martes, 14 de abril de 2026

Imágenes de un monje.


En un documental muestran a un monje manco que vive a gran altura, en el Himalaya. Lo filman desde lejos incluso, porque al parecer no tiene contacto directo con nadie, ni siquiera por carta o gestos a distancia. Hablan un poco de él, de su importancia y de cómo es el único que vive en las ruinas de un templo abandonado y semiderruido, desde hace casi dos décadas. El documental no es, por cierto, sobre ese monje, pero durante seis o siete minutos han hablado de él y han mostrado imágenes tomadas con un dron inclusive, que ha sobrevolado el lugar donde vive…

-Ese monje es falso –dice alguien que está junto a mí viendo el documental-. Ponle pausa.

Yo tomo el control remoto y eso hago.

-Mira, fíjate… -dice apuntando a la cabeza del monje, que se ve en pantalla-. Todo es mentira… Ese monje no puede afeitarse la cabeza por sí solo.

Yo lo observo.

-¿Qué ves? –me pregunta

-Un monje –digo yo. Luego intento ser más preciso-. Un monje que además de manco, tiene la cabeza rapada a la perfección.

-¿Algo más? -insiste

-Probablemente una mentira –digo, para agradar-. Algo que no es confiable, es lo que veo.

-Exacto –me dice.

Volvemos entonces a mirar las imágenes del monje.

Luego las imágenes se acaban.

No sabemos, ahora, qué mirar.

lunes, 13 de abril de 2026

Después que me ducho me lleno de hormigas.


“Pero ahora resulta que no,
que mi atención no está en lo que tengo
delante de mis ojos”
N. R. B.

I.

Después que me ducho me lleno de hormigas.

O sea, no sé si me lleno después, pero al menos es entonces cuando me percato.

No son muchas, pero las siento por mi cuerpo.

Y claro, no es solo una sensación, pues luego las descubro.

Algunas por los brazos, otra en un pie, alguna por el cuello o trepando por una de las piernas.

Intento explicármelo, pero solo consigo hipótesis absurdas.

Tal vez se esconden en mis poros, me digo, y con el calor del agua esos poros se dilatan, y es entonces cuando ellas salen a la superficie.

Y es extraño, pero cuando lo pienso de esa forma, entiendo que yo soy la superficie.

O que lo es mi piel, al menos.

En este sentido, no sería tan aventurado asumir que soy una especie de hormiguero.

Pero claro… ¿hay alguien que sepa lo que es?


II.

Resulta que no.

Casi todas las preguntas debiesen responderse con un no.

Y es que lo que se afirma, o se entiende por verdadero, no debiese siquiera ser preguntado.

Tus ojos lo ven, de hecho, ahí delante.

No estás atento, probablemente, pero lo ves.

Igual que a las hormigas por la piel, luego que terminas de ducharte.

Y así, de pronto, ya no sabes.

Si hacia fuera o hacia dentro miran los ojos, o la piel.

Una vez, solamente, dijiste la verdad y no supiste qué decías ni a quién.

Y es extraño…

Mi atención no está en lo que tengo, delante de mis ojos.

Además, si te fijas, creo que ya sabes dónde está.

domingo, 12 de abril de 2026

Bengalas.



Su panorama en ese tiempo era bien sencillo. Se trataba de salir en las noches, alejarse de todos y tirar bengalas. No fuegos artificiales, como los narcos de ahora, sino bengalas de esas que tienen los barcos. De salvataje, creo que las llaman. Él dice que tenía cientos de ellas que se había robado de una bodega, en el puerto. Miles, tal vez. Y que durante dos o tres noches cada semana llevaba alguna a un sector alto, desde el cual hubiese más probabilidad que alguien la viese.

-¿Y qué hacías entonces? –le pregunto.

-Nada en especial –me contesta-. Simplemente encendía la bengala y la elevaba al cielo, como decían las instrucciones. Luego me quedaba ahí un buen rato…

Como no entiendo para qué se quedaba, se lo pregunto, y él me cuenta que en principio pensó que llegaría alguien, aunque con el paso del tiempo comprendió que no.

-Como se supone que era señales de auxilio –me dice-, yo esperaba que alguien viniese… Pero lo cierto es que las tiré como por tres o cuatro años y nunca vino nadie.

-¿Me lo cuentas para dar una lección? –le pregunto.

-Para nada –me dice, riendo-. Aunque si quieres tómalo así y si encuentras esa lección dime luego qué enseña…

-De acuerdo –digo yo.

Luego caminamos un rato más hasta que yo decido volver a casa.

-¿No le quedaron bengalas? –le pregunto, mientras me despido.

Él me mira, como si dudase en responder.

-Lo cierto es que guardé una –me dijo-. Pero fuese hace tantos años que hasta dudo si encienda.

Yo asiento, sin más.

No volvimos a hablar del tema.

sábado, 11 de abril de 2026

Una foto con un cocodrilo.



-También había otras actividades extrañas –me dijo-. Por ejemplo, en el último parque al que fuimos, te cobraban treinta dólares por sacarte una foto metiendo la cabeza en las fauces de un cocodrilo…

-¿Cómo…?

-Tal como suena. Como la foto con los delfines, pero esta era más extrema. Un cocodrilo abría el hocico, tú metías la cabeza dentro y te sacaban una foto… Igual tenían unos hombres cerca, por para dirigir al cocodrilo y por si había alguna emergencia, pero al momento de la foto eras solo tú y el cocodrilo, nada más…

-¿Y te tomaste esa foto? –pregunté.

-Sí… -me dijo-. O sea, dudé un poco y salgo con cara de asustado así que probablemente perdí el dinero… Pero sí, me la saqué… y hasta tuve que firmar una nota asumiendo riesgos, antes de meter la cabeza en el cocodrilo.

-Pero ¿era un cocodrilo real, sano…?

-Supongo que sí… yo lo veía así, al menos, y cuando tuve la cabeza en sus fauces podía oler lo que había comido… aunque intenté no hacerlo, claro, porque daba asco...

-¿Y aprovechaste de mirar dentro del cocodrilo?

-¿Dentro del cocodrilo?

-Claro, hacia su interior, para ver si se veía algo, o si era de verdad…

-¿Y qué vas a ver dentro del cocodrilo…?

-Pues no sé –dije-, tal vez… el interior de un cocodrilo…

-¿El interior de un cocodrilo?

-Sí.

-¿Y qué significa eso?

-Pues eso, simplemente… el interior… el interior de un hombre, el interior de las cosas, el interior de un cocodrilo… ya sabes…

-¿Y a quién puede interesarle el interior?

Lo pensé un poco antes de responder.

-Es cierto –le dije, aceptando mi derrota-. Supongo que no le interesa a nadie.

viernes, 10 de abril de 2026

Cuando se corta una cuerda.


