martes, 31 de marzo de 2026

Botones.



Le dan pena los botones así que los arranca.

No los de las camisas, me explica, sino los de chaquetas, mayormente, y los de todas aquellas prendas en que ellos no suelen cumplir con su función.

-No entiendo -le digo-. ¿Acaso arrancas los botones que no se abrochan?

Ella asiente.

Parece feliz.

Feliz de que la comprendan, me imagino, aunque en realidad yo no sé si lo hago.

-Me molesta verlos ahí -me explica-. tan cosidos y colgados… Me molesta y hasta puede que me duela un poco. Saberlos presionados contra la tela, me refiero, simplemente porque sí. Una existencia absurda, ¿no crees? Toda una crucifixión de ceros…

Sigue así un rato, explicando su postura, pero lo cierto es que me pierdo un poco en sus ideas.

-Claro -le digo-. Es una labor noble. Los liberas de su inutilidad y todo eso…

Ella cambia la expresión, tras mis palabras.

Ahora me observa fijamente, molesta.

-No es eso para nada -me dice-. Puedo llegar a entender su inutilidad. Lo que me molesta es la violencia con que se les inmoviliza. El hecho de que estén cosidos, quiero decir…

-¿Y entonces los arrancas, simplemente?

-Exacto -confiesa-. Por lo general ando con una navaja para cortar los hilos… Tampoco es que los tire a la fuerza. Claro… No me interesa romper la tela o quebrar el botón.

Yo la escucho en silencio.

-Recuerda que lo hago por pena, no por rabia -agrega.

Yo asiento.

Ella vuelve a parecer feliz.

Feliz de que la comprendan, me imagino, aunque nuevamente yo no sé si lo hago.

Así funciona esto, me digo, mientras observo mis botones.

Así es como funciona y deja de funcionar.

lunes, 30 de marzo de 2026

Arreglar las cosas.



I.

Vi que varios tipos estaban pegándole a alguien así que me acerqué unos pasos.

Le lanzaban cosas, lo pateaban y de vez en cuando alguien le lanzaba también un puño, hacia abajo, cuando el otro se intentaba arrancar.

No iba a dejar mi posición de espectador hasta que me fijé en la figura que recibía los golpes y me pareció un niño.

Entonces, con bastante miedo de por medio me acerqué un poco más y les grité que se alejaran, que lo dejaran en paz.

Incluso recuerdo que tomé a un tipo y lo lancé hacia atrás.

Luego recibí unos golpes y no recuerdo mucho más, hasta que me sentaron y alguien me entregó un paño y una botella de agua, no sé bien para qué.


II.

No resultó ser un niño, al final.

O eso me dijeron, al menos.

Se trataba de un enano pirómano que hacía meses rondaba el lugar.

Se lo entregaron a la policía luego de la golpiza y a mi me dejaron a un lado pues entendieron mi confusión.

-Igual te pegamos un poco porque pensamos que eras cómplice -me dijeron.

Y yo los perdoné, pues entendí la situación.


III.

No me dolió perdonar, pero sí me dolió el cuerpo por varias semanas.

En general solo por contusiones, pero encontraron fisuras en dos costillas y eso se complicó un poco.

Por otro lado, para comprobar la historia me puse a googlear y descubrí que el enano pirómano era reincidente.

Incluso encontré unas declaraciones suyas que realizó en el contexto de un juicio anterior.

Si no hubiese sido enano no habría sido pirómano, dijo en esa ocasión.

El enano, por cierto, se llamaba Abel y en la foto tenía un bigote chistoso y un brazo vendado pues había resultado quemado.

Estaba buscando el modo de arreglar las cosas, dijo también, cuando se le pidió explicar sus motivos.

En total ha quemado dos iglesias (parcialmente), un kiosco en el que se hacían copias de llaves, dos o tres árboles de un parque, un furgón escolar (vacío) y más de diez basureros comunitarios.

Nunca llegué a conocerlo.

domingo, 29 de marzo de 2026

Un mar en que todas las cosas flotan.



Ella sueña con un mar en el que todas las cosas flotan.

Lo describe en detalle, de hecho, cuando nos juntamos a hablar.

No nos juntamos a hablar de eso, por supuesto, pero es de eso de lo que terminamos hablando, a fin de cuentas.

Entonces, ella nombra cada una de las cosas que flotan en el agua, como si las observara flotando en el aire.

Juguetes y ropas de niños.

Artículos de librería.

Objetos plásticos de colores.

Y hasta un libro de canciones de Boris Vian.

Extrañamente, tras escucharla me doy cuenta de que no es lo que flota, necesariamente, lo que llama su atención.

Y es que, en el fondo, lo que llama su atención es toda el agua que hay debajo de las cosas que flotan.

O eso es lo que creo, al menos.

No se trata de que el agua tenga mucha sal ni de otra explicación racional, me dice.

Es un mar en calma, simplemente, con un oleaje mínimo y sin mareas.

Donde las cosas flotan y nada es capaz de sumergirse en él.

O nada que alguien arroje desde fuera, al menos.

Hace una pausa.

O termina de hablar, no lo sé.

Lo cierto es que eso dice y yo la escucho.

Mientras, imagino un poco ese mar del que ella habla –o eso intento al menos-, pero al final me quedo solo con sus palabras.

Flotando en mí, de cierta forma, como en ese mar con que ella sueña.

En mi superficie, digamos.

Sin acceso –ellas ni yo-, a mi propia profundidad.

¿Qué piensas? Me pregunta ella, al verme distraído.

Nada, le digo. Nada concreto.

Y sé entonces, aunque no lo parezca, que digo la verdad.

sábado, 28 de marzo de 2026

Existe y está ahí.



-¿Leíste el libro de Laurie Colwin?

-¿De quién?

-De Laurie Colwin. Uno que se llama “Tantos días felices”.

-Hmm… creo que no… O no lo recuerdo, al menos.

-Pues en ese libro se menciona brevemente a un personaje… Apenas aparece en una plana, creo… Se trata de un tipo que va a trabajar de secretario, como reemplazo para uno de los protagonistas… No es que este personaje sea oficialmente un secretario, sino que va a desempeñar esa labor simplemente. De hecho, comenta que no sabe anotar al dictado, pero comenta que su gracia es escribir rápido… Y que al hacerlo tiene cierto estilo.

-¿Un estilo? ¿Cómo de tipo de letra…?

-No. De hecho, escribe a máquina. El punto es que, cuando lo hace, se salta una letra. Como si la tecla estuviese mala. Simplemente no la teclea y se salta el espacio. Luego, completa esa letra a mano… con lo que personaliza y vuelve especial su trabajo… Creo que en su caso era la “w”…

-¿Y…?

-Lo que pasa es que descubrí que ese personaje existe. O sea, conocí a un tipo que trabaja de secretario de reemplazo en el trabajo de uno de mis primos… Hace todo igual que ese personaje, solo que en su caso se salta la “j”, y luego la completa a mano. Mira…

-¿Qué es esto?

-Una de las hojas que escribió. Si te fijas se saltó las j y dejó los espacios… Luego las completó con un lápiz de tinta…

-¿Y está escrita a máquina?

