preocuparse si las historias eran ciertas, verosímiles, o directamente incomprensibles, como ocurría en la mayoría de los casos.

Fue así que, ante el entusiasmo de los pacientes y lo bien que funcionaba la actividad, organizó finalmente el doctor una especie de concurso, financiado por un fondo otorgado por una ONG, donde se grabarían las historias y yo sería el encargado de reseñar algunas, así como de ser jurado para señalar los ganadores.

-¿Hay algún tipo de criterio para otorgar los lugares? –le consulté al doctor.

-Ninguno –me dijo-. Solo hay que estar atento para desviar estas historias cuando puedan tornarse un poco trágicas… aunque por lo general no ocurre, como te habrás dado cuenta.

-Es decir que yo debo recordarles que se trata de historias humorísticas…

-Sí –confirmó el doctor.

Y yo hasta tomé apuntes, para que me considerase una persona seria, y capacitada.


II.

Lo peor de todo es que nunca me he sentido a gusto con actividades donde hay de por medio dinero de fundaciones, o estatales… ni mucho menos cuando estamos utilizando para esto a una serie de personas supuestamente enfermas y drogadas, que intentan disfrazar sus tragedias de los colores que los demás necesitan para aplaudir, sin cuestionar nada de sus propias vidas.

-Pero tú también estás acá para sentirte bueno –me contestó mi amigo tras exponerle mis reticencias.

-¿Es decir que yo soy igual de sucio solo que me mancho con algo distinto al dinero? -Pregunte.

-Exacto –dijo mi amigo-. Solo te vendes a otro precio.

Y yo me quedé en silencio, dándole la razón.


III.

El primero que cuenta su historia es un viejo que venía con los ojos algo desorbitados, y muy nervioso. Lo primero que hizo fue ver a qué distancia se encontraba el doctor y luego contó su historia.

-Un hombre usaba guantes en los pies y calcetas en las manos –dice apresuradamente y se queda en silencio.

-¿Algo más? –pregunto yo.

-Sí, cuando iba al baño a hacer caca, en vez de eso botaba palabras y si había comido mucho gritaba, y tiraba la cadena… -termina de decir el hombre y sale corriendo del lugar, sin esperar los aplausos, que por cierto no llegaron.

El segundo en venir es un tipo gordo y bajo que toma el micrófono y se queda en silencio. Yo miro al doctor y él me dice que lo ayude. La gente le da un aplauso de ánimo.

Como no dice nada yo intento colaborar.

-¿Se trata de una jirafa? –le pregunto.

-Sí, pero sin cuello –me dice él velozmente, como si lo hubiésemos coordinado.

-Y entonces… ¿llega un león?

-Sí, pero sin dientes.

-¿Y qué más pasa?

-Nada.

-¿Y esa es toda la historia?

-Sí, pero sin final. –dice él, y hace una reverencia para recibir el aplauso.

El tercero en cambio se pone a contarnos de su familia. Hila un poco mejor las frases, pero parece algo resentido al contar la historia.

-Mi padre se casó con la mujer más fea porque era la única italiana que conocía y le gustaba Italia –nos dice-. Pero un día él se entera que su esposa era de Chile y la golpea y le bota los dientes, pero cuando los va a recoger y a ponérselos se da cuenta que en realidad era yo, y que su esposa no estaba.

Luego de eso sonríe y muestra sus dientes incompletos al público, que lo aplaude brevemente, algo inquieto.

Luego salen algunos más.


IV.

-No está funcionando bien –me dice entonces el doctor durante un receso.

-¿A qué se refiere?

-No sé, hay algo que no funciona… al menos si proyectamos esto como grabaciones que debemos editar y reseñar…

-¿Se refiere a que esto puede quedar mal como un producto?

-Sí… aunque quizá pueda corregirse. Es decir, la historia de la gallina y la del trapecista parecían ser más útiles…

-¿Cómo más útiles?

-Como de dejar una enseñanza, o una visión más positiva…

-Mmm…


V.

La presentación se termina y los parientes se alejan.

Y yo vuelvo a escuchar las historias, una y otra vez.

Quizá sea cierto lo que dice el doctor, sobre lo de la gallina, y la del trapecista, aunque la del canguro resfriado era realmente enternecedora…

¿Y saben…?

Hoy debía enviar las reseñas y esta semana juntarme a coordinar el producto final, para ser entregado el 1º de agosto… pero acabo de decidir que no haré nada.

O mejor dicho, lo único que haré será borrar esas grabaciones… sobre todo las de esas historias que aparentemente dejan enseñanzas, o parecen más alegres.

Y es que la gente no suele necesitar realmente esas enseñanzas. No tanto como para ir a buscarlas, al menos.

Por lo mismo, decidí no poner esas historias aquí. Y dejar esta entrada inconclusa, mal hecha y sin final.

Y claro, si alguien realmente quiere esas historias, mejor que se ensucie personalmente.

Después de todo, los locos están solos y pueden ir a visitarlos cuando quieran.

domingo, 24 de julio de 2011

Arrendé por dos años un departamento al lado de una gran avenida.

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"Una habitación llena de humo al margen, siempre
ha sido una habitación llena de humo al
margen.
el margen nunca desaparece,
aunque a veces,
lo entiendes mejor."
Charles Bukowski


Arrendé por dos años
un departamento
al lado de una gran avenida.

Era apenas un tercer piso
según recuerdo
o a lo más un cuarto,
por lo que yo calculaba que si caía desde él
era muy probable
que permaneciese vivo.

Desde la ventana podía ver la avenida
y si tenía suerte hasta algún choque
u otras de esas cosas
que la gente suele contar
una y otra vez
cuando no tienen nada propio
de qué hablar
o simplemente se avergüenzan
de hablar de sí mismos.

El departamento estaba algo viejo,
es cierto,
pero no estaba mal
y salvo una vez que se filtró agua
desde los pisos superiores
nunca tuvimos mayores problemas
con aquel lugar.

Y es que los problemas por aquel tiempo
fueron otros…
aunque no sé realmente
si quiero hablar de ellos
ahora mismo.

Además uno tenía cosas
para entretenerse
en aquel lugar…

Por ejemplo,
cada cierto tiempo llegaban cartas
a un japonés
que había vivido ahí,
y como los signos me eran incoherentes
bien podía yo imaginar cualquier cosa
y reescribir en mi mente esas cartas
día tras día,
cambiándolas a mi antojo.

Por otra parte,
como había un gran bar a un costado,
era muy común encontrar de madrugada
chicas abandonadas,
borrachas y con el maquillaje algo corrido
dispuestas a desquitarse con cualquiera
por haber sido olvidadas…
o por tener una última aventura
antes de iniciar una nueva vida,
que por lo general no llegaba.

Con todo,
uno pasaba por el lado de esas chicas
abandonado también a su manera,
y dándole vueltas a qué hacer
para que tu propia chica
terminara de contarte que te había engañado
también unas cuantas veces,
y pudiesen cambiar las cosas
y la confianza
desde entonces.

Eso era lo que pensaba uno, claro,
y es que solemos sobreestimarnos,
y solo cuando te cuentan que sí
que lo que tú pensabas era cierto,
y peor aún de lo que imaginabas,
te das cuenta que tú también tienes grietas
y daños estructurales
por donde se filtraba mucho más que agua,
y el amor que sentías no resulta suficiente
y el mundo entero parece entonces aplastarte
como caído desde una altura mucho mayor
que la de tres o cuatro pisos.

Y fue entonces que comenzaron a secarse las plantas,
y a llenarse de polvo los lugares
y hasta las comidas que preparabas antes
delicadamente
comenzaban a quedar ahora con un gusto agrio
y permanecían a veces intactas
en las ollas
o en los platos que se juntaban
en la cocina.
Olvidados.

Y así, sin darte cuenta,
llega un día el momento en que no aguantas
y te das cuenta que vendiste el corazón
a un precio tan bajo
que avergüenza…
y que nuevamente algo salió mal
y que nuevamente el amor resultaba insuficiente
y los libros te mentían.

Y sí,
fue un lugar lindo un tiempo…
y hasta hubo una vez que nevó
y todo pareció volverse puro…
pero lo cierto es que no supimos
responder a ese regalo,
y la nieve se volvió agua sucia,
y perdimos esa oportunidad.

Hoy, en tanto,
tampoco queda agua sucia,
y mientras los autos siguen pasando
por esa avenida,
yo invierto la posición
y puedo ahora mirar
hacia el interior del departamento.

Desconozco quién vive ahí
o si siguen enviando cartas a ese japonés
cuyo nombre he olvidado…

A un costado, sin embargo,
si pasas a la hora correcta,
puedes aún encontrarte con esas chicas abandonadas,
y uno hasta quisiera acercarse a ellas
para abrazarlas y decirles que todo va a cambiar…
pero lo cierto es que estamos hechos para equivocarnos
y el roce de la carne con la carne
terminaría sin duda confundiéndonos
también a nosotros,
y llamando amor nuevamente
a algo que sin duda
no lo era.

sábado, 23 de julio de 2011

Sobre la teoría de un viejo sabio y la forma correcta de comprender la vida.

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Me hablan de un viejo sabio que dio una charla el otro día y que tiene unas horas para conversar antes de volver al sur, donde vive… y que todo está preparado para que tomemos algo y yo saque material para una entrevista, o un posible reportaje.