Piensa en la guitarra. No en ella como objeto, en todo caso, sino en cómo de pronto se le cortan las cuerdas. Sin previo aviso, me refiero. Simplemente un corte y ya está. Un chasquido fuerte y de un momento a otro no parece lo que fue. Y no es solo cuestión de apariencia o algo superficial, sino que ya es imposible con ella producir alguna armonía. En eso se convierte entonces… dos extremos de algo, distantes, irreparables… colgando desde dos extremos lejanos. Y claro, ni siquiera juntando esos extremos parece que alguna vez hubiese sido solo una. Y no es que añores, en principio, es que el chasquido y el corte también a veces produce daño. La misma cuerda al cortarse te golpea y te miras la piel donde golpeó para identificar el rostro del daño. Y sí, hay una marca, pero el dolor en realidad lo sientes en otro sitio. Uno al que no quieres acercarse pues te rememora otra angustia. Otra pérdida que también golpeó en otro momento. Y ahora es peor, pero no dices. Te callas porque es algo natural. Porque ahora eres grande y sabes que el dolor es algo natural y la pérdida y los alejamientos y además el derecho del otro. A equivocarse. A intentar. A amar como le salga. Se corta una cuerda. Se muere un padre. Se va un hijo. Y cada dolor encaja en principio en la huella del otro. Alguien debiese comprenderlo y observarte. Y observar también los dos extremos. Recordarlos juntos, en la memoria, para que no desaparezcan. Esa cuerda. Esa música. Eso que se construye junto a otro y que de pronto se abandona para construir algo más. Que valga la pena, te dices. Y le dices a él, mirándolo en la cuna que no está. Aferrándote a él, en los recuerdos, para poder soltarlo. En la huella que dejamos sobre el pasto cuando corríamos antaño. Mientras crecías. Mientras me regalabas ese tiempo y yo a ti.

jueves, 9 de abril de 2026

Leyó varias veces Prometeo, de pequeña.



I.

Leyó varias veces Prometeo, de pequeña.

Prometeo encadenado, me refiero, la obra clásica.

Según ella, le gustaba la sensación de rememorar con palabras, la situación del titán encadenado.

Además, les gustaban los diálogos que trascendían el presente de la acción.

Ya sea hacia el pasado o en proyecciones futuras.

También, le apasionaba leer las descripciones del castigo.

Solo para imaginarlas, en principio, aunque con el tiempo también las dibujó.

Dos cuadernos con bocetos, llegó a completar, sin quedar conforme.

Pensó incluso, me contó una vez, de arrojarlos al fuego.


II.

Ella me habla del porqué del fuego.

No la entiendo en principio y hasta pienso que pregunta, pero al final comprendo que está dando una propuesta.

No se trata de Prometeo ni de su historia, ni sobre algunos versos del coro de ninfas, me aclara.

Se trata del porqué del fuego, afirma.

Y yo, desde entonces, espero que diga algo más, pero no lo hace.


III.

Dejó de leer Prometeo encadenado cuando dejó de ser pequeña, según entiendo.

De igual modo, si se esfuerza, puede recordarlo casi por completo.

Una vez, por ejemplo, recitó de memoria el diálogo de Prometeo con Hermes, cuando este último lo visita por órdenes de Zeus.

Lo hizo con tanta vehemencia que terminó provocando una pelea entre los que la escucharon hablar.

Yo mismo, de hecho, me vi involucrado.

Así, como el asunto no fue agradable y trajo consecuencias, terminé alejándome de Esquilo.

Espero, sinceramente, que no me perjudique de otra forma.

miércoles, 8 de abril de 2026

Amplificar capacidades.


I.

-A veces –me dijo-, me concentro que tanto que puedo amplificar mis capacidades.

-¿Amplificar tus capacidades?

-Sí, potenciarlas, agrandarlas, incrementarlas…

-Sé lo que significa amplificar.

-¿Y entonces…? ¿Cuál es la duda?

-¿De qué capacidades estás hablando…?

-De cualquiera, pero si quieres piensa en las básicas.

-¿Las básicas? ¿Y cuáles serían esas?

-No sé… las que tenemos todos, o la mayoría al menos, de forma innata.

-¿Como por ejemplo…?

-Como por ejemplo… no sé… observar.

-¿Observar?

-Sí, mirar, contemplar, examinar…

-Sé lo que significa observar.

-Bueno, pues eso entonces… si me concentro puedo amplificar y fortalecer la observación común.

-Demuéstralo –dije.


II.

Él accedió a demostrarlo, pero me pidió en cambio que guardase silencio.

Luego lo vi concentrarse fijando la vista en un punto único, del lugar.

-¿Puedes verlos? –dijo entonces, apuntando una región en la superficie de la mesa.

Yo miré donde indicaba, pero no veía nada.

-¿Qué son? –le pregunte.

-Microbios –me dijo.

Yo seguía sin verlos.

-Esos microbios son ahora tan grandes que habría que llamarlos de otra forma –agregó-. Si te concentras, de seguro puedes verlos.


III.

Probablemente le creí.

Lo digo porque recuerdo haber intentado un largo rato concentrarme para descubrir a esos microbios.

No lo logré, por supuesto.

De igual forma, para probar la respuesta de aquel tipo, le dije que había encontrado algunos y me inventé una descripción detallada.

-Mientes –dijo, luego de concentrarse en mis palabras-. Y lo haces desde antes de describir esos microbios.

-¿A qué te refieres con antes? -le pregunté.

-A que lo haces desde un momento anterior, previo, precedente…

-Sé lo que significa antes –interrumpí.

-No –me dijo-. A veces no sabes. Y ahí está el problema.

martes, 7 de abril de 2026

Buscando cómo decirlo.



Estuve buscando largamente cómo decirlo y al final lo encontré.

No en un lugar escondido o de difícil acceso, sino en la superficie de algo que moví incansablemente de un lado a otro, mientras buscaba.

Y claro, una vez encontrado, esto fue lo que dije:

“En mi cabeza existe algo similar a los cuatro estómagos de una vaca”.

Tras decirlo, guardé silencio un rato, mientras el eco de lo dicho se transformaba en pensamiento.

No es una gran máxima, pensé.

Tampoco se explica por sí sola, pero a mí me sirve, al menos.

Sí… me sirve para entender el proceso, dije.

Por ejemplo, me sirve para saber qué ocurre luego de rumiar las palabras antes que ingresen a la cabeza, más deshechas.

Todo eso me dije, digamos, como explicación del proceso previo antes de llegar a los cuatro estómagos que había en mi cabeza.

Y es que una vez ahí, debo reconocer que no puedo evitar utilizarlos.

Entonces, ocurre simplemente que las ideas van de un estómago a otro.

No grandes ideas, necesariamente y tampoco a gran velocidad.

Pero al menos soy lo suficientemente consciente para percibir su traslado y cada uno de sus pequeños cambios.

Es como presenciar un malabarismo lento, observé.

O un espectáculo sin gracia alguna, más que la misma deglución.

Hecha mi observación, por cierto, me tendí un rato.

Tenía una leve sensación de falta de precisión.

Para evitarla, cerré los ojos e intenté percibir ahora un pensamiento nuevo.

Un trozo de hierba desligado de otra, digamos.

O algo así.

lunes, 6 de abril de 2026

El peor golfista del mundo.



Al principio me pareció chistoso, o parte de una broma.

Luego, sin embargo, debo admitir que lo admiré sin reparos.

Se trataba del peor golfista del mundo, según lo documentaba incluso los records Guinness.

Era el peor golfista del mundo y estaba ahí, bebiendo con nosotros e intentando mantener una conversación fluida en un español que él estaba aprendiendo desde hacía años, aunque sin alcanzar –todavía-, un éxito destacado.

A partir de lo que dijo comprendí que su última –y única- participación en un torneo oficial, había sido fruto de una invitación que tuvo hacía cuatro años, en un torneo de la LIV Golf League, en Arabia Saudita, justamente luego de haber salido en tv por tener el récord Guinness.