-Sí, es que mi primo trabaja en una especie de notaría donde realizan copias de esa forma… No sé bien por qué, pero así lo hacen.

-¿Y entonces?

-Entonces nada… soplo te digo que el personaje de ese libro existe y trabaja en las oficinas donde también lo hace mi primo. Es decir: existe y está ahí…

-¿Crees que significa algo o solo me lo cuentas porque te sorprendió?

-Sinceramente no lo sé… Tal vez por eso te lo cuento… Pero de cierta forma siento que ese tipo es como la letra a mano que aparece en esas hojas… solo que él aparece entre nosotros como para demostrar que hay alguien real escribiendo esto…

-¿Alguien real…? ¿Y nosotros que seríamos? ¿Los escritos a máquina…?

-No sé bien, es solo una sensación, supongo… pero quería contártelo.

-…

-…

-¿Puedo quedarme con la hoja que escribió el tipo?

-Sí, puedes… igual no dice nada importante, creo… La traje solo para mostrarte lo de las “j”…

-Está bien… solo quiero mirarlas a solas, un rato…

viernes, 27 de marzo de 2026

Ahí.



Entramos a un edificio antiguo, abandonado, en el que por décadas había funcionado un museo.

En él, se habían expuesto pinturas principalmente del siglo XVIII hasta el principio del XX, pero ahora se encontraba totalmente vacío.

El edifico tenía algunos daños estructurales, ciertamente, pero su interior no estaba tan destruido como podría pensarse al verlo desde fuera.

Pensábamos hacer un recorrido breve y tomar algunas fotos, pero finalmente nos quedamos ahí por casi siete días.

Por las mañanas, la luz del sol entraba por las ventanas rotas, en lo alto, y el lugar se iluminaba completamente.

Como yo me despertaba antes, cada mañana me ponía a recorrer el lugar, mirando las paredes donde habían estado colgados los distintos cuadros.

En las paredes, por cierto, habían quedados las marcas de los lugares donde habían estado los cuadros, por lo que uno podía quedarse largo tiempo observándolos, como si del cuadro real se tratase.

-¿Para qué haces eso? –me preguntó ella una vez que me descubrió mirando la marca del cuadro en la pared vacía.

Yo pensé en qué decirle, pero finalmente solo levanté los hombros.

Luego seguí el recorrido.

Noté que a veces, a un costado de las marcas de los cuadros, quedaba un recuadro en el que se indicaba el cuadro que había estado expuesto.

-Aquí había uno de Berthe Morisot –le dije, indicándole el lugar.

La luz del sol llegaba casi exactamente al recuadro en el que debía haber estado esa pintura.

-Parece que era un cuadro pequeño –dijo ella, acercándose a mirar.

Yo asentí.

Sin hablar, nos quedamos frente a esa marca, hasta que la luz del sol se desplazó un poco.

-¿Sabes que hay que decidir unas cuántas cosas, cierto? –me preguntó entonces.

-Sí –le dije.

Entonces ella volvió al lugar que habíamos escogido para dormir, mientras yo seguí recorriendo, observando las marcas en las paredes.

Sé que suena estúpido, pero debo confesar que me emocioné hasta las lágrimas frente a una de las marcas que había dejado uno de los cuadros.

Aparentemente, había sido una de las pinturas más grandes que se expuso en el lugar.

Ocupaba prácticamente toda la pared de una de las salas.

-¿Y qué cuadro era el que había estado ahí? –me preguntaron años después, cuando le conté la historia a alguien.

-Nunca lo supe –le dije-. No había referencias sobre ese espacio.

Era cierto.

Cuando estuve ahí solo fui recorriendo poco a poco el espacio del cuadro, imaginando una a una las pinceladas necesarias para llegar a pintar algo así.

-¿Y los echaron, al final? –me pregunta.

-Tuvimos que irnos pues teníamos pasajes para viajar a otro sitio –le miento.

Luego nos quedamos en silencio.

Desconozco si aquel lugar ha sido demolido totalmente, en los últimos años.

jueves, 26 de marzo de 2026

Pasos.



Le gusta escuchar pasos. Da lo mismo de qué o de quién. De hecho, su ideal sería vivir tras una puerta delgada, que diese a un pasillo muy transitado. Y claro, desde ahí, escuchar pasos. No voces, ni diálogos, ni risas. Solo pasos. Con ellos basta, te explica. Los pasos revelan movimiento y este movimiento contiene cualquier forma de existencia, dice. Mientras habla, por cierto, yo lo observo y puedo notar que no duda de sus creencias. Para explicarme mejor me hace escuchar. Me dice que centre mi atención en el sonido de pasos, en el entorno. Me cuesta hacerlo, confieso, pues me guían más las voces y me distraigo con cualquier cosa. Él no, por supuesto. Podría excusarme diciendo que está acostumbrado a hacerlo, pero lo cierto es que la diferencia entre nuestras percepciones está marcada por algo más. Algo que tiene que ver con las creencias de cada uno. Con la forma de buscar evidencias que las sostengan y nos sostengan a nosotros mismos, de paso, entre ellas. Eso pienso yo, al menos, mientras él vuelve a hablar. Con voz tranquila, segura. A veces es triste, me dice. Porcentualmente triste. Me refiero a que uno de cada veinte, o cada diez si hay suerte, camina sabiendo realmente a dónde va. Es decir, incluyendo no solo el lugar de destino sino distinguiendo la razón que lo lleva ahí y reconociendo su sentido. Sus pasos son distintos, si te fijas. No por la velocidad, sino más bien por el peso que cargan. Son pesos que se llevan a sí mismos. Y hasta podrían cargar al resto. No los he escuchado, pero dicen que los elefantes, cuando van a morir o a beber agua, caminan así. Tras escucharlo, pienso por un momento preguntarle por mis pasos. Pero en el fondo sé que la respuesta no me sería satisfactoria. Por lo mismo, dejo que hable un poco más y luego simplemente me despido. Cuando me marcho, por cierto, no sé bien a dónde ir.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Zonas de derrumbe.



Dicen que las casas de la villa que está más arriba han comenzado a desmoronarse.

Y claro, esto se suma al desmoronamiento que ya experimentaban las casas de más abajo.

Mientras tanto nosotros, que vivimos entre ambas zonas, seguimos frágiles, pero firmes.

Así y todo, las preocupaciones han surgido estos últimos días y casi todos los vecinos hablan sobre el asunto.

Comentan, entre otras cosas, que es necesario reunirnos y planificar estrategias de protección, ante el derrumbe de las casas de la villa de más arriba.

Es por esto que nos reunimos hace unos días e intentamos votar algunas acciones concretas.

Entre ellas, por ejemplo, se aprobó por amplia mayoría el comenzar a construir defensas para protegernos de los derrumbes.

Quedó pendiente, eso sí, decidir si haríamos muros o zanjas, pues decidimos esperar la visita y opinión de un experto.

También formamos algunos grupos de avanzada, para que asciendan hasta la villa de arriba y observen qué tan avanzado está el derrumbe, y puedan prever así la tanto la inminencia como la intensidad del daño que podrían recibir nuestras propias casas, de concretarse el total desmoronamiento.

Por otro lado, respecto al derrumbe de las casas que hay más abajo, pareciese ser que nadie le da importancia alguna.