Una hora y media después estoy sentado frente a él. Y él habla.

-Como a los 25 años me enteré que remataban unos terrenos en el sur, en una zona increíble, y además a precios que parecían mentira –me dice-. Yo era entonces relativamente pobre, me había casado joven, y ya tenía hijos, pero definitivamente esa vida no me convencía… así que cuando me hablaron de un terreno de cuatro mil metros cuadrados a un precio que para mí era accesible, no lo pensé más tiempo y decidí cambiar de vida… dejando atrás todo…

-¿Cómo todo?

-Todo. Mi trabajo, mi mujer, mis hijos… y me fui allá, sin volver la vista…

-¿A qué se refiere con “sin volver la vista”? –le pregunto.

-A no volver nunca más a todo aquello… nunca más vi a mi familia, ni volví a realizar jamás trabajo alguno para un otro que no fuese un individuo...

-Pero incluso ahora vino a dar una charla… para una Universidad…

-Pero es por promover opciones distintas de vida, esas son mis intenciones… ¿te interesa que siga con mi historia?

-Muchísimo –mentí.

-Ocurrió que llegando a mi nueva propiedad, me di cuenta que me habían estafado, y que el terreno de 4000 metros cuadrados no era en realidad como yo creía…

-¿Era más pequeño?

-No exactamente, es decir, medía los 4000 metros cuadrados que decían los documentos, pero era un terreno que estaba en medio de dos grandes parcelas, cercado por ambos lados, y era en realidad como un gran pasillo, de 4 metros por 1000 metros, y con una sola entrada en uno de sus extremos…

Yo finjo una expresión de asombro, mientras él continúa.

-Por un momento pensé en devolver todo… -dice-, es decir, intentar anular la compra, volver con mi familia… pero de pronto comprendí que eso era una revelación, y que la vida… el secreto de la vida en el fondo… tenía esa forma…

-¿Como un pasillo?

-Claro… una especie de pasillo por donde solo era posible avanzar, nada más… -dice él, enfatizando cada una de sus palabras.

-¿Y qué hizo luego?

-Lo primero fue construir un par de pequeñas piezas al fondo del terreno –me cuenta-, recuerdo que fueron dos piezas de tres por tres metros, al fondo del terreno, y yo tenía que caminar todo un kilómetro desde la entrada de mi propiedad hasta llegar a esas piezas…

-…

-Hice también unos jardines, planté vegetales y poco a poco fui elaborando mi teoría de comprensión humana…

-¿Teoría de comprensión humana?

-Bueno, no es ese el nombre oficial, sino el que se auspiciaba en las charlas… pero es una manera de llamarlas… ¿Me dejas seguir con la historia, para que comprendas…?

-Ok., siga.

-Imagínate que yo lo único que veía era un pasillo largo… como si mi vida entera fuera prácticamente eso… es decir, mi vida entera estaba ahí, en ese espacio, y yo debía adaptarme a su forma…

-¿Y cómo logró adaptarse?

-Construyendo nuevas piezas, siempre en hilera…

-¿Cómo?

-Mira, con el paso de tiempo, comencé a construir nuevas piezas, siempre de la misma medida, tres por tres metros –me explica, mostrándome un dibujo que hizo en una servilleta-, y así, a medida que hacía nuevas piezas, comprendí que ese terreno marcaba verdaderamente el tamaño de mi vida, su forma… la manera incluso en que tenía que vivirse… dejando atrás lo que ya no constituía parte de nosotros…

-¿Y entonces usted fue construyendo nuevas piezas acercándose cada vez más a la entrada de su terreno?

-Sí, desde hace 40 años… dejaba un espacio entre unas y otras y comenzaba la construcción de las nuevas… no he parado desde entonces…

-Disculpe que lo interrumpa –le digo-, ¿pero cómo lo hacía para vivir?

-Para vivir solo hay que avanzar –me respondió de inmediato, como memorizando una frase.

-No me refiero a lo abstracto, sino al dinero, las cuentas, los materiales para construir esas piezas…

-Ah, te refieres al residuo…

-¿Residuo?

-Sí, así lo llamo en mi teoría.

-Pues sí, me refiero al residuo… ¿cómo se las arreglaba?

-La verdad es que tuve la suerte de recibir una herencia bastante amplia –me dice con un tono distinto-, lo que me permitió dedicarme a elaborar mi teoría y poder prepararla de mejor forma para los otros.

-Mmm…

-¿No te convence…? -me pregunta entonces, algo molesto-. Lo que pasa es que aún no te explico los esquemas de comprensión, los diagramas cósmicos…

-¿Es que sabe…? Acá no importa si creo su teoría, yo debo hacer una entrevista y un pequeño texto sobre esto, nada más…

-Pues me gustaría invitarte a entender que no estás aquí de casualidad, sino para aprender…

-¿Y si fuese al revés? –le dije, perdiendo un poco el control que había tenido hasta entonces.

-¿Cómo al revés?

-¿Qué pasa si soy yo el que tengo que enseñarle algo para que se dé cuenta que esa no era realmente la forma de la vida, como usted la llama?

Él me miro entonces como evaluándome y se echó para atrás, en su silla.

-Lo que pasa es que tú debes ser de esos que no se adaptan, o que no saben aceptar la forma real de los acontecimientos, o el alejamiento de los otros… -dijo.

-Pero los otros no se alejaron de usted, sino que fue usted el que se alejó y los terminó abandonando…

-¿Hablas de la familia que tuve hace más de 40 años?

-Hablo de todo… de las piezas que deja atrás, de los espacios clausurados…

-Un espacio clausurado deja de existir -alega-, si no hay quien vea la pieza ese lugar no existe… eso es todo…

-Pero esas piezas existen…

-Sí… desde tu punto de vista sí, pero a esta altura, incluso, deben estar moliéndose, llenas de termitas…

-¿Y qué pasa con el sol y el resto del mundo…? ¿Acaso la luz no busca entrar a esas piezas?

-Quizá, pero no puede, yo incluso bloquee las ventanas al irlas dejando atrás. Las sellé enteras…

-Usted convirtió cosas vivas en cosas muertas, eso fue lo que hizo, -le digo, ya sin guardarme palabras-, ¡dejó de ver situaciones y seres que estaban vivos por creer que la vida se le había revelado de una forma, que para mí es equivocada y egoísta…!

-Para ti es equivocada porque tú estás equivocado…

-Quizá, pero usted enterró cosas vivas, y le dio la espalda a una vida que quizá tenía una forma distinta…

-La forma que descubrí es la forma correcta… -me dice con seguridad-, con el tiempo me acerco al final y volveré a la entrada, con mi última pieza, y mi vida estará concluida y solo habrá que bloquear ese camino.

-¿O sea que usted cree que incluso físicamente ese espacio marca el tiempo que tiene usted de vida…?

-Exacto. Solo que los demás no han encontrado necesariamente su espacio, su corredor…

-Quizá porque esa no es la forma.

-O quizá porque todos tienen miedo de dejar atrás lo que son, y lo que poseen, y a quienes dicen amar.

-…

-Lo que pasa es que a todos les cuesta entender que no pueden estar en más de un cuarto a la vez y acumulan habitaciones, o historias, o seres, que parecen estar vivos… ¡pero están muertos, en el fondo…! y yo sé que están muertos, y no los miro, para que no me engañen…

-¿Pero si se equivoca…?

-No me equivoco.

Yo hago una pausa, mientras lo miro.

-¿Sabe qué creo? –le digo al fin.

-Que estoy equivocado, y que tú estás en lo correcto…

-No, no es eso… yo claramente no estoy en lo correcto y desconozco la forma de la vida si es que tiene una determinada -le digo-, pero lo que creo es que usted dejó gente viva encerrada en esas piezas tapiadas… y si un día se acerca a ellas los va a escuchar, y hasta va a ver que usted también es aún parte de aquello que creyó dejar atrás…

-Lo único vivo que hay en esos cuartos son termitas, eso es todo… y están ahí justamente para renovar eso que ya está muerto… el sol del que me hablabas, por ejemplo… y que buscaba entrar… ese sol está afuera… y lejísimos de nosotros…

-Pero llega hasta acá por algo, por alguna razón… va hasta el interior de las casas y hasta nosotros para dar algo, supongo… y a buscar algo… Eso hace, yo creo…

-¿Y según ese punto de vista qué es lo que yo habría hecho? –me pregunta con un tono soberbio.

-Usted habría hecho algo así como un pacto… firmó un contrato que le permitió darle una forma a su vida… Y claro, esa forma le fue fácil y le acomodó, porque no tuvo que tener responsabilidades… porque todo parecía así desligado del mundo… cada acción estaba separada de sus consecuencias…

-¿Y?

-Y eligió una vida larga y vacía donde no puede llevar nada con usted ni voltear hacia atrás, ni asumir un compromiso con los otros… ni con usted mismo…

El tipo entonces me muestra nuevamente el dibujo que había hecho de su terreno, exaltado.

-¡Compré esto porque quería, porque lo elegí… yo me quedé con lo que quería y lo entendí así…!