Lo habían invitado como un personaje freak, me explicó un amigo que era parte del grupo, como una especie de maniobra publicitaria que les terminó ocasionando problemas.

-No podía avanzar torneo porque tenían que esperar –nos dijo el peor golfista del mundo-. Reglas de problemas. Torneo en espera dos días para que yo completase un juego. Al final echó de mal forma y abogado de mí demandó y ganamos veinte.

-¿Veinte qué? –pregunté.

-Veinte millones –nos dijo-. De dólares. Treintaiséis real, pero impuestos. Y abogado.

Y claro, fue entonces que percibí que los otros empezaron a admirarlo y a pedir tragos más caros, directamente, bromeando sobre que él debía pagar la cuenta.

Él se veía alegre, pero se notaba que no le interesaba hablar de golf ni de su récord ni de dinero.

A mí por ejemplo, me pidió el libro que llevaba en la mano, para ver de qué trataba. Y lo estuvo hojeando un buen rato.

Era una novela gráfica de Daniel Clowes, según recuerdo.

Mientras la veía, yo lo observaba y pensaba que ser el peor golfista del mundo era de cierta forma un reconocimiento a la constancia. Y que la posible vergüenza de ser el peor en ese ámbito se compensa con ser el más tenaz y persistente en su trabajo.

Su récord documentado, por cierto, era de 49.094 golpes en 118 días para completar los dieciocho hoyos de un circuito de golf en Canadá. Un promedio de más de 416 golpes por cada hoyo logrado.

-Yo ya leer esto –me dijo de pronto devolviéndome el libro-. Antes de ser yo, yo antes leer esto.

-Entiendo –le dije.

Me lo devolvió con cuidado y luego habló un poco más con los otros, antes de irse.

Antes de hacerlo, pagó su consumo, pero no el de nosotros.

Afortunadamente, yo solo había pedido dos cervezas.

domingo, 5 de abril de 2026

En esa zona el cielo está nublado siempre.



En esa zona el cielo está nublado siempre.

No exagero.

Viví ahí cerca de tres años y no recuerdo más de dos o tres veces que en la noche pude ver estrellas y de día se vio el sol.

No es que no llegase luz, por supuesto, pero llegaba siempre a través de las nubes, ya filtrada.

Puede no ser algo grave, es cierto, pero como yo venía de otro sitio, eso me pareció poco natural.

Así, inquieto, poco a poco descubrí que aquello me incomodaba.

Y hasta me angustiaba, por momentos.

Una vez se lo conté a unos lugareños, con quienes tenía más confianza.

Era una familia pequeña, liderada por una abuela muy mayor, que siempre estaba tomando mate.

Esa vez, la abuela pidió que me sirvieran uno y luego, apuntando tras una ventana, dijo que más allá de unos cerros, podía verse un faro.

No dijo nada más, pero yo entendí que me recomendaba ir y observarlo.

Eso hice, a la siguiente noche.

Estaba a dos horas de camino y el recorrido no era fácil.

Cuando llegué, sin embargo, me pareció que todo había valido la pena.

El faro brillaba en la distancia y si bien no era un astro natural, me pareció un buen sucedáneo.

Algo se calmó en mí cuando lo vi.

Y me ayudó a situarme, de cierta forma, como si fuese un barco.

Fui a ese lugar varias noches, desde entonces.

A veces, cuando la lluvia y el frío lo permitían, llevé mi carpa y mi saco de dormir y me quedé ahí durante un par de días.

Fue un buen periodo, después de todo, ahora que lo pienso.

Cuando me fui de aquella zona, por cierto, la abuela seguía viva y el faro seguía funcionando.

Quiero pensar, que esas luces todavía, siguen ahí.

sábado, 4 de abril de 2026

El lago del monstruo.



Lo que pasa es que no abandonas tus ideas y después te quejas y no entiendes. Yo no te hablo del monstruo del lago. O del supuesto monstruo del lago, más bien. De ese monstruo y de esas cosas hablan todos, menos yo. Lo buscan, lo sueñan, lo imaginan y algunos hasta creen que lo graban y fotografían. Pura mierda, al final. Pero entiende: de eso yo no hablo. Lo que yo te digo que imagines es el lago del monstruo. No rechaces la idea, solo recíbela, por mientras. El lago del monstruo, repite, sin pensar. De paso, elimina toda racionalización que busque acomodar esta idea. Y es que no se trata de un lago que pertenezca a ese monstruo. No un lago ajeno a él, quiero decir. No un lago geográfico, situado en el mundo que habitamos... Yo te hablo de un lago que es parte del monstruo mismo. No sé si como un órgano del cuerpo o como algo espiritual, eso ya puedes decidirlo tú. A mí me interesa que lo aceptes, primero. Que sepas que existe. No solo el monstruo sino el lago del monstruo. Esa porción de agua que vive también dentro de él y que sirve para recordar que no toda parte del monstruo es el monstruo mismo. Y que hay algo en él que puedes contemplar con tranquilidad. Algo profundo, incluso, que está ahí también para nosotros. Para dejar de temer cuando vemos ese monstruo y queremos lavar nuestras manos y ojos para ver después más claro. Más limpio. El lago del monstruo, acuérdate. Para eso está.

viernes, 3 de abril de 2026

Escondido.


I.

Dicen que viajó a esa zona para esconderse.

Nunca dijeron de qué.

Yo que lo vi varias veces pensaba que era cierto.

Es decir, yo pensaba que se estaba escondiendo.

Un día se lo dije y le pedí confirmación.

¿Confirmación de qué?, me preguntó.

Confirmación de que te estás escondiendo, le contesté.

Él quedó en silencio un buen rato.

Luego me miró a los ojos, como si quisiera intimidarme.

Todos nos estamos escondiendo, me dijo, muy seguro, como si fuese una verdad.

¿Y de qué te estás escondiendo tú?, le pregunté.

Todos nos escondemos de lo mismo, me contestó, mientras se volteaba.

Entonces, aunque sin creerle del todo, comencé a reflexionar sobre qué era aquello a lo que todos le temíamos.

Y claro, no conseguí dar con cosa alguna.


II.

Él vivía en una cabaña que estaba junto a un arroyo.

Ahora permanecía solo, pero hasta hace un par de años vivía con una joven que aparentemente era su hija.

No es que yo pensase que no lo era, pero me limito a repetir lo que expresaban en el lugar.

Lo que más comentaban era que la chica –una adolescente en ese entonces-, no se le parecía en nada.

Tiempo después, cuando no la volvieron a ver y él contó que ella había viajado para estudiar en la ciudad, varios pensaron que incluso podía haberla asesinado.

Por lo mismo, alguno de ellos llamó a la policía, quienes tres o cuatro semanas después, llegaron al lugar.


III.

Los policías encontraron al hombre en los alrededores de la cabaña y le preguntaron entre otras cosas, por qué estaba ahí.

El hombre lo pensó largo rato, pero no se le ocurría qué decir.

Después de todo, estaba ahí únicamente porque no estaba en otro sitio, pensó.

-¿Huye de algo?-, le preguntaron.

-Tal vez –contestó el estudiante-. Pero no es por algo malo que haya hecho.

Uno de los policías intentó anotar el hecho, pero no logró hacerlo.

-Me sigue a mí como seguiría a otro –intentó aclarar el hombre.