-No es un riesgo para nosotros –dijeron-, después de todo su derrumbe tiene otro sentido…

Y sí… yo me sentí un poco culpable en un inicio, pero ya he aceptado el rol de nosotros en este asunto.

Vivimos entre zonas de derrumbes, me dije.

Y no podemos darnos el lujo, siquiera, de escribir este tipo de textos.

martes, 24 de marzo de 2026

En un cuarto amplio.



L. durmió dos meses aproximadamente en un cuarto amplio, en el que solían dormir también otras quince o veinte mujeres.

Si bien a L. no le gusta hablar mucho de esta época, cuando se emborracha suele recordar distintas situaciones que vivió en aquel lugar. Principalmente algunas asociadas con las noches que pasaba ahí, en las que el pánico era un elemento común para ella.

-Había un ruido que escuchaba a veces –contó una vez-, en las noches, y que no lograba saber si me lo imaginaba o estaba realmente ahí.

-¿Un ruido? –pregunté-, ¿qué tipo de ruido?

-No sé si sabría explicarlo bien –dijo L.-. Era como el rechinar de los dientes de la gente, cuando duermen.

-Pues tal vez era eso, simplemente.

-¿Cómo?

-El rechinar de dientes que mencionabas –le digo-. ¿No estaba lleno de gente durmiendo en el lugar?

-Sí, es cierto –admite-. Siempre había ahí un mínimo de quince o veinte mujeres, pero el sonido no provenía de ellas… O sea, venía desde otro lado… además me acerqué a algunas para comprobar, cuando sospeché lo mismo.

-¿Y entonces?

-Entonces era que me venía el pánico –dice ahora-. Tras comprobar que el ruido venía de otro sitio, me refiero, y seguía sonando ininterrumpidamente hasta que todas nos despertábamos.

Me quedo en silencio un rato mientras analizo sus palabras.

Entre otras cosas, pienso que ella misma pudo estar media dormida y haber rechinado sus propios dientes.

Así y todo, finalmente prefiero no decírselo.

-Hay misterios así –le digo, en cambio-. De esos misterios que no se aclaran nunca y que es mejor obviarlos, como si no existiesen… Dejarlos como impresiones y no como historias, quiero decir. Y ponerles un punto final donde no se supone que va.

lunes, 23 de marzo de 2026

Orígenes.



Ella me cuenta que, de pequeña, pensaba que las lágrimas eran del color del ojo que las lloraba. Que nadie se lo había dicho y que a ella le parecía haberlo creído así, simplemente. Que si su madre, por ejemplo, tenía los ojos negros, sus lágrimas serían negras y así. Luego, cuando observó sus propias lágrimas y vio que eran transparentes, se acercó poco a poco a las de los otros y vio que todas eran más o menos iguales. Ante esto, no abandonó su idea inicial del todo pues concluyó que las lágrimas no venían del ojo, sino que pasaban, finalmente, por él. Asimismo, se convenció de que venían desde dentro de las personas, desde una región transparente y acuosa que estaba en algún sitio del cuerpo, donde residía el mecanismo que nos hacía llorar.

-Supongo que en ese entonces creía que el origen de las cosas quedaba siempre plasmado en ellas -me dijo-, que eran de cierta forma parte indivisible de la sustancia final…

-¿Y ya no crees en eso? –le pregunto.

-No es que no crea, pero entiendo que las cosas pueden transformarse –me explica-, e incorporar a sí mismas elementos o aspectos que no eran parte de su composición original… elementos externos a ellos, me refiero… más allá de su origen… ¿no crees que es así?

-No –le digo, tras pensármelo un poco-, no creo que funcione así.

-¿Y entonces?

-Entonces nada –contesto-. Tú misma lo entendiste casi perfecto, de pequeña, pero luego dudaste de ti misma.

-…

-¿No es eso lo que acabas de contarme, acaso?

domingo, 22 de marzo de 2026

La idea del acopio.


“Y así estaba la cosa.
Así estaba el mundo”
L. Y.


La idea del acopio de ropa debe haber surgido como un medio de apoyo para algunas personas en apuros. Lo más probable es que haya sido una iniciativa surgida luego de algún incendio, aluvión, inundación, terremoto o algún fenómeno similar, de los que no faltan por estos lados.

Entonces los vecinos fueron llevando sus prendas y ropas en desuso a un cuarto amplio, de ladrillo, que funcionaba entonces como una precaria sede vecinal a un costado de una plaza que estaba prácticamente abandonada.

Sin embargo, lo que debe haber surgido para ir en apoyo de algún hecho en específico, terminó por quedarse poco a poco en esa sede. Días, en principio, luego semanas y hasta meses, cuando se llenó completamente el lugar y se hizo una reunión para preguntar que se iba a hacer con todo eso.

-Tal vez podríamos separar las ropas y donarlas en hogares de ancianos o de niños… -propuso alguien.

-Hay demasiada variedad en las prendas –dijo otro-, sería trabajo perdido, mejor esperar a que haya una emergencia y lo donamos todo.

Esta última moción, por cierto, fue la más respaldada por los vecinos, por lo que se acordó cerrar la sede –las prendas estaban literalmente hasta el techo y no cabían más-, a la espera de esta emergencia.

Más allá de esta espera, hay que reconocer que la mayoría de los vecinos parecía estar orgulloso de lo que se había reunido, pues varios se ofrecieron como voluntarios para entregar las donaciones –ojalá frente a las cámaras de algún periodista-, en cuanto surgiera la anhelada emergencia.

Lamentablemente –para los vecinos, al menos-, fue pasando el tiempo y, para sorpresa de todos, la emergencia no llegaba. Es cierto que los terremotos eran más distantes, pero no parecía normal tanto tiempo sin otro tipo de eventos con efectos similares.

Por esto, comenzaron a surgir algunas inquietudes y molestias.

-Se deben estar apolillando esas ropas allá dentro –comentó alguno.

-Yo noto que sale mal olor, como si se hubiese muerto alguien… –dijo otro.

-Sí, es cierto –agregó un tercero-, huele como si fuesen cadáveres apilados en vez de montones de ropas.

Meses después, ante el relato de varios vecinos que dijeron haber visto varios ratones rondando el lugar, decidieron pedir ayuda a personal municipal para sacar esas ropas y deshacerse de ellas.

El personal municipal, por su parte, solicitó apoyo a bomberos y hasta lograron movilizar en un día excepcional al camión de la basura, que llevaron para cargarlo con la ropa.

Los vecinos, por cierto, durante el proceso, observaba desanimados e intercambiaban algunas frases.

-Parece que a Dios no le gusta la bondad –dijo uno, mientras veía como las donaciones se iban ahora a la basura.

-O no le gusta nuestra bondad, al menos –dijo otro.

-Es cierto –dijo un tercero-. Cierto y triste en realidad. No nos dejan ser buenos.

sábado, 21 de marzo de 2026

Pájaros.


“La noche negra se ennegreció aún más.
Los pájaros murieron en la cabeza de la noche”
Y. L.


No el suelo sino en los techos de las casas comenzaron a amontonarse los cadáveres de los pájaros.

Preferían morir ahí, supongo, sin que su muerte fuese vista más que por otros pájaros.