-Pero intenta enseñarle a los otros que la vida tiene esa forma para todos…

-Pero es que todos están equivocados, ¿no te das cuenta…? Pasan por su vida abriendo el refrigerador a cada rato para ver que hay dentro, sin siquiera tener hambre… y miran a los otros de la misma forma…

-Pues yo hablo de intrusear por necesidad, por hambre real, no porque sí…

-Tú debes meterte hasta en los refrigeradores malos –me dijo entonces comenzando a ponerse de pie-, y la vida no está hecha para andar hurgando en lo que dejamos atrás…

-Pero tampoco está para ir dejando todo lejos de nosotros… incluso lo vivo… o lo que nos necesita…

-Nada está vivo, salvo tú y tu pasillo que tiene un largo establecido, no hay nada más… ¡y es lo último que te voy a decir!

-¿Sabe que es lo peor? –le decía mientras él comenzaba a caminar y me daba la espalda, igual que a todo-, lo peor es que usted le enseña eso a los otros, y los demás le creen… y se ha transformado usted mismo en una termita que socava el material con el que se sostienen los otros… y hay pilares que nos llevan a ser con los otros, y a ser responsables y que son necesarios…

Pero entonces me callé, pues era estúpido seguir habándole a alguien que ya se había ido. Además, según lo que él mismo había dicho, era impensable que volviese atrás.

Con todo, me sentí mal de haberle hablado así… pues lo cierto es que yo no puedo decir que entienda correctamente la forma de nada… y puede incluso que al contar esto, no haga sino poner en evidencia mi orgullo, y mi ignorancia.

-¡Pero este blog es suyo, sea usted el héroe! –me exige entonces un lector ideal.

Y es por eso que yo, lo cuento de esta forma.

viernes, 22 de julio de 2011

Antojos.

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I.

Un amigo me explica que está teniendo problemas con su mujer, que está embarazada de apenas un par de meses, así que me pide ayuda.

-¿Y qué mierda se supone que puedo hacer? –le pregunto.

-No sé bien, hueón, es que a ti te tenía buena ella, y a lo mejor podís indagar por qué anda así.

-Así cómo… ¿embarazada?

-No po, hueón, mañosa, fría… si incluso quiere que yo no vuelva a la casa… si es serio el asunto…

-Pero a lo mejor es normal, acuérdate que está embarazada, y tenís que consentirla y…

-Hueón, la he consentido en todo… ese no es el punto, si me he portado más bien que nunca… le llevo regalos, la invito a salir, le pregunto si tiene algún antojo…

-¿Y…?

-Nada, po hueón… si incluso me dijo que su único antojo era no verme más…

-¿Y se supone que yo debo ir, hacerme el simpático, hablar con ella e indagar sobre que le sucede…?

-Sí, y si podís también convencerla de que me deje volver.

-¿Y no querís que te planche la ropa ya que voy a andar por allá?

-Puta, hueón, sé que es un cacho, pero no tengo ningún amigo al que ella le tenga aprecio…

-Pero si yo no la he visto más que dos veces y apenas nos saludamos.

-Pero ella sabe que escribís y dice que eres sensible… además yo le di a entender que tú eras… no sé… como más comprensivo con el lado femenino…

-¿Qué le dijiste?

-Eh… mira, voy a ser sincero… le dije que tú… si entendís po hueón…

-¿Qué cosa?

-Pucha, como te lo digo... que abrazabay para atrás…

-¿Le dijiste que era maricón?

-Sí… es que…

-¿Y pa qué mierda le inventaste eso?

-Es que ella hablaba como bien de ti, y me anduve poniendo celoso…

-¿Y entonces además tengo que hacerme pasar por gay…?

-Pero no creo que eso influya, la cuestión es hablar y averiguar, no más…

-Mira hueón, sinceramente la situación es muy rara como pa meterme, además siempre en esto hay otras cosas y todo se puede enredar… mejor habla tú claramente, y…

-Es que ya le dije que ibas hoy…

-¿Qué…?

-Eso… que ibas hoy y que ibas a aprovechar de traer unas cosas mías… ahora te pensaba llevar…

-¿Y por qué se supone que debo ir?

-Porque eso que ibas a buscar son los tomos de El hombre sin atributos, de Musil…

-¿Y esos tomos…?

-Sí, serían para ti. Ese es el pago.

-…

-¿Vamos?

-Ok., deja ir a buscar una chaqueta.

-Ponte esa media rojiza… que es un poco más femenina…

-¿Qué dijiste?

-Nada. Te espero en el auto, mejor.

-Ok.


II.

Estamos en el living. El lugar es amplio y todo está perfectamente limpio, casi nuevo. Se me había olvidado que tenían una buena situación. De hecho, ella, la esposa de mi amigo, trabajó un tiempo dando el tiempo en un canal del cable, y al parecer le pagaban bastante bien.

-¿Otra cerveza? ¿O prefieres un trago?

-No, cerveza.

-¿Negra, cierto?

-Sí… ¿cómo sabes? –le pregunto.

-Lo repetías harto en esos poemas que sacabas en la revista…

-¿Cuál revista?

-La revista, es que era hace harto tiempo… como 10 años, parece, tú estabas saliendo de la u y yo había entrado ese año a filosofía…

-¿Estudiaste filosofía?

-Sí, pero solo estuve como año y medio… los profes eran una mierda y nadie se interesaba por nada… a mí por bonita se me lanzaron como dos…

-Sí, supongo que debe ser incómodo…

-Lo es. Pero bueno… al final supongo que me aproveché de eso…

-¿Con lo de la tv?

-Sí... Un poco de ropa a la medida, un escote mínimo, pero llamativo… era fácil ganar dinero así…

-Sí, recuerdo… de hecho siempre nos preguntábamos cómo fue que te habías quedado con… bueno, con tu esposo…

-Puede ser estúpido, pero ¿sabes por qué decidí estar con él?

-No... ni idea.

-Por su tesis. Nada más que por eso. Es decir, siempre me atrajo ese mundo… no el estudio y la crítica sino la sensibilidad que podía haber tras ese mundo, o sea los sentimientos que podían prevalecer sobre la teoría… y su tesis me pareció hermosa… profundamente hermosa, de hecho.

Yo la miro mientras me habla y le veo los ojos brillosos, como si la hermosura de la que habla la hiriera incluso un poco, dentro de ella… y me siento profundamente halagado. Y es que por lo general nadie captaba esas cosas y mucho menos en los trabajos para la universidad, y bueno… la verdad es que esa tesis la había hecho yo, y mirar entonces a esa mujer, ahí, en medio de esa casa donde todo está sutilmente equilibrado… me lleva a imaginar algo así como una vida distinta… profundamente distinta.

-¿Esa tesis la escribiste tú, cierto? –me pregunta entonces, mirándome a los ojos.

-¿Qué?

-No importa que lo digas… sé que la escribiste tú… lo supe siempre, incluso. Pero como tú tenías… bueno… otros gustos…

-¿Cómo…? ¿Qué otros gustos?

-Lo de ser gay… lo sé desde ese entonces, no te preocupes, me afectó en un momento, pero…

-A ver, espera… ¿te afectó…?

-Sí. Si fue así como terminé casándome… yo te quería conocer y bueno, él era tu amigo… y como él me contó que eras gay, y él se juntaba contigo yo pensé que… no sé… como que compartían el mismo mundo…

-Es decir, que yo ye te gustaba a ti…

-Sí… pero no te preocupes… siempre me ha pasado, cuando realmente quiero algo desde el fondo de mí invariablemente aparece algo que lo imposibilita…

-…

-Igual no te lo digo para complicarte, disculpa… tus gustos son válidos… es solo que creo hubiésemos sido una hermosa pareja, me hubiese encantado estar al lado tuyo, compartir… pero claro, ahora veo que me equivoqué… y que este hueón o cambió o nunca fue nada de lo que creí que era…

-Pero justo ahora estás embarazada y…

-Por eso, justamente. No quiero esta vida. Ni los muebles ni esta casa, ni mucho menos a él… Supongo que me voy a ir a un lugar pequeño, ojalá lejos de la ciudad y cuidar a mi hija… quizá hacer algunos talleres de dibujo… como que ese es mi antojo… bueno, uno de mis antojos…

-Pero a lo mejor él no es tan frío como crees…

-¿Por qué…? ¿Porque te mando a buscar El hombre sin atributos…?

-…

-Ese libro se lo regalé yo hace años y ni siquiera lo ha abierto… quizá habría sido una señal en otro momento, pero hoy ya es tarde… hoy tengo otros antojos…

Entonces se produce un breve momento de silencio y yo trato de bloquearme, de no pensar en nada y tomarme la última cerveza, antes de irme.

-¿Quieres que le diga algo o intente explicar algo cuando me vaya? –pregunto finalmente.

-La verdad es que quisiera que no te fueras –me dice ella, con un tono extraño-, me avergüenza pedirlo así, pero… ¿dormirías conmigo esta noche?

-¿Dormir…?

-Sí… sé que tus gustos son otros, pero aún soy bonita y me gustaría tener al menos una noche esa vida que quizá pudimos tener… ¿no puedes hacer una excepción? No te pido que hagas nada si no te nace, pero estoy segura que puedo convencerte… o dormir abrazados al menos… -me dice con una sonrisa.

