domingo, 11 de octubre de 2026

Los ancianos que lo vieron hoy apenas ven.


Los ancianos que lo vieron hoy apenas ven.

Cantaron himnos que hoy no solo no se cantan, sino que apenas se comprenden.

Así y todo, de vez en cuando, puedes oírlos cantar.

Cuesta hacerlo, es cierto, pues hoy llegan voces de todas partes.

Y eso confunde.

Para oírlos, te recomiendo centrarte en aquellas voces que no parecen decir nada.

Identifícalas como un color, si quieres, y podrás reconocerlas.

Además, al hacerlo, verás que se trata de un color anterior a todos los otros.

Y es que no ha sido mezclado, ese color, todavía.

Es crudo como la carne que aún no se arranca del cuerpo de esos mismos viejos.

Escucha cómo cantan, simplemente, y quédate así.

No escarbes en ellos buscando palabras o signos inteligibles.

No los descifres.

No calcules.

No los huelas.

Eso nunca realmente ha sido necesario.

Así suena la verdad, simplemente.

Así se percibe, aunque cause rechazo.

Lo puro también se descompone.

Se queja y gime y te culpa sin decirlo, porque no es necesario.

La voluntad se llena de gusanos.

Es cierto.

Los ancianos que lo vieron hoy apenas ven.

Pero los gusanos también nutren.

Nada atrapan los ojos lechosos, porque están llenos.

Todo va a morir, parecen decirte.

Y todo va a nacer.

sábado, 10 de octubre de 2026

La utilidad del rey.


I.

El que iba al lado del rey caminó con él tanto tiempo que igualó su andar.

No era un gran logro, probablemente, pero al comprender que lo había hecho comenzó a sentirse distinto.

No intuitivamente sino más bien como fruto de algo así como un cálculo.

Tengo su ritmo, su velocidad y hasta un porte similar, se dijo.

Entonces, mientras pensaba esto, sin quererlo esbozó una pequeña sonrisa.

El rey, por supuesto, no lo notó.

Él pensaba en otras cosas.


II.

Extrañamente, no fue orgullo lo que sintió el que acompañaba al rey.

No se sintió más de lo hasta entonces era, me refiero, sino que se sintió distinto.

Y es que confirmó entonces que era otro, incluso antes de caminar junto al rey.

Otro que existía desde antes.

Uno que tenía un propio andar y hasta otro ritmo.

Esa fue, sin duda, la causa de su sonrisa.


III.

Lo que pensaba el rey no es de nuestra incumbencia.

Sus pasos, sin embargo, podemos observarlos sin más.

Observar su dirección, calcular su velocidad y hasta fijarnos en su técnica para esquivar de cuando en cuando algún escollo.

Podemos, incluso, caminar imitando sus pasos y su ritmo, tal como lo hace aquel que lo acompaña.

Por eso es útil tener un rey, a fin de cuentas.

¡Alabado sea…!

viernes, 9 de octubre de 2026

Nudo(s).


Un día me sorprendí pensando en las razones por las cuales era posible hacer un nudo con una misma cuerda.

De hecho, la sorpresa aumentó cuando proyecté cuántos nudos era posible hacer, realmente, en esa misma cuerda.

Y no hablo aquí de la infinitud teórica o matemática del asunto, en la que se suele considerar como 0 el valor de grosor de la cuerda, sino de la realidad física, que exige considerar longitud finita, grosor real y rigidez material de la cuerda, como algunos de los factores esenciales.

Lo que me inquietaba en el fondo era comprender por qué existía un freno en los dobleces del papel, por ejemplo, pero no en los nudos de una cuerda.

De una cuerda real, por supuesto.

Y es que más allá de considerar los dobleces del papel como un ejercicio exponencial, me costaba aceptar que los nudos en una cuerda (real) se considerasen simplemente como una suma.

Me refiero a que en la cuerda real llega de pronto a faltar espacios y es entonces cuando un nudo comienza a hacerse sobre otro, y ese primer nudo pasa entonces a ser parte de un nuevo nudo, que no puede regirse ya por la misma teoría o utilizando el mismo modelo de cálculo.

Así, la fuerza de compresión radial dirigida hacia el centro del nudo -centro que en la práctica no existe propiamente-, derivaría también en una experiencia exponencial, considerando la fricción entre las fibras de la cuerda, junto a otros factores.

Hice cálculos, recuerdo, aquella vez.

Cálculos y una serie de reflexiones teóricas utilizando términos que apenas comprendía.

Ángulos de curvatura, radio de curvatura mínimo, colapso del nudo, fueron algunos de ellos.

De hecho, hasta la naturaleza misma de la definición de nudo entraron entonces en juego.

¿Sigue siendo un nudo si el fenómeno llamado de esa forma ya no puede desatarse?

¿Existe ese “momento” y es posible calcular cuándo ocurre?

¿Deja una cuerda de ser cuerda si ya no puede volver a su situación original?

Seguí así esa vez hasta que recordé que era absurdo, también, ese camino.

Otro nudo en una misma cuerda, me dije entonces, y retrocedí unos pasos.

Incluso apagué mi mente para que no buscase soluciones en la mecánica de medios continuos.

Y es que esas, sin duda, no me arecieron soluciones.

La bomba, al fin y al cabo, debe ser puesta en otro sitio.

jueves, 8 de octubre de 2026

Una muerte que no era la mía.


Me alcanzó una muerte, pero no era la mía.

Eso le dije, apenas me embistió.

Se lo quise hacer entender, pero no quiso.

Alegó diciendo que la muerte era la misma para todos y en todas partes.

Tú no eres especial, recalcó.

Yo la observé.

Busqué mirarla de frente, para que supiera que hablaba en serio.

Ella esquivó la mirada.

Eso que dices solo son palabras, le lancé, envalentonado.

Ella se quedó en silencio.

Justo entonces sentí una fuerte ráfaga de viento pasar junto a nosotros.

Apenas pasó, me pareció escucharla reír, bajito.

Luego volvió a hablar.

Todo son palabras, dijo.

Hasta la muerte es una palabra, si te fijas.

Y todo lo que crees que significa.

Yo asentí, mientras pensaba.

No lo hice de gusto, por supuesto, pero lo cierto es que asentí.

Y es que me parecieron honestas, sus palabras, y suelo asentir ante lo honesto.

Puede ser cierto, acepté.

Pero eso no quita que tú misma, como muerte, hayas errado de camino.

Le dije esto con voz seria y segura, pues estaba seguro de estar en lo correcto.

Ella, ahora, también asintió.

De forma involuntaria, probablemente, pero lo hizo.

Tal vez es un poco como yo, me dije.

Mientras pensaba esto nos quedamos uno frente al otro, como si estuviésemos reconociéndonos.

Tal vez si era mi muerte, después de todo, pensé.

Eso pensé, es cierto, pero no se lo dije.

miércoles, 7 de octubre de 2026

Un árbol que cayó.