Los gatos, a veces, bajaban con algunos, pero por lo general los dejaban ahí, pudriéndose al sol.

Fue entonces que la situación comenzó a tratarse en las noticias y algunos expertos hablaron de peligros sanitarios y hasta de posibles epidemias, si no se recogían prontamente los cadáveres y no se investigaba la causa de la mortandad.

Respecto a la recolección de cuerpos y a las quemas controladas, podría decirse que todo funcionó relativamente bien. Hubo buena interacción delas patrullas civiles con servicios municipales y solo en casos aislados hubo que apelar a órdenes y allanamientos para evitar futuros problemas.

Sin embargo, respecto a la muerte de las aves, no se logró identificar un mal específico.

Sí se llegó a conclusiones más bien descriptivas –como que los pájaros solían morir de noche, por ejemplo-, pero no se apreciaron signos de enfermedades o síntomas que sirviesen para identificar futuras víctimas.

Por lo menos, se descartó la posibilidad de peligro para humanos y luego –aproximadamente en el transcurso de cinco o seis semanas-, la situación fue decantando hasta que la mortandad prácticamente desapareció.

Así y todo, durante esas semanas, se reportaron algunas muertes humanas, pero en la mayoría de los casos se trató de personas accidentadas –caídas de altura-, mientras intentaban recoger los cuerpos de las aves.

Cerca de mi casa, por ejemplo, un adulto mayor murió sobre el techo de su casa, pues al parecer sufrió algún tipo de ataque cuando estuvo arriba y no tuvo a quién pedirle ayuda.

Así y todo, si bien la situación generó gran alboroto en su momento, la aparición de otras noticias de importancia ayudó a que la situación quedase rápidamente en el olvido.

De hecho hoy, cuando intento hablar con alguien sobre aquel asunto, hay personas que incluso creen que me lo invento y se ríen nerviosas, cuando lo menciono.

Pero yo, por supuesto, nunca me invento nada.

Y lo que ocurre cada noche, habitualmente, lo recuerdo a la perfección.

viernes, 20 de marzo de 2026

Como en un safari.



A veces te preparas para enfrentar algo y descubres tarde que el problema es tuyo. Que no está en frente, me refiero. Que no es llegar y verlo fuera, directamente. Obviamente uso acá la palabra problema, pero en el fondo no es eso. No es tan simple, digamos, pero lo digo así para que me escuches. Para llegar desde el lugar común y no incomodar tanto. Porque claro, luego está la decisión que tomas. Hacerte cargo o no de aquello que descubres. Te lo digo de otra forma si quieres, para que no me culpes a mí, después de esto. Piensa que ingresas a esto como en un safari. Uno de esos en que no vas como espectador, sino que te preparan y hasta vas armado. Listo para llegar sigiloso, enfocar la mira, hacer algunos cálculos y apretar el gatillo. Llegas así, decía, solo que ya dentro descubres que no hay nada que cazar. No hay bestias, digamos. Ni siquiera paisaje hay ahí, aunque suene extraño. De hecho, intentando apuntar a algún sitio, descubres que cualquier cosa a la que dispares es, en el fondo, parte de algo que te pone en riesgo si lo destruyes. Y claro, sé que sigue sonando en el fondo como un lugar común, pero tú eliges donde poner la mira. Que decides observar mientras escuchas, quiero decir. Y deberás decidir también dónde quieres hacer la herida. El momento exacto en que apretarás el gatillo, me refiero. Porque lo harás en un momento dado, aunque intuyas que si comprendes dirás que no. La verdadera comprensión, en este sentido, viene después. Y a veces es tan clara y directa que no sabes qué hacer con ella. Y es que parece un final, casi, te dices. Y no lo es, por supuesto, pero no sabes.

jueves, 19 de marzo de 2026

Listado (s)



Por ese entonces, recuerdo que me gustaba hacer listados.

De hecho, andaba siempre con una libreta especial para realizar aquello.

Me gustaba ver como crecían los listados y hacerlos en orden, respetando criterios.

Con el tiempo, además de la libreta original, comencé a andar con otras dos libretas pequeñas.

En una de ellas anotaba listados de hechos y en la otra anotaba listados de sensaciones.

A continuación, el ejemplo de una anotación en un listado de hechos:

Justo a las 17 horas llegó a mi casa un libro de Eka Kurniawan que encargué hace 12 días.

Ahora, el ejemplo de una anotación en un listado de sensaciones:

Desaliento, cuando descubro que ya no quiero cruzar cuando el semáforo está en amarillo.

En estas últimas libretas, debo aclarar, lo que hacía en el fondo era una única lista (una en cada libreta, claro).

Además, al hacerlo, trataba de equiparar el número de anotaciones que tenía en ambas.

Ahora que lo pienso, hacerlo me sirvió un poco como ejercicio, para separar estos ámbitos y hacerme consciente de la diferencia que existía entre ellos.

No es que hiciese una jerarquía y valorara más un listado que otro, pero hacerlo me servía al menos para visualizar los bordes y cuestionarme por un momento qué era lo que “realmente” estaba ocurriendo.

Con el tiempo, por supuesto, estas libretas se llenaron y opté por no reemplazarlas.

No tuve una razón para ello.

Estas últimas frases, por cierto, no hubiese sabido en cuál de las libretas habría debido anotarla.

miércoles, 18 de marzo de 2026

Una pregunta válida.


 -¿Sabes qué es lo que pasa si tiramos rocas a ese río?

-¿Rocas? ¿Qué rocas?

-Rocas, nada más.

-¿Pero rocas grandes o pequeñas o…?

-Da lo mismo cuáles. Medianas si quieres. Lo importante es que sean muchas... ¿Sabes qué es lo que pasa?

-No, no sé… ¿Es una adivinanza, acaso? ¿Un chiste? ¿O quieres que realmente le lancemos rocas…?

-No, para nada… es una pregunta nada más. Una pregunta válida.

-Pues no sé qué decirte… O sea, no te entiendo, en realidad…

-No tienes que entender, es una pregunta directa, nada más. Una pregunta válida y directa.

-…

-Mira, te lo pregunto porque en realidad no sé, y entonces me lo cuestiono... O sea, si arrojas un trozo de madera sabemos que en el fondo el río lo carga… Que lo deja en la superficie, me refiero, lo arrastra… Piensa en una rama por ejemplo.

-Ya…

-Pues eso, sabemos lo que le ocurre a la rama si la arrojas al río. Pero si lo que arrojas son piedras…

-¡Las piedras se hunden…! Justo lo contrario que las ramas…

-Claro, eso lo sé. O sea, lo sabemos todos… Puedo entender que se hunden, pero yo me pregunto otra cosa: Luego de tirar las piedras, ¿qué es lo que le pasa al río?

-¿Me preguntas qué es lo que le pasa al río cuando lo comienzas a llenar de piedras?

-Sí…

-Pues no sé… ¿cómo mierda quieres que sepa?

-Piénsalo un rato.

-…pues no sé… ¿se desborda? ¿se sale de sí mismo?

-…

-¿Tampoco sabes?

-Claro que no. Por eso preguntaba.

-¿Y no quieres que le tiremos algunas, para ver qué ocurre?

-¿Algunas rocas?