Yo intento ordenar un poco lo que sucede… intento anular mis sensaciones, dejar de lado lo tremendamente atractiva que me parece ella… y hasta me repito una y otra vez que mi amigo es frío y todo lo insensible que quieran, pero no es un mal tipo… a lo mejor me robó mi vida, es cierto… pero… esperen, ¿qué dije…? ¡¿a lo mejor me robó mi vida?!

-¿Aceptas? –pregunta ella, acercándose un poco.

Yo entonces la miro nuevamente y pienso que las cosas no pueden tampoco ser así de fáciles… es decir, ella tampoco me conoce… y hacer esto por algo que se supone profundo e importante, es apenas otra manera de engañarnos…

-Sería solo otra manera de engañarnos… -le digo entonces, aunque no muy convencido.

Tras unos segundos en que ella guardó silencio y puso sus manos sobre las mías, se puso de pie bruscamente y se alejó unos pasos.

-Soy una tonta –dijo entonces, sollozando-, olvida por favor lo que te dije, es solo que quería imaginarme otra vida, y pasé por alto tus gustos, a lo mejor hasta tienes pareja… de verdad me avergüenza… disculpa…

Luego trajo los tomos de la obra de Musil y me la entregó.

-Puedes contarle la verdad de lo que ocurrió –dijo ella, como dando por terminada la visita-, además el problema con él es otro… aunque quizá… si pidió este libro… pueda ser que realmente quiera intentarlo…

-¿Pero quieres que le diga algo?

-Sí –dijo tras pensárselo un par de segundos-, dile que podemos hablar mañana y veremos qué es más sensato decidir…

Y entonces, como si nunca me hubiese dicho nada especial ni hubiese existido propuesta alguna, me llevó hasta la puerta y se despidió dándome la mano.

-Nos vemos, Vian. Gracias por la visita, creo que he quedado más clara… -me dijo.

Pero yo no contesté nada, y me fui en silencio.


III.

-¿Cómo te fue? –me pregunta entonces mi amigo, mientras recibe los tomos de Musil.

-No sé… -contesto-, tienes que ir a hablar con ella mañana…

-Pero toma los libros… te voy a dejar y me cuentas más en detalle…

-No tengo nada que contar –concluyo-, y no quiero los libros…

Por último, le pido que tampoco me hable ni me lleve para ningún lado, pues prefiero caminar.

Así, mientras avanzo en la noche, voy pensando en lo fácil que es dejar de vivir una vida, o cambiarla por otra... y extrañamente termino llorando, como si algo se hubiera desajustado adentro mío, y no supiera qué.

jueves, 21 de julio de 2011

Vian: comprobación de identidad.

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“Desde Kafka está demostrado:
si no eres paranoico
eres culpable”
A. N.
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I.

Como suelo andar medio perdido y además no uso celular, es muy común que deba interrumpir a personas que encuentro por la calle para preguntarles por alguna dirección, consultar la hora, o hasta el día, como me ha pasado ya en algunas ocasiones.

Lo extraño es que la gente se asusta, desconfía, y hasta retroceden unos pasos antes de disculparse de cualquier forma que les evite dar una respuesta satisfactoria a mis consultas.

-¿Y por qué no ves en tu celular? –me dijo una chica el otro día, cuando le pregunté la hora.

Yo quise explicarme, pero cuando articulé la primera palabra la chica ya estaba a algunos metros y sentí que no valía el esfuerzo aclarar la situación.

Así, debido a estas dificultades, a veces camino largas distancias hasta encontrar azarosamente el sector que buscaba, o voy hasta lugares concretos donde sé hay un reloj público o una maquinita que dice la hora, como en las que validan las tarjetas de transporte, a las que recurro en la mayoría de las ocasiones.

-¿Y por qué no se compra un reloj? –me pregunta el policía que me interroga luego que una señora, a quien pregunté una dirección, le hiciese un gesto de auxilio, desde lejos.

-Da lo mismo que intente explicarlo –le digo-, a fin de cuentas mis palabras no serán satisfactorias.

-Ni reloj, ni celular, ni teléfono fijo, ni carnet… ¿entiende que tengo que llevármelo detenido, cierto…?

-¿Detenido?

-Sí, detenido. No necesariamente por acoso, pues la señora no creo que quiera testificar –miró hacia donde estaba ella y vimos como se alejaba del lugar-, pero al menos para comprobar identidad, y dirección…

-Pero si yo soy Vian…

-¿Puede demostrármelo?

-Eh… sí… me sé toda mi vida de memoria…

-¿Me está hueveando?

-Pero usted empezó, mi cabo…

Luego recibí un golpe en las costillas, y me subieron a un vehículo. Esa es la primera parte de la historia.


II.

La segunda parte es tan larga y fome que ahorraré detalles. Diré simplemente que en el cuartel no tenían como comprobar mi identidad, aunque de todas formas revisaron la ficha que estaba bajo mi nombre.

-Usted ya ha estado detenido –me dijeron.

-Sí –confesé-, pero solo dos veces y por cosas menores…

-¿Ebriedad y ofensas a la moral son cosas menores?

-Eso solo fue una vez y además era arte conceptual… -me excusé-, y la otra fue una confusión…

-¿Y además estuvo metido en un lío con unos supuestos pistoleros hace más o menos un mes?

-Pero me atacaron sin razón… hubo testigos además…

-Acá dice que tuvo lesiones…

-Una herida en la frente, me queda un poco…

Entonces los policías se miran entre ellos y deben considerar si darse o no un mayor trabajo conmigo… pues claramente no parezco peligroso ni suelo ser una amenaza para nadie…

-Compruebe domicilio –le dice el policía mayor al que me había detenido-, y si hay cualquier detalle, por mínimo que sea, lo trae de vuelta de inmediato… y lo derivamos a investigaciones…

Así terminó la segunda parte.


III.

La tercera y última parte sucede en el edificio que debo abandonar en tres días. Aún está el colchón en el suelo y está lleno de cajas con libros embalados y otro montón de libros dispersos por todo el departamento.

-¿Me autoriza a entrar y revisar o lo proceso y esperamos una orden? –me dice el policía, luego de que el conserje le explicara que los inquilinos me había expulsado del lugar, por razones poco claras.

-Vamos -contesté-, no tengo nada que ocultar…

Ya en la habitación los policías –porque el que me llevaba llamó a su compañero una vez que decidieron registrarla-, me dejan sentado en una silla y comienzan a recorrer el lugar…

-¿Qué tiene en esas cajas? –preguntan.

-Libros –le digo.

-¿Y en esas otras? –pregunta el otro.

-Libros también.

Entonces los policías se miran y comienzan a abrir las cajas. Todas. Eran 26 cajas, todas agrupadas y ordenadas pues me pasé gran parte de estas últimas semanas numerando y catalogando libros y había dejado todo listo para llegar y ordenar la biblioteca fácilmente, cuando llegara a otro lugar.

.¿Y qué hay adentro de los libros? –me pregunta uno.

-¿Qué…?

-¡¿Qué hay adentro de los libros… no escuchó a mi compañero…?! –dice el otro.

-Sí, pero…

-¿Pero qué…? ¿Quiere confesar algo?

-No… es solo que no sé bien lo que tienen… o sea hojas, palabras… historias…

-¡¿No sé haga el hueón?! –me aclaran-. Le preguntamos si ocultan algo…

-¿Ocultar…? –pienso en voz alta-. Bueno, algunos revelan más que ocultan… Kazantzakis, por ejemplo…

Pero no alcancé a terminar mi explicación. Ellos comenzaron a vaciar bruscamente mis cajas y desparramaron los libros en el piso. Eran 2128, lo sé porque los había numerado y aún me faltaban como la mitad…

Fue entonces que me alteré y quise ponerme de pie, pero uno de ellos se acercó y me detuvo… mientras el otro comenzaba a golpear los libros, como para hacerlos hablar, o los daba vueltas, como si quisiese que se cayesen las palabras, desde dentro…

-Busca los de ese Kalzatakis… –indicó el que me detenía.

-Kazantzakis –corregí yo, pero apenas lo dije me pinchó las costillas con la luma.

Él otro tipo seguía buscando.

-¿Cómo dijiste que se llamaba? –me preguntó el que buscaba.

-Kazantzakis –volví a decir yo, y me golpearon nuevamente.

Sería un buen argumento, pensé entonces, un tipo que cada vez que dice Kazantzakis recibe un golpe en las costillas… quizá podría inventar que cuando decía Melville te daban un mordisco en el tobillo o cuando decías Carver te enterraban un anzuelo de pescar en la piel…

Mientras, uno de los policías seguía buscando y desordenando todo, mientras el otro estaba al lado mío, supongo que esperando que yo dijese Kazantzakis, nuevamente.

Tras aburrirse, revisaron el contrato de arriendo, y se sorprendieron al ver que yo era profesor, y como que se asustaron un poco, y en la última parte de la visita hasta fueron un poco más amables e intentaron dar explicaciones.

-No debe andar por ahí sin carnet –me dijeron-, ni molestando a la gente… Tiene que comprender que estos procedimientos son necesarios pues no podemos adivinar qué tipo de persona es cada uno de los que nos encontramos…

Luego me hicieron firmar un papel –en el que inventé una firma que no era la mía- y se fueron del lugar.

Media hora después me llamó el conserje. Y hasta el administrador del edificio se asomó a mi cuarto para decirme qué nunca antes había ocurrido que viniesen a registrar un departamento, y que eso solo ratificaba lo acertado de la decisión de haberme expulsado de aquel lugar.

