viernes, 17 de mayo de 2019

Cuando hace frío.


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Cuando hace frío me gusta comer helados. Antes me limitaba al de chocolate, pero hoy tengo gustos más variados. También con lluvia como helados.

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Cuando no tengo helado y hace frío me quedo a solas con el frío. No me molesta quedarme a solas. También me quedo a solas con la lluvia y si no hay lluvia y hay granizo igual me sirve. El helado, en cambio, no tiene sucedáneos.

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Me gusta el frío. Y me gusta el helado. Alguna vez pensé que me gustaba el frío porque me gustaban los helados. Cuando pensé eso, extrañamente, me sentí triste. Pero luego descubrí que el frío era para mí un gusto puro.

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Es raro hablar de gustos puros. O de la pureza, más bien, es raro hablar. A mí no me asusta, pero si hablo de eso me miran raro. Yo explicaría, pero no creo realmente que a alguien le pueda interesar.

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Por si acaso: un gusto no es puro si aquello que nos gusta no nos gusta por sí mismo y porque sí. Y el porque sí es un argumento válido siempre que nace desde la alegría y no desde el enojo. Si el porque sí se parece a una canción (con trompeta, batería y piano), es válido.

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Hoy hizo frío, pero no tenía helado. Así que me contenté con el frío. Muere gente, es cierto, con el frío. Pero es hipócrita cuando culpamos al frío de esas muertes. Y lo despreciamos.

jueves, 16 de mayo de 2019

Encuentro.


Me dijeron que se había muerto, pero yo lo volví a ver. Parecía vivo, por supuesto, cuando lo volví a ver. Entonces le comenté lo que me habían dicho y él se río un poco (solo un poco) y señaló que, si la información era cierta, morir no era tan malo, y que se sentía igual que estar vivo. Yo lo pensé un instante y le di la razón. Aunque me quedé pensando un rato como se sentía, exactamente, estar vivo. Cual era la sensación precisa, digamos, de ese estado. Entonces él cambió el tema y habló de fútbol. Luego preguntó por mí. Qué había hecho el último tiempo y todas esas cosas. Yo contesté y en el fondo dije lo mismo que le habría contado si nos hubiésemos juntado un año antes, o tal vez cinco. Y claro, él hizo también los comentarios que habría hecho en esas fechas. Bebimos un poco menos que antaño, pero nos emborrachamos antes. Lo comentamos. El lado bueno era que ahorrábamos dinero, dijo él. Yo iba a decir que ahorrábamos tiempo, pero al final lo dije. Se hizo de noche. Nos fuimos. Sumando y restando no recuerdo que haya pasado mucho más. Se me quedó en el bar una novela de Laszlo Krasznahorkai, que no estaba nada mal. También un polerón, pero eso no importa. Tras despedirnos, pensé que, si él en realidad estaba muerto, no daba siquiera para un buen cuento. Y si lo estaba yo, ciertamente, tampoco.

miércoles, 15 de mayo de 2019

En la lucha libre.


Fuimos a ver lucha libre.

Toda una tarde: al menos quince combates.

Disfraces a mal traer.

Cervezas de litro a $2000.

Un par de lesiones llamativas:

Un peleador vestido de charro que le frotó un par de jalapeños en los ojos a otro vestido de frac.

Y un peleador enano, vestido de pikachu, al que se le salió un hombro tras caer fuera del ring.

Entre las peleas, también, una que llamó nuestra atención y que fue más conceptual.

Desarrollada como una performance extraña que bien podría haber sido parte de una exposición de arte contemporáneo.

El hombre velcro versus el hombre teflón.

Con una gran presentación que explicaba las características de cada uno.

No sé muy bien cómo explicarla.

Había un cinturón brillante en juego.

El hombre teflón se movía ligero y el hombre velcro se notaba cada vez más pesado.

No se golpearon directamente.

Supuestamente al hombre velcro se le adherían cosas y al hombre teflón, por el contrario, le resbalaban.

Finalmente, el hombre velcro caía aplastado por el peso que llevaba.

Pero el hombre teflón no podía, tras el triunfo, ponerse el cinturón, pues este se le caía invariablemente y se caía incluso de sus manos.

Aplaudimos la pelea mientras la mayoría pifiaba hasta que entró corriendo un tipo, personificando a un dentista.

Combatió sin subir al ring con un peleador que personificaba a Hitler.

Pude ver, junto a mi asiento, cómo el dentista metía un alicate e intentaba arrancar un diente al falso führer.

 Me saltó sangre a un pantalón incluso mientras lo hacía.

Creo que apenas logró sacar un pedazo.

Luego, escuché cómo Hitler le decía que se equivocó de diente.

Me dio tanta lástima que me acerqué a él y cuando empezó la otra pelea le invité una cerveza.

También llegaron a tomar el hombre velcro y el hombre teflón.

-Velcro -dijo el primero, cuando se presentó.

-Teflón -dijo el otro.

-Vian -dije yo.

Mientras tomábamos, me dibujé un traje, en una servilleta.

Incluía, por cierto, una trompeta.

Hice lo posible para que la vieran, pero si fue así no hicieron comentario alguno.

Finalmente, Hitler tomó la servilleta para limpiarse la sangre que aún le salía de la boca.

Poco después, pagué las cervezas y me fui del lugar.

Ni teflón ni velcro, me dije.

Vian.

martes, 14 de mayo de 2019

Luna, bajo el sol.


Luna es una perra que se pasea por el patio.

Ya tiene algunos años y sufre ataques nerviosos.

Ante emociones fuertes, mayormente, sufre esos ataques.

Le dan medicamentos y eso la regula un poco, pero además ya tiene varios años, aunque se evite hablar de ello.