Soñé que se caía un árbol.

Que ante fuertes ráfagas de viento y una gran cantidad de lluvia, el árbol se caía, inclinándose hacia un costado.

El árbol era grande, estaba lleno de verde y se veía muy sano.

Por eso sorprendía el verlo abajo, ya hacia el final del sueño.

El árbol caído, me refiero, bajo la lluvia… sin posibilidad de volver a ponerse en pie.

Fue entonces que la lluvia perdió intensidad y pude acercarme al árbol caído.

Observé su tronco, sus ramas y las hojas que se aferraban todavía como si todo anduviera bien.

Era una imagen extraña, dentro de todo, pues el árbol se veía intacto, salvo que estaba de lado.

Como si se hubiese mantenido firme, en su sitio, mientras el mundo giraba y él se hubiese negado a hacerlo.

Mientras pensaba en esto me acerqué a la base del tronco y me sorprendió prácticamente no ver raíces.

Supuse que se habían cortado, con la caída, pero la tierra levantada se veía limpia y libre de otros elementos.

Me agaché entonces, junto al árbol, y removí un poco de tierra húmeda, buscándolas.

Tras varios minutos, prácticamente no encontré.

O se olvidó crecer hacia abajo o simplemente no quiso aferrarse, me dije.

Ahora de seguro vienen a cortarlo.

Así, mientras limpiaba mis manos en un charco, desperté del sueño.

Estaba un tanto intranquilo, pero luego se me pasó.

Por último, antes de olvidarme, decidí escribir esto que ahora estás leyendo.

Un árbol que cayó.

martes, 6 de octubre de 2026

Varias de sus gallinas.


Veo una noticia sobre unos hombres en el sur, que han logrado enseñar a volar a varias de sus gallinas.

No se trata de vuelos largos, por supuesto, pero tampoco es el típico aleteo y esa serie de saltos improductivos que podemos ver de vez en cuando en esas aves.

Si tengo que describirlo, diría que se trata de un vuelo constante -realizado con esfuerzo, es cierto-, en el que las gallinas se mantienen en el aire y avanzan en línea recta por poco más de cincuenta metros.

Puedo dar esta cifra, por cierto, ya que en la noticia se habla también de competiciones de vuelos de gallinas -con apuestas de por medio, claro está-, que se realizan en una pista improvisada sobre un lugar plano, que mide justamente cincuenta metros de largo.

-Si llegan a tocar el suelo mientras sobrevuelan esos cincuenta metros -dice uno de los hombres que ha sido entrevistado-, la gallina es eliminada inmediatamente.

Luego, el mismo hombre se acerca a la cámara y muestra a la gallina que ha ganado casi todas las carreras en que ha participado.

-Se llamaba Godzila -dice el hombre-, pero poco a poco todos empezaron a llamarla Shakira… yo creo que porque nadie acá pronuncia muy bien…

Mientras dice esto, podemos ver imágenes de alguna de las carreras en que Godzila -o Shakira, si lo prefieren-, participó.

-Al final -dice el hombre, para cerrar la nota-, si la gallina es de la zona, podemos hacerla volar, sin duda… pero si viene de fuera no hay caso que coja vuelo.

Luego de esa noticia, por cierto, vino una sobre una propuesta para cambiar el color de los taxis.

No comprendo las razones, por supuesto, pero supongo que aquello, en el fondo, está bien.

Además, con ello, no le estarían haciendo daño a nadie.

lunes, 5 de octubre de 2026

Se despierta porque le da hambre.


Dice que se despierta porque le da hambre. Que en medio del sueño empieza a sentir un vacío en el estómago y eso lo hace salir de aquel lugar. También le da sed, por supuesto, pero extrañamente sabe soportar la sed y su cuerpo no le obliga a renunciar al sueño. Con el hambre es otra cosa. Él cree que le ocurre porque cuando niño pasó hambre, justamente. No sed. Y es que el agua era gratis, después de todo. O prácticamente gratis. En cambio, los alimentos escaseaban y no había en ocasiones como conseguirlos. Cuenta que una vez, por ejemplo, de niño, saltó la pandereta que separaba los patios y se metió a robar algo de comer donde el vecino. Sacó un pan finalmente y unas vienesas que se las comió frías, directamente desde el paquete, en el refrigerador. Tampoco había mucho más. O él no lo vio, al menos. Como sea, lo cierto es que no volvió a hacerlo, según recuerda. Dice que sentía que si volvía a ir se encontraría a él mismo allá adentro. Era una idea estúpida, pero no es que él la diseñara. Era una sensación, más bien, que se vestía con esas palabras. Ahora, en el sueño, le ocurre algo similar. Es decir, sale del sueño por hambre, pero siente que no lo abandona del todo. Que una parte de él queda en el sueño, explica. Y que luego ya no puede entrar ahí, pues de cierta forma no ha salido. ¡Hambre de mierda…!, dice ahora, visiblemente molesto. Él mismo se escucha y se sorprende de la vehemencia con que lo ha dicho. Como si fuese castigo abandonar el sueño, piensa ahora. Sí... como si fuese un castigo.

domingo, 4 de octubre de 2026

Ella ganó seis veces un concurso en una heladería.


Ella ganó seis veces un concurso en una heladería.

O sea, seis veces, cada una en seis años diferentes.

El concurso consistía en crear un nuevo sabor de helado para ese verano.

El helado que se creaba quedaba en venta durante ciento veinte días y luego era retirado.

A mí me contactaba para que le ayudara a crear un texto con el cual presentar el helado.

Si ganábamos, tenía helado gratuito durante esos mismos cuatro meses.

El premio monetario –un porcentaje de las ventas principalmente-, lo cobraba ella.

El más alabado de los que creó fue uno con sabor a luna.

No recuerdo de forma exacta sus ingredientes, pues se trataba de un listado enorme.

Dentro de lo que recuerdo llevaba sésamo negro, carbón vegetal activado, trocitos de merengue crocante, un veteado de mascarpone con miel de azahar, toques ahumados de vainilla y pequeñas notas salinas.

Recuerdo haber tenido que crear una historia con eso y que la redujeron a una especie de cómic de una plana que entregaban junto al helado.

Al final lo usaban como servilleta.

Con el último que ganó fue con uno que tenía notas a madera antigua y que buscaba representar el arca de Noé.

Roble ahumado, vainilla de Madagascar, toques de bourbon, caramelo salado, salvia, ralladura de higos secos y dátiles.

También había una versión para niños a la que se le quitaba el bourbon, se suavizaba la mezcla y le agregaban gomitas de animales.

A veces, recuerdo aquellos años a partir del sabor de esos helados.

Debido al contrato del concurso (y a las cláusulas que ella misma agregó), nunca más los volvieron a hacer, que yo sepa.

Podría pensar que eso es triste, ciertamente, pero probablemente no lo sea.

Cuando no rememore en absoluto el sabor, tal vez... pero por ahora no.