-Tiene usted toda la razón –le dije, como conclusión a sus reflexiones. Y cerré la puerta.

Todos los libros estaban en el piso y algunos habían incluso resultado dañados… Fue entonces cuando vi en un rincón los libros de Kazantzakis, habían quedado relativamente cerca unos de otros, aunque dos tomos de las obras selectas habían sido dañados.

Tomé uno de ellos y recordé entonces que debía regar las únicas tres cosas vivas que necesitaban de mí en aquel lugar. Luisa, lonicera, Juan el junípero y Aníbal, un acer japónico…

-Nosotros no necesitamos comprobar tu identidad –me dijo Luisa, intentando animarme, y yo le sonreí.

Fue entonces cuando desde el libro de Kazantzakis que tenía en la mano, se desprendió una palabra y quedó ahí, a un lado, sobre el piso.

-Humanidad –leyó en voz alta Aníbal, que es un poco más alto y tiene mejor vista.

Yo, por último, recogí la palabra y volví a meterla al libro, para que no se perdiera.

Y finalizó así, la tercera parte.

miércoles, 20 de julio de 2011

Deshacerse de productos lácteos.

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Un conocido que trabaja en la compañía lechera más grande del país me cuenta que día a día deben botarse un gran número de yogurts y otros productos lácteos, para vaciar bodegas.

No recuerdo la cifra exacta, pero habla de miles de productos semanales, fácilmente.

Lo más extraño de todo, me cuenta, es que no pueden dejar de producir esa cantidad por algo que tiene que ver con el ritmo de producción de las máquinas, y con la cantidad de proveedores y el respeto a una serie de contratos ya establecidos.

Obviamente, le pregunto sobre donaciones y esas cosas y él me dice que sí, que la empresa hace donaciones constantemente y que incluso abastece regularmente a las instituciones con mayores necesidades, en relación a la cantidad de sus requerimientos.

-¿Y qué hacen con los otros productos? –le pregunto.

-Los botan… ya te dije…

-Me refiero a dónde los botan… -explico-, si son en esa cantidad debe haber una especie de vertedero o algún lugar especial para dejarlo…

-Mmm… la verdad no sé… -me dice-. Es decir, hay camiones que se los llevan día a día, pero no sé donde los llevan, realmente…

-¿Y no te parece extraño? –le pregunto.

-¿Qué cosa?

-Que un camión o un grupo de camiones se lleven todos los días una gran cantidad de productos y vuelvan sin nada, como por arte de magia…

-No tanto, realmente… además es algo que ocurre en todos lados, sobre todo con alimentos perecibles y de rápido vencimiento…

Entonces, mientras converso sobre el tema, recuerdo una vez que me perdí de pequeño siguiendo al camión de la basura, y se lo comento a esta persona.

-¿Y por qué lo seguiste? –me pregunta.

-Por algo similar a lo que te hablaba ahora –le contesto-. Quería saber qué hacían con todo eso que se llevaban, a dónde iba a parar… no me quedaba tranquilo con las explicaciones que me daban y pensaba que me ocultaban algo…

-Todo un paranoico…

-Puede ser –admito-, pero no era solo por la basura… o sea, yo pensaba que había algo más, no sé cómo llevarlo bien a palabras, pero yo imaginaba que había algo así como un ser oculto, alguien que se alimentaba con todo eso… alguien gigante claro…

-¿Alguien como un demonio?

-No… al revés, alguien como una especie de Dios, alguien que sabía el sentido de todo esto y que quizá podría explicarlo… y al que alimentaban en secreto…

-Y entonces tú seguiste al camión para que esa especie de Dios te explicara ese sentido...

-No, creo que tampoco fue eso… yo hubiese querido verlo, claro, o intuirlo con mayor certeza, quizá… pero siempre pensé que el momento de entender ese sentido iba a llegar por sí mismo…

-¿Y llegó?

-¿Qué cosa?

-El momento de entender el sentido.

-Quizá no el momento de entender un sentido dado, sino el de entender que hay que crearse ese sentido…

-…

-Aunque tampoco es eso… -admito.

-¿Y qué es entonces?

Yo lo pienso un poco, pero sinceramente no sé qué contestar. Así que cambio el tema y desvío la conversación hacia otro sitio.

Sin embargo -más allá de las dificultades que pueda tener para explicarlo-, creo sinceramente que el momento llegó, y que el sentido aquel requiere de mí cambios importantes y grandes esfuerzos… aunque también promete, por otro lado, grandes recompensas…

-¿Te interesa que averigüe hacia donde van esos camiones? –me preguntan finalmente, mientras nos despedimos.

-No es necesario –replico-. Tengo otras prioridades.

martes, 19 de julio de 2011

¡Tantas cosas que aprendimos!

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Uno no debiese olvidar
algunas cosas que te enseñan de pequeño,
no importa si son datos, o fechas,
pues absolutamente todo puede servir
en esos momentos en que el barco se hunde
y uno necesita algo a que aferrarse
porque el cuerpo está cansado
y todo pesa.

Pienso por ejemplo,
en las grandes civilizaciones,
en la historia repetida del triunfo
y la conquista,
y todas esas grandes tumbas
y ruinas que quedan
olvidadas en medio del desierto
hasta que son saqueadas
o dañadas por otras civilizaciones
que buscan edificar
nuevamente sobre ellas…

Pienso también en números
y en cifras…
y en las teorías de la formación del universo,
y hasta en aquello que decían de las líneas
revelando que no eran más que un montón
de puntos en hilera…

¡Tantas cosas que aprendimos!

Años, batallas, traiciones,
teoremas, enlaces químicos,
desplazamiento de las ondas,
gobernantes, revoluciones,
genocidios, glaciaciones,
tasas de natalidad, democracia,
gramática, geografía, economía…

¡Tantas cosas que aprendimos
para al final no tener a qué agarrarnos
cuando se nos hunde el barco…!

Si hasta los libros se mojan y se hunden
más rápido que cualquiera de nosotros…

Y es que créanme que busco
y no encuentro a qué aferrarme:

"Los protozoos son organismos unicelulares eucarióticos…"

"El imperio romano de occidente culmina el año 476…"

"Euclides basa su teoría de la proporción en ideas de Eudoxo…"

"El hombre en estado natural no debiese sobrevivir más de 30 o 40 años..."

"Constanza es un lago que está rodeado por tres países…"

¿Entienden a qué me refiero…?

Seguramente también les pasa
o les pasó,
o les va a pasar…

Ojalá vayan buscando y creando
cosas que sobrevivan
en ustedes
para cuando eso ocurra.

lunes, 18 de julio de 2011

De un bosque a otro bosque.

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“Sales de un bosque
a otro bosque,
pero tú crees que no sales”
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-Estoy asustado –me dijo-, hoy me fui a sacar los guantes… ¡y no tenía guantes…!

-No entiendo –confesé.

-Que me estoy quedando viejo po, hueón… se me olvidan las cosas… hace un rato, por ejemplo, estuve tratando de encontrar tu número de teléfono como por una hora… y no podía hallarlo…

-Pero si no tengo teléfono…

-No po, si me acordé después, pero primero busqué como una hora… ese es el punto…

-¿No sientes que estás exagerando…?

-No, hueón… para nada… si la sensación es penca… y desespera… yo voy a ser de esos viejos con alzheimer, estoy seguro… y voy a andar en pelota por las calles, saludando desconocidos, y me van a tener que internar…

-¿Y es tan terrible como pa levantarte a las dos de la mañana y venir a contarme esta hueá en pijama?

-¿En pijama…?

-Sí po, hueón, en pijama…

-¡Chucha…! Por eso tenía frío… No me di ni cuenta… ¡veís que estoy cagado…!

-Mmm…

-¿Y?

-¿Y qué?

-¡Dime algo po, hueón…!

-¿Y qué te voy a decir…?

-No sé po, hueón… cualquier hueá… pero a eso vine…

-¿Viniste a que te dijera una hueá, porqué creís que te estay poniendo viejo…?

-Sí… y porque me estoy transformando en viejo cagado de la cabeza, además…

-Pero si siempre hay estado cagado…

-A lo mejor… pero ahora es más, yo creo…

-No, hueón… siempre hay estado cagado… ¿te acorday cuando estabay obsesionado con que todos estábamos en un bosque?

-Mmm… no… ¿qué pasaba con eso?

-Que tú hablabay todo el tiempo sobre un bosque, como que estábamos en un bosque, y que era imposible ubicarse dentro… y hasta andabay haciendo marcas pa saber los lugares por donde habías pasado, para encontrar la salida, o algo así…

-Verdad… era penca esa sensación, también…

-¿Viste?

-¿Qué cosa?

-Que no estay más cagado ahora que antes…

-Mmm… viéndolo así…

-Es que así hay que verlo po, hueón, si la unidad de medida es uno mismo no más… y si los otros hueones se acuerdan de las cosas… ¡mala cuea no más…! No podís compararte con los otros…

-O sea que yo estoy bien porque estoy igual que siempre…

-Sí, algo así…

-Pero es que no es solo “igual que siempre”, sino “igual de cagado de siempre”; distintas sensaciones, pero igual de cagado…

-Pero no vay en declive… eso es lo importante…

-Es decir que salí de un bosque… a otro bosque…

-Exacto.