-Ya –dijo el policía.

Finalmente, le entregaron una orden para presentarse a declarar.


IV.

La declaración del hombre fue breve pues cuando llegó a hacerla ya habían encontrado a la chica.

No estaba estudiando, como había dicho, pero al menos se encontraba viva y trabajaba en una tienda de vestuario.

Por lo mismo, al hombre solo le hicieron preguntas que ayudasen a verificar sus datos personales.

Luego de esto, el hombre volvió a vivir en su cabaña, cerca del arroyo.

Seis años después, aproximadamente, el arroyo se secó.

Y la historia de ese hombre, casi al mismo tiempo, se detuvo.

jueves, 2 de abril de 2026

Así nacen los monumentos.


Soñó que le hacían un monumento. Él veía la construcción, mientras avanzaba, pero entonces no sabía que se trataba de un monumento en honor a él. En la parte superior de la construcción había una estatua que lo representaba, y abajo, una pequeña escalinata, como si hubiese que subir por ella para pedir algún favor o dar las gracias por algún milagro. Así, solo cuando estuvo terminado y subió una mañana hasta el lugar, notó que la figura de la estatua lo representaba. De cualquier modo, no estuvo seguro hasta que leyó la inscripción y encontró su nombre. Sin leyenda alguna, por cierto, solo su nombre, en una placa de bronce. Así que soy yo, se dijo, mientras observaba la figura. Notó entonces que, desde cierto ángulo, parecía que la escultura también lo miraba. Tal vez mi yo rígido está teniendo mis mismos pensamientos, pensó. De hecho, si es así, puede que ahora piense que yo estoy pensando lo mismo que él, se dijo. Para alejarse de estos bucles, prefirió mirar el entorno. Entonces, descubrió que habían unas piezas valiosas en el lugar. Ciertos adornos que estaban junto a la estatua, en específico. Es más o menos como en El príncipe feliz, se dijo, mientras arrancaba una piedra que parecía un diamante y se dedicaba a observarla. Tras esto, comprendió que a diferencia del Príncipe Feliz, él no sentía necesidad de enviarle nada a nadie. Es decir, podría hacerlo, sin duda, pero sentía que nadie, en el fondo, se las merecía. Así y todo, fue tomando todo lo que encontró de valor en aquel lugar, y lo fue guardando en sus bolsillos. Igual si me pillan, se dijo, les mostraré que el monumento es mío, y que es lógico que piense que puedo disponer de esas cosas. Terminado esto, por cierto, bajó las escalinatas, intentando esconder lo que llevaba. Tal vez por el peso de las cosas, se sentía un tanto más rígido mientras bajaba. Cansado y rígido, para ser exacto. Por esto, tal vez, se vio obligado a descansar un momento. Respiró hondo. Exhaló. Luego se quedó quieto. Así nacen los monumentos, se dijo. No agregó -que yo sepa, al menos-, nada más.

miércoles, 1 de abril de 2026

Perder una bufanda.



I.

Perdí una bufanda una vez.

No importa cómo.

Lo que sí importa es que regresé a buscarla y descubrí que la tenía una puesta una chica.

Se le veía bien y la chica parecía feliz de haberla encontrado.

De hecho, me pareció que le estaba mostrando la bufanda a otra chica que estaba en el lugar.

Por lo mismo, decidí dejársela y dar la bufanda por perdida, simplemente.

Ya no me pertenece, pensé.

Y me fui del lugar.


II.

Esa vez, mientras me alejaba, comencé a pensar que yo nunca encontraba nada.

Me esforcé y revisé en mi memoria, pero no recordé ninguna situación en que hubiese encontrado algo.

Bueno, una vez en realidad, encontré una granada de mano.

Estaba en las cercanías de un refugio abandonado, en un cerro cerca de Iquique.

Cuando comprendí lo que era la arrojé de inmediato lejos de mí.

No recuerdo si explotó.


III.

Me quedé pensando en lo que escribí antes.

Y debo admitir que de seguro recordaría si la granada explotó.

Es decir, si no lo recuerdo, es bastante probable que la granada no haya explotado de modo alguno.

Asimismo, cuando recuerdo lo de mi bufanda, he comenzado a dudar si realmente tenía alguna.

Y es que tampoco recuerdo en lo absoluto haber comprado alguna o que alguien me la haya regalado.

¡Debo haber andado buscando otra cosa…!, me digo entonces.

O buscando qué buscar, al menos.

Eso es siempre –o casi siempre-, lo que ocurre.

martes, 31 de marzo de 2026

Botones.



Le dan pena los botones así que los arranca.

No los de las camisas, me explica, sino los de chaquetas, mayormente, y los de todas aquellas prendas en que ellos no suelen cumplir con su función.

-No entiendo -le digo-. ¿Acaso arrancas los botones que no se abrochan?

Ella asiente.

Parece feliz.

Feliz de que la comprendan, me imagino, aunque en realidad yo no sé si lo hago.

-Me molesta verlos ahí -me explica-. tan cosidos y colgados… Me molesta y hasta puede que me duela un poco. Saberlos presionados contra la tela, me refiero, simplemente porque sí. Una existencia absurda, ¿no crees? Toda una crucifixión de ceros…

Sigue así un rato, explicando su postura, pero lo cierto es que me pierdo un poco en sus ideas.

-Claro -le digo-. Es una labor noble. Los liberas de su inutilidad y todo eso…

Ella cambia la expresión, tras mis palabras.

Ahora me observa fijamente, molesta.

-No es eso para nada -me dice-. Puedo llegar a entender su inutilidad. Lo que me molesta es la violencia con que se les inmoviliza. El hecho de que estén cosidos, quiero decir…

-¿Y entonces los arrancas, simplemente?

-Exacto -confiesa-. Por lo general ando con una navaja para cortar los hilos… Tampoco es que los tire a la fuerza. Claro… No me interesa romper la tela o quebrar el botón.

Yo la escucho en silencio.

-Recuerda que lo hago por pena, no por rabia -agrega.

Yo asiento.

Ella vuelve a parecer feliz.

Feliz de que la comprendan, me imagino, aunque nuevamente yo no sé si lo hago.

Así funciona esto, me digo, mientras observo mis botones.

Así es como funciona y deja de funcionar.

lunes, 30 de marzo de 2026

Arreglar las cosas.



I.

Vi que varios tipos estaban pegándole a alguien así que me acerqué unos pasos.

Le lanzaban cosas, lo pateaban y de vez en cuando alguien le lanzaba también un puño, hacia abajo, cuando el otro se intentaba arrancar.

No iba a dejar mi posición de espectador hasta que me fijé en la figura que recibía los golpes y me pareció un niño.

Entonces, con bastante miedo de por medio me acerqué un poco más y les grité que se alejaran, que lo dejaran en paz.

Incluso recuerdo que tomé a un tipo y lo lancé hacia atrás.

Luego recibí unos golpes y no recuerdo mucho más, hasta que me sentaron y alguien me entregó un paño y una botella de agua, no sé bien para qué.


II.

No resultó ser un niño, al final.

O eso me dijeron, al menos.

Se trataba de un enano pirómano que hacía meses rondaba el lugar.

Se lo entregaron a la policía luego de la golpiza y a mi me dejaron a un lado pues entendieron mi confusión.

-Igual te pegamos un poco porque pensamos que eras cómplice -me dijeron.

