M. coleccionaba estampillas. Lo hizo durante más de treinta años. Un día, sin embargo, mientras estaba viendo una película, comprendió que la colección que reunía era inagotable. Y esto, desde entonces, le produjo una sensación incómoda. Como si comprendiese que esforzarse por seguir ampliando la colección, constituía en gran medida, la manifestación de un absurdo. Avanzar por un camino hacia un lugar que siempre quedaba más allá, fue lo que pensó. Y la sensación de angustia lo acompañó desde entonces. Desde entonces hasta que me contó todo esto, al menos.
-Tal vez si las vendo se me pase esa sensación -me dijo.
-Serán años lo que te demores en venderlas todas -comenté yo-. A buen precio, quiero decir, para que no te sientas estafado.
-¿Y entonces? -me preguntó.
Fingí que reflexionaba sobre el asunto.
-Regálalas -le dije, luego de un rato.
M. guardó silencio.
Pensé que no lo consideraría, pero su rostro reveló que le parecía una buena idea.
-Regálamelas -corregí.
M. aceptó.
Pareció dudar unos segundos, pero finalmente lo hizo.
De hecho, hasta terminó agradeciéndome cuando terminó de decidirse.
Más de treinta carpetas que tenía organizadas en un mueble y que podía llevármelas esa misma tarde.
Además, por si eso no bastara, me pidió disculpas por pasarme a mí esa especie de maldición.
-No te preocupes -le dije-. Sé lidiar con la desesperación.
M. asintió.
Por mi parte, -como me ocurre cada vez que miento-, cambié de tema intempestivamente y le pregunté si sabía sobre el origen del título de un libro de Knausgard que estaba leyendo.
-Está tomado de las elegías del Duino -me dijo-. De Rilke. Creo que de la novena.
-Ya -dije yo, tratando de recordar.
-Sabes, creo que en la carpeta ocho -agregó-, hay una serie completa de estampillas de Rilke, austriacas, de 1976… Y en la veinticuatro, o puede que en la veinticinco, hay también un set más nuevo, conmemorativo, del 2000… Ah, y en la penúltima carpeta, unas de hace apenas un par de años, con unos dibujos que se descubrieron que eran suyos… de Rilk, me refiero…
-De acuerdo -lo interrumpí-, voy a verlas ya en casa. Recuerda que debes desligarte de ellas.
Él asintió. Y me dio las gracias nuevamente por mi preocupación.
Luego, rápidamente, antes que pudiese arrepentirse, comencé a mover las carpetas y pedí un Uber, para aprovechar de llevármelas.
-Ya verás como todo va a andar mejor -le dije al despedirme.
-Sí, la verdad es que ya me siento más liviano -señaló, aunque con un dejo de tristeza.
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