El fin de esa novela de Knausgard es el comienzo de la eternidad. No lo digo metafóricamente. Es eso, exactamente. Y es extraño. Tú sabes perfectamente que he leído miles de libros y visto miles de pelis y bueno… creo que este libro es el primero que hace exactamente eso. Nos muestra el comienzo de la eternidad. Soy consciente que hay otros libros maravillosos que de cierta forma acceden a esa eternidad, y otros que hasta nos revelan que ya estamos en ella, pero acá lo presencias. El comienzo de la eternidad, me refiero, es lo que presencias. Algún anuncio narrado décadas antes y de pronto sigues la historia y ahí está. Un poco como el comienzo del fin del mundo en Melancolía de von Trier, solo que acá es el comienzo de otro comienzo. Del gran comienzo, incluso. Y todo con sensaciones tan reales como no resueltas. Tenía que trabajar, sabes, cuando leí el libro. Las últimas doscientas y tantas hojas las comencé bastante después de medianoche y debía levantarme en pocas horas y de pronto casi amaneciendo descubres que estás presenciando el comienzo de la eternidad. Disculpa que lo repita y evite explicarlo mejor, pero quiero quedarme en eso. En el momento en el que lo descubres, me refiero. Y de forma tan evidente que no hay necesidad de explicarlo. Voy a decirlo una vez más, de hecho, y después me voy a callar. El fin de esa novela de Knausgard es el comienzo de la eternidad. Exactamente eso.
viernes, 29 de mayo de 2026
jueves, 28 de mayo de 2026
M. coleccionaba estampillas.
M. coleccionaba estampillas. Lo hizo durante más de treinta años. Un día, sin embargo, mientras estaba viendo una película, comprendió que la colección que reunía era inagotable. Y esto, desde entonces, le produjo una sensación incómoda. Como si comprendiese que esforzarse por seguir ampliando la colección, constituía en gran medida, la manifestación de un absurdo. Avanzar por un camino hacia un lugar que siempre quedaba más allá, fue lo que pensó. Y la sensación de angustia lo acompañó desde entonces. Desde entonces hasta que me contó todo esto, al menos.
-Tal vez si las vendo se me pase esa sensación -me dijo.
-Serán años lo que te demores en venderlas todas -comenté yo-. A buen precio, quiero decir, para que no te sientas estafado.
-¿Y entonces? -me preguntó.
Fingí que reflexionaba sobre el asunto.
-Regálalas -le dije, luego de un rato.
M. guardó silencio.
Pensé que no lo consideraría, pero su rostro reveló que le parecía una buena idea.
-Regálamelas -corregí.
M. aceptó.
Pareció dudar unos segundos, pero finalmente lo hizo.
De hecho, hasta terminó agradeciéndome cuando terminó de decidirse.
Más de treinta carpetas que tenía organizadas en un mueble y que podía llevármelas esa misma tarde.
Además, por si eso no bastara, me pidió disculpas por pasarme a mí esa especie de maldición.
-No te preocupes -le dije-. Sé lidiar con la desesperación.
M. asintió.
Por mi parte, -como me ocurre cada vez que miento-, cambié de tema intempestivamente y le pregunté si sabía sobre el origen del título de un libro de Knausgard que estaba leyendo.
-Está tomado de las elegías del Duino -me dijo-. De Rilke. Creo que de la novena.
-Ya -dije yo, tratando de recordar, aunque yo creía que era e Tsvietaieva.
-Sabes, creo que en la carpeta ocho -agregó-, hay una serie completa de estampillas de Rilke, austriacas, de 1976… Y en la veinticuatro, o puede que en la veinticinco, hay también un set más nuevo, conmemorativo, del 2000… Ah, y en la penúltima carpeta, unas de hace apenas un par de años, con unos dibujos que se descubrieron que eran suyos… de Rilk, me refiero…
-De acuerdo -lo interrumpí-, voy a verlas ya en casa. Recuerda que debes desligarte de ellas.
Él asintió. Y me dio las gracias nuevamente por mi preocupación.
Luego, rápidamente, antes que pudiese arrepentirse, comencé a mover las carpetas y pedí un Uber, para aprovechar de llevármelas.
-Ya verás como todo va a andar mejor -le dije al despedirme.
-Sí, la verdad es que ya me siento más liviano -señaló, aunque con un dejo de tristeza.
miércoles, 27 de mayo de 2026
Se tuerce el pie y el que se lo tuerce se queja.
I.
Se tuerce el pie y el que se lo tuerce se queja. Se detiene y hasta se culpa porque piensa que fue a base de un descuido o una torpeza. Entonces, con más sorpresa que dolor, mira el tobillo desde el que nace el pie torcido y piensa que todo es suyo. Luego, observa también el piso porque estima que todo ha de tener razones. ¡Cuánta inocencia la de aquel que descansa su peso sobre el pie torcido! ¡Cuánto egoísmo e ignorancia al pensar que todo lo que porta es suyo!
II.
Quién sabe realmente por qué se tuerce un pie. La única forma de saberlo, tal vez, sería preguntándole al pie mismo. Eso pienso yo, al menos. Además, tendríamos que intentar respondernos algunas preguntas mientras estudiamos lo ocurrido. Por qué un pie y no el otro, por ejemplo, o por qué no se torcieron ambos. Y claro, para obtener respuestas certeras habría que preguntarle también al otro pie. Al torcido y no torcido, quiero decir. Eso, si queremos comprender, por supuesto. Luego, esperar que sean honestos, con nosotros. Y escuchar.
III.
Voz de uña tiene el pie. Voz cartilaginosa. No se explica a sí mismo, y menos le interesa responderle a uno. Si pensara más me negaría a andar, parece decir. Cuestionaría el hacia dónde y el porqué y hasta no aclararlo no daría un paso. Por eso, dicen que cuando se sabe vivo, es cuando realmente el pie se tropieza. Se traba digamos, tras descubrir con sorpresa, su propia existencia. No nos movemos hasta que sepamos, dice. Y claro, tu vuelves a quejarte porque el dolor te protege de otras cosas, en el fondo. Así, a veces, hasta te olvidas que en principio querías comprender. Y te quejas, entonces, exclusivamente por costumbre.
martes, 26 de mayo de 2026
Todas las partes de mi cuerpo.
-Anoche soñé que cambiaban todas las partes de mi cuerpo –dijo F.
-¿Cómo…? –preguntó P.
-Que anoche soñé que cambiaban todas las partes de mi cuerpo –reiteró F.
-Eso ya lo escuché –dijo P-, lo que no entiendo es cómo puede ocurrir eso.
-Puede si van de a poco –intentó explicar F.-, primero te sacan una pierna, por ejemplo, y luego te operan y te ponen una especie de prótesis… luego un brazo o la otra pierna y así van avanzando… O sea, no de inmediato, pero cuando te acostumbras y ya sientes como parte tuya una parte integrada van y te cambian otra… o hasta los órganos internos…
-¿Y qué queda, entonces? –preguntó P.
-¿Qué queda de qué? –dijo F.