-Claro.

-Puede ser, pero lo que le ocurre no necesariamente se va a ver.

-...

-...

-¿Tú primero?

-No, dale tú mejor primero y yo observo.

-Vale… Aquí voy.

martes, 17 de marzo de 2026

No morirás mañana.



Te mienten.

No hay prisa.

No morirás mañana.

Aun así, el corazón no late para que esperes.

Escúchalo un poco, cada día, cuando no sepas.

O cuando duela algo que no puedas o quieras arrancar.

Si yo supiese hablar, te hablaría desde ahí.

Me escondería ahí, si pudiese.

Sin palabras, pero ahí.

Entre latido y latido para que no tengas dudas.

O para que sepas, más bien, que hay respuestas para ellas.

Dentro tuyo, quiero decir.

Y sin palabras.


Te mienten.

No necesariamente por maldad, pero mienten.

Para no decir que desconocen, tal vez.

O simplemente porque tienen miedo.

Maquillan a los muertos, por eso, si lo piensas.

Pero mejor no lo pienses.


No hay prisa.

El ritmo está dado y la velocidad apenas puedes ajustarla.

Tú llevas ese ritmo.

Todos los llevamos.

Se escucha bajito cuando quieres oírlo.

Y te habla por tu nombre.


No morirás mañana.

Permíteme asegurar eso.

Ese es mi regalo.

Un día en el que entres con confianza porque es seguro que no vendrá la muerte.

En cambio, no pido nada salvo que creas en ello.

Que sin duda alguna, creas en ello.

Escucha:

Mañana estarás vivo… ¿qué quieres hacer?

El corazón no late para que esperes.

lunes, 16 de marzo de 2026

Fantasmas que ríen y fantasmas que lloran.



I.

He visto fantasmas que ríen y fantasmas que lloran.

Si no riesen o llorasen, sería imposible distinguirlos.

No tengo preferencias entre ambos, pues todos, en el fondo, siempre han sido honestos.

Eso no quita, sin embargo, que siga habiendo cosas que ellos no comprenden.

Y que rían o lloren, a veces, por las razones equivocadas.



II.

Hasta hace poco, pensé que no era visto por los fantasmas que veía.

Es decir, que yo era también, de cierta forma, un fantasma para ellos.

Me sentía cómodo, no lo niego, aunque supongo que habría sido injusto.

Así y todo, me avergoncé profundamente cuando me enteré que había sido visto.

He sido honesto sin mérito, me dije. Pero está bien.

Y les hice un saludo a la distancia.



III.

No estamos atentos de los otros todo el tiempo, pero sabemos que ahí estamos.

No necesariamente para el otro, digamos, pero al menos no buscamos escondernos.

Hablo de mí y de los fantasmas, por supuesto.

La relación que tenemos es valiosa, sin duda, pero más que nada es algo todavía sin pulir.

Es decir, ellos me observan y yo los observo, de vez en cuando, como si viviésemos en una casa con vigas a la vista.

Ellos serían las vigas, en este caso.

Así, ayudan sin saberlo a soportar el peso de algo que, sin ellos, podría venírseme encima.

En todo caso, alguien que observe esto desde fuera, podría interpretarlo de otra forma y decir que formamos una especie de estructura, y que de cierta forma somos parte de un mismo juego.

No me gusta esa idea, ciertamente, pero admito que así podría verse.

Si es un juego, les digo, reír y llorar estaría un poco de más, para todos.

Ellos hacen una pausa, para escuchar.

Luego me observan.

Hay afecto entre nosotros.

domingo, 15 de marzo de 2026

El mismo experimento.



Cada cierto tiempo, cuando chico, hacía el mismo experimento.

La primera vez lo hice en el colegio, como parte de una actividad, y más adelante –varias veces-, lo repetí en casa.

Era el experimento de poner talco en la superficie del agua y luego sumergir la mano.

Supongo que lo conocen, pero si no es así les cuento que, al hacerlo y retirar la mano del agua, esta sale seca, con el talco adherido a ella.

Creo que en el colegio tuvo una segunda parte aquel experimento, pero lo ocurría ahí ya se me olvidó.

Fue lo de sacar la mano seca, desde el agua, lo que me quedó en la memoria.

Y es que me parecía un hecho tan extraño, que tras el paso del tiempo me acordaba y creía que en mi mente lo había exagerado.

Y por eso, claro está, lo repetía.

Entonces, mientras volvía a observar mi mano salir seca desde el agua, me parecía que aquel fenómeno era como una falla en la realidad.

Como lo de los dobleces que puedes llegar a hacer, como máximo.

No es que no pudiese entender la explicación científica –sobre la cual investigué en profundidad-, pero lo cierto es que todo me parecía un poco menos real, cuando visualizaba mi mano saliendo seca, desde el agua.

Hoy, por cierto, a más de treinta años de haber realizado por primera vez aquel experimento, he vuelto a hacerlo.

Y volvió a funcionar, como siempre.

sábado, 14 de marzo de 2026

La tristeza del viajero.



El taxista que nos llevó desde el aeropuerto nos entregó una gran cantidad de pequeños folletos de distintos servicios.

La mayoría eran de hoteles, circuitos turísticos, restaurantes, tiendas de souvenirs… cosas de ese estilo.

El único que me sorprendió de entre todos ellos, fue uno que ofrecía un servicio de apoyo emocional profesional para personas “en tránsito”.

Me sorprendió principalmente porque hablaba de combatir un “mal” del que no había escuchado nada antes: la tristeza del viajero.

En el mismo folleto, por cierto, se daba a entender que era una especie de síndrome que sufrían algunos viajeros durante sus viajes, pero no se detallaba nada en especial.

-¿Has escuchado hablar de la tristeza del viajero? –le pregunté a C., mostrándole el anuncio.

Ella dijo que no, pero al parecer se interesó pues escaneó un código y pasó varios minutos viendo un video explicativo.

-Me parece que tiene que ver con la angustia de elegir –me dijo C., luego de un rato-. Al parecer mientras estás en un lugar sientes cierta tristeza por no estar en otro… ya sea por no haber escogido un destino distinto, o por no estar en el lugar de origen… y entonces como que pierde sentido, y se te hace más pesado todo…

-¿Por eso sale un dibujo de un hombre cargando esa maleta inmensa? –pregunté, haciendo referencia a una imagen en el folleto.

-Sí -me contesto-. De hecho en el video se utiliza una expresión extraña, como del agotamiento que se produce por cargarse uno mismo y no saber “llevarse puesto”… O sea, más o menos así se podría traducir…

-¿Pero crees que alguien solicitará a ese servicio? –le dije ahora-. A mí me parece ridículo que una persona, luego de viajar, gaste sus días de vacaciones en una especie de terapia que se produce justamente a partir de ese viaje…

-Puede ser –aceptó C.-, pero de todas formas si lees algunos de los otros anuncios todos promueven algo un poco absurdo o que podría cuestionarse, dependiendo del punto de vista…

Yo asiento, algo incómodo. Sin ganas ya de continuar con aquel tema.

-¿Elegimos un restaurant para ir esta noche? –pregunta C.

-De acuerdo –digo yo.

