martes, 12 de julio de 2011

Encontrar lo extinto.

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Desde hace un tiempo, por medio de un amigo, me puse en contacto con un veterinario que trabaja en África, buscando un ejemplar de un tipo de rinoceronte que se considera extinto, aunque existen algunas pruebas que indican que podría quedar una pequeña población, en una región del norte de Camerún, según me indicaba esta misma persona.

La idea original, del contacto, era organizar una posible exposición fotográfica con el material recolectado, pero debo confesar que mi objetivo oculto, era ver qué condiciones existían en aquellos lugares para lanzarse uno, por propia cuenta, a una aventura similar.

Y es que a pesar de la vida sedentaria y del exceso de libros y de cerveza, el sueño que uno tuvo alguna vez de sobrevivir en algunos parajes así de exóticos, sigue vivo en alguna parte; y con mi hijo ya más grande y con el auspicio de compañías bancarias que son capaces de hacer un préstamo para costear -al menos-, los pasajes, las dificultades que existen cada vez parecen ser de menor envergadura y la palabra imposible comienza a borrarse, poco a poco, de mis diccionarios.



Pero vuelvo mejor a la historia de este veterinario en África, y les cuento que hoy en la mañana recibí una carta, donde el hombre en cuestión me cuenta una historia que bien podría dar pie a esas aventuras que uno leía en revistas o en pequeños libros donde exploradores que se perdían en la jungla iban de pronto a dar con un secreto que cambiaba sus existencias.

Pues bien, el secreto en cuestión con el que dio este veterinario fue la existencia de un único ejemplar de este rinoceronte que se creía extinto: el “diceros bicornis longipes” según compruebo en internet, que era mantenido en una especie de choza de gran tamaño, por los habitantes de una tribu que acogió de excelente forma a este extranjero.

Así, según me cuenta, él pudo atender al animal que se encontraba en buenas condiciones -pese a su avanzada edad y a una compleja herida en una de sus patas traseras-, ya que era alimentado casi como una mascota por los habitantes de esta tribu.

Por último, junto a un par de fotos adjuntas, el veterinario me solicita reunirme con él pues volverá a Santiago en un mes –ocho días a contar de hoy, pues la carta se demoró en llegar-, y debe escribir una serie de artículos que le dijeron yo podría supervisar (siempre mis amigos sobrevalorándome) y quería contar conmigo para eso.

Más allá de eso, sin embargo, lo que me da vueltas y no logro entender, es cómo una persona que está tres años buscando algo que se supone extinto, con la fe y la fuerza necesaria para seguir en ello ante distintas dificultades, se conforma con encontrarlo, y notificar a una institución especializada –creo que holandesa-, “para tratar directamente con el asunto”, según sus propias palabras, pues él ya ha cumplido su labor.

Es decir, como logró encontrar al animal, y notificó de su existencia, él puede regresar a Santiago, donde escribirá tres artículos para revistas internacionales que aceptan un contenido no superior a los 5000 caracteres y pagan unos cuantos cientos de dólares por cada uno… y fin de la historia.

Tomo entonces nuevamente la carta y la releo una y otra vez, pero no encuentro nada nuevo. Veo las fotos, miro las caras de los habitantes de aquel poblado, y sobre todo admiro la presencia de ese animal, tirado sobre la tierra junto a un gran montón de raíces y arbustos arrancados… pero no me convenzo.

Y es que mientras más miro las fotos, y mientras más leo la carta, siento que hay algo que no corresponde, como un rompecabezas que hemos logrado armar, pero donde una pieza se ha metido un tanto a la fuerza, equivocadamente… y todo pasa a estar mal, justamente por aquella pequeña pieza, que intenta pasar desapercibida.

Ese no puede ser el final de los sueños, me digo entonces.

Pero lo cierto es que la carta así lo indica.

Tres artículos, retomar un trabajo en la Universidad Católica y comprar un departamento en Ñuñoa, eso son los nuevos objetivos...

Y claro, yo pido otra opinión al respecto.

-El problema está en el tamaño de nuestros sueños –me dice una amiga tras enseñarle la carta-. Los fijamos con una duración determinada, como con fechas de caducidad, o con letra chica, como los contratos… para engañarnos a nosotros mismos…

Yo la escucho hablar y por un momento me dan ganas de darle la razón, o hasta de discutir señalando que el problema de fondo es que no sabemos amar nuestros sueños, o amar simplemente… pero tras darle una última mirada a las fotos y eliminar las palabras cursis de mi discurso, creo entender que el verdadero error es simplemente no respetar los sueños de los otros, incluidos los del propio rinoceronte, que yace ahí, al fondo de una choza, sobre la tierra. El último de su especie.

-¿Te imaginas cuáles son los sueños de ese rinoceronte? –le pregunto entonces a mi amiga.

-¿Qué dijiste…?-me dice ella-. Es que me distraje…

-Nada. No importa…

Y ambos seguimos pensando en cosas distintas. Y sintiendo cosas distintas. Y quizá todo el mundo sigue así, alejándose, sin saberlo, como el universo en expansión.

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