-De ti, cuando cambian todo… -explicó P-. Si es que cambian absolutamente todo ¿qué parte queda de ti?
-Pues no sé, en realidad –do F.-. Igual en el sueño yo sentía que seguía siendo yo, aunque luego del último cambio podía ver una especie de habitación en que estaban todas las partes que me habían sacado…
-¿Todas las partes? –preguntó P.
-Todas –dijo F.-, hasta los ojos, la lengua… todo.
-Y entonces –insistió P.-, ¿qué es lo que queda?
-Pues no sé… -contestó F.-, tal vez la consciencia, simplemente… Y la voluntad que permite mantener unidas las nuevas piezas.
-¿Crees que realmente existe eso? –quiso saber P.
-¿Algo que hace permanecer unidas todas las piezas?
-Sí. Eso.
-Pues no sé –dijo F-. En cualquier caso, recuerda que era un sueño.
-Pues eso no quiere decir nada –dijo P.
-Todo dice algo –sentenció F.-. Tú ves si lo escuchas o lo entiendes, pero todo dice algo.
-¿Y qué dicen tus partes? -Preguntó P. con algo de malicia--. ¿Qué dice tu yo desarmado?
-No habla por hablar –dijo F.-. De todas formas, si crees que necesitas que te diga algo, vas hasta donde ellos y espera atento, simplemente.
-¿Eso es todo? –preguntó P.
-Sí, eso es todo –contestó F.
Y claro, yo esperé que dijeran algo más, para transcribirlo, pero al final resultó ser cierto.
lunes, 25 de mayo de 2026
Leo sobre un músico húngaro.
Leo sobre un músico húngaro que creó un tema musical en base a estornudos.
En principio estornudos grabados, por supuesto, aunque luego intentó dar una presentación en vivo con una especie de coro que estornudaba -o que intentaba hacerlo, al menos-, en el momento en que le correspondía.
Para ello, los integrantes del coro utilizaban distintas sustancias en base a la capsaicina (que según entiendo es el componente activo de la pimienta), aunque sin lograr un éxito rotundo.
Es decir, lograban provocar estornudos, pero no ocurrían en el momento exacto en que debían “sonar” y tampoco era posible controlar su duración ni intensidad.
Así y todo, sus recitales fueron bien valorados y se convirtieron en experiencias de culto, y se dice que todavía siguen exponentes del estilo que habría creado.
El músico que creó el estilo, en tanto, habría muerto ya hace unos años, aunque siguió componiendo hasta sus últimos días.
De hecho, habría estado haciendo música literalmente hasta el momento de su muerte.
Digo esto pues, desde el hospital en que pasó sus últimas horas, encargó que grabasen su exhalación, con la que culminaría una última composición que estaba creando.
Y sí, tras mucho buscar consigo escuchar hace unos días los archivos de la música que creó en base a estornudos, y también el tema que culmina con su último aliento.
¿Mi opinión?
Pues, si soy sincero, lo cierto es que no me llamó la atención en lo más mínimo.
De hecho, no recuerdo de forma diferenciada las obras que escuché.
Es decir, entre estornudo y exhalación, a fin de cuentas, considero que no hay mayor diferencia.
O si la hay, ya dejó de importarme.
domingo, 24 de mayo de 2026
Colibríes.
I.
He visto varios colibríes en mi vida, pero nunca los he visto de a dos.
Ni a ellos, en pareja, ni yo he estado acompañado, cuando los veo.
O sea, tengo registrada la imagen de un documental, en que dos colibríes se pelean para delimitar territorio, pero no creo que eso cuente.
Tampoco creo que cuente una vez en que vi un nido de colibrí con dos huevos, pequeñísimos.
No quise acercarme mucho, esa vez, pues temía que la madre se deshiciera de ellos, si me veía rondar.
Por lo mismo, no volví a acercarme, e intenté, desde lejos, estar atento a la eclosión y poder observar las crías, si era posible.
Según entiendo, los colibríes siempre ponen dos huevos cada vez.
O sea, uno primero y a los dos días, aproximadamente, el otro.
Nunca tres, dicen los expertos.
No sé por qué.
II.
No vi a los colibríes pequeños, esa vez.
En cambio, si vi una vez más a la madre colibrí, muy quieta, colgando de una rama, y la creí muerta.
Por suerte, no me acerqué ni intenté tomarla, pues con el tiempo averigüé que estaba viva, pero en un estado de torpor.
Una especie de hibernación breve, digamos, en la que caen los colibríes cada noche, para poder experimentar algo similar al sueño.
Volviendo al punto, resume diciendo que nunca vi colibríes de a dos.
Ni siquiera a dos crías.
Podría decirlo de una forma más sublime, tal vez, o buscando describirlos de una forma tal que agite el corazón.
O que lo haga eclosionar, como diría tal vez un mal poeta.
En mi caso, simplemente me atengo a señalar que no eclosiona el corazón.
La razón es clara:
El corazón es un músculo. No un huevo.
sábado, 23 de mayo de 2026
Niños que se acercan al barranco.
"Hazte el ciego,
te acercará a la verdad"
R. B.
Ahora no, pero antes íbamos todos.
No sé cómo nos dejaban.
Subíamos a unos cerros durante varias horas y lo encontrábamos ahí.
Un barranco de al menos cien metros casi en línea recta.
Generalmente presionaban a uno nuevo, para ir, y eso le daba un motivo al viaje.
Sin embargo, una vez ahí, el desafío de pararse en la orilla y mirar hacia abajo lo hacíamos todos.
Era más como compartir un secreto, de hecho, que un desafío para opacar al otro.
Me refiero a que no llevábamos a nadie que nos cayese mal.
Era casi como un premio llevarlo a conocer el precipicio e impulsarlo a exponerse a la sensación que provocaba.
No es que no hubiese disputas y alguna pelea de vez en cuando, pero solían ser por razones fortuitas.
Nada premeditado, quiero decir.
Así y todo, al ir creciendo, algunos de los chicos comenzamos a distanciarse de los otros.
Y las horas necesarias para llegar al precipicio nos fueron llevando poco a poco a abandonar esa costumbre.
Probablemente, incluso, fuimos olvidando ese lugar, que se cambió por otros lugares más cercanos y otras costumbres.
Por mi parte, volví un par de veces al barranco, no sé muy bien para qué.
Recuerdo, por ejemplo, que leí a solas mi primer libro de Bradbury en aquel lugar.
Y recuerdo que la última vez me pareció ver a alguien cayendo por el precipicio.
De regreso, esa vez, comprendí que no se trataba de una caída involuntaria y fue como si descubriese algo -ahora evidente-, que estaba en cada uno de nosotros.
No fui nunca más a ese lugar, desde aquella ocasión.
No tenía más de doce o trece años, pero no sospecho que mis recuerdos sean imprecisos.
No más que otros recuerdos, al menos.
Y no más de lo que somos para nosotros mismos, y probablemente, para los otros.
viernes, 22 de mayo de 2026
Ella llama y me pregunta por un libro.