-Mira, yo estaba pensando en este… -dice ahora, extendiéndome uno de los folletos-. Se ve bonito… ¿No crees que se parece un poco a ese que fuimos una vez en L., cuando recién llegamos?

-Es cierto –digo yo-. Se parece.

-¿Entonces vamos a ese, esta noche?

-Claro… vamos a ese.

Ella se acerca y me abraza, alegre, todavía con algunos folletos en las manos.

-¿Todo está bien? –me dice-, ¿verdad?

viernes, 13 de marzo de 2026

Al otro lado de la montaña.



Estaba ya al otro lado de la montaña, a la orilla del río, cuando se acercó al lugar un niño con un caballo.

El niño –de unos diez años, calculo-, llevaba al caballo de las riendas, caminando junto a él.

También llevaba un celular en la otra mano y lo miraba cada cierto rato.

Quise saludarlo con un gesto, pero no me contestó, así que insistí hasta que contestó levantando levemente la cabeza.

El caballo, mientras tanto, tomó agua de una poza, junto al río.

Luego se acercó y se paró al lado de donde yo estaba.

Me quedé observándolo un buen rato.

-¿Nació así ese caballo? –le pregunté al niño.

-No –me dijo-, nació más chico. Son potrillos primero, luego crecen.

Lo miré para ver si se estaba burlando, pero no me quedó claro.

-Me refiero a si nació tuerto o le pasó algo después -expliqué.

El niño me miró extrañado, como si no entendiera de qué le hablaba.

-Al caballo le falta el ojo izquierdo –le dije, apuntando al lugar donde debió estar el ojo-. ¿Le pasó algún accidente o es así desde que nació?

-No sé –me dijo, mientras se acercaba a ver al animal-. No me había fijado… Igual el otro ojo está bueno.

El niño revisaba al caballo, como si de verdad nunca se hubiese percatado de aquello.

Incluso con el celular le sacó una foto a la cuenca vacía.

Luego se quedó mirando la foto.

-¿Siempre se fija en los ojos de los caballos? –me preguntó el niño, poco después.

-Solo cuando les falta alguno –contesté.

-Igual con el otro le basta y sobra –me dijo-. Es el mejor caballo que tiene mi familia.

Me quedé en silencio.

-Es raro tener dos ojos –dijo entonces el niño-. Es raro si con los dos vemos lo mismo, nada más.

-Puede ser –le dije-, pero con uno menos se ve un poco menos por ese lado… O sea, se deja de ver un poco.

El niño se tapó un ojo y se puso a observar el entorno, moviendo la cabeza.

-Igual sirve poco –dijo por fin-. Se puede vivir con uno.

El niño hablaba mirando hacia el río, pensando en voz alta, más bien.

-Un ojo -lo escuché decir-. Una boca, un corazón, un culo… Basta con uno, al final.

-Puede ser –comenté.

Tras esto, el caballo comenzó a moverse nuevamente y se acercó donde estaba el niño.

Él volvió a tomar al caballo de las riendas y, tras volver a mirar el celular, se fue sin despedirse.

Yo, mientras tanto, me quedé tapándome un ojo, alternadamente, y mirando el entorno.

Es verdad, me dije, no se pierde mucho.

Finalmente, respiré hondo y me dispuse a regresar, al otro lado de la montaña.

jueves, 12 de marzo de 2026

Pequeñas decepciones.


I.

F. se encuentra un encendedor, junto a una roca.

La roca estaba a la orilla de un lago, que ella visitó.

Yo debía haber ido con ella, pero al final no fui, aunque hablamos por teléfono casi todos los días.

Hace dos me contó que encontró el encendedor.

No es muy común, me dijo, y es bonito… ¿quieres que te mande una foto, para que lo veas?

Yo le digo que sí, si quiere.

Tal vez me faltó entusiasmo en mi respuesta, porque finalmente no me la envió.


II.

Ayer le pedí disculpas a F., por mi falta de entusiasmo.

Ella no entendía a qué me refería.

-Cuando me dijiste lo del encendedor… -le expliqué.

Ella ríe.

Luego me dice que no fue por eso que no me la envío, sino que cuando llegó a su habitación esa noche, se dio cuenta que el encendedor no funcionaba.

-¿Y? –le pregunto.

-Que si no enciende no es un encendedor –me dijo.

-¿No encontraste un encendedor, entonces? –le pregunto.

-No –dice ella, con cierta tristeza-. No encontré un encendedor.


III.

Acabamos de hablar, hace un par de horas.

Me pide que le cuente sobre mi trabajo, porque dice que no tiene nada que contar.

Entonces digo algunas cosas por cumplir… quejas, más que nada.

Pequeñas decepciones, supongo.

Nada tan grave en todo caso, como para no contarlas con cierta alegría.

O con cierto buen humor, al menos.

Como la noto muy callada, le pregunto si está ahí, o si le pasa algo.

Ella no contesta, pero sospecho que está ahí.

Poco después la llamada se corta.

Hace unos minutos, sin embargo, me envía la imagen de un objeto pequeño, muy extraño.

Es como un adiós, de cierta forma, intuyo.

O eso al menos creo yo.

miércoles, 11 de marzo de 2026

Todo comenzó con una silla antigua.



Todo comienza con una silla antigua.

O más bien, con el prototipo de una silla antigua.

Ahora que lo escribo, sin embargo, siento que suena grandilocuente decirlo así.

No lo de la silla, sino lo del “todo”, que inicia la oración.

Me refiero a que uno no habla realmente del “todo”, sino de un segmento breve, incapaz siquiera de imaginar el todo en el que está contenido.

Como sea, el caso es que Eero Saarinen diseña junto a otro arquitecto, una silla que es premiada y alabada por numerosos empresarios y artistas estadounidenses, que aseguraron su producción.

Sin embargo, bastantes años antes de ese premio, Saarinen había hecho a solas el prototipo de esa silla, el cual había enviado a un taller en Kirkkonummi, la ciudad finlandesa en la que él había nacido, para que la construyeran según sus indicaciones.

Ese prototipo, por cierto, se encuentra en una especie de museo –un hostal antiguo en realidad, con cierta galería de objetos en exhibición-, en la península de Porkkala.

Es uno de los dieciocho objetos que se exponían en el lugar, nada más.

Esto me lo contó un amigo que la fotografió y la publicó como parte de una nota en que hablaba sobre el rechazo de la simetría forzada en el diseño de Saarinen, que se publicó en una revista de arquitectura alemana.

Conocí la nota y las imágenes, por cierto, ya que este amigo me las envió antes de publicarlas, para que les diese una mirada.

Luego que se publicara –meses después en realidad-, me enteré que mi amigo seguía en Porkkala, viviendo en las ruinas de una base naval soviética que existía en el lugar.

-Vive muy poca gente por acá –me dijo un día en que hablamos, justo cuando cumplía tres años viviendo en aquel lugar-. Eso sí, vienen muchos visitantes para observar aves migratorias. Cuando vienen hablo con ellos y luego escribo notas que intento vender a algunos medios.

Hablamos esa vez de varias cosas hasta que recordamos sobre el prototipo de la silla y me contó que había ocurrido una desgracia.

