I.
Se despertó inquieto. A la misma hora que siempre, pero inquieto. Se levantó y se sentó sobre la cama. Observó el entorno. Los muebles, las ropas, algunos libros... Todo estaba igual que siempre. Incluso la luz que entraba por la ventana y la temperatura que percibía, indicaba que sería un día similar al de las últimas semanas. Extrañamente, esto lo inquietó aún más. Como si la diferencia entre su propio estado interno y el estado exterior de las cosas fuera insalvable.
No se puede saltar este espacio, se dijo. Fracasaré si hoy intento llegar al mundo.
II.
No podemos asegurarlo, pero es probable que tuviese razón.
Salir de sí mismo ese día, para él, hubiese sido similar a caer en la nada.
Era más seguro aferrarse a su inquietud como a un tronco en medio de un río.
Un tronco que se arrastra con el río, junto con él, pero que le da cierta sensación de seguridad.
Soltarlo, pensaba, sería irremediable.
III.
Pasaron unos minutos hasta que él logró ponerse de pie. Entonces fue al baño y se quedó frente al espejo. Sin ver nada se quedó ahí, igual como dicen que les pasa a los vampiros. Entonces, mientras hacía correr el agua y se mojaba las manos, fue consciente de cómo nacía en él cierta rebeldía. O menos que eso, tal vez: la necesidad de protestar. De reclamarle a alguien por la situación. Por su propia inquietud y por toda una serie de cosas que ahora no recordaba de forma específica, pero que sin duda existían.
Sé que existen, se dijo. Sé que estorban. Sé que dificultan todo esto.
El final de ese último pensamiento coincidió con el momento en que se llevaba agua a la cara. Esto lo animó un poco. Volvió a mojarse entonces y esparció el agua en la piel, como si su rostro fuese una mancha y él pudiese borrarlo de esa forma…
-¡Quién mierda quiere borrarse el rostro! –dijo entonces, molesto, mirando en mi dirección.
Yo le devolví la mirada y vi que su rostro ya estaba medio borrado, aunque él lo negara.
-Siempre se trata de un inicio –dijo ahora, con un tono de cierre-. Si no te atreves a decirlo déjame a mí.
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