Después de varios años sin tener noticias suyas, resulta que ella llama por teléfono y me pregunta por un libro. Dice que no recuerda su título porque lo leyó hace mucho, pero que probablemente yo lo conozca. No está segura del todo, pero cree que fui yo quien se lo prestó o se lo recomendó, al menos. Entonces yo le digo que no recuerdo haberle prestado muchos libros, salvo una primera edición de Julio Verne que valía miles de euros y que nunca me devolvió. Ella ríe, como si yo estuviese bromeando o la hubiese confundido con otra. Por otro lado, agrego, nunca recomiendo libros. No directamente, al menos. O sea, hablo de ellos, tal vez, pero no los recomiendo. E incluso trato de evitar hablar de los que realmente me interesaría que los demás leyesen. Ella dice que sí, que lo sabe, pero que tal vez me vio leyendo el libro y comenté algo al pasar, pues está casi segura que, al menos, intercambió algunas frases conmigo sobre el libro ese cuyo nombre no recuerda. Lo que sí recuerdo, me dice, es que se trataba de un hombre que se convirtió en otra cosa. No físicamente, eso sí, sino más bien de forma interna. Y se reconocía además como una cosa previa, tras transformarse en otra cosa. Como si no perteneciese -ni hubiese pertenecido antes, tampoco-, al género humano.
-¿De verdad no te acuerdas? -me pregunta, luego de un rato.
-Creo que te confundes -le digo.
Luego me quedo en silencio, pues decido que no quiero hablarle más.
Ella, en tanto, sigue hablando un rato hasta que se da cuenta que no contesto y corta la llamada.
Por último, decido bloquear el número, por si se le ocurre, en algún momento, volver a llamar.
jueves, 21 de mayo de 2026
Quemaron la casa en que nací, me dijo.
-Quemaron la casa en que nací -me dijo-. No buscaban atacarme, pero igual pensaron que estaría dentro y no se preocuparon en lo absoluto. Creían que iba a estar en ese sitio solo porque nací ahí, supongo. Así piensan ellos. Por eso buscaron el cuerpo entre los escombros, pero no encontraron nada. En la casa ya no vivía nadie y estaba medio destruida. Eso ocurrió dos meses antes que me contactaran.
-Cuando me contactaron -continuó-, yo estaba conduciendo de regreso a casa. Era de madrugada casi, y entonces vi unas luces y distinguí a alguien que me decía que me estacionara a un costado. Pensé que eran policías y luego, cuando me percaté que no, pensé que me querían robar el auto. Al final resultó que eran ellos, nada más. Me dijeron que querían hablar conmigo unos minutos. Que solo querían comprender, dijeron, y que luego me dejarían en paz.
-No me mintieron -dijo después, terminando su historia-. Hablaron conmigo unos minutos y luego me dejaron en paz. En esos minutos me contaron que quemaron la casa en que nací y querían saber por qué seguía vivo. No supe bien qué decirles, pero al parecer ellos comprendían incluso antes que yo dijera algo, pues asentían y parecían conformarse con esas respuestas que yo no había logrado expresar. “De todas formas, no en todos lados es así”, me dijeron. “El movimiento de ustedes no está bien. Eso de llevarse siempre con ustedes mismos, termina por desgastar y hacer daño”. Yo no entendí mucho entonces, pero creo que hoy en día ya los entiendo. Mi temperamento cambió desde que se fueron, esa vez, y creo que realmente me dejaron en paz.
-A todo esto -agregó, finalmente- ¿Tú no has quemado la casa en que naciste?
No contesté.
-Pues todavía estás a tiempo -concluyó-. ¿Comprendes de qué hablo…?
miércoles, 20 de mayo de 2026
Una mosca, desde la nada.
“Pero el deseo de volverme imprecisa
no hace las cosas imprecisas”
H. K.
I.
Juro que vi aparecer una mosca, desde la nada.
Una mosca pequeña, común y a primera vista intrascendente.
La vi aparecer sobre una superficie plana, sin ningún tipo de manifestación previa.
Es decir, no estaba en principio la mosca en ningún sitio, y luego simplemente estaba.
Sin acciones intermedias ni avisos ni nada que pueda considerarse como una causa.
Es decir, vi aparecer una mosca que no era consecuencia de nada.
Como una existencia desligada de todo, la vi aparecer.
II.
-¿Y tú qué? -me preguntó la mosca.
-¿Yo qué de qué…? -le pregunté a su vez, con torpeza.
No vi su cara, pero imagino que me miró con desprecio.
-Tú crees tener origen -me dijo-, pero aunque eso fuera cierto, lo cierto es que no tienes nada más.
No respondí.
Aunque esa mosca hable, me dije, es tan pequeña que yo no debiese estar escuchando su voz.
Tal vez lo que ocurre es que me ha impactado verla aparecer así, y la rareza de lo ocurrido me lleve a imaginar voces.
O tal vez, simplemente, es que siempre aparezcan así y luego nos hablen, y nosotros no sepamos.
III.
La mosca esa, que apareció, no es en todo caso, todas las moscas.
Eso (ahora), lo tengo claro.
Por lo mismo, debo recordar que atribuir alguna de sus características o particularidades a cualquier otra, es simplemente algo impreciso.
Es cierto que la vi aparecer desligada de todo, pero no debo generalizar, ni crear falsas alarmas.
Después de todo, la voluntad que me impulsa hacia las cosas no debo confundirla con el deseo de comprenderlas.
Y en el asunto de las voces, por cierto, debiese actuar bajo la misma premisa.
martes, 19 de mayo de 2026
Memorias.
Recuerdo haber leído, en mi ya lejana adolescencia, el libro de memorias del hombre que quemó a Hitler.
Este hombre, por cierto, había sido el chofer personal de Hitler durante más de diez años y habría sido quien, utilizando numerosos bidones de combustible, habría quemado los cuerpos del líder alemán, Eva Braun y del matrimonio Goebbels, luego que estos se hubiesen suicidado.
Sin embargo, más allá de ese acto final hacia el cual nos conducen sus memorias, lo que más llamó mi atención fue la narración de distintos momentos cotidianos en que se podía observar la forma en que el escritor de estas memorias interactúa con Hitler, recogiendo algunos de las pocas observaciones y diálogos que pudieron desarrollarse entre ellos.
Y claro, recuerdo que las dudas sobre la veracidad del relato comenzaron ya entonces, y que leí ese libro tratando de reconocer dobles intenciones en su narración o determinando si aquello que contaba podía ser, simple y sencillamente, aquello que nombramos como “la verdad”.
La frustración que tuve entonces, recuerdo, fue inmensa, pues comprendí que más allá de interpretar el texto, el acceso a esa verdad -de existir una sola-, era algo a lo que jamás tendría acceso, aunque con el tiempo se liberasen distintos documentos oficiales y otras versiones de lo sucedido, e independientemente del posible desarrollo de mi capacidad de raciocinio pudiese tener con el paso de los años.
Solo existe el observador, podría haber concluido entonces, pero no lo observado.
Y es que lo observado se desdibuja y pasa a (re)existir desde el observador, más allá que este intente describirlo o narrarlo con total verdad.