-¿Y esa hueá es buena, decís tú…?

-Yo lo único que digo es que no estay peor que antes… y que anday en pijama y que son las dos y tanto de la mañana… y que la Natalia te debe estar esperando…

-¿Qué Natalia…?

-Tu pareja po hueón…

-Pero si ya no tengo pareja… ¿No sabíay?

-Puta, no… lo lamento…

-No lo lamentís… y ¡puta sí…! Si la pillé un día con otro tipo… ¡y en nuestra cama…!

-Chucha, ¿y qué hiciste…?

-Sinceramente… no me acuerdo… y no me quiero acordar, tampoco… solo sé que desde ese día no quise volver a casa, y estoy durmiendo en el auto… y que se me olvidan las cosas…

-Puta hueón… no sé qué decirte…

-Nada po, hueón, ¿qué me vay a decir…?

-No sé po… al menos que te quedís a dormir acá… está todo medio revuelto y lleno de libros, pero supongo que da lo mismo…

-Sí, da lo mismo… además de pronto hasta tomo uno de esos libros y trato de entender un poco más…

-¿De entender qué?

-Las cosas po hueón, la vida, los otros, uno mismo…

-Mmm… no sé realmente si tengo esos libros… o a lo mejor esas cosas salen en los que todavía no leí…

-¿O sea que tú también...?

-No. Yo también no… Yo tampoco.

domingo, 17 de julio de 2011

Papá, me encontré un cuadrado, o el manifiesto de los buscadores de bocas.

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“Todas las manifestaciones son magnitudes extensivas”
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La naturaleza es sabia. Lo malo es que es orgullosa y egoísta y guarda sus secretos bajo siete llaves. Mientras, por jugar, se entretiene enviándonos fenómenos, o haciendo crecer flores de colores o hasta mandándonos pajaritos, todo muy lindo y simpático, es cierto, pero poco revelador, si pensamos en el gran secreto.

Por otro lado, la gente suele obviar estos misterios, y hasta llamarnos amargos si insistimos en buscar algo más allá de aquello que se nos entrega.

-Ustedes no saben apreciar la belleza –nos dicen-. Insisten en buscar más allá de las cosas y dejan pasar todo esto que está aquí como un regalo…

Y claro, suena muy lindo el discurso y hasta el disfrute y el agradecimiento, pero lo que sucede realmente, creo, es que se quedan embobados mirando el envoltorio del regalo, y no les interesa saber, en definitiva, qué se encuentra detrás de todo aquello.

Nosotros, en cambio, empleamos gran parte de nuestro tiempo en buscar bocas. Disfrutamos menos, es cierto, pero aspiramos también a algo más amplio y pleno que el mero disfrute momentáneo. Y por eso buscamos bocas. Aunque para ustedes suene absurdo.

Y es que las bocas, pensamos, están ahí, escondidas, porque en el fondo quieren que las encontremos. Y a lo mejor hasta desean decirnos algo.

Ahora bien, quizá ustedes se pregunten, ¿qué son las bocas? Y en sus mentes malacostumbradas a la significación rígida se formen imágenes similares al orifico dentado que ustedes suelen designar con tal palabra…

Ante eso, no queda más que aclararles que las bocas que buscamos, son ante todo manifestaciones de la naturaleza -pero no manifestaciones conscientes y voluntarias, como los pajaritos y las flores de colores, sino involuntarias, como los lapsus linguae-, que se manifiestan en la naturaleza de formas tan extrañas y disímiles, que el encuentro y reconocimiento con alguna de ellas, es una labor que bien puede llevarte toda una vida, y sin asegurar recompensa.

En mi caso particular, por ejemplo, me he encontrado en mi vida –o he sido capaz de reconocer al menos-, dos bocas: una bajo la forma de una piedra que aparecía cada mañana en diferente sitio, y otra bajo la forma de un pajarito con tres cabezas, que vivió apenas unos días, luego de mi descubrimiento.

¿Que cómo supe que eran bocas?

Sencillo. Me bastó acercarme lo suficiente a ellas como para sentir que de ellas emanaba el aliento de la verdadera naturaleza, y que se distinguían y alejaban del resto de las otras cosas que constituyen el lenguaje práctico y superficial del que forman parte los fenómenos que habitualmente nos rodean.

Con esto, sin embargo, no quiero decir que todo pájaro con tres cabezas o cualquier fenómeno que se escape de las normas habituales pueda ser, necesariamente, una boca, pero obviamente es en ellos donde más posibilidades tenemos de encontrarlas.

Por otra parte, no quiero que se tomen estas palabras como una invitación a la búsqueda, pues nada hay más incómodo que todo un grupo de personas escarbando en la realidad, sino simplemente como una puesta en común de nuestro comportamiento y una explicación, breve, de nuestros objetivos.

Finalmente, y como última experiencia que quisiera compartir con ustedes, me gustaría contarles de la última boca descubierta por uno de nuestros buscadores, quién dio cuenta de ella de la siguiente forma:

-Papá –me dijo, entre sueños, pues habla dormido-, encontré un cuadrado.

-¿Cómo…? –pregunté yo.

-Encontré un cuadrado…-insistió, aún sin despertar-, con la lluvia se movió la tierra y yo encontré un cuadrado… y no es de nadie…

-¿Por qué no es de nadie? –insistí, ya intuyendo que debía tratarse de una boca.

-Porque es de la tierra… de abajo… -explicó, entre pequeñas frases-. Se asomó… pero estaba escondido… es un cuadrado de la tierra… de los que no hay que ver…

Y dicho esto se volvió rápidamente e hizo otros sonidos y despertó un tanto… por lo que ya no quise interrumpirlo.

Finalmente, tomé nota minuciosa de lo ocurrido y elaboré el acta correspondiente para presentar ante el comité de buscadores, quienes deberán validar, la presencia de otra boca, en sus palabras.

Por lo pronto, es todo lo que puedo contarles.

Mientras, y como conclusión, simplemente me gustaría reiterarles que la naturaleza es sabia… Tan sabia, que sería un error, ciertamente, confiar en ella simplemente por aquello que nos muestra a todos…

Saludos a los pajaritos.

sábado, 16 de julio de 2011

Pastillas.

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“Las verdades contingentes
y las verdades necesarias
hacen la vida”
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-¿Y realmente sucede eso con las pastillas? –Insistí.

-Realmente. Completamente. Eficientemente –dijo el vendedor recalcando cada una de las palabras-. Usted simplemente toma una de ellas y ya verá como a los pocos minutos cualquier persona con la que hable estará en desacuerdo con todo lo que usted diga, y no le creerán nada…

-Pero y eso… ¿para qué serviría?

-Para muchas cosas, señor, pero principalmente para sentirse único, incomprendido… ¡especial! Piénselo un poco y dígame… ¿cuánto pagaría usted por sentirse realmente distinto a la masa?

-¿Qué masa?

-¡¿Cómo que qué masa…?! ¡La masa, pues hombre…! El montón de gente que vive de forma similar y piensa de forma similar… ¡y hace todo de la misma forma!

-Pero es que hay cosas que deben hacerse de la misma manera… sino no resultarían… Imagínese si yo decidiera dormir con los ojos abiertos, o no sé… cagar de guata, por ejemplo… ¿Cree usted que eso sería útil, por ejemplo, para diferenciarse de los demás?

-¿Quiere decir entonces que no está usted de acuerdo conmigo…?

-Claro que no estoy de acuerdo, y no le veo utilidad a su producto, para ser sincero…

-Eso es simplemente porque yo me tomé una de estas pastillas hace un rato y ya ve el efecto que tienen…

-Eso es absurdo…

-¿No me cree?

-Por supuesto que no…

-Pues ahí tiene usted otra prueba… es más, intente creerme algo, cualquier cosa… y ya verá que le será imposible

-¿Cómo…?

-Pídame usted la opinión sobre algo y ya verá que no podrá estar de acuerdo conmigo, o alguna información, por básica que sea…

-Me niego rotundamente, no empezaré un juego estúpido solo por demostrar que usted es un farsante…

-Pues entonces no pregunte, y simplemente escuche… Mi nombre es Orificio Tubular…

-¿Qué…?

-Que mi nombre es Orificio Tubular… ¿puede usted creerme?

-Por supuesto que no, eso es otra estupidez…

-Lo ve, nuevamente no me cree… ergo, las pastillas funcionan…

-Pero no puede usted comprobarlo…

-Pero si eso estoy haciendo…

-Usted no está haciendo eso, usted…

-¿Lo ve…? Su propio rechazo es el mejor de mis argumentos… Sin embargo, yo puedo demostrarle que mis palabras son ciertas… deje sacar mi carnet…

-¿Para qué?

-Para demostrarle que Orificio Tubular es mi verdadero nombre… Aquí está… ¡Mire…! Orificio Tubular Esmerilado… ¿puede leerlo?

-¡Pero ese es un carnet falsificado…! Si hasta es de cartulina y su foto es un dibujo…

-Esta es una foto real, señor, así salgo yo en las fotos, simplemente…

-Creo que me toma usted por un imbécil…

-Para nada, yo lo tengo a usted la más alta estima y hasta pienso que es usted un ser superior, profundamente excepcional…

-¡¿Me está hueveando…?!

