Gordito el abejorro un dedo me mordió.
Hace una hora, calculo, cuando de pronto intenté tomarlo.
Me dejó un hoyito minúsculo en el dedo y un dolor intenso.
Y, como podrán notarlo, hablando como hueón.
No es que antes, en todo caso, hubiese hablado muy distinto.
En este sentido, no culpo de todo al abejorro.
Después de todo, lo único que hizo fue no dejarse tomar.
Zumbar, agitarse… morder para liberarse y no estar en manos de otro.
¡Bendito abejorro!
De eso, al menos, no te culpo.
¿Qué habrá hecho el abejorro con la carne que me arrancó?
Piel mayormente, es cierto, pero digámosle carne.
¿La escupió después de morder o se alimentó con ella?
Se lo pregunto a alguien que me revisa el dedo, y parece molesta cuando hablo.
Me dice que los abejorros no muerden, sino que pican.
Está hablando incoherencias, me dice.
Yo intento creerle, pero igual no puede explicarme el hoyito minúsculo en mi dedo.
Lo observa y no lo explica.
Una picadura es otra cosa.
No quiso dejarse tomar, el abejorro.
O más bien, quiso ser soltado de inmediato, tras ser tomado.
Entonces, alguien me coloca una inyección y dice que no era un abejorro.
Pienso en morder, para argumentar, pero al final desisto.
Cuando pase la fiebre dicen que volveré a ser el de siempre.
No sé si quiero, realmente.
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