Eso es algo.

sábado, 3 de octubre de 2026

Amaneció con las manos amarillas.


Amaneció con las manos amarillas. No con un tono amarillo, sino amarillas directamente. Un color extraño, plástico, casi artificial. Como uno más de los condimentos del McDonalds. Pensó que soñaba, en un principio, pero estaba despierto. Además, casi nunca soñaba. Y si lo hacía, él ni siquiera se veía en sus propios sueños. Una y otra vez miró sus manos para comprobar que no había nada en ellas. Ningún elemento ajeno a las manos mismas, digamos. Observó sus dedos, su piel, sus uñas… El amarillo estaba en la piel. En la palma de sus manos y en el dorso. Bajo las uñas incluso. Llegaba hasta las muñecas, más o menos. Casi como si tuviese guantes, solo que no había un borde tan bien establecido. El amarillo se hacía más tenue en el antebrazo. Luego en la parte que estaba sobre codo prácticamente desaparecía. Fue al baño y llevó el lavamanos con agua caliente. Sumergió las manos. Luego probó con cremas, jabón y hasta con detergentes. Intentó raspar con las uñas, la piel. Suavemente primero y luego hasta que sangró. Entonces, la sangre también le pareció distinta. Un poco más naranja, tal vez. Esto le hizo sentir que no eran sus manos las que estaban mal, sino que ellas eran las que comenzaban a estar bien, en su cuerpo. Ellas eran la avanzada. Luego el cuerpo cedería, también, al amarillo. Así también se forman los desiertos, pensó, sin saber por qué. Era un pensamiento amarillo, probablemente. Esto ocurre con todo hasta que vuelve a nacer la vida, se dijo ahora. O el amarillo juega a hacerla aparecer. Cerró los ojos. O más bien bajó los parpados e intentó abrir los ojos, tras ellos. Debe estar ahí, pensó. No el origen ni las respuestas, pero sí al menos la pregunta correcta. Ahora va a decirla:

viernes, 2 de octubre de 2026

No me dan confianza.


I.

No me dan confianza las cosas que no se quiebran.

Iba a dar ejemplos, pero ahora no sé por qué.

Y es que todos conocemos cosas que no se quiebran.

De hecho, el mundo se ha llenado de ellas, últimamente.

Mira tu entorno si quieres, y verás que es cierto.

Advierto que yo cuando lo hago me desespero, eso sí.


II.

Decía antes que desconfío de aquello que no se quiebra.

Me parece obra del hombre y eso me hace dudar.

Yo también soy hombre, por cierto, pero eso no ayuda.

Incluso, si soy sincero, me inquieta aún más esa premisa.


III.

El otro día compré una palta con textura de goma.

No se podía partir ni moler y parecía ser falsa.

Cuando lo comenté me dijeron que era por los químicos.

Que de vez en cuando, por saco, aparecía una así.


IV.

A mí también, por cierto, me salen textos de goma.

Mal escritos, artificiales, llenos de reglas estúpidas, que no elijo.

Simetrías falsas, por ejemplo, palabras por versos, y cosas así.

No los diseño, pero se revelan entonces, como polímeros raídos.

De cualquier modo, pienso que pueden quebrarse, de alguna forma.

No me dan confianza las cosas que no se quiebran.

jueves, 1 de octubre de 2026

Un perro llamado Eclesiastés.


I.

Me mordió de pequeño, el perro de una vecina, que se llamaba Eclesiastés.

Sacó la cabeza por entre la reja y me mordió una pantorrilla.

Como no la soltaba y yo estaba tironeando salió la vecina y comenzó a gritarle:

¡Suéltalo, Eclesiastés…! ¡Deja a ese niño, Eclesiastés…!

El perro no hizo caso, por cierto, hasta que llegó otro vecino y lo pateo hasta que el perro me soltó.

En ese proceso me llegó también una patada del vecino, en plena canilla.

Recuerdo que en ese instante me dolió más que la mordedura del perro.

De paso, aquello me sirvió para comprender que un dolor nuevo puede en ocasiones hacer olvidar otro dolor.

Aunque en principio, por supuesto, los dolores no debiesen compararse.


II.

Lo de que los dolores no debían compararse se lo había oído decir a unos adultos.

Hablaban de la muerte de alguien esa vez, y también de otros dolores más mundanos, que ahora no recuerdo.

Cómo sea, lo cierto es que la frase me quedó e intenté asimilarla como una lección.

Y es que me gustaba sentir que la mayoría de las cosas –o situaciones-, podían transformarse en aprendizaje.


III.

Mi madre y la vecina me obligaron a hacerme amigo del perro llamado Eclesiastés.

Para esto, me intentaron convencer que ambos habíamos terminado dañados esa vez.

Yo por la mordida y el golpe en la canilla y el perro por algunas patadas que recibió de ese vecino.

Hacerse amigo del perro, por cierto, se traducía en poder mirarlo de cerca y que él no me atacara.

Esto, ya que mi madre no me permitía tocar animales, pues estaba obsesionada con temas de virus e infecciones.

Generalmente resultaban ser exageraciones, pero esa vez validó su conducta, pues al perro llamado Eclesiastés se le infectó un ojo y se le complicó tanto que lo sacrificaron tiempo después.

Sinceramente, no logro recordar qué tan seguido fueron estos eventos, ni si alguno fue consecuencia de otro.

Lo que sí recuerdo, es que el día que murió el perro me contaron de dónde venía el nombre Eclesiastés.

Esa misma noche, en mi casa, tomé una Biblia que estaba en un velador y comencé a leer el libro.

“Entonces mi corazón se volvió hacia la desesperación”, decía el Eclesiastés en algún versículo.

Y yo lo copié en un cuaderno, recuerdo, sin saber todavía qué significaba.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Quietos, los santos.


Estaban quietos, los santos.

Tan quietos que, a la distancia, yo pensé que se trataba de una serie de esculturas de santos.

Sin embargo, al acercarme, pude ver que se trataba de personas reales.

O tan reales, al menos, como lo puede llegar a ser un santo.

Los conté.

En total había diecisiete.

Trece hombres, me parece, y cuatro mujeres.

Seis sentados y once de pie.

Todos muy distintos entre sí, por cierto, como si de cierta forma fueran de especies distintas.

Como en los cómics cuando hay encuentros de linternas verdes.

Estaban cerca, unos de otros, pero no hablaban entre ellos.

Uno murmuraba algo, me pareció, pero cuando me acerqué dejó de hacerlo.

Tres o cuatro levantaron la vista para verme.

O para mirar en mi dirección, más bien, pues me parecía que su vista me traspasaba.

Esto me producía una sensación extraña, aunque no incómoda.

Y es que no había tensión en aquel lugar.

O no se proyectaba desde los santos, al menos.

A lo que voy es que no estaban ahí alardeando de su santidad ni juzgando a nadie, desde esa misma condición.