Y yo los perdoné, pues entendí la situación.


III.

No me dolió perdonar, pero sí me dolió el cuerpo por varias semanas.

En general solo por contusiones, pero encontraron fisuras en dos costillas y eso se complicó un poco.

Por otro lado, para comprobar la historia me puse a googlear y descubrí que el enano pirómano era reincidente.

Incluso encontré unas declaraciones suyas que realizó en el contexto de un juicio anterior.

Si no hubiese sido enano no habría sido pirómano, dijo en esa ocasión.

El enano, por cierto, se llamaba Abel y en la foto tenía un bigote chistoso y un brazo vendado pues había resultado quemado.

Estaba buscando el modo de arreglar las cosas, dijo también, cuando se le pidió explicar sus motivos.

En total ha quemado dos iglesias (parcialmente), un kiosco en el que se hacían copias de llaves, dos o tres árboles de un parque, un furgón escolar (vacío) y más de diez basureros comunitarios.

Nunca llegué a conocerlo.

domingo, 29 de marzo de 2026

Un mar en que todas las cosas flotan.



Ella sueña con un mar en el que todas las cosas flotan.

Lo describe en detalle, de hecho, cuando nos juntamos a hablar.

No nos juntamos a hablar de eso, por supuesto, pero es de eso de lo que terminamos hablando, a fin de cuentas.

Entonces, ella nombra cada una de las cosas que flotan en el agua, como si las observara flotando en el aire.

Juguetes y ropas de niños.

Artículos de librería.

Objetos plásticos de colores.

Y hasta un libro de canciones de Boris Vian.

Extrañamente, tras escucharla me doy cuenta de que no es lo que flota, necesariamente, lo que llama su atención.

Y es que, en el fondo, lo que llama su atención es toda el agua que hay debajo de las cosas que flotan.

O eso es lo que creo, al menos.

No se trata de que el agua tenga mucha sal ni de otra explicación racional, me dice.

Es un mar en calma, simplemente, con un oleaje mínimo y sin mareas.

Donde las cosas flotan y nada es capaz de sumergirse en él.

O nada que alguien arroje desde fuera, al menos.

Hace una pausa.

O termina de hablar, no lo sé.

Lo cierto es que eso dice y yo la escucho.

Mientras, imagino un poco ese mar del que ella habla –o eso intento al menos-, pero al final me quedo solo con sus palabras.

Flotando en mí, de cierta forma, como en ese mar con que ella sueña.

En mi superficie, digamos.

Sin acceso –ellas ni yo-, a mi propia profundidad.

¿Qué piensas? Me pregunta ella, al verme distraído.

Nada, le digo. Nada concreto.

Y sé entonces, aunque no lo parezca, que digo la verdad.

sábado, 28 de marzo de 2026

Existe y está ahí.



-¿Leíste el libro de Laurie Colwin?

-¿De quién?

-De Laurie Colwin. Uno que se llama “Tantos días felices”.

-Hmm… creo que no… O no lo recuerdo, al menos.

-Pues en ese libro se menciona brevemente a un personaje… Apenas aparece en una plana, creo… Se trata de un tipo que va a trabajar de secretario, como reemplazo para uno de los protagonistas… No es que este personaje sea oficialmente un secretario, sino que va a desempeñar esa labor simplemente. De hecho, comenta que no sabe anotar al dictado, pero comenta que su gracia es escribir rápido… Y que al hacerlo tiene cierto estilo.

-¿Un estilo? ¿Cómo de tipo de letra…?

-No. De hecho, escribe a máquina. El punto es que, cuando lo hace, se salta una letra. Como si la tecla estuviese mala. Simplemente no la teclea y se salta el espacio. Luego, completa esa letra a mano… con lo que personaliza y vuelve especial su trabajo… Creo que en su caso era la “w”…

-¿Y…?

-Lo que pasa es que descubrí que ese personaje existe. O sea, conocí a un tipo que trabaja de secretario de reemplazo en el trabajo de uno de mis primos… Hace todo igual que ese personaje, solo que en su caso se salta la “j”, y luego la completa a mano. Mira…

-¿Qué es esto?

-Una de las hojas que escribió. Si te fijas se saltó las j y dejó los espacios… Luego las completó con un lápiz de tinta…

-¿Y está escrita a máquina?

-Sí, es que mi primo trabaja en una especie de notaría donde realizan copias de esa forma… No sé bien por qué, pero así lo hacen.

-¿Y entonces?

-Entonces nada… soplo te digo que el personaje de ese libro existe y trabaja en las oficinas donde también lo hace mi primo. Es decir: existe y está ahí…

-¿Crees que significa algo o solo me lo cuentas porque te sorprendió?

-Sinceramente no lo sé… Tal vez por eso te lo cuento… Pero de cierta forma siento que ese tipo es como la letra a mano que aparece en esas hojas… solo que él aparece entre nosotros como para demostrar que hay alguien real escribiendo esto…

-¿Alguien real…? ¿Y nosotros que seríamos? ¿Los escritos a máquina…?

-No sé bien, es solo una sensación, supongo… pero quería contártelo.

-…

-…

-¿Puedo quedarme con la hoja que escribió el tipo?

-Sí, puedes… igual no dice nada importante, creo… La traje solo para mostrarte lo de las “j”…

-Está bien… solo quiero mirarlas a solas, un rato…

viernes, 27 de marzo de 2026

Ahí.



Entramos a un edificio antiguo, abandonado, en el que por décadas había funcionado un museo.

En él, se habían expuesto pinturas principalmente del siglo XVIII hasta el principio del XX, pero ahora se encontraba totalmente vacío.

El edifico tenía algunos daños estructurales, ciertamente, pero su interior no estaba tan destruido como podría pensarse al verlo desde fuera.

Pensábamos hacer un recorrido breve y tomar algunas fotos, pero finalmente nos quedamos ahí por casi siete días.

Por las mañanas, la luz del sol entraba por las ventanas rotas, en lo alto, y el lugar se iluminaba completamente.

Como yo me despertaba antes, cada mañana me ponía a recorrer el lugar, mirando las paredes donde habían estado colgados los distintos cuadros.

En las paredes, por cierto, habían quedados las marcas de los lugares donde habían estado los cuadros, por lo que uno podía quedarse largo tiempo observándolos, como si del cuadro real se tratase.

-¿Para qué haces eso? –me preguntó ella una vez que me descubrió mirando la marca del cuadro en la pared vacía.

Yo pensé en qué decirle, pero finalmente solo levanté los hombros.

Luego seguí el recorrido.

Noté que a veces, a un costado de las marcas de los cuadros, quedaba un recuadro en el que se indicaba el cuadro que había estado expuesto.

-Aquí había uno de Berthe Morisot –le dije, indicándole el lugar.

La luz del sol llegaba casi exactamente al recuadro en el que debía haber estado esa pintura.

-Parece que era un cuadro pequeño –dijo ella, acercándose a mirar.

Yo asentí.

Sin hablar, nos quedamos frente a esa marca, hasta que la luz del sol se desplazó un poco.

-¿Sabes que hay que decidir unas cuántas cosas, cierto? –me preguntó entonces.

-Sí –le dije.

Entonces ella volvió al lugar que habíamos escogido para dormir, mientras yo seguí recorriendo, observando las marcas en las paredes.