El libro, por cierto, recuerdo haberlo leído en una biblioteca municipal que no realizaba préstamos de su colección.
Y recuerdo también que faltaban unas hojas del anexo de libro en las que aparecía el testamente de Hitler y algunas notas complementarias.
Por último, mientras miro hacia atrás en mis recuerdos, sé que lo que observo en modo alguno existe… Que todo se dibuja y desdibuja al mismo tiempo. Y que es imposible mentor o decir la verdad, en modo alguno, cuando hablamos.
lunes, 18 de mayo de 2026
No sé si te has fijado.
I.
No sé si te has fijado, me dijo,
pero el sol se pone negro
si te atraviesa.
Pasa por ti y gotea oscuro
formando charcos vivos,
con tu forma.
Observa, si quieres,
y comprueba.
Y solo entonces dime.
Eso de ahí fue sol,
puedes decir,
sin temor a mentir.
Prisma oscuro,
la carne,
aunque la voz no lo diga.
II.
Suenan dados,
en la noche.
Dados que ruedan
por el piso.
Unos tras otros van rodando
y no se saben detener.
Creen que demorar su cifra
los transforma en seres vivos.
Creen que pueden rodar
sin que el mundo los detenga.
III.
Ingenuos los dados
Ingenua la luz del sol.
Ingenua la cifra que se cree distinta a otra.
Ingenua la luz que no atraviesa la carne.
Ingenua la sombra que cree permanecer.
Ingenuo aquel que espera que el dolor pase.
Ingenuo el que ríe y el que llora.
Ingenuos todos, a fin de cuentas.
E ingenua la muerte, incluso, porque no sabe detener.
IV.
No sé si te has fijado, me dijo,
pero el sol es un invento
de la luz.
Y es extraño porque el sol
dice que existe
si alguien le pregunta.
Y se hincha redondo
y brillante
y cree que eso es existir.
Y es triste, de cierta forma,
ya que todos saben,
menos él.
Tal vez, dice ella,
lo que ocurre es que él no sabe
porque duerme.
No sé si te has fijado.
domingo, 17 de mayo de 2026
Insectos.
I.
Dos noches antes del incendio llegaron los insectos.
Varios lo notaron, pero no vieron en ello mayor gravedad.
Solo se extrañaron algunos, que dijeron no haberlos visto antes.
De cualquier modo, no fue tema de conversación y solo hubo comentarios breves sobre ellos.
Recién luego del incendio, cuando los entrevistaron, algunos repararon en ellos.
No para culparlos, por supuesto, sino para decir que se trató de un hecho extraño.
De hecho, los expertos que revisaron las declaraciones pensaron que la gente del lugar se había equivocado, y se referían más bien a los insectos que llegaron después.
A esos insectos se les llama pirófilos, dijeron los expertos.
Esos son los que deben haber visto.
II.
No era así.
No se trataba de una confusión o un equívoco, quiero decir.
Los insectos que ellos vieron habían llegado antes.
No supieron describirlos salvo un niño que realizó una serie de dibujos.
Lamentablemente, los insectos que dibujó parecían más bien personas pequeñas, con alas.
Y nadie, por lo mismo, terminó tomándolos en serio.
Respecto a los insectos que habían visto, por cierto, nadie volvió a verlos.
Algunos aceptaron que se quemaron en el incendio, y no los volvieron a pensar.
Así, en definitiva, lo visto pasó a ser parte de una anécdota, simplemente.
Una que se quemó junto al resto de las cosas, que ya nadie recuerda.
Así, ocurrió que olvidaron, casi de inmediato, qué es lo que había en el lugar donde fue el incendio.
Y nadie, tampoco, supo decir qué insectos eran esos.
sábado, 16 de mayo de 2026
No nos gustaba el final de Job.
Una de las pocas cosas en la que estuvimos de acuerdo es que no nos gustaba el final de Job. Hablamos sobre aquello varias veces -todavía no me explico por qué-, y llegamos a la conclusión de que la compensación final estaba de más. De hecho, estuvimos de acuerdo en que aceptar esa compensación atentaba incluso contra el mensaje que transmitía el libro. Es cierto, dijimos, Job no debió haber aceptado todo ese montón de cosas y seres nuevos. Ni animales ni esposa ni hijos, ni nada en realidad. No debió aparecer eso, en la historia, o simplemente debió rechazarlo. Y es que la aceptación de la compensación, calculamos, equivalía a que sus propias creencias se desvalorizasen. Si aceptas el dolor no aceptas la compensación, recuerdo que dijimos. Porque el dolor y la pérdida habrían sido así únicamente una prueba. Algo así como una etapa de un juego. Y claro, de esa forma se desvaloriza la pérdida, decíamos. Y el sacrificio se revela entonces como parte de un show. A veces, hablando del asunto, llegábamos incluso a indignarnos: Dios le da migajas a Job, pensábamos. Después de todo, lo que realmente probó a través de la aceptación del dolor de Job, fue el propio sentido de su existencia. Y sí, puede que no hayan conducido a ningún sitio estos momentos en que concordamos en algo, pero al menos hoy en día dan forma a un buen recuerdo. Otra compensación, podría pensarse. Otro Job.
viernes, 15 de mayo de 2026
Le gustaba su perro.
Le gustaba su perro.
No era de raza, pero era tranquilo, amistoso y se portaba bastante bien.
Además, era limpio y obedecía, en general, las órdenes que le daban.
Todo estaba bien, en resumen, con su perro, pero le complicaba algo.
No quería que el animal se tumbara a sus pies.
Era un gesto que le complicaba, según decía.
Le costó decir qué le generaba, pero yo entendí que era una especie de culpa.
Y es que no quería, en el fondo, ser el amo del perro.
No quería ser venerado por él, quiero decir.
Que no saltara de esa forma cuando llegase a casa como agradeciéndole por volver ni se agitase tanto.
-Si no supiera que es imposible aspiraría a ser su igual -me dijo una tarde en la que me explicó su problema-. Me gustaría que nos saludáramos con afecto, pero de una forma más simétrica.
Yo escuché sus palabras, atento, pero no supe en realidad qué decirle.
Tal vez lo que necesitaba no era un perro, pensé.
Entonces me contó que ya ni siquiera saludaba al animal y que estaba tratando de ignorarlo, pero el animal parecía nutrirse del menor gesto para volver de pronto a saltar y regocijarse y tenderse a sus pies.
-Es todo un problema -concluyó-. He pensado incluso en regalarlo, pero tampoco quiero que sufra.
-¿Crees que sufriría? -le pregunto.
-Claro -contesta.
Luego, sin embargo, noto que se queda pensando, en silencio.
De cualquier modo, no quiso agregar más.
jueves, 14 de mayo de 2026
Hay algo dentro de la llama.
I.
Hay algo
dentro de la llama.
Algo incombustible, creo yo.
Incluso cuando la llama crece
y se transforma en un incendio,
lo que hay dentro de la llama
permanece inalterable.
No sé si frío, realmente,
pero yo al menos lo imagino así.