Y eso era cómodo, hasta cierto punto.

Son santos, simplemente, me dije, mientras caminaba entre ellos.

Son santos de la misma forma como yo soy un genio.

Caminé un poco más y procuré acercarme a cada uno de ellos, aunque fuese un instante.

Recuerdo que el último al que me acerqué tenía olor a manzanas rojas.

Todo era como una exposición.

De esas casi vacías, a las que nadie va.

Voy a dar una última vuelta y luego me voy, pensé.

Estaba cansado, ciertamente, pero no exhausto.

De cualquier modo, me dije, entre todo lo que existe no hay ni siquiera un paso.

Y en una de esas, encuentro un remate bueno para este texto, cuando menos lo espere.

martes, 29 de septiembre de 2026

La prueba final de que todo lo vivo quiere seguir estándolo.


I.

No sé realmente si existe, pero me gusta pensar que sí.

Algo así como un fundamento incuestionable.

Tan incuestionable que ni siquiera valga la pena llevarlo a palabras y que sea evidente en todo momento.

Una voluntad que nazca de lo vivo y que se aferre a ese mismo origen cuando sienta que corra peligro o simplemente intenten acabarla.

La prueba final de que todo lo vivo, en definitiva, quiere seguir estándolo.



II.

Una canción lituana que habla de toda una infinidad de lenguajes propios.

Eso escuchamos, esa tarde, con atención.

Intentamos traducirla y parecía hablar de los distintos lenguajes que manejaban las distintas cosas.

El lenguaje de las plantas, de las piedras, y hasta de los charcos llenos de agua.

No se necesitan más lenguajes sino comunicación, se repetía en el coro, varias veces.

Voluntad, en primera instancia, y la comprensión vendrá luego, por añadidura.



III.

¿Por qué inventarse todo esto?

¿Por qué hacerlo si no es en el fondo algo que sabemos necesario?

Un nosotros difuso, una canción lituana… la infinidad de lenguajes de las cosas.

Todo por buscar la voluntad que debe esconderse en algún sitio.

Y es que no quiere, la voluntad, dejarse ver.

No quiere ser prueba ni evidencia de algo más.

No quiere dar testimonio de que la vida busca siempre seguir viva.

Así, en definitiva, no quiere convertirse en la evidencia que nos haga decir que esto, probablemente, debe valer la pena.

¡Pobre voluntad…!

lunes, 28 de septiembre de 2026

Sé que olvidé algo.


I.

Sé que olvidé algo.

De eso estoy seguro.

Algunos, cuando comento lo anterior,
insisten en preguntarme qué es lo que olvidé.

Y como respondo que no sé, algunos dudan de mi olvido.

Me lo dicen así, directamente,
como si se enorgullecieran de su estupidez.

Y yo les digo entonces que no recordar qué es lo que olvidé,
es justamente una prueba irrefutable del olvido.

La gran prueba, de hecho.

Y a veces, la única.



II.

Si a alguien debo agradecer la consciencia del olvido
es a la pereza.

No a la pereza breve, que no es más que cansancio
vestido de otras letras.

Yo me refiero aquí a la pereza profunda.

Solo a ella debemos agradecer.

A esa que en el fondo de sí misma deja de preguntarse
por el sentido de las cosas.

Y tras hacerlo, comprende que la verdadera pregunta
es saber si podemos soportar
vivir sin saber qué es aquello que olvidamos.

Respirar con una muesca, digamos.

Dejar de oírlo todo.



III.

Sé que olvidé algo.

Sé que olvidé algo y no debiese ya importarme.

Después de todo,
lo cierto es que todo ha existido ya.

Saber eso, por cierto,
hace que deje de sentirme culpable.

Y es que dejar ir a la experiencia
y de paso al conocimiento
se revela entonces como algo natural.

Una conducta innata, digamos, de lo vivo.

Creo que Cioran escribió alguna vez
que un santo es un analfabeto,
comparado con Aristóteles.

Y yo sonreí cuando leí aquello,
aunque sin saber por qué.

domingo, 27 de septiembre de 2026

No creo en la tortura, pero.


No creo en la tortura, me dijo, pero una vez estando borracho, en la facultad, encerramos a un profesor en una sala y lo obligamos a confesar que no había leído el Ulises de Joyce. No es que lo golpeáramos ni le hiciéramos un daño físico concreto, pero debo admitir que lo amarramos, rompimos frente a él unos libros que sacamos de su oficina y lo amenazamos con llevarnos su computador si no lo admitía. Era orgulloso y costó bastante que confesara, pero hubo un momento en que comenzó a llorar y a decir que era cierto, que era un fraude. Entonces fue que confesó sin problemas lo del Ulises y agregó también que nunca leyó Los Miserables, Patas de perro y hasta reveló que no pasó de la página 300 de Umbral, de Juan Emar, del que se suponía era un experto. Para él debe haber sido como una liberación. Estaba tan afectado que nos pidió que nos lleváramos su anillo de matrimonio y empezó a confesar una serie de otras cosas que no pretendíamos saber y que prefiero no repetir porque algunas verdaderamente me dan asco. Todo terminó siendo tan incómodo que recuerdo que mientras él seguía contando estas cosas, lo desamarramos y no se dio ni cuenta. Lo dejamos así en la sala y nos fuimos, simplemente, sin querer hablar de lo ocurrido. No es que nos arrepintiéramos, pero lo cierto es que la situación nos había superado también a nosotros. El profesor faltó tres semestres luego de aquello y cuando volvió yo al menos ya me había ido. Desconocemos si denunció lo sucedido, pero creemos que no, pues nunca se habló de eso ni supimos que se abriera investigación alguna. Así, al final yo creo que al final le hicimos un bien con lo de la tortura. No es que por eso la justifique, pero no creo que haya habido un daño irreparable. Y si no es irreparable, tal vez ni siquiera sea daño, creo yo… ¿estás de acuerdo, cierto?

sábado, 26 de septiembre de 2026

Los diarios de Schnitzler.


Ella se defendió de un asalto golpeando al tipo con un libro grande, muy grueso. Era un libro con los diarios de Arthur Schnitzler. Le dio al ladrón una gran cantidad de golpes con el lomo del libro, tanto en el rostro como en la parte posterior de la cabeza, incluso cuando el tipo cayó al suelo. Al final el ladrón tuvo una fractura en la nariz y terminó perdiendo parcialmente la visión de uno de los ojos. Era un hombre pequeño, que se sorprendió ante la embestida de la mujer, quien se abalanzó sin pensarlo sobre él. El libro también resultó dañado durante el enfrentamiento, por cierto.

Le había prestado el libro hacía apenas unos días antes del incidente. Ella comentó algo sobre el romanticismo y no sé bien por qué terminé prestándole el libro de Schnitzler. Ella no leía mucho, en ese entonces, pero se interesó tras saber de algunos aspectos de la vida del escritor austriaco. Creo que yo mismo se los conté mientras hablábamos aquel día. Tiempo después, tras contarme del intento de asalto, me dijo que lamentablemente no me iba a poder devolver el libro, ya que este había resultado muy dañado.