-Para nada señor, como cree, yo solo quería ofrecerle estas pastillas que harán de usted un ser único, alguien…

-¡No me interesan sus pastillas…! ¡¿No entendió…?!

-Sí, entendí, pero no quiero que quede usted de esa forma… después de todo el error es mío al tratar de vender estas pastillas luego de tomarme una… eso es lo malo de no tener un modelo que muestre los efectos… así que está bien que usted se enoje…

-…

-De hecho me arrepiento profundamente de haberle causado estas molestias…

-Pues no se arrepienta, simplemente váyase y…

-No me iré sin antes demostrarle que mis sentimientos son sinceros… mire… ¡rompo las cajas de pastillas…! Mi único elemento de trabajo, solo para demostrarle a usted que estoy realmente acongojado…

-No es necesario… Mire, quizá me ofusqué demasiado, pero no las rompa…

-¡Las rompo…! ¡No quiero causarle esto a nadie más! ¡Las romperé todas…!

-No lo haga… después de todo es su trabajo… mire, hagamos algo, yo le voy a comprar una caja y olvidaremos que discutimos y todo estará en orden…

-No, me niego rotundamente… pero si quiere una caja, se la regalo…

-No, yo puedo pagarla, es su trabajo, recuerde…

-Pero yo lo incomodé, no dejaré que pague usted… insisto…

-No. Deme una. Y así probaré yo mismo y no me sentiré culpable de que pierda usted su mercancía…

-Pero es que yo…

-Nada, tome…

-Pero es que no puedo aceptarlo…

-Puede.

-No… además no tengo vuelto… y con ese billete podría usted pagar 20 de mis cajas… sería injusto…

-No sería injusto… mire, hagamos algo… yo por lo general no tengo dinero, pero ese lo gané apostando por Perú hoy día que no iba de favorito… y bueno…

-No, señor, tome usted una caja de regalo…

-No. Insisto… y para que sea justo, deme usted las 20 cajas…

-Es que se dañaron un poco… como pensaba romperlas… además solo me quedan 18…

-No sé si son 18… yo veo más… pero como sea… tome usted el dinero y guarde silencio…

-Pero...

-No se moleste en hablar, y simplemente despidámonos…

-¿Puedo darle un abrazo?

-No, basta con un apretón de manos.

Y fue así que nos despedimos. Él dobló por la esquina y yo me quedé ahí, con un montón de cajas y con una impresión extraña, pero agradable.

Luego me tomé una pastilla.

Actué correctamente, ¿no creen?

viernes, 15 de julio de 2011

Temporada de piscinas.

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¿Le gustan a usted las piscinas?
A mí me gustaban, pero ya no.
(Las cosas cambian)
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Se lo pregunto un poco para establecer contacto, aunque tal vez usted piense que hay algo subliminal en mis palabras… una especie de silogismo que en realidad busca plantearle que no es usted consciente de sus cambios, o que simplemente no cambia y que permanece estático(a), o algo por el estilo… ¿Pero sabe? Si quisiera decirle eso se lo diría inmediatamente, y no andaría con rodeos.

Además, realmente me interesa el tema… al menos hoy, claro, que terminé empapado por la lluvia y de pronto recordé unas conversaciones sobre agua y de ahí a las piscinas ya había poco trecho. Y claro… como andaba algo bebido y quería saber qué pensaban los demás, comencé a pedirle la opinión a quién se cruzara por la calle.

-¿Pero esto es una encuesta? –me preguntaban de vuelta.

-Podría decirse que sí, aunque de una sola pregunta, en principio… ¿Le gustan a usted las piscinas…?

Ahora bien, para ser sincero la mayoría me dejó con la pregunta en la boca, pero hubo alguien que no, una señora algo mayor que incluso hizo algunas observaciones que revelaron errores en la forma de plantear mi consulta.

-¿Cuáles errores? –Le pregunté a esa señora.

-En primer lugar usted no plantea si me gustan las piscinas llenas o las piscinas vacías.

-Es cierto –reconocí-. No lo había pensado de esa forma.

-Nadie lo piensa así, y es algo esencial, si uno se detiene un poco…

-Sí, tiene usted razón.

-No se lo digo por criticar en todo caso, solo que el tema es especial para mí… Yo fui campeona nacional de natación hace muchos años... y bueno… todavía hoy no logro desenamorarme por completo de esas experiencias…

-Sí… así es cuando se ama realmente algo… –pensé en voz alta.

-El otro error –siguió ella, como si hubiese llevado un discurso preparado-, está en el momento en que escogió usted para hacer la pregunta…

-No entiendo…

-Me refiero a que no es temporada de piscinas, y hoy ha llovido a mares y para mucha gente el agua hoy resulta algo incómoda… Es como si usted fuese a preguntar por la belleza de la vida a alguien que acaba de perder a su familia…

-Sí… tiene usted razón nuevamente, creo que me apresuré demasiado…

-Así es, pero no es tan importante después de todo…de hecho podrías preguntarme de nuevo, para responder bien a tu pregunta…

-¿En serio?

-Sí, me encantaría responder…

-De acuerdo… eh… disculpe… -dije poniendo tono de entrevista-, más allá del clima actual y esforzándose por imaginar un tiempo donde estuviesen de temporada… ¿Le gustan a usted las piscinas? Las piscinas llenas de agua, me refiero…

-¡Me encantan! Incluso con el clima de hoy… si hasta el paraíso me lo imagino como una gran piscina… con Dios de salvavidas todo el tiempo, y agua tibiecita…

-¿No exagera?

-¡Para nada…! Soy sincera totalmente…Simplemente intento adaptarme a su pregunta así como el agua misma se adapta al recipiente que la contiene… Y para mí la piscina representa la arquitectura perfecta de la vida en sociedad, y hasta de las relaciones interpersonales en general, incluyendo las relaciones amorosas, por cierto…

-¿Podría explicarse, por favor?

-Creo que sería muy extenso e explicar… pero ¿se ha fijado usted en esas duchas que existen en las entradas de las piscinas?

-¿Esas por las que uno está obligado a pasar al entrar y salir de una piscina pública…?

-Exacto… esas mismas… pues bien… yo creo que eso es exactamente lo que uno debiese hacer, por ejemplo, al principio y al final de una relación afectiva… no sé… sacarse el cloro… cambiar de temperatura… yo creo que con la imagen es suficiente… ¿me entiendes?

-Sí… aunque bueno, no lo he pensado detenidamente…

-Así es mejor… además, en la vida, lo esencial es hacer juicios a priori sobre todas las cosas… solo así llegamos a lo verdadero, y escapamos del fondo…

-¿Escapamos del fondo?

-Sí… no es bueno llegar al fondo de las cosas creo yo… pensarlas a fondo, me refiero, es como hundirse para buscar algo especial y luego encontraste simplemente con el tapón… pero cuando te diste cuenta el agua ya se ha ido, y ya no hay gracia…

-¿Y la piscina llena se convierte en piscina vacía...?

-Peor… ¡La piscina sin agua es un cráter…! Nada más… No hay que tantear en el fondo…

-Sí… supongo que me ha pasado…

-Lo ves. Parece que tengo razón.

-Puede ser… -admití-. Lamentablemente, en mi caso, no sé muy bien estar cómodo en la piscina y suelo irme derechito al fondo…

-Se nota… por eso te gusta la lluvia, así es más fácil…

-Sí…

-Pues debieras cuidarte más… así te vas a resfriar, y tú necesitas fuerza…

-¿Cómo fuerza…? ¿Estar fuerte…?

-No, estar fuerte no sirve… pero hay que estar débil con fuerza, o con convicción, si lo prefieres…

-Sí, parece usted sabia… nunca había conocido alguien que hubiese hecho natación… ¿son todos así?

-Para nada, hay tarados que pasan años en la piscina sin siquiera mojarse… y cuando lo hacen salen y se secan rapidito, como si tuvieran miedo… tú al menos estás mojado entero… ¿me dejas regalarte algo?

-¿Cómo…?

-Mi bufanda… es grande y puedes secarte un poco con ella…

-No suelo aceptar nada… -confesé, recibiéndola de todas formas-, pero gracias…

-De nada… y me voy, mejor, que comienza a llover de nuevo y me esperan mis nietos…

-Vaya no más, no le quito más tiempo… -contesté finalmente-. Y gracias por todo…

Ella entonces me guiño un ojo y se fue corriendo por entre la lluvia.

Y hasta yo imaginé, luego, que caminaba sobre el agua.

jueves, 14 de julio de 2011

Vian, exhibicionista sin abrigo.

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I.

Se me acerca una chica en la calle. Como de mi edad. Con una expresión simpática y apurada porque está lloviendo y anda sin paraguas y a lo mejor porque intuyó que me desaparezco en estos casos.

-¿Te acuerdas de mí? –me dice.

Yo la miro e intento recordar, pero al final hago un gesto negativo con la cabeza. Ella explica.

-Íbamos juntos a un taller literario en la Sociedad de Escritores, con P. D., uno de cuento y de crónica… ¿te acuerdas?

-Mmm… no… Y no recuerdo haber ido a un taller literario, y menos con P.D., que escribe una mierda…

-Sí sé… se lo dijiste la única clase que fuiste, cuando intentábamos describir una gallina y tú llegaste borracho y hablaste hasta que te tuvieron que sacar y hasta imitaste la gallina…

-¿Yo imité una gallina?