Un corazón azul, frío y redondo,
dentro de la llama.
Casi al centro,
pero no al centro.
Pequeñito lo que hay
dentro de la llama.
Si no te esfuerzas
no se ve.
II.
Tal vez lo di a entender, pero no lo dije:
No arde el corazón de la llama.
No se quema desde fuera digamos,
ni tampoco se inflama desde dentro.
No solo es ignífugo, en este caso,
sino también es incapaz de generar calor.
Un mal corazón, a fin de cuentas.
O un corazón
sencillamente falso.
III.
No todo centro, como ven, es un corazón.
De todas formas,
es importante que algo exista,
dentro de la llama.
Un punto de origen y al mismo tiempo de retorno.
Y que sea testigo, desde dentro, de la llama.
No para testificar sobre lo visto.
Tampoco para explicarnos un fenómeno.
Uno para saber, al menos, que fue cierto.
Y que existió.
Y para recordar que también fuimos ciertos,
y existimos
y en ocasiones, sobrevivimos a ese fuego.
Hay algo
dentro de la llama.
miércoles, 13 de mayo de 2026
Sangre (II)
Puede que tú lo consideres normal, pero yo lo encuentro raro. Y como lo encuentro raro le doy vueltas. Tenemos sangre de sobra, me digo. Lo hago una y otra vez, horas después de donar sangre. Y es que me sacaron medio litro y sigo igual. Ni siquiera un mareo o alguna sensación de fatiga. Tras salir, de hecho, me he quedado hablando con un tipo que al parecer trabajaba en eso. Esto es lo que hacía: donaba sangre a nombre de pacientes cuyos familiares le pasaban algo de dinero. No era mucho lo que le daban, pero decía que de igual modo no le suponía mayor esfuerzo. Tenía un truco incluso para poder donar más seguido de lo permitido, pero me comprometí a no revelarlo.
-No es casualidad que podamos donar sangre -me dijo-. Piénsalo: te sacan sangre y luego vuelves a generar la sangre extraída… Nadie te lo dice así, pero lo que pasa es que en el fondo somos productores de sangre. Igual que las vacas producen leche, nosotros producimos sangre. Y yo vengo a la granja de sangre a venderla…
Siguió el tipo explicando su teoría un buen rato mientras yo, debo reconocerlo, le encontraba un poco de razón.
Es cierto, me dije. Somos máquinas productoras de sangre…
Eso pensaba todavía cuando descubrí que el hombre ya se había ido y estaba sentado observando una mujer pelo azul.
O más bien, el pelo azul de la mujer de pelo azul.
-¿Es usted? -le pregunté entonces, sin pensarlo, acercándome a ella.
-¿Quién? -me preguntó a su vez.
Y yo no supe qué decirle.
martes, 12 de mayo de 2026
Electrodomésticos.
"Parecía el centro, pero no lo era.
Probablemente ni siquiera tenía."
O. W.
Soñamos con electrodomésticos.
Sin razón alguna soñamos con ello.
Lo descubrimos de pura casualidad, porque ambos le comentamos a F. sobre el sueño extraño que habíamos tenido.
-No me vas a creer -me dijo F.-. Hoy hablé más temprano con una chica y me contó lo mismo que tú: había soñado con electrodomésticos.
Fue así que me enteré que, mientras ella soñaba con un horno microondas, una aspiradora y una cafetera, yo soñaba con refrigeradores, un aire acondicionado y una tostadora de pan.
-¿Puedo darle tu contacto a esa chica? -me preguntó F.
-La verdad es que me parece absurdo -contesté.
Esa misma noche me enteré que F. lo tomó como un sí, y recibí el llamado de ella, poco después de medianoche.
-¿Tú eres Vian, el de los electrodomésticos? -me preguntó.
-Sí -contesté.
Y claro, fue entonces que nos relatamos el sueño más en detalle, mientras descubrimos que habíamos soñado aquello exactamente el mismo día, y probablemente a la misma hora.
-Es sorprendente -dijo ella-, ¿no lo crees?
-Puede ser -dije yo.
Entonces, ella sugirió que hiciéramos la lista de los electrodomésticos que recordaba cada uno, de su sueño.
En principio pensé que serían muchos más, pero finalmente solo recordamos tres electrodomésticos cada uno.
-¿Te das cuenta que no se repitió ninguno? -me preguntó entonces.
-Me doy cuenta -le dije.
Hablamos un rato más.
Luego, antes de despedirnos, ella me preguntó si podía volver a llamarme.
Le dije que si volvía a soñar con electrodomésticos lo hiciera, sin duda, y me llamara para comprobar si habíamos vuelto a coincidir.
Ella aceptó.
Desde esa noche, sin embargo, debo reconocer que no he vuelto a soñar con electrodomésticos.
-¿Todavía no? -me preguntó la última vez que me llamó.
-Todavía no -le contesté.
Y respetamos de esta forma el acuerdo.
lunes, 11 de mayo de 2026
Aterrizó un helicóptero en la plaza.
Aterrizó un helicóptero en la plaza.
En medio de una cancha en la que suelen jugar a la pelota los chicos que viven por acá.
Se doblaron unos árboles que no estaban muy crecidos y se dañaron también algunos basureros y juegos, principalmente por el viento.
La gente que fue a verlo dicen que esperaron largo rato sin que se abriese la puerta y se bajase alguien del helicóptero.
De hecho, como los vidrios estaban polarizados nadie vio siquiera una silueta en su interior.
Cuando se detuvo la hélice y el lugar quedó en calma se acercaron algunos poco a poco al helicóptero.
-Fue como si hubiese varado una ballena -me contó un vecino-. Miraban al helicóptero como si quisieran acariciarlo o volverlo a elevar.
No llegó nadie desde la municipalidad ni carabineros ni nadie en realidad, durante veinte minutos, más o menos.
Luego, el motor del helicóptero volvió a funcionar y las hélices comenzaron a moverse.
Entonces, los que se habían acercado retrocedieron empujados por el viento y hasta algunos se cayeron, aunque sin ocasionarse lesiones de gravedad.
Mientras se elevaba, se voló la carpa de un indigente que duerme en el lugar y quedó sobre un árbol.
También se volaron sus cosas, por supuesto.
Un vecino dice que entre las cosas que se volaron encontró medio libro de Dostoievski. La parte final de Los Demonios, creo que me dijo.
No salió nada de esto en tv y al parecer no fue noticia en ningún sitio.
Tampoco vino nadie a dar explicaciones.
El próximo domingo iremos a reparar la plaza algunos voluntarios.
Si el helicóptero fue un signo o un símbolo, no supimos qué significaba.
domingo, 10 de mayo de 2026
No sé si fui yo.
No sé si fui yo el que subí a un auto así o si lo soñé o fue una escena de un libro o de una peli.
De cualquier modo diré que ocurrió, simplemente, para evitar especulaciones.
Lo que ocurrió en definitiva es estar junto a una carretera y tras caminar unos kilómetros, subirse a un auto.