-Intenté arreglarlo, pero no pude –me dijo-. Además varias páginas terminaron con manchas de sangre.

-Igual me interesa recibirlo así –le dije-, para mí no es problema.

Ella entonces me miró tranquila, sin alterarse en lo más mínimo.

-De cualquier modo no va a poder ser –dijo ella, negándose a agregar nada más.

Yo pensé en insistir y reclamarlo de vuelta, mientras la observaba.

Luego, sin embargo, consideré que ya era tarde para eso, y lo dejé ir.

viernes, 25 de septiembre de 2026

Al revés, sin duda, un árbol.


I.
Me parece que es en “La vegetariana” donde la protagonista cree descubrir que los árboles en realidad están al revés de lo que creemos. Es decir, que están cabeza abajo. En otras palabras, descubre que si los árboles fuesen seres humanos estarían apoyando sus manos en el suelo y desde ahí crecerían sus raíces. Intentando crecer hacia el centro de la tierra y no alejándose de ella, como acostumbramos creer.


II.
Hace muchos años, de pequeño, recuerdo haber visto a una niña subir a un árbol y estar jugando con las ramas más altas. Cuando le dijeron que bajara ella dijo que la dejaran un rato más, que le estaba haciendo “cosquillas en los pies” a aquel árbol. Que luego el árbol se reía y caían sus hojas y hasta frutos, creo que dijo. No recuerdo, sin embargo, si el árbol era o no un árbol frutal.


III.
No recuerdo de pequeño haberme subido a un árbol. O no a gran altura, al menos. Me prohibían subirme hasta las cosas más pequeñas, según recuerdo. Por lo mismo, no desarrollé la habilidad para trepar en modo alguno. A pesar de aquello, si recuerdo haberlos usado, años después, para bajar desde el techo de un cuarto al que podía subir por una escalera que estaba apoyada en un costado. No sabría decir, por cierto, por qué elegía no bajar, del mismo modo.

jueves, 24 de septiembre de 2026

Lanzar la jabalina.


Nunca he lanzado la jabalina. No me llama la atención en lo absoluto. O sea, conozco la disciplina y debo haber visto alguna imagen en televisión alguna vez, pero no tenía ningún conocimiento ni interés particular en ella. Ni en ningún otro deporte en particular, si soy sincero. Aclaro esto para decir que verme a mí, en mi sueño, con una jabalina en la mano y alistándome para el lanzamiento me sorprendió más que a nadie. Estaba de pie, sobre el césped, con ropa deportiva y sosteniendo la jabalina más o menos a la altura de mi cabeza. La sostenía con el pulgar y mi índice, firmemente, en una zona encordada para que no se deslizara. Recuerdo que hacía cierto ángulo con mi cuerpo y poco después comenzaba a acelerar poco a poco con la jabalina en lo alto. Es extraño, pero puedo asegurarles que en el sueño conocía la técnica. En el momento de mayor velocidad, por ejemplo, sabía que debía detener de golpe una de mis piernas para girar con mi cuerpo e impulsar con mayor fuerza la jabalina, impulsándola no solo con la fuerza del brazo sino con la torsión de todo el cuerpo. Así y todo, en el sueño ocurrió algo todavía más extraño. Y es que, si bien logré lanzar la jabalina, sentía que parte de mí se había olvidado de soltarla e iba aferrado a ella a medida que avanzaba por el aire. Es decir, parte de mí –la parte consciente-, se quedaba en el sitio de lanzamiento, pero parte de mí se alejaba inexorablemente aferrada a la jabalina, como si se hubiese desprendido de mí, quién sabe por qué razones. Pensé entonces, en el sueño, que si seguía lanzando jabalinas mi yo iba a quedar cada vez más disminuido, pues parte de mí se desprendería y alejaría en cada lanzamiento. Más disminuido, pensé, pero también más ligero. Por lo mismo, debo confesar que seguí lanzando una y otra vez la jabalina, en el sueño. Una y otra vez hasta olvidar casi completamente quién era yo y para qué lo hacía. Con esa sensación me desperté, de hecho, poco después. Liviano, de cierta forma, pero también sin sustancia, o con muy poca. Una buena sensación, a pesar de todo, me dije. Y comencé el día.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Ella debía cocinar un pollo, pero no lo hizo.


Ella debía cocinar un pollo, pero no lo hizo. Cuando lo fue a comprar se lo pesaron y luego lo pagó. De camino a casa le seguía dando vueltas al peso del pollo y al dinero pagado. Como si la hubiesen estafado. Ya con el cuchillo en la mano, a punto de partir el pollo entendió el problema. No se trataba en modo alguno de una estafa. Lo que ocurría era que el pollo había pesado exactamente lo que había pesado su hija al momento de nacer. Dos kilos ochocientos cuarenta gramos. Y claro, el número hizo eco dentro suyo y hasta resonó perfecto. Una coincidencia, pensó. Un número que se repite con otro, nada más. Lamentablemente, con el cuchillo en una de sus manos y mirando al pollo, ella tuvo una sensación compleja. Nada que hubiese podido explicar muy bien si se lo hubieran preguntado, pues era justamente una sensación difícil de explicar. De esas que son tan fuertes e incómodas que a veces se eligen dejar pasar. Ahora, sin embargo, a ella le cuesta seguir adelante. Acerca varias veces el cuchillo al pollo y luego le retira, sin cortarlo. Y eso que esto ni siquiera es un pollo, se dice. Un pollo tiene plumas y pico y está vivo. Esto que debo partir es otra cosa.

-¿Pasa algo?

Una voz de hombre, cerca suyo la despierta un poco.

-¿Te pasa algo? –repite.

Ella dice que no, que está un poco mareada, simplemente.

Luego, se aleja unos pasos, busca una silla y se sienta.

-Dos kilos ochocientos cuarenta –dice la mujer.

-¿Qué? -pregunta el hombre.

-Dos kilos ochocientos cuarenta –reitera la mujer.

El hombre no sabe qué decir.

Tenso, observa que ella todavía tiene el cuchillo en una de sus manos.

Mejor la dejo sola unos segundos, se dice el hombre.

Nunca sé de qué está hablando.

martes, 22 de septiembre de 2026

Lo que ocurre cuando estás fuera.


I.

Apenas estuve fuera una semana.

Así y todo, cuando vuelvo, me encuentro con que han arrancado el árbol, sin decirme nada.

Me lo cuentan tranquilos, cuando observo el lugar vacío donde el árbol debería estar.

Me muestro molesto, mientras hablan.

Estaba muerto desde hacía años, dice alguien, en medio de otro comentario.

Yo, por cierto, no lo sabía.

Finjo entonces que el problema es otro.