-Una visitante danesa se subió a la silla y se colgó en el lugar –me dijo-. Tuvieron que clausurarlo y no han vuelto a abrirlo. Y eso que fue hace más de un mes. Creo que la mujer trabajaba en el análisis de unas pinturas rupestres bien famosas, que están cerca de un lago...

Sigue contándome así una serie de cosas hasta que de pronto me dice que me logró conseguir trabajo allá.

-Es para un proyecto de antología poética rural… -me dice-. Hay unos españoles que están viviendo acá y que ganaron un fondo para desarrollar el estudio y la antología. Hablé con ellos y un día, de pura casualidad, uno de ellos comentó algo sobre un conocido chileno, que resultaste ser tú y me dijo que te ofreciera el puesto.

-¿Para eso llamaste? –le pregunté.

-Sí, él me pidió que lo hiciera pronto. Quería que les diera tu contacto directamente, pero quise hablarte yo primero… Ha sido un poco enrevesado todo, pero así son las cosas, el tipo al que reemplazarías era la pareja de la danesa que se colgó saltando desde lo alto de la silla de Saarinen… y decidió finalmente no participar… ¿les digo que te llamen?

Me demoro en contestar.

-No sé –le digo-. La verdad es que me asusta la forma que tomó la historia…

-Sí –me dice, riendo-. No es muy simétrica, una cosa lleva a la otra y se dio así, nada más.

-Siento que si voy a hacer eso y luego regreso, seré un poco como esas aves migratorias –le digo-. Y no quiero ser un ave migratoria.

-¿A qué te refieres?

-Siento que me queda solo un sitio donde ir –le confieso-. Y ni siquiera me siento listo como para partir hacia allá.

Hablamos un rato más, evitando profundizar en cualquier otro tema.

Antes de despedirnos, él me pregunta qué puede decirles a los españoles.

-Dile que no me llamen –respondo.

-¿Nada más?

-Exacto -le digo-. Nada más.

martes, 10 de marzo de 2026

Alguien recoge las cosas que pierdo.



-A veces pienso que alguien anda tras de mí, a escondidas, recogiendo las cosas que pierdo... Sé que puede sonar absurdo, pero te aseguro que en verdad lo pienso. O sea, nunca he podido encontrar nada que haya perdido, por eso lo digo. Da lo mismo si el extravío se produjo hace segundos… Puedo voltearme de inmediato, prácticamente, y lo que haya perdido ya no está…

-¿No crees que te das mucha importancia?

-¿A qué te refieres?

-A la posibilidad de que alguien realmente ande detrás tuyo para recoger lo que pierdes… ¿no te parece que es ponerte por sobre los demás?

-Sí, puede ser, pero sabes… En el fondo no creo que me pase solo a mí. Me refiero a que probablemente haya otro grupo de personas a las que les pasa lo mismo. Un grupo de gente que nunca encuentra lo que perdió y otro grupo que sí puede encontrar aquello que pierde. Ya ves que puede ser una forma de clasificar a las personas incluso…

-¿Y a cada uno de los primeros lo sigue una persona que recoge y esconde aquello que pierden?

-Exacto.

-Pues igual es darte importancia, en el fondo… Eres parte del grupo privilegiado que es seguido por personas que…

-No, espera. No es un privilegio, a lo mejor me expliqué mal. Piénsalo un poco, ¿quién crees que es más feliz entre estos dos tipos de personas?

-¿A qué te refieres?

-A que tú ves como un privilegio algo que puede ser entendido casi como una maldición.

-No lo creo. Más allá de los supuestos tipos que los siguen, no encontrar lo perdido es finalmente seguir con un peso menos.

-¿Y si lo perdido es valioso o importante para el que lo pierde?

-Pues entonces le dolerá la pérdida por algún tiempo, pero al menos ya sabrán que no está, y aceptarán que no depende de ellos el poder encontrarlo…

-Eso si es que son conscientes de que alguien más se lleva lo perdido y pasa a ser inencontrable.

-Claro, pero ten cuidado porque también puede ser que no encuentres porque asumes que no encontrarás.

-No creo que ocurra así… O al menos no a mí. Y es que en mi caso, por ejemplo, yo diría que igual busco. O sea, sabiendo que ya es irrecuperable lo perdido observo igual… Sin esperanza, pero observo. Por último para observar al que esconde lo perdido…

-Y si lo llegases a ver, ¿qué harías?

-Pues nada… Tal vez hablarle simplemente de lo que me ocurre. Sin confesarle que sé que es él quien aleja de mí lo que he perdido. O confesándoselo indirectamente, como en la conversación que estamos teniendo…

lunes, 9 de marzo de 2026

No migraron este año.



Un hombre que vivía en el lugar se acerca a hablarme cuando me vio observando unas aves.

No migraron este año, me dijo.

Se quedaron aquí, donde siempre, y hoy no se ven bien.

Vinieron de la universidad incluso a hacer estudios y dijeron que la población puede llegar a desaparecer, si dejan de migrar.

La población de aves, me aclara.

Luego, me cuenta que a pesar de los estudios aún no han descubierto la causa.

Que las pocas veces que ha ocurrido, según le contaron, ocurrió a partir de cambios en el tiempo, pero este año no hubo mucha variación.

Tuvimos el mismo clima de siempre, me dijo.

Antes cantaban todo el tiempo y revoloteaban por todos lados.

Hoy ni siquiera se mueven mucho y los científicos que vinieron dijeron que la reproducción prácticamente desapareció.

¿No las nota usted algo extrañas?

Yo observo las aves, pero no sé bien qué responder.

No sé cómo eran antes, le digo, pero es cierto que están calladas.

Tengo una vecina que dice que ya no tienen qué decir, comenta.

Dice que a lo mejor se dieron cuenta que la vida es la misma en todos lados y eso les afectó.

Hace una pausa como para que yo agregue algo, pero no se me ocurre qué.

Yo no quise discutir con mi vecina, dice el hombre ahora.

No quise discutir, pero creo que tendrían que cantar igual.

O sea, si uno no tiene qué decir debe igual no más decir algo porque la voz se hizo pa eso.

Más la de los pájaros, ¿no cree?

Yo le doy la razón.

Luego, él se va.

domingo, 8 de marzo de 2026

Cosas de esa época.



*

Me costó entender, de pequeño, que la luna no se mojaba cuando llovía.

De hecho, todavía tengo un dibujo de esa época en que se ve la luna mojándose bajo una tormenta.

El dibujo está en cuaderno de kínder, que encontré el otro día haciendo orden en una caja en casa de mis padres.

Bajo la luna, el agua que cae desde ella está dibujada con rayitas pequeñas de otro color.

Un poco más claras, me parece, que el resto.



*

También en el cuaderno encuentro un dibujo del diablo.

No lo dibujé con cachos ni nada, pero está escrita la palabra abajo, así que supongo que eso es.

Está de pie, mirando hacia adelante, con los brazos a los lados.

En una mano tiene algo que parece un libro y en la otra un palo negro o algo similar.

También tiene algo dibujado en la frente, que parece una herida.

Bajo él la tierra es puntiaguda, como si lo hubiese dibujado en la cima de una montaña.



*

Apenas recuerdo cosas de esa época.

Así y todo, algunas situaciones quedaron en mi memoria, no sé con qué intención.

