miércoles, 4 de marzo de 2026

Los lentes sobre el velador.



Desde hace algunos años se había acostumbrado a dejar los lentes sobre el velador.

Más cerca de ella incluso que el reloj despertador, que estaba un poco más atrás, junto a la lámpara.

No se trataba, sin embargo, de que los necesitase tanto.

De hecho, uno de sus mayores secretos era que veía relativamente bien, sin ellos.

Tal vez por lo mismo, pensaba, debía tenerlos cerca para recordar ponérselos.

No es que quisiera engañar a nadie, pero si la veían desenvolverse bien sin lentes, comenzarían las preguntas, y ella no estaba segura de poder expresar bien sus razones.

Ni a los otros ni probablemente a sí misma, pensaba.

Así y todo, la mejor razón que logró esbozar –solo en su mente y tras largos momentos de reflexión-, fue una frase que tampoco se explicaba del todo y que era más bien intuitiva: no se fiaba de sus ojos sin los lentes.

Se repitió eso varias veces, aunque lo cierto es que no la convenció del todo.

Y es que si bien era cierto que comprendía mejor el mundo desde atrás de esos de esos anteojos –o con ellos entremedio, más bien-, lo cierto es que tampoco comprendía mucho.

Mejor que sin lentes eso sí, pero no mucho.

Así y todo, con los lentes, eliminaba la posibilidad de no comprender algo por una falla física o fisiológica suya.

Y eso, sentía, era algo esencial.

Si no comprendo no será por culpa mía, se dijo a sí misma una vez, observando sus lentes.

Desde aquí, además, me siento más segura, agregó.

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