Un auto extraño, a mal traer… que se detiene junto a la carretera y espera unos segundos para que vayas a él y te subas sin dudarlo, aunque no sepas todavía dónde se dirige.
Escuchas el motor, mientras te acercas.
Abres la puerta.
Te ubicas en el asiento trasero pues en el de adelante hay una jaula con algo que te pareció un mapache o un animal similar.
No es el único animal en el auto, por cierto, pues en el maletero viajan también unos veinte o treinta conejos.
Todos esos animales, decía, más tú y el hombre que maneja, que también pertenecen a ese reino.
-¿Sabes por qué? -me pregunta alguien, de improviso.
Y claro, como no sé a qué se refiere le digo que sí, que sé.
O que debo de saberlo, al menos, aunque no esté seguro necesariamente de poder transmitirlo.
-Pues si sabes ya está hecho -me dice-. Basta y sobra con eso.
Yo asiento.
Por último, trato de buscar el origen de la voz y no lo encuentro.
-Eso tampoco tiene importancia -dice ahora a voz, como si supiera que la busco.
Su tono es agradable, ciertamente, como la temperatura del día.
Y luego no.
sábado, 9 de mayo de 2026
Y la luz ni siquiera era tan buena.
Dicen que vi todo y que debo recordarlo. Que incluso conté a varios lo que había visto y hasta incluí detalles. Los que algo habían visto, de hecho, respaldaron mi relato, aunque no pudieron dar fe de algunas de mis observaciones. Lamentablemente ahora, les digo, no lo recuerdo en lo absoluto.
No me creen. Aunque se los digo varias veces, no me creen. Solo recuerdo que todo estaba un poco a oscuras y que alguien hizo un comentario. El comentario, por cierto, fue justamente ese: que ahí se estaba un poco a oscuras. Y que la luz, cuando llegaba, ni siquiera era tan buena.
Tal vez, pienso ahora, no recuerdo realmente que todo estaba un poco a oscuras, sino que creo recordar eso pues recuerdo el comentario que se había hecho sobre aquello. De cualquier modo, lo que me reclaman no es la forma en que uno construye lo que ve, sino que quieren algo concreto. Palabras que digan lo que he visto. Para intentar ver ellos.
¡Qué absurdo!, les digo. Aunque recordase lo que quieren que recuerde, solo podría darles palabras. Sonidos para que interpreten, en el fondo, lo que ustedes quieran. Es más, podría mentirles o hablarles de forma confusa, para que no insistan. No es que quiera dañarlos, con eso, pero supongo que cada uno tiene la información -y la luz-, que necesita. Y poco más.
viernes, 8 de mayo de 2026
El abejorro.
Gordito el abejorro un dedo me mordió.
Hace una hora, calculo, cuando de pronto intenté tomarlo.
Me dejó un hoyito minúsculo en el dedo y un dolor intenso.
Y, como podrán notarlo, hablando como hueón.
No es que antes, en todo caso, hubiese hablado muy distinto.
En este sentido, no culpo de todo al abejorro.
Después de todo, lo único que hizo fue no dejarse tomar.
Zumbar, agitarse… morder para liberarse y no estar en manos de otro.
¡Bendito abejorro!
De eso, al menos, no te culpo.
¿Qué habrá hecho el abejorro con la carne que me arrancó?
Piel mayormente, es cierto, pero digámosle carne.
¿La escupió después de morder o se alimentó con ella?
Se lo pregunto a alguien que me revisa el dedo, y parece molesta cuando hablo.
Me dice que los abejorros no muerden, sino que pican.
Está hablando incoherencias, me dice.
Yo intento creerle, pero igual no puede explicarme el hoyito minúsculo en mi dedo.
Lo observa y no lo explica.
Una picadura es otra cosa.
No quiso dejarse tomar, el abejorro.
O más bien, quiso ser soltado de inmediato, tras ser tomado.
Entonces, alguien me coloca una inyección y dice que no era un abejorro.
Pienso en morder, para argumentar, pero al final desisto.
Cuando pase la fiebre dicen que volveré a ser el de siempre.
No sé si quiero, realmente.
jueves, 7 de mayo de 2026
Las piezas de la máquina.
I.
Las piezas de la máquina, me dicen. Hay que recogerlas.
Y claro, yo no digo, pero hago.
Quiero decir que las recojo, en silencio, y busco una superficie alta para poner las piezas sobre ellas.
Las ordeno un poco.
Las dejo en filas, frente a ellos.
Doy un paso atrás.
Las piezas de la máquina, les digo.
II.
Nunca vi la máquina esa.
Nunca la vi armada, quiero decir.
Una vez, a cierta distancia, escuché unos ruidos y me dijeron que era el sonido de la máquina.
La voz de la máquina, de hecho, fue lo que dijeron.
Yo la escuché y concluí que era la mezcla de un sonido de motor y de un zumbido.
No era muy común, por cierto.
Tampoco me explicaron para qué servía.
III.
Una confesión:
A veces me robo una pieza chiquita de la máquina.
La primera vez fue casualidad, pues la encontré en un bolsillo horas después.
Pensé en devolverla incluso, esa vez, pero escuché la máquina sonar igual que siempre.
Nada parecía haber cambiado, me dije, así que podía quedarme con la pieza.
Luego, sin embargo -con el paso de los días, quiero decir-, saqué deliberadamente otra pieza de la máquina.
Y luego otra.
Tal vez yo mismo pueda armarme una máquina pequeña, me dije.
Y sí… estoy consciente que me faltan todavía varias piezas, pero al menos lo que hago adquirió una pequeña dosis de sentido.
Puede no parecer gran cosa, pero saber eso se siente tan extraño como tener, por un momento, una pieza.
Con eso basta, me digo.
miércoles, 6 de mayo de 2026
Grave.
I.
Vemos en las noticias una nota sobre una chica coreana que batió el record Guinness de mascar por más tiempo el mismo chicle.
No decimos nada, mientras vemos la nota.
Nada sobre la nota, me refiero.
Luego tampoco, por cierto, y así hasta que termina el día.
Evitamos el tema, supongo.
Igual no es grave.
II.
Días después, mientras cenamos me quedo pensando, no sé por qué, en la chica coreana y su chicle.
En los años que pasó con él, me refiero, dentro de su boca.
Ella me mira mientras pienso en ello y estoy seguro que sabe en qué estoy pensando.
Como dejo de comer cuando pienso, la comida se me enfrío un poco.
Da igual, me digo.
Tampoco es grave.
III.
Esa misma noche, según recuerdo, pensé que estaba bien saltarse lo menos grave.
Eso pensé, pero igual sentí que había algo malo en todo eso.
Lo malo de todo esto, me dije, es que lo grave es en el fondo tan grave, que al final no sé si vale la pena hablarlo.
Ni como queja siquiera, sé si vale la pena.
No puedo solucionarlo y ya está.
Puede ser terrible e indignante, es cierto, pero ya está.
No es como con el chicle que puedes sacarlo de tu boca o como la comida fría que puedes volver a calentarla.
Lo grave es tan terrible que te paraliza de otra forma.
Según recuerdo, ella estaba a mi lado cuando pensé eso, mirando una serie humorística.