Sé que suena estúpido, pero debo confesar que me emocioné hasta las lágrimas frente a una de las marcas que había dejado uno de los cuadros.

Aparentemente, había sido una de las pinturas más grandes que se expuso en el lugar.

Ocupaba prácticamente toda la pared de una de las salas.

-¿Y qué cuadro era el que había estado ahí? –me preguntaron años después, cuando le conté la historia a alguien.

-Nunca lo supe –le dije-. No había referencias sobre ese espacio.

Era cierto.

Cuando estuve ahí solo fui recorriendo poco a poco el espacio del cuadro, imaginando una a una las pinceladas necesarias para llegar a pintar algo así.

-¿Y los echaron, al final? –me pregunta.

-Tuvimos que irnos pues teníamos pasajes para viajar a otro sitio –le miento.

Luego nos quedamos en silencio.

Desconozco si aquel lugar ha sido demolido totalmente, en los últimos años.

jueves, 26 de marzo de 2026

Pasos.



Le gusta escuchar pasos. Da lo mismo de qué o de quién. De hecho, su ideal sería vivir tras una puerta delgada, que diese a un pasillo muy transitado. Y claro, desde ahí, escuchar pasos. No voces, ni diálogos, ni risas. Solo pasos. Con ellos basta, te explica. Los pasos revelan movimiento y este movimiento contiene cualquier forma de existencia, dice. Mientras habla, por cierto, yo lo observo y puedo notar que no duda de sus creencias. Para explicarme mejor me hace escuchar. Me dice que centre mi atención en el sonido de pasos, en el entorno. Me cuesta hacerlo, confieso, pues me guían más las voces y me distraigo con cualquier cosa. Él no, por supuesto. Podría excusarme diciendo que está acostumbrado a hacerlo, pero lo cierto es que la diferencia entre nuestras percepciones está marcada por algo más. Algo que tiene que ver con las creencias de cada uno. Con la forma de buscar evidencias que las sostengan y nos sostengan a nosotros mismos, de paso, entre ellas. Eso pienso yo, al menos, mientras él vuelve a hablar. Con voz tranquila, segura. A veces es triste, me dice. Porcentualmente triste. Me refiero a que uno de cada veinte, o cada diez si hay suerte, camina sabiendo realmente a dónde va. Es decir, incluyendo no solo el lugar de destino sino distinguiendo la razón que lo lleva ahí y reconociendo su sentido. Sus pasos son distintos, si te fijas. No por la velocidad, sino más bien por el peso que cargan. Son pesos que se llevan a sí mismos. Y hasta podrían cargar al resto. No los he escuchado, pero dicen que los elefantes, cuando van a morir o a beber agua, caminan así. Tras escucharlo, pienso por un momento preguntarle por mis pasos. Pero en el fondo sé que la respuesta no me sería satisfactoria. Por lo mismo, dejo que hable un poco más y luego simplemente me despido. Cuando me marcho, por cierto, no sé bien a dónde ir.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Zonas de derrumbe.



Dicen que las casas de la villa que está más arriba han comenzado a desmoronarse.

Y claro, esto se suma al desmoronamiento que ya experimentaban las casas de más abajo.

Mientras tanto nosotros, que vivimos entre ambas zonas, seguimos frágiles, pero firmes.

Así y todo, las preocupaciones han surgido estos últimos días y casi todos los vecinos hablan sobre el asunto.

Comentan, entre otras cosas, que es necesario reunirnos y planificar estrategias de protección, ante el derrumbe de las casas de la villa de más arriba.

Es por esto que nos reunimos hace unos días e intentamos votar algunas acciones concretas.

Entre ellas, por ejemplo, se aprobó por amplia mayoría el comenzar a construir defensas para protegernos de los derrumbes.

Quedó pendiente, eso sí, decidir si haríamos muros o zanjas, pues decidimos esperar la visita y opinión de un experto.

También formamos algunos grupos de avanzada, para que asciendan hasta la villa de arriba y observen qué tan avanzado está el derrumbe, y puedan prever así la tanto la inminencia como la intensidad del daño que podrían recibir nuestras propias casas, de concretarse el total desmoronamiento.

Por otro lado, respecto al derrumbe de las casas que hay más abajo, pareciese ser que nadie le da importancia alguna.

-No es un riesgo para nosotros –dijeron-, después de todo su derrumbe tiene otro sentido…

Y sí… yo me sentí un poco culpable en un inicio, pero ya he aceptado el rol de nosotros en este asunto.

Vivimos entre zonas de derrumbes, me dije.

Y no podemos darnos el lujo, siquiera, de escribir este tipo de textos.

martes, 24 de marzo de 2026

En un cuarto amplio.



L. durmió dos meses aproximadamente en un cuarto amplio, en el que solían dormir también otras quince o veinte mujeres.

Si bien a L. no le gusta hablar mucho de esta época, cuando se emborracha suele recordar distintas situaciones que vivió en aquel lugar. Principalmente algunas asociadas con las noches que pasaba ahí, en las que el pánico era un elemento común para ella.

-Había un ruido que escuchaba a veces –contó una vez-, en las noches, y que no lograba saber si me lo imaginaba o estaba realmente ahí.

-¿Un ruido? –pregunté-, ¿qué tipo de ruido?

-No sé si sabría explicarlo bien –dijo L.-. Era como el rechinar de los dientes de la gente, cuando duermen.

-Pues tal vez era eso, simplemente.

-¿Cómo?

-El rechinar de dientes que mencionabas –le digo-. ¿No estaba lleno de gente durmiendo en el lugar?

-Sí, es cierto –admite-. Siempre había ahí un mínimo de quince o veinte mujeres, pero el sonido no provenía de ellas… O sea, venía desde otro lado… además me acerqué a algunas para comprobar, cuando sospeché lo mismo.

-¿Y entonces?

-Entonces era que me venía el pánico –dice ahora-. Tras comprobar que el ruido venía de otro sitio, me refiero, y seguía sonando ininterrumpidamente hasta que todas nos despertábamos.

Me quedo en silencio un rato mientras analizo sus palabras.

Entre otras cosas, pienso que ella misma pudo estar media dormida y haber rechinado sus propios dientes.

Así y todo, finalmente prefiero no decírselo.

-Hay misterios así –le digo, en cambio-. De esos misterios que no se aclaran nunca y que es mejor obviarlos, como si no existiesen… Dejarlos como impresiones y no como historias, quiero decir. Y ponerles un punto final donde no se supone que va.

lunes, 23 de marzo de 2026

Orígenes.



Ella me cuenta que, de pequeña, pensaba que las lágrimas eran del color del ojo que las lloraba. Que nadie se lo había dicho y que a ella le parecía haberlo creído así, simplemente. Que si su madre, por ejemplo, tenía los ojos negros, sus lágrimas serían negras y así. Luego, cuando observó sus propias lágrimas y vio que eran transparentes, se acercó poco a poco a las de los otros y vio que todas eran más o menos iguales. Ante esto, no abandonó su idea inicial del todo pues concluyó que las lágrimas no venían del ojo, sino que pasaban, finalmente, por él. Asimismo, se convenció de que venían desde dentro de las personas, desde una región transparente y acuosa que estaba en algún sitio del cuerpo, donde residía el mecanismo que nos hacía llorar.

-Supongo que en ese entonces creía que el origen de las cosas quedaba siempre plasmado en ellas -me dijo-, que eran de cierta forma parte indivisible de la sustancia final…

-¿Y ya no crees en eso? –le pregunto.