Una vez, en la noche, recuerdo que un rostro se asomó por la ventana del cuarto en que dormía.

Notó que lo vi, pero permaneció mirándome, hasta que alguien tras él, lo llamó.

Llovía afuera, según recuerdo, aunque con baja intensidad.

La persona que lo llamó, no sé por qué, pero pensé que era el diablo.

Un tipo alto, con la piel levemente brillante, por la lluvia.

Viejo y joven al mismo tiempo.

Tenía la vista baja y me pareció que reía.

Siempre he sentido que sabía, quién era yo.

sábado, 7 de marzo de 2026

Quiso atravesar la tormenta.



I.

Quiso atravesar la tormenta, pero la tormenta seguía su misma dirección.

No la seguía a ella, digamos, aunque probablemente eso pudo haber sentido.

Así, agobiada, ella debe haber ido poco a poco gastando sus fuerzas, sin nunca alejarse de la tormenta.

Poniendo a prueba su voluntad y su constancia, hasta que se agotó su energía.

Eso es, si me preguntan, lo que creo que ocurrió.


II.

Ahora bien, si me piden una hipótesis sobre aquello que falló, yo diría que –como a todos-, a ella le faltó mirar directamente la tormenta.

Mirarla en su conjunto me refiero y hacia su lugar de origen.

Asimismo, le faltó dejar de pensar que somos nosotros realmente, quienes atravesamos la tormenta.

Todo eso le faltó, en definitiva, creo yo.

Eso, en resumen, y levantar la vista.


III.

No es que la culpe, a todo esto.

Tampoco se trata de no querer valorar su esfuerzo y determinación.

Pero sin duda es un equívoco confiar tanto en nuestras capacidades.

Un error noble, digamos, pero un error al fin y al cabo.

Olvidar nuestro tamaño y pensar que podemos ir de igual a igual contra cualquier evento o fenómeno.

¡Qué vergüenza verlo así, ahora que ya lo hemos intentado…!

Sin éxito, por cierto.

Y sin que nadie, necesariamente, tenga aquí la menor culpa.

Nadie.

jueves, 5 de marzo de 2026

Algo que no extraño.



Trabajé una vez en un casino.

Me pagaban por participar de algunas mesas de juego, sin decir que era parte del staff.

En realidad no era muy bueno, pero mi participación le daba otra opción para que la casa se quedara con el triunfo.

Además de una suma fija, en el trabajo me habían prometido un mínimo porcentaje si lograba ganar unas partidas.

No era un mal trabajo –además tenía alojamiento, comida, traslados, ropa-, pero tuve la mala suerte que un día en que un mago hizo un show, me solicitaron salir de voluntario para un truco.

Era uno de esos trucos en que te meten a una caja y luego te cortan en pedazos.

En teoría, yo solo debía ofrecerme, subir al escenario, meterme en una especie de ataúd y estar tranquilo mientras el mago se las arreglaba para hacer el truco.

El problema fue que desde el punto de vista que tenía, logré ver como separaban mis piernas y ponían mis pies frente a mi cara.

Por la posición, era imposible que así fuera, pero reconocí en los zapatos que estaban frente a mí, una pequeña marca en la suela que me había hecho con pintura amarilla.

Eso me impactó y recuerdo que me congelé en aquel sitio.

Escuché los aplausos y observé como el tipo volvía a poner las cajas en su sitio y luego las abrió.

Entonces me invitó a ponerme de pie y bajar del escenario.

Lamentablemente, no pude hacerlo.

O sea, me puse de pie, pero sentía que algo había pasado.

Tenía miedo de dividirme si daba algún paso.

La situación se fue complicando y al final tuvieron que hacer una pausa y subieron hasta una silla de ruedas para trasladarme.

Horas después, un tanto más recuperado, me informaron que solo trabajaría hasta ese día.

Dijeron que había llamado demasiado la atención y que era peligroso que siguiera trabajando para ellos.

El mago, por cierto, solo logró hacer esa función, pues también fue cesado por no saber manejar mejor la situación.

Era un pakistaní que no hablaba español, de apellido Hanif.

Intenté averiguar más sobre él, pero no obtuve resultados.

También pregunté a los encargados del escenario y resultó que nadie le había ayudado con maquinarias ni elementos para realizar los trucos.

Trabajaba solo, fue lo único que me dijeron. Nadie lo ayudaba.

Por meses, luego de aquello, seguí con la sensación de haber sido cortado y rearmado sobre ese escenario.

De hecho, a veces hasta pienso que se quedó alguna parte de mí en una de esas cajas.

Algo que no extraño.

miércoles, 4 de marzo de 2026

El otro hijo.



Ella me contó que cuando dio a luz a su bebé, discutió con todos alegando que su hijo seguía en su vientre.

Me lo contó como si fuese algo de lo más común, mientras tomábamos algo, riendo incluso, cuando recordaba algunos momentos de la historia.

-La enfermera me lo acercaba –me dice-, mientras yo le alegaba que no, que ese no era mi bebé, y le intentaba explicar que el otro todavía pateaba allá dentro y pujaba por salir. Fue todo muy caótico… De hecho, creo que me puse algo violenta y les grité para que sacasen al verdadero, por lo que terminaron llevándose a mi hijo y me tuvieron que inyectar algo…

-¿Habrá sido debido a la anestesia o algo así? –pregunté.

-¿Qué cosa?

-Lo que sentías… tu reacción…

-No creo –contesta-. O no sé, en realidad… El punto es que ellos deben haber pensado que era momentáneo, pues luego de una hora o algo así se me acercó una doctora a explicarme que el rechazo era algo más normal de lo que se creía… Me habló de ciertas terapias y procesos, pero yo seguía convencida de que tenía todavía un bebé adentro…

-¿Pero de verdad sentías eso?

-Claro… -me dice-. De hecho, yo intentaba racionalizar… y hasta acepté que el bebé que me pasaban era mío, pero seguía sintiendo que en mi vientre tenía otro… Llegué a creer que tenía dos y que les faltó sacar uno y así se los dije… Les exigía que me tomaran otra ecografía y que hicieran algo… O sea, yo no iba a seguir con un bebé afuera y cargando con otro dentro mío… Estaba re loca, ¿no crees?

Como no sé qué decir, dejo que ella se ría simplemente y me quedo ahí, esperando a que termine la historia.

Luego de un rato, como ella no continúa me veo obligado a preguntarle qué paso después.

-No me gusta hablar de eso –dice entonces ella, cambiando su actitud.

-Pero… -intento decir-, todo salió bien después, ¿no?

Ella toma de golpe lo que quedaba en su vaso y se da un tiempo para decidir si me responde o no.

-Sicosis posparto –me dice, finalmente-. Casi dos años interna y cinco de tratamiento. Para terminarlo tuve que mentir y decir que todo estaba bien… Asegurarles que ya no sentía nada.

Yo la miro para ver si bromea, pero me doy cuenta que no.

Tampoco sé qué más decirle así que no digo nada cuando ella me dice que pidamos la cuenta y lo dejemos hasta ahí.

-De acuerdo –digo yo.

Cuando nos despedimos, poco después, observo como se lleva una mano a su vientre antes de irse.

No hemos vuelto a vernos, desde entonces.

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