Noté que parecía más seria, incluso, en las partes chistosas.
Debe estar pensando en otra cosa, me dije.
Etcétera.
martes, 5 de mayo de 2026
Un termo para agua tibia.
Le pregunto qué quiere que le regale.
Primero dice que nada, como siempre.
Luego comenta, al pasar, que quiere comprar un termo.
Pero ella quiere uno especial, solo para agua tibia.
El color o el material parece que no le importa.
O eso infiero, al menos, pues ni siquiera lo menciona.
No me interesa mantener el agua casi hirviendo o helada, me dice, lo que quiero es agua tibia.
Yo la observo atentamente, mientras habla, como si se tratase de la solicitud más común de todas.
Como no sé qué decir gano tiempo preguntando por el color o la capacidad ideal de lo que busca.
Ella reitera entonces su único requerimiento.
Yo asiento.
Le digo que me espere e intento buscar en internet.
Mientras busco, pienso para qué querrá ella un producto así.
Luego, para ser más exacto en la búsqueda, le pregunto cuánto es para ella, el agua tibia.
Como no me entiende le explico que necesito un rango.
¿Entre qué grados el agua para ti está tibia?, le pregunto.
Ella se complica un poco y hasta parece molesta, como si aquello fuese obvio.
Al final me explica algo sobre la temperatura corporal y arroja unos números.
Igual no quiero eso de regalo, me dice, mientras sigo buscando.
Eso lo quiero comprar yo, pero ayúdame a buscarlo.
Eso hago, contesto.
Entonces me meto en varios sitios hasta que logro encontrar uno con esas especificaciones.
O esa única especificación, más bien.
Hay que importarlo, le digo, pero el termo existe.
Claro que existe, dice ella. Todo existe.
No sé qué comentar sobre aquello así que simplemente le envío el link.
Tras hacerlo siento náuseas, de pronto, no sé por qué.
lunes, 4 de mayo de 2026
Pregunto si los discos son iguales.
I.
Le pregunto a la vendedora si los discos son iguales. Porque fui a retirar uno que ya pagué y de pronto descubro que hay otro igual, pero más barato. Así que entonces le pregunto si mi observación es cierta, pero dice que no. Que sellados puede parecer que sí, pero al final no, porque el que ya he pagado es de color y el otro es negro. Negro clásico, me dice. En cambio, el que usted compro es de color. Tras esto, me dedico a comprobar las cualidades físicas de ambos y descubro que son exactamente lo mismo. O sea, no por el color –en eso la vendedora tenía razón-, sino en el peso, la calidad… y todo lo que se relaciona con el disco mismo: su calidad técnica, su contenido, su sonido final.
II.
No, me dice, ante mi pregunta. No puede devolverlo y llevar el otro y gastar luego la diferencia a su favor. Puede cambiarlo por otro, pero no por ese que son el mismo. O sea, el mismo título. El programa de devoluciones y compras lo rechaza. Tendría que llevar otro me dice. Otro distinto.
III.
Pensé en alegar, pero al final no lo hice. Igual podía cambiarlo por otro título y luego volver a cambiarlo por el mismo, pero de otro color y más barato. O sea, no el mismo, desde el color. Eso hice, por cierto, luego de un rato. Entonces la vendedora se molestó y dijo que todo era una pérdida de tiempo y que si había una intención de estafar a la empresa ella bien podía negarse a realizar lo que le pedía y hasta denunciarme, si insistía. Finalmente, sin embargo, ella validó mi sistema y no tuve más problemas. Así y todo, me quedé pensando en el asunto ese de si eran o no iguales los discos e intenté, infructuosamente, llegar a una conclusión. Cuando salí de la tienda ya estaba oscureciendo y el cielo tenía tonos rojizos. Lo observé un rato para pensaba si era correcto decir que era otro o el mismo cielo, mientras este seguía cambiando. No llegué, según recuerdo, a ninguna conclusión clara.
domingo, 3 de mayo de 2026
Abres la semilla.
Abres la semilla para ver qué hay dentro.
No lo que había antes, como querías, pero algo es algo.
Así que la abres.
La cortas y la abres, digamos.
Con algo filoso y pequeño y en un lugar con buena luz.
La abres como un cofre.
Y claro… luego miras en ella como buscando un embrión.
Es difícil, no hay duda, pero a veces logras verlo.
Pequeño.
Envuelto en diminutos hilos que probablemente serán ramas.
O ya no lo serán, tal vez, pero sin duda debían serlo.
Parece mentira.
Realmente hay algo como un árbol pequeñito dentro.
Todo en miniatura y a medio hacer, todavía, como en gestación.
Lo malo, sin embargo, es que una vez abierta la semilla empieza a dañarse.
A envejecer deprisa.
No estaba hecho para la luz, todavía, ese embrión.
Los hilos pequeños y esa especie de sol rojo que encuentras ahí al centro.
Entonces te sientes culpable y te preocupas y piensas en plantar la semilla abierta de inmediato.
No era una autopsia, después de todo.
Y no puede ser pecado querer descubrir un secreto.
Eso te dices, pero apenas lo haces cuestionas la certeza de todo aquello.
No sabes si crecerá esa semilla.
Si murió antes de naces se hizo parte de la tierra de otra forma.
Si tuvo un nombre nadie lo dijo, pero al menos lo viste.
Y al contemplar la fragilidad de aquello lo quisiste de algún modo.
Eso es más que suficiente, te dices.
A veces naces y ni eso, después de todo.
Y vives así.
sábado, 2 de mayo de 2026
En un partido de béibol gringo.
Asistí una vez a un partido de béisbol gringo.
En un estadio gigante, repleto de gente que alentaba a ambos equipos.
Una sola vez asistí, y ni siquiera recuerdo quiénes jugaban.
Ya casi al final del partido -que creo definía una liga o algo así-, uno de los jugadores bateó muy fuerte y la pelota vino directa hacia mí.
No en línea recta, sino que había hecho una parábola muy alta así que me llegó sin tanta velocidad, y me vi de pronto atrapándola sin esfuerzo y prácticamente sin darme cuenta.
Observé la pelota entonces y la encontré común.
O sea, era una pelota de béisbol con un logo que señalaba que era oficial, nada más.
Aun así, el amigo con el que había ido y otra gente que estaba cerca en el estadio no dejaban de alabar mi suerte.
-Yo llevo diez años viniendo, partido a partido –dijo mi amigo-, y nunca he atrapado ninguna. Nunca llegan a este sector…
Apenas lo dijo, noté que su tono era raro.
Y es que no se veía feliz ante la situación, sino molesto.
-La vida es injusta –le dije.
Al final, resultó que la bola que recibí –ni siquiera me atrevo a decir que “atrapé”-, fue la bola que decidió el partido.
No se habían hecho nuevas carreras luego de ella así que había sido la definitiva, me explicó.
-¿La definitiva de qué? –pregunté, intentando quitarle importancia-. ¿La definitiva de este partido al que le seguirán muchos otros? ¿Del campeonato al que le seguirán muchos otros campeonatos…?