-No es que no crea, pero entiendo que las cosas pueden transformarse –me explica-, e incorporar a sí mismas elementos o aspectos que no eran parte de su composición original… elementos externos a ellos, me refiero… más allá de su origen… ¿no crees que es así?

-No –le digo, tras pensármelo un poco-, no creo que funcione así.

-¿Y entonces?

-Entonces nada –contesto-. Tú misma lo entendiste casi perfecto, de pequeña, pero luego dudaste de ti misma.

-…

-¿No es eso lo que acabas de contarme, acaso?

domingo, 22 de marzo de 2026

La idea del acopio.


“Y así estaba la cosa.
Así estaba el mundo”
L. Y.


La idea del acopio de ropa debe haber surgido como un medio de apoyo para algunas personas en apuros. Lo más probable es que haya sido una iniciativa surgida luego de algún incendio, aluvión, inundación, terremoto o algún fenómeno similar, de los que no faltan por estos lados.

Entonces los vecinos fueron llevando sus prendas y ropas en desuso a un cuarto amplio, de ladrillo, que funcionaba entonces como una precaria sede vecinal a un costado de una plaza que estaba prácticamente abandonada.

Sin embargo, lo que debe haber surgido para ir en apoyo de algún hecho en específico, terminó por quedarse poco a poco en esa sede. Días, en principio, luego semanas y hasta meses, cuando se llenó completamente el lugar y se hizo una reunión para preguntar que se iba a hacer con todo eso.

-Tal vez podríamos separar las ropas y donarlas en hogares de ancianos o de niños… -propuso alguien.

-Hay demasiada variedad en las prendas –dijo otro-, sería trabajo perdido, mejor esperar a que haya una emergencia y lo donamos todo.

Esta última moción, por cierto, fue la más respaldada por los vecinos, por lo que se acordó cerrar la sede –las prendas estaban literalmente hasta el techo y no cabían más-, a la espera de esta emergencia.

Más allá de esta espera, hay que reconocer que la mayoría de los vecinos parecía estar orgulloso de lo que se había reunido, pues varios se ofrecieron como voluntarios para entregar las donaciones –ojalá frente a las cámaras de algún periodista-, en cuanto surgiera la anhelada emergencia.

Lamentablemente –para los vecinos, al menos-, fue pasando el tiempo y, para sorpresa de todos, la emergencia no llegaba. Es cierto que los terremotos eran más distantes, pero no parecía normal tanto tiempo sin otro tipo de eventos con efectos similares.

Por esto, comenzaron a surgir algunas inquietudes y molestias.

-Se deben estar apolillando esas ropas allá dentro –comentó alguno.

-Yo noto que sale mal olor, como si se hubiese muerto alguien… –dijo otro.

-Sí, es cierto –agregó un tercero-, huele como si fuesen cadáveres apilados en vez de montones de ropas.

Meses después, ante el relato de varios vecinos que dijeron haber visto varios ratones rondando el lugar, decidieron pedir ayuda a personal municipal para sacar esas ropas y deshacerse de ellas.

El personal municipal, por su parte, solicitó apoyo a bomberos y hasta lograron movilizar en un día excepcional al camión de la basura, que llevaron para cargarlo con la ropa.

Los vecinos, por cierto, durante el proceso, observaba desanimados e intercambiaban algunas frases.

-Parece que a Dios no le gusta la bondad –dijo uno, mientras veía como las donaciones se iban ahora a la basura.

-O no le gusta nuestra bondad, al menos –dijo otro.

-Es cierto –dijo un tercero-. Cierto y triste en realidad. No nos dejan ser buenos.

sábado, 21 de marzo de 2026

Pájaros.


“La noche negra se ennegreció aún más.
Los pájaros murieron en la cabeza de la noche”
Y. L.


No el suelo sino en los techos de las casas comenzaron a amontonarse los cadáveres de los pájaros.

Preferían morir ahí, supongo, sin que su muerte fuese vista más que por otros pájaros.

Los gatos, a veces, bajaban con algunos, pero por lo general los dejaban ahí, pudriéndose al sol.

Fue entonces que la situación comenzó a tratarse en las noticias y algunos expertos hablaron de peligros sanitarios y hasta de posibles epidemias, si no se recogían prontamente los cadáveres y no se investigaba la causa de la mortandad.

Respecto a la recolección de cuerpos y a las quemas controladas, podría decirse que todo funcionó relativamente bien. Hubo buena interacción delas patrullas civiles con servicios municipales y solo en casos aislados hubo que apelar a órdenes y allanamientos para evitar futuros problemas.

Sin embargo, respecto a la muerte de las aves, no se logró identificar un mal específico.

Sí se llegó a conclusiones más bien descriptivas –como que los pájaros solían morir de noche, por ejemplo-, pero no se apreciaron signos de enfermedades o síntomas que sirviesen para identificar futuras víctimas.

Por lo menos, se descartó la posibilidad de peligro para humanos y luego –aproximadamente en el transcurso de cinco o seis semanas-, la situación fue decantando hasta que la mortandad prácticamente desapareció.

Así y todo, durante esas semanas, se reportaron algunas muertes humanas, pero en la mayoría de los casos se trató de personas accidentadas –caídas de altura-, mientras intentaban recoger los cuerpos de las aves.

Cerca de mi casa, por ejemplo, un adulto mayor murió sobre el techo de su casa, pues al parecer sufrió algún tipo de ataque cuando estuvo arriba y no tuvo a quién pedirle ayuda.

Así y todo, si bien la situación generó gran alboroto en su momento, la aparición de otras noticias de importancia ayudó a que la situación quedase rápidamente en el olvido.

De hecho hoy, cuando intento hablar con alguien sobre aquel asunto, hay personas que incluso creen que me lo invento y se ríen nerviosas, cuando lo menciono.

Pero yo, por supuesto, nunca me invento nada.

Y lo que ocurre cada noche, habitualmente, lo recuerdo a la perfección.

viernes, 20 de marzo de 2026

Como en un safari.



A veces te preparas para enfrentar algo y descubres tarde que el problema es tuyo. Que no está en frente, me refiero. Que no es llegar y verlo fuera, directamente. Obviamente uso acá la palabra problema, pero en el fondo no es eso. No es tan simple, digamos, pero lo digo así para que me escuches. Para llegar desde el lugar común y no incomodar tanto. Porque claro, luego está la decisión que tomas. Hacerte cargo o no de aquello que descubres. Te lo digo de otra forma si quieres, para que no me culpes a mí, después de esto. Piensa que ingresas a esto como en un safari. Uno de esos en que no vas como espectador, sino que te preparan y hasta vas armado. Listo para llegar sigiloso, enfocar la mira, hacer algunos cálculos y apretar el gatillo. Llegas así, decía, solo que ya dentro descubres que no hay nada que cazar. No hay bestias, digamos. Ni siquiera paisaje hay ahí, aunque suene extraño. De hecho, intentando apuntar a algún sitio, descubres que cualquier cosa a la que dispares es, en el fondo, parte de algo que te pone en riesgo si lo destruyes. Y claro, sé que sigue sonando en el fondo como un lugar común, pero tú eliges donde poner la mira. Que decides observar mientras escuchas, quiero decir. Y deberás decidir también dónde quieres hacer la herida. El momento exacto en que apretarás el gatillo, me refiero. Porque lo harás en un momento dado, aunque intuyas que si comprendes dirás que no. La verdadera comprensión, en este sentido, viene después. Y a veces es tan clara y directa que no sabes qué hacer con ella. Y es que parece un final, casi, te dices. Y no lo es, por supuesto, pero no sabes.

jueves, 19 de marzo de 2026

Listado (s)



Por ese entonces, recuerdo que me gustaba hacer listados.