Claro que estaba muerto, digo, pero estaba aquí.

Ellos me miran, entonces, por si agrego algo más.

No lo hago.


II.

Ya a solas, comienzo a dudar si el árbol estaba realmente muerto.

O sea, ellos se mostraban seguros, pero bien podrían haberse confabulado.

Después de todo yo recordaba haber regado de vez en cuando aquel árbol.

Y no me parecía muerto.

Debería haber olido como árbol muerto si estaba muerto, me gustaría reclamar.

Pero no sé a quién.


III.

Estuve fuera una semana y de regreso habían arrancado un árbol.

Puede ser un hecho fortuito, es cierto, pero me inquieta de igual forma.

Es decir… ¿qué otras cosas van a arrancar si se me ocurre volver a salir?

Observo mi entorno para ver si hay algo que esté muerto, sin que yo lo sepa.

Me concentro mientras miro, pero no se me ocurre qué.

Finalmente, me convenzo de que todo parece estar bien.

Lo que debe estar vivo está vivo, me digo.

La próxima vez, no me van a engañar.

lunes, 21 de septiembre de 2026

Pensando.


Ella se acerca y me dice que puede adivinar lo que la gente está pensando.

Y yo, por supuesto, me cuento entre esa gente.

Por lo mismo, me dice que podemos comprobarlo, basta con que yo piense en algo y ella podrá adivinarlo de inmediato.

-¿Y eso para qué sirve? –le pregunto.

Entonces ella se incomoda. Me dice que ese no es el punto. Que tiene utilidades, por supuesto, pero lo que quería acá era más bien asombrarme. Demostrarme que algo aparentemente imposible no lo es.

-Quería regalarte un asombro, nada más -es lo que dice.

Yo le agradezco el gesto y le confieso que en realidad mi pregunta fue una defensa. Que el problema real, en mi caso, es muy distinto. Y que ni siquiera puedo adivinar lo que yo mismo estoy pensando.

-¿Cómo es eso? –me pregunta.

Me complico un poco al explicarle, pero intento decirle que no sé pensar en qué pienso. Que las cosas fluyen nada más y si pienso en lo que pienso en el fondo lo que hago es pensar en lo que ya pensé. En lo que ya pensé y ya no pienso, quiero decir. Y que no sé controlar eso.

-No es lo que les pasa a todos, ¿cierto? –le pregunto.

-No –dice ella-. Estás jodido.

Luego, por los gestos que hace, supongo que intenta ver qué estoy pensando y que eso le cuesta y finalmente no lo logra.

-¿Mejor hacemos otra cosa? –le pregunto.

Pero ella no contesta.

domingo, 20 de septiembre de 2026

El vapor que sale del arroz blanco.


*

Te acercas a la olla
para sentir el vapor que sale
del arroz blanco.

Solo un momento te acercas
y está bien.

Con eso basta, digamos.

Luego apagas el fuego
y te alejas un poco.

Como si guardases silencio
después de decir una verdad.

O como dios se aleja
luego de soplar la arcilla.


*

Sirves un poco de arroz en un plato.

Arroz blanco en un plato blanco.

Todavía sale vapor del arroz que ahora está en el plato.

Ya no sabes si mirarlo o no.

De cualquier forma, el plato está frente a ti.

Amplio, cuadrado, con el arroz un poco al centro.

Lo miras como si estuviera muriendo, al arroz ese.

Naciendo y muriendo, en realidad.

Lo que te gustaría es comer el vapor que va ascendiendo.

O ascender con él, directamente.

O en realidad quién sabe.


*

Pasan los minutos.

Has comido un poco de ese arroz,
pero lo importante ya ha pasado.

No hay vapor, me refiero.

Sabías que iba a pasar,
simplemente,
y pasó.

Aunque eso, por supuesto,
no consuela.

Ahora, lo que queda del día
y lo que queda del arroz
son prácticamente la misma cosa.

Nada malo en todo caso.

Nada terrible.

Al menos, existió.

sábado, 19 de septiembre de 2026

Un stand up de profetas.


Esa noche fuimos juntos a un stand up de profetas. O así al menos se anunciaba en los carteles.

No es que fuese un show realizado por profetas, aclaraban, sino era un tipo que solo contaba anécdotas y chistes de profetas.

Habían pegado carteles justo frente al bar donde nos juntamos esa vez, y ella fue la que me invitó a ir.

Se recomienda no asistir si usted es creyente, decía en la parte baja del cartel, junto a una carita sonriente.

También salía el valor de las entradas, que terminé pagando yo.

-Gracias por invitarme –dijo ella, mientras pedía unas copas (que también debí pagar).

Poco después subió a un pequeño escenario un también pequeño comediante.

La gente lo recibió entre aplausos, como si fuese muy reconocido.

Yo nunca antes lo había oído nombrar.

Entonces, sin más, el comediante comenzó a contar como se topaba día a día con distintos profetas.

En el ascensor, en el metro, en la oficina donde decía que trabajaba.

Todos los que conocía, se quejaba, eran profetas.

Y todos le decían, cuando se juntaban, lo que a él le iba a pasar.

-El último me dijo que hoy conocería a uno en este show –dijo entonces-. Así que pregunto: ¿hay alguien aquí que sea profeta?

Nadie levantó la mano.

-No importa –agregó-, el profeta me advirtió que esto pasaría, y me anunció que solo después de varios intentos se atrevería a revelarse… Vuelvo a repetir, entonces, ¿está aquí ese profeta?

La situación me parecía incómoda, pues nadie respondía y había una tensión en el ambiente.

Pasaron algunos segundos.

Justo entonces la chica que estaba conmigo levantó la voz.

-¡Aquí! –dijo mientras me apuntaba-. El profeta que buscas me invitó a venir.

-¡No es cierto…! –reclamé.

-¿No eres profeta? –me preguntó el comediante, mientras algunos se volteaban a verme.

-No es cierto que la invité a venir –dije, levantando la voz.

Hubo risas, algo incómodas, y una que otra pifia también.

El comediante comenzó entonces a hacerme preguntas, y yo las respondía, sin pensar.

No recuerdo bien de qué hablamos, pero entre otras cosas bromeó sobre el libro que tenía sobre la mesa, diciendo que era un libro de profecías.

-Es un libro de Cartarescu –lo corregí.

La gente rio, como si Cartarescu fuese gracioso.

Eso me molestó.

Solo detuvo mi enojo un pequeño temblor que se sintió en el local.

Y claro, luego se cortó la luz.

Algunos de los que estaban ahí se levantaron nerviosos, como si todavía estuviese temblando.

Al hacerlo, se cayeron algunas copas y botellas, causando un gran alboroto.

Gritando, la chica que estaba conmigo me tomó de la mano y me tironeaba para escondernos debajo de la mesa.

-No hay terremoto… -le intenté explicar, mientras retiraba mi mano y veía como ella se escondía igualmente.