Mi amigo ni siquiera me contestó.
Intenté darle la pelota, poco después, pero este la rechazó. Me dijo que podía venderla muy cara en amazon o en ebay.
Cerca de un río, todavía en Estados Unidos, días después, recuerdo que arrojé sin más la pelota al río.
Debía haber quedado en la superficie, pensé mientras observaba.
Pero no la vi flotar.
viernes, 1 de mayo de 2026
Un conjunto de casas dispuestas en fila.
I.
Desconfío de la realidad cuando veo, desde algún lugar alto, un conjunto de casas dispuestas en fila.
Me incomoda el diseño, supongo, y el orden poco natural que ubica una construcción detrás de otra, a distancias similares.
Cuando digo que “desconfío de la realidad”, por cierto, me refiero a que dudo tanto de lo que observo como de aquello que no.
Y entre lo que no veo, incluyo el lugar sobre el que estoy.
Y lo que hay bajo él y sobre él.
Y también dentro.
II.
Cuento las casas, cuando las observo desde la altura.
Y debo reconocer que es fácil hacerlo cuando están alineadas, y en cuadrículas.
La cantidad que hay por un lado por la cantidad que hay en el otro, simplemente.
Doce por doce en este caso.
No hay cómo equivocarse, de esa forma.
III.
No son lo que parecen, dice alguien mientras observo.
Lo dice con un tono que deja claro que no hay interés de abrir un diálogo ni de esperar réplica.
Aprovechándome de aquello elijo no voltearme y sigo, simplemente, mirando las casas.
Parecen vacías, pienso, mientras las miro.
Me cuesta dejar de mirarlas, cuando lo hago, pues no suele haber razones claras, para hacerlo.
Esta vez, por ejemplo, me quedo hasta que oscurece y las luces de las casas comienzan a encenderse.
Yo debiese estar ahora mismo en una de ellas, me digo.
Y entonces voy.
jueves, 30 de abril de 2026
Otras exposiciones.
A ella le llamaba la atención que quedasen marcadas en la piel las partes del cuerpo expuestas al sol, los días de calor.
O sea, que quedase diferenciada la parte de la piel que ha sido expuesta a la luz del sol de aquella que no fue expuesta.
Lo apreciaba en su propia piel, mientras miraba las marcas de las mangas de las blusas u otras ropas que solía usar en verano.
No era una cuestión estética, lo que le preocupaba, ni tampoco nada relacionado con las quemaduras de piel u otro problema asociado de salud.
De hecho, lo que le preocupaba era algo más difícil de nombrar y que tenía que ver con ella misma.
En concreto, tenía que ver con observarse a sí misma y ver dos tonos en la misma piel y sentir de pronto que ella estaba debajo de esa especie de tela que la cubría y que podía mancharse sin cambiarla a ella propiamente.
Eso era lo que sentía o eso fue lo que entendí yo, al menos, tras hablar con ella varias veces, sobre aquello.
-A veces prefiero no exponerme al sol para que no me pase –me dijo, hace unos días-. Y no tanto porque no me pase, sino para no tener que estar luego pensando cosas raras, que me terminan asustando…
Yo le iba a decir que asustarse no era malo y a explicarle por qué, pero luego decidí que era mejor dejarla sentir, pensar y decidir por sí sola, sin recibir ideas de nadie.
También decidí, de paso, marcharme del lugar y dedicarme mejor a otros asuntos.
No recuerdo a cuáles.
miércoles, 29 de abril de 2026
Exposición.
La exposición era de un artista europeo de la zona de los Balcanes. No recuerdo el nombre ni intentaré buscarlo ahora porque además la muestra era bastante pequeña y no creo que haya suscitado gran revuelo.
En concreto, la exposición estaba formada por una serie de cuadros, fotografías y supuestos documentos que daban cuenta de una civilización como la nuestra, salvo que el único elemento visible que se repetía innumerables veces eran tenedores:
Los transeúntes caminaban con ellos en cada mano. Los postes terminaban en puntas como grandes tenedores. Las armas de los policías eran tenedores aparentemente más pesados. En el pelo, las mujeres llevaban tenedores y hasta la ropa que portaban eran variables de la forma de este mismo objeto.
Así también los documentos que se presentaban en la exposición resultaban prácticamente incomprensibles, pues la palabra inglesa para tenedor (fork) era prácticamente la única reconocible, aunque con distintas variables.
Por otro lado, en las fotografías, podías encontrar, por ejemplo, niños jugando con tenedores de colores, un enamorado entregando un ramo de tenedores a una chica, alguien en el suelo pidiendo ayuda pues tenía varios tenedores clavados en el cuerpo, iglesias con un tenedor en vez de una cruz en lo alto… y otras cosas de estilo.
Al salir de la exposición, como era de esperar, te entregaban un tenedor de recuerdo. Bonito, pero con puntas demasiado filosas como para llevártelo tranquilo a casa.
De hecho, mientras regresaba, me crucé con un perro que corría llevando uno de estos tenedores enterrado en el lomo.
Para recordarlo –y recordar de paso el peligro subyacente en cada objeto que pasa por nosotros-, decidí nombrar al perro como Fork.
Todavía, cuando me topo con él, en sueños, lo veo correr de un lado a otro, aunque ya no aúlla como antes.
O tal vez, simplemente, me he acostumbrado a esos sonidos.
martes, 28 de abril de 2026
No le gustan los días despejados.
No le gustan los días despejados.
Con el cielo despejado, quiero decir.
Antes sí, tal vez, pero en los últimos años es algo que la molesta.
La ponen de mal humor, aunque no quiera.
Ella misma me cuenta que a veces despierta molesta y luego sale a comprobar cómo está el cielo.
Y sí, descubre entonces que el cielo está despejado.
No tiene que ver con la temperatura, aunque ciertamente tampoco le gusta el calor.
Así y todo, puede estar despejado y haber una temperatura agradable y su molestia es la misma.
No me gusta mirar el cielo y solo ver el cielo, me dice.
O sea, no ver nubes, explica.
Es como si algo le faltara.
Como si el día hubiese comenzado sobre una especie de lienzo que no alcanzaron a terminar.
Me siento incómoda… molesta, concluye, como si alguien me estuviese viendo.
Mientras habla yo la escucho y prácticamente no comento nada.
Igualmente, en todo caso, no sabría qué opinar.
Después de todo, se trata de sensaciones suyas, simplemente, y además hoy está despejado así que terminaríamos discutiendo si agregase algo más.
¿A ti no te pasa?, me pregunta, luego de un rato.
No, le digo.
Prefiero los días nublados y mejor si hay lluvia, pero creo no molestarme cuando no está así.
Ella me mira y parece de pronto cambiar su actitud.
¿Y entonces qué te molesta?, me dice.
Como me descolocó su pregunta me quedo en silencio un rato, buscando una respuesta.
¿No sabes?, insiste.
Sí sé, le digo.
Nos quedamos mirando, en silencio.
No voy a ser yo el siguiente en hablar, pienso.
Y cuento hasta diez.
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