-Sí, dijiste que ibas por una porque describirla en ausencia era como ir a la iglesia a escuchar de Dios… y entraste después y cacareaste y hasta te subiste arriba de la mesa… Ja, ja… y le picoteaste la cabeza a P.D…

-¿Le picoteé la cabeza a P.D.?

-Sí… o sea no fue picotear derechamente, pero hubo golpes pequeños y papeles rotos… ¿de verdad no te acuerdas?

-Mmm… ahora que lo dices tengo como un flash… pero puede que me lo invente…

-Es que estabas muy borracho… creo que te interesaba quedar en dramaturgia para conocer a Radrigán, y hubo una confusión… ¿te acuerdas de lo que decías de la gallina?

-Nada. De hecho no sé qué se puede decir de una gallina.

-Yo me acuerdo muy bien. La definías como un animal que se compone de lo exterior y de lo interior… “Si quitamos el exterior” dijiste, “queda el interior… y si quitamos el interior queda el alma”… y lo repetías mil veces…

-Parece que te quedó grabado…

-Sí… Mi cuento de finalización de taller fue de aquello…

-¿Y salía yo?

-Claro… eras el protagonista…

-Mmm… capaz que hasta haya robado esas frases… a veces me pasa citar libros o películas cuando estoy borracho y luego viene el desencanto de recordar que no tenía nada propio qué decir…

-Yo creo que sí lo tenías… De hecho fuiste mi ídolo en ese tiempo… o desde ese tiempo…

-¿Eres una admiradora, entonces?

-Quizá, pero no pienses mal de esto… no es que yo quiera –aquí ella hizo un gesto repetitivo moviendo los brazos hacia atrás y adelante- contigo…

-¿Esquiar conmigo?

-No… Ja, ja… Tener sexo, me refería… no pienses que me acerco por eso… Además, y esto va como secreto, me gustan las mujeres…

-Pues mi secreto es que soy la mujer barbuda…

-Ja, ja… de todas formas las prefiero sin barba…

-¿Y prefieres también seguir bajo la lluvia o entramos a ese local y pedimos unas cervezas?

-Ok., pero yo preferiría un café…

-Con razón fuiste al taller con P.D.

-No entiendo…

-No importa.


II.

Tras la primera cerveza y el primer café comienzo a pensar que fue un error entrar ahí, y que realmente no tenía nada que hablar con esa chica. Ella, sin embargo, seguía hablando sin parar sobre distintas cosas, que ahora no recuerdo.

-¿Te has dado cuenta de algo? –me dijo entonces.

-¿De qué?

-De que mientras más hablamos menos significan las palabras.

-Pero yo casi no he hablado…

-No me refiero a esta conversación en particular, sino a todas… ¿te has dado cuenta que mientras más se usan las palabras estas terminan gastándose y perdiendo el sentido…?

-¿Como un chicle?

-Puede ser, solo que las palabras se desgastan aún más rápido y no hay cómo pegarlas debajo de las mesas…

-Mmm…

-Una vez me pasó eso con mi novio…

-Creí que dijiste que te gustaban las chicas…

-Sí, pero igual tuve uno hace muchos años… El punto es que él hablaba mucho… más que yo incluso, pero lo malo es que nunca sabías cuánto de cierto había en lo que estaba diciendo. Por ejemplo, muchas veces que debíamos juntarnos él llegaba acompañado de alguna chica, y cuándo yo le preguntaba quién era ella, él me decía que era una hermana…

-¿Y nunca comprobaste si lo eran realmente?

-No hubo necesidad, me di cuenta cuando llegó como a la número 20 y todas de edades similares…

-¿Y?

-Y nada… él seguía hablando… pero el punto aquí es la cantidad de verdad que posee aquello que hablamos… es decir, hay cosas que las palabras no pueden enmascarar, pero en todo lo demás…

-Espera un poco, ¿qué cosas no pueden enmascarar las palabras? No entiendo eso…

-Me refiero a las cosas que son lo que son.

-¿Por ejemplo…?

-Por ejemplo… no sé… un plato… Un plato siempre será un plato, o un hombre siempre será un hombre… y hasta la vida incluso… siempre será la vida… ¿no te parece?

-No. Me parece que eso es hablar con el eco. Además bastaría con quebrar este plato para demostrarte que un plato no siempre es un plato, o con matar a un hombre…

-Pero es que entonces el plato ya no sería un plato y el hombre sería el cadáver de un hombre… pero yo me refiero a su estado concreto…

-Mmm…

-¿No me crees?

-¿Es que sabes? Yo una vez trabajé de garzón para el tipo más enervantemente ahorrativo que he conocido…un hueón que mandaba recoger los restos de vino que quedaban hasta en las copas, para volver a embotellarlos… y que incluso estuvo cerca de pedir que recogiésemos las migas del pan, para armar otros nuevos, con las sobras…

-Como Jesús cuando daba de comer y recogía los restos en canastas…

-Mmm… no sé… quizá… Pero lo que ocurrió en este caso fue que al final me hastié de escucharlo todo el tiempo, y me di el trabajo de reunir las migas (fue el día que renuncié, de hecho) y las junté todas y se las llevé al dueño… y sabes… ¡eran una miseria! Aquello era un pequeño montón de suciedad que ni siquiera hacía el bulto de un pan pequeño… si tenía hasta pelusas dentro y estaba asqueroso… Y al final era como si aquello, siguiese simplemente siendo un montón de fragmentos, reunidos quizá, pero fragmentos al fin y a cabo…

-¿Y eso tendría que ver con las palabras?

-Claro… ¡no se puede armar un pan con migajas…!

-¿Por qué no?

-¡Porque son ínfimas…!

-¿Son pocas?

-No... No es cuestión de cantidad, sino de significado, de pureza incluso…

-¿Y si buscásemos la miga más bella?

-¿Cómo…?

-¿Qué pasa con el amor, por ejemplo, tiene que ver algo con eso?

-No lo sé… tendría que tratarse de eso que llaman un amor verdadero… y no sé bien qué es eso…

-¿Pero qué crees?

-Yo creo que a veces confundimos una imagen con una persona viviente… y a la persona viviente con algo más… y llegamos así a hablar de niveles de desnudez, o de existencia si prefieres, para que no te espantes…

-¿Notaste que me espanté…? Es que a veces me complica eso de la desnudez… es como con lo que decías de la gallina, esa vez… disculpa…

-No importa, simplemente quería decir que es posible que todos contengamos en el fondo los mismos niveles, y la explicación sea siempre así de básica…

-Sí… lamentablemente en mi caso, no creo poder hablar de forma certera, como para tener acceso a esos niveles… es como si no supiera caminar y me tropezara a cada rato…

-Lo que pasa es que se aprende a hablar bien solo cuando se ha renunciado antes a la vida, en algún momento… y no tienes pinta de haberlo hecho...

-¿A la vida de todos los días?

-No… a esa es fácil renunciar, hablo de la otra, esa que no entendemos, pero de la que no abdicamos…

-¿Y habría que renunciar para que contenga verdad aquello que queremos decir?

-Puede que sí… Es decir, si así fuese, hablar sería casi una resurrección con respecto a la vida… o, en otras palabras, al hablar existiría una vida que no existe cuando no se habla…

-¿Estás citando algo…?

-No sé realmente… supongo que hablar es citar siempre, pero lo importante es que sea desde uno… y que exista una búsqueda en eso… Y claro, en ese sentido, quizá habría que aceptar incluso la mentira como una forma más que adopta el pensar, aunque esto no la alejaría de la verdad, aunque suene contradictorio…

-¿Entonces habría más de una mentira?

-Claro… Mira, supongamos que tú buscas la palabra precisa, para expresar algo, pero no la encuentras… pues bien, entonces aparece cierto tipo de mentira que no es más que una forma de acercarnos a la verdad, y mentimos luego para acercarnos a nombrarla… Esa es la mentira buena, por llamarla de alguna forma… la mentira verdadera…

-¿Y la otra?

-De la otra no vale la pena explicar nada… es la mentira clásica simplemente… “Nos volveremos a ver”, “No me he acostado con él, o con ella” o “te devolveré el dinero mañana”…

-O sea que de nuevo estás hablando de los niveles…

-Sí, siempre la gallina…

-¿No podrías cambiar la imagen, por esta vez?

-Piensa entonces en un hombre, un hombre con un abrigo… un exhibicionista, tal vez… y distingue niveles de exterioridad e interioridad en sus manifestaciones, y trasládalo al orden que quieras del pensamiento, y podrás sacar conclusiones universales…

-Pero si quisiese situarte a ti, lo que tú me dices, por ejemplo… ¿qué serías?

-¿Qué sería yo a partir de ese ejemplo?

-Sí, ¿qué serías tú?

-Pues yo sería un exhibicionista sin abrigo, sin duda.

-¿Y qué te sacas entonces cuando te desnudas?

-¿Qué me sacaría? ¿De verdad quieres saber…?

-Sí…

-¡Esto…! ¡Mira…!

-¡Aaaaaa….! Perverso…! –Gritó ella, mientras salía corriendo.

Yo, en tanto, pedí una última cerveza. Y luego, me puse a cacarear.

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