Por último, esperando que todo se calmara, tomé el libro de Cartarescu y lo abrí al azar, mientras posaba un dedo en una frase.

Cuando vuelva la luz veré lo que dice, me dije.

Y esperé.

viernes, 18 de septiembre de 2026

El hervidor no está malo.


-Te equivocas –dijo F.-, el hervidor no está malo. De hecho, funciona muy bien y el agua que pones en él hierve bastante rápido. Tiene poco uso, es de buen material y sus cables están como nuevos. El único problema del hervidor es que no se detiene cuando el agua ha hervido. No se detiene por sí solo, quiero decir. Así y todo si se pasa un rato luego de hervir el problema no es tan grave. Simplemente se evaporará un poco de agua. Lo que debes evitar es que se evapore toda el agua, nada más, porque ahí sí que se daña el hervidor y supongo que de forma grave. En resumen, basta con que le dediques un poco de atención cuando le coloques agua y luego, cuando hierva, te acerques nuevamente y lo detengas tú mismo. Por otro lado, si quieres mayor seguridad, colócale un poco más de agua, por si te distraes y se evapora un poco. Un poco más de las que necesitas, quiero decir. Si lo haces así funcionará bien. Y alargarás su vida útil.

-¿Vida útil? –dijo S. en voz alta.

-Sí, ya sabes… –intentó explicar F.-, es el periodo en que algo sirve para…

-Sé lo que es –interrumpió S.

-¿Y entonces?

-No me gusta –dijo S., cortante.

Luego de esto desenchufó el hervidor, enrolló el cable y lo metió en una bolsa.

-Si quieres puedes llevártelo –dijo S.

F. no contestó.

Todavía no lo hace.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Murales.


I.

Sobre el muro pintas para hacer murales.

Ese es el hecho concreto.

Luego, si quieres, podemos sentarnos a discutir si ha dejado o no de existir el muro.

Hablarás de soporte, por supuesto, y yo diré que eso es simplemente material.

Igual como deja de haber voz cuando hay palabras.

Tú sonreirás, entonces, para no ofenderte y para fingir comprensión.

Eso es triste.

Es lo mismo que hace el mural, si lo piensas.


II.

Vuelves al tema una y otra vez, y yo te lo permito.

Te lo permito con afecto, pues solo ocurre que no sabes.

Dejo que hables:

Si derribo el muro derribo el mural, me dices, con seguridad fingida.

Luego hablas del origen de la palabra alma.

No del anima latina sino de alma como adjetivo.

Largo rato hablas de aquello.

Finalmente, yo te contesto que no lo derribas.

O te corrijo, más bien.

Finges no saber de qué te hablo.


III.

No vas a comprender, así que no sigamos, te digo.

Lo que ocurre es que eres incapaz de dudar del hecho concreto.

Antes, tal vez, habría fingido un poco, para no obligarte a salir de ti mismo.

Ahora, desde fuera, sigues buscando el muro, para apoyarte.

No el mural.

Como un ciego.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Un joven trabaja en una funeraria.


*
Un joven trabaja en una funeraria. No tiene un puesto de importancia, pero ayuda en varias cosas. No es el encargado oficial de nada, aunque sin duda es un trabajador útil. Sobre todo porque no les teme a los muertos. Ni temor ni rechazo, dice él, cuando alguien le pregunta. Antes trabajó vendiendo plantas, para pagarse los estudios. Luego, siguió trabajando, pero dejó de estudiar. En su actual trabajo a veces colabora en el aseo de los cuerpos. También le ha tocado vestirlos, maquillarlos y acomodarlos en el ataúd. Solo una vez le ocurrió un percance.

*
El percance le ocurrió mientras vestía un muerto. Estaba solo, escuchando música mientras le acomodaba el cuello de la camisa. Usaba audífonos inalámbricos para escuchar música. Entonces vio desde lejos que venía su jefe y se sacó los audífonos y sin saber por qué se los puso en las orejas al muerto. Sin pensarlo lo hizo, como si los dejase ahí por un momento. Si hubiese estado masticando tal vez se lo hubiera metido en la boca. Entonces el jefe lo reprendió por una falla en otro trabajo y le dijo que fuese de inmediato a corregirla. Él se fue y la corrigió. Alguien más terminó de vestir al muerto y luego se lo llevaron. Con los audífonos, claro.

*
Él intentó recuperar los audífonos, pero ya era tarde. Podía ir hasta el lugar donde se realizaría el funeral, pero en parte el ataúd ya estaba sellado. Con un vidrio, claro, para que los parientes vieran al muerto, pero no iba a andar abriéndolo para recuperar los audífonos. Además, el problema no era recuperarlos sino tener que explicar la situación si alguien los veía. Nadie los vio, sin embargo. O nadie reclamó, al menos. Desde entonces, han pasado un par de años, sin ninguna novedad. De hecho, ese es el último percance que le ocurrió, según cuenta. Tuve más anécdotas cuando vendía plantas, dice, pero nadie me pregunta de aquello. Yo, ciertamente, tampoco lo hago.

martes, 15 de septiembre de 2026

¿Alcanzaste a conocer los buzones?


-¿Alcanzaste a conocer los buzones?

-¿Buzones?

-Sí, buzones, ya sabes… en las calles de la ciudad.

-¿Buzones como buses grandes?

-No, hueón… yo digo esas cosas como para dejar cartas, de metal, en algunas esquinas…

-Ah, esos… pues no recuerdo haber visto realmente, pero sé lo que son.

-Pues yo viví muchos años en un departamento cuya ventana daba justo frente a uno… Aunque ya ni se usaban en ese tiempo…

-¿Y entonces?

-¿Entonces qué?

-Si no se usaban ¿por qué había un buzón frente a tu ventana?

-Porque antes se había usado po, hueón… y se fue quedando ahí.

-¿Se fue quedando ahí?

-Claro, o sea, no lo sacaron y se fue quedando ahí. Y entonces comenzaron a usarlo de otra forma.

-¿Cómo…?

-De otra forma po, hueón… O sea, todavía tenía una ranura por donde se metían los sobres, pero estaba media rota esa parte… y había personas que se dejaban cosas.

-¿Qué cosas?

-Cosas, po hueón… Cosas medias turbias… Supongo que drogas, dinero sucio… Incluso una vez vi que alguien sacaba una pistola.

-¿Y nadie decía nada?

-No, porque lo hacían de madrugada, cuando no había nadie. Yo me quedaba leyendo frente a la ventana así que los veía. Pasaron meses así, hasta que un día ocurrió una desgracia…

-¿Te descubrieron viéndolos?

-No, nada que ver… Lo que pasó es que uno de ellos metió el brazo muy adentro y se le atascó… estuvo varios minutos así hasta que de pronto llegó la policía…

-¿Los llamaste tú?

-No, hueón… yo no soy personaje… yo solo vi la hueá…

-¿Y qué pasó?