De hecho, andaba siempre con una libreta especial para realizar aquello.

Me gustaba ver como crecían los listados y hacerlos en orden, respetando criterios.

Con el tiempo, además de la libreta original, comencé a andar con otras dos libretas pequeñas.

En una de ellas anotaba listados de hechos y en la otra anotaba listados de sensaciones.

A continuación, el ejemplo de una anotación en un listado de hechos:

Justo a las 17 horas llegó a mi casa un libro de Eka Kurniawan que encargué hace 12 días.

Ahora, el ejemplo de una anotación en un listado de sensaciones:

Desaliento, cuando descubro que ya no quiero cruzar cuando el semáforo está en amarillo.

En estas últimas libretas, debo aclarar, lo que hacía en el fondo era una única lista (una en cada libreta, claro).

Además, al hacerlo, trataba de equiparar el número de anotaciones que tenía en ambas.

Ahora que lo pienso, hacerlo me sirvió un poco como ejercicio, para separar estos ámbitos y hacerme consciente de la diferencia que existía entre ellos.

No es que hiciese una jerarquía y valorara más un listado que otro, pero hacerlo me servía al menos para visualizar los bordes y cuestionarme por un momento qué era lo que “realmente” estaba ocurriendo.

Con el tiempo, por supuesto, estas libretas se llenaron y opté por no reemplazarlas.

No tuve una razón para ello.

Estas últimas frases, por cierto, no hubiese sabido en cuál de las libretas habría debido anotarla.

miércoles, 18 de marzo de 2026

Una pregunta válida.


 -¿Sabes qué es lo que pasa si tiramos rocas a ese río?

-¿Rocas? ¿Qué rocas?

-Rocas, nada más.

-¿Pero rocas grandes o pequeñas o…?

-Da lo mismo cuáles. Medianas si quieres. Lo importante es que sean muchas... ¿Sabes qué es lo que pasa?

-No, no sé… ¿Es una adivinanza, acaso? ¿Un chiste? ¿O quieres que realmente le lancemos rocas…?

-No, para nada… es una pregunta nada más. Una pregunta válida.

-Pues no sé qué decirte… O sea, no te entiendo, en realidad…

-No tienes que entender, es una pregunta directa, nada más. Una pregunta válida y directa.

-…

-Mira, te lo pregunto porque en realidad no sé, y entonces me lo cuestiono... O sea, si arrojas un trozo de madera sabemos que en el fondo el río lo carga… Que lo deja en la superficie, me refiero, lo arrastra… Piensa en una rama por ejemplo.

-Ya…

-Pues eso, sabemos lo que le ocurre a la rama si la arrojas al río. Pero si lo que arrojas son piedras…

-¡Las piedras se hunden…! Justo lo contrario que las ramas…

-Claro, eso lo sé. O sea, lo sabemos todos… Puedo entender que se hunden, pero yo me pregunto otra cosa: Luego de tirar las piedras, ¿qué es lo que le pasa al río?

-¿Me preguntas qué es lo que le pasa al río cuando lo comienzas a llenar de piedras?

-Sí…

-Pues no sé… ¿cómo mierda quieres que sepa?

-Piénsalo un rato.

-…pues no sé… ¿se desborda? ¿se sale de sí mismo?

-…

-¿Tampoco sabes?

-Claro que no. Por eso preguntaba.

-¿Y no quieres que le tiremos algunas, para ver qué ocurre?

-¿Algunas rocas?

-Claro.

-Puede ser, pero lo que le ocurre no necesariamente se va a ver.

-...

-...

-¿Tú primero?

-No, dale tú mejor primero y yo observo.

-Vale… Aquí voy.

martes, 17 de marzo de 2026

No morirás mañana.



Te mienten.

No hay prisa.

No morirás mañana.

Aun así, el corazón no late para que esperes.

Escúchalo un poco, cada día, cuando no sepas.

O cuando duela algo que no puedas o quieras arrancar.

Si yo supiese hablar, te hablaría desde ahí.

Me escondería ahí, si pudiese.

Sin palabras, pero ahí.

Entre latido y latido para que no tengas dudas.

O para que sepas, más bien, que hay respuestas para ellas.

Dentro tuyo, quiero decir.

Y sin palabras.


Te mienten.

No necesariamente por maldad, pero mienten.

Para no decir que desconocen, tal vez.

O simplemente porque tienen miedo.

Maquillan a los muertos, por eso, si lo piensas.

Pero mejor no lo pienses.


No hay prisa.

El ritmo está dado y la velocidad apenas puedes ajustarla.

Tú llevas ese ritmo.

Todos los llevamos.

Se escucha bajito cuando quieres oírlo.

Y te habla por tu nombre.


No morirás mañana.

Permíteme asegurar eso.

Ese es mi regalo.

Un día en el que entres con confianza porque es seguro que no vendrá la muerte.

En cambio, no pido nada salvo que creas en ello.

Que sin duda alguna, creas en ello.

Escucha:

Mañana estarás vivo… ¿qué quieres hacer?

El corazón no late para que esperes.

lunes, 16 de marzo de 2026

Fantasmas que ríen y fantasmas que lloran.



I.

He visto fantasmas que ríen y fantasmas que lloran.

Si no riesen o llorasen, sería imposible distinguirlos.

No tengo preferencias entre ambos, pues todos, en el fondo, siempre han sido honestos.

Eso no quita, sin embargo, que siga habiendo cosas que ellos no comprenden.

Y que rían o lloren, a veces, por las razones equivocadas.



II.

Hasta hace poco, pensé que no era visto por los fantasmas que veía.

Es decir, que yo era también, de cierta forma, un fantasma para ellos.

Me sentía cómodo, no lo niego, aunque supongo que habría sido injusto.

Así y todo, me avergoncé profundamente cuando me enteré que había sido visto.

He sido honesto sin mérito, me dije. Pero está bien.

Y les hice un saludo a la distancia.



III.

No estamos atentos de los otros todo el tiempo, pero sabemos que ahí estamos.

No necesariamente para el otro, digamos, pero al menos no buscamos escondernos.

Hablo de mí y de los fantasmas, por supuesto.

La relación que tenemos es valiosa, sin duda, pero más que nada es algo todavía sin pulir.

Es decir, ellos me observan y yo los observo, de vez en cuando, como si viviésemos en una casa con vigas a la vista.

Ellos serían las vigas, en este caso.

Así, ayudan sin saberlo a soportar el peso de algo que, sin ellos, podría venírseme encima.

En todo caso, alguien que observe esto desde fuera, podría interpretarlo de otra forma y decir que formamos una especie de estructura, y que de cierta forma somos parte de un mismo juego.

No me gusta esa idea, ciertamente, pero admito que así podría verse.

Si es un juego, les digo, reír y llorar estaría un poco de más, para todos.

Ellos hacen una pausa, para escuchar.

Luego me observan.

Hay afecto entre nosotros.

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