-Pasó que el tipo se puso más nervioso y la policía se acercó a él y lo apuntaron con un arma. Luego le pegaron varias veces hasta que logró sacar el brazo, medio torcido.

-¿Por qué le pegaron?

-No sé po, hueón… supongo que se dieron cuenta que estaba en algo malo. Además vi que sacaron un par de paquetes y se llevaron al tipo…

-¿No pasó nada más?

-Sí, al otro día vinieron unos tipos de la municipalidad y sacaron unas sierras eléctricas y cortaron el buzón y lo abrieron en varios pedazos. Al parecer no encontraron nada de valor y dejaron los pedazos del buzón ahí, en la vereda.

-¿Ahí terminó la historia?

-Sí, más o menos… o sea, yo pasé por el lado y vi los pedazos de buzón, y noté que en el fondo del buzón había restos de cartas antiguas, que probablemente nunca se enviaron.

-¿Recogiste esas cartas?

-No, hueón, para qué… Además estaban viejas y se veían medias ilegibles…

-¿Y si había alguna para ti?

-¿Cómo mierda iba a haber una para mí?

-¿Y por qué no? Tú eras de esa época… ¿acaso nunca quedaste esperando alguna carta?

-De verdad eres hueón… ¿por qué nunca dejas terminar bien una historia?

-Claro que dejo… lo que pasa es que a ti no te gusta ser parte de ellas. O sea, estás en ellas, pero siempre quieres creer que estás fuera.

-No es cierto…

-Claro que sí… yo creo que por eso no te llegan cartas. O no las recibes, más bien.

-¿De qué estás hablando…? Si ya ni siquiera hay cartas.

-Eso no importa… Tú sabes de qué hablo.

lunes, 14 de septiembre de 2026

No quiere el pobre los sueños del rey.


No quiere el pobre los sueños del rey.

O no sabe lo que quiere
o desea tal vez otra cosa.

El rey en cambio
desea retenerlos de una forma u otra.

Un hombre está sentado a su lado
y algunas veces los pinta.

Otro hombre, más allá,
intenta transformarlos en música.

Hace un tiempo hubo un tercero,
pero el rey dejó de creer en las palabras.

No sirven para los sueños,
le dijo, antes de echarlo.

Por seguridad debían matarlo,
pero el hombre huyó
únicamente con la lengua rota.

Un sacerdote que vino a ver al rey
le dijo que sus sueños
eran también los sueños de los dioses.

El rey no entendió aquello
pero igualmente agradeció
y regaló piezas de cobre al sacerdote.

Días después culparon a un pobre
de la muerte del sacerdote.

Nadie vio el crimen, pero el pobre tenía
dos pequeñas piezas de cobre.

Lo llevaron entonces ante el rey
que justo esa noche había soñado con vino.

Le expusieron los cargos
y el rey invitó al pobre a hablar en su defensa.

Este nada dijo, sin embargo,
pues no quería defenderse o tenía la lengua rota.

Que cargue con la culpa, dijo el rey,
así como cargo yo, con mis propios sueños.

Así sea, dijeron todos, con la comprensión vacía.

domingo, 13 de septiembre de 2026

Revistas de arquitectura.


M. pasa horas cada día viendo revistas de arquitectura.

Tiene muebles enteros llenos de ellas, pues las colecciona desde niño.

Desde entonces, gasta prácticamente todo el dinero disponible con ese fin.

Está suscrito a seis de ellas en el extranjero y encarga de vez en cuando publicaciones antiguas, en una tienda especializada.

Trabajó más de veinte años en un banco, quince en una notaría y hoy es conserje en un edificio de departamentos en la comuna de La Reina.

No tuvo hijos ni mascotas.

Nunca quiso tenerlos.

Eso le costó el matrimonio, por cierto.

Estuvo casado ocho años con una mujer que conoció durante el tiempo que trabajó en el banco.

Ella quería proyectarse, construir algo sólido, le decía, para lo que no bastaban ellos dos.

De cualquier modo, se separaron en buenos términos.

Todavía se saludan para el aniversario de bodas y de vez en cuando para navidad.

Respecto a la obsesión de él con las revistas de arquitectura, esta parece no haber influido mayormente en la relación.

Ella nunca se lo cuestionó, al menos.

Lo dejaba tomarse su tiempo viendo revistas, aunque pocas veces cruzaron palabras al respecto.

No parece una obsesión sana, pero él se defiende diciendo que es la única que tiene, al menos.

Yo lo conocí en la época en que trabajó de conserje y lo veía observar sus revistas.

Respecto a sus opiniones sobre ellas, nadie las conoce.

Nunca ha construido nada y ha comentado en un par de ocasiones que no le hubiese gustado ser arquitecto.

También tiene un par de cajas grandes donde guarda postales en que aparecen construcciones.

Son cajas grandes, de cartón, hechas justamente para almacenar cosas.

Habitables, tiene escrito en una de ellas.

No habitables, está escrito con plumón azul, en la otra.

No sé a ustedes, pero a mí me parece una buena clasificación.

De hecho, si hay mejores, a mí al menos no se me ocurren.

Esa es su historia, más o menos.

sábado, 12 de septiembre de 2026

Geografía microscópica dinámica.


Sueño que estoy en una especie de conferencia, como espectador, y hay un tipo exponiendo hablando de algo que se denomina “Geografía microscópica dinámica”.

El tipo parece una especie de doctor, pero a un costado suyo hay también otro expositor que se ve un poco más serio, como un físico de antaño.

Ambos exponen largamente y luego dialogan un rato.

Por último, la audiencia comienza a hacer preguntas.

Una mujer acerca un micrófono inalámbrico cada vez que alguien quiere preguntar.

Observó al menos a cinco o seis personas que han realizado sus consultas.

Las escucho a ellas y escucho también las respuestas de los expositores, pero lo cierto es que poco comprendo.

A pesar que yo no lo he solicitado veo de pronto que viene hacía mí y me extiende el micrófono.

¿Por qué?, le pregunto a la mujer.

¿Por qué, qué…?, me pregunta a su vez.

Entonces observo lo que ella mira y noto que uno de mis brazos está levantado.

Olvídelo, le digo, recibiendo el micrófono.

No sé bien qué hacer con él, así que lo mantengo frente a mí, mientras cuento hasta diez.

Luego, sorpresivamente, me escucho preguntarle algo a los expertos.

Algo que he olvidado, ciertamente, al despertar.

Ante mi pregunta, responde primero el que me parecía un físico y luego el que me pareció un doctor.

Mi cabeza se mueve, como si comprendiera, pero yo sé que no es cierto.

Es entonces cuando despierto, al parecer.

O sea, no sé si ocurrió así, pero nada más recuerdo de ese sueño.

Por la mañana, busco información sobre la geografía microscópica dinámica y descubro que es algo que existe realmente.

Igual eso no quiere decir nada, me digo, dejando a un lado la información.

Yo quería decirles otra cosa.

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