Hoy la observaba recostada en un sector del patio donde llegaba un poco de sol.

Comúnmente no descansa en aquel lugar.

Por lo mismo la miré y noté que estaba temblando un poco.

No tenía cómo saberlo, pero sentí que estaba muriendo.

Que había elegido ese lugar que está justo donde hace años enterramos otro perro.

Un perro que se llamaba Eclipse.

No lo pensé entonces, pero ahora que lo escribo me llama un poco la atención.

La Luna, bajo la luz del sol, sobre el lugar donde enterramos a Eclipse.

Me acerqué a Luna que miraba tranquila, a pesar de algunos temblores.

Le hice cariño, mientras sentía como su cuerpo estaba tenso y se ponía un poco rígida.

El sol también me llegó a mí, mientras estaba con ella.

Temblando o no, ambos nos mirábamos tranquilos, mientras nos llegaba el sol.

Pasaron así los minutos y pasaron también otras cosas que no vienen al caso.

Luna volvió a moverse y lamía las manos de quien se acercara a ella.

Así, finalmente, se recuperó.

Yo volví a mis cosas.

La tarde estuvo helada y apenas se sentía el sol.

Ahora, mientras escribo, en medio de la noche, tengo frío.

No sé dónde tenderme para buscar el sol.

Lo buscaré mañana, claro está, y quiero creer que será suficiente.

No debiese pedir más.

lunes, 13 de mayo de 2019

Puedes contar, si quieres, las hojas de ese árbol.


Puedes contar, si quieres, las hojas de ese árbol.

Medirlo, incluso, de mil formas.

Cortarlo y ver en sus anillos, su edad aproximada.

Eso y más puedes, pero se escapará a ti de igual manera.

Sin ir a ningún sitio, escapará de ti.


Y es que a ti, que sin raíces, puedes recorrer la superficie.

A ti que has dado nombre a cada elemento y lo has cuantificado.

Te ha sido negado, en cambio, lo más importante:

La profundidad de las cosas.

La comprensión íntima de las cosas.

El interior del mundo y de los otros.


Finges a veces que no importa.

Te convences a ti mismo, que no importa.

Te olvidas, incluso que no importa.

Pero sabes, sin embargo, que algo en ti busca siempre en otro sitio.

Aunque no lo busques, lo sabes.

Sé que lo sabes.


Invéntale un nombre, si quieres.

Utiliza, para eso, el lenguaje que has creado como red.

Intenta atraparlo y verás que no es la forma.

Escapará de ti como la vida escapa de los viejos.

Y tus pies seguirán sin ser raíces.

Y el límite de tus manos será la superficie de las cosas.

Y llorarás, si eres honesto, y ansías realmente, ser prójimo de alguien.

domingo, 12 de mayo de 2019

Un alcancía. Una ranura. Algo cierto.

"Medidme mientras vivo,
después será demasiado tarde"
W. N.


*
Tenía una alcancía, pero no tenía dinero. Fue hace muchos años. No recuerdo siquiera la forma de la alcancía, pero si la ranura por la que debía ingresarse el dinero. De hecho, esa es la forma que adopta hoy en día mi recuerdo. Una ranura, me refiero. Una ranura puesta sobre un cuerpo hermético. No perteneciente al cuerpo, la ranura, sino puesta ahí. Como un pequeño portal que unía dos universos. Un portal no hecho a mi medida, por supuesto. Eso es lo que recuerdo.

*
Yo estaba en uno, claro. En uno de esos universos. No tenía acceso directo al otro y como mencionaba antes: no tenía dinero. Por esto la alcancía y la ranura estaban fuera de mi alcance. Inaccesibles si no quería contaminarlos introduciendo algo en la ranura que no fuese dinero. Como un supuesto barco petrolero que derramara tinta china en vez de crudo. ¿A quién le miento si hago eso?, me preguntaba. ¿Qué es lo que contamino?

*
Como pasaba el tiempo y yo seguía sin dinero, terminé igualmente pasando otras cosas a través de la ranura. Palos de fósforos, botones, y hasta lentejas, recuerdo. Era extraño porque no sentía que estuviese echando algo en una alcancía, sino que estaba haciendo desaparecer algo, a medida que atravesaba la ranura. Y es que de cierta forma la alcancía seguía vacía, pensaba. Y era cierto.

*
Hoy ya no tengo esa alcancía, pero sigo sin dinero. Sin embargo, solo lamento no tener alcancía. Y es que a veces encuentro botones, palos de fósforos y hasta lentejas, y ya no sé qué hacer con ellos. Por otro lado, respecto a la ranura, podría decir que he descubierto alguna otra, pero debido a la forma que tiene, solo pasan palabras, por ella. Estas palabras, por ejemplo. Como un supuesto barco petrolero que derrama tinta china en vez de crudo. ¿Qué es lo que contamino?, me pregunto. ¿A quién le miento si hago esto?

sábado, 11 de mayo de 2019

Algo raro.


-¿No encuentras que hay algo raro? -dijo él.

-¿Algo raro? -preguntó ella.

-Sí.

-Pues no, no encuentro…

-Hmm…

-¿En la casa, dices tú?

-Sí… pero no sabría decir qué…

-Pero, ¿es algo malo?

-No… malo, no… pero es un poco incómodo… como una sensación de extrañeza…

-Igual no venías hace tiempo.

-Sí… sí sé, pero no es eso…

-En este tiempo he cambiado algunas cosas de lugar, tal vez sea eso…

-No sé… puede ser…

-¿Quieres algo de tomar?

-Un café, tal vez… ¿puedo prepararlo yo…?

-Claro. La cafetera al menos está donde siempre.

-¿Hago para ti, también?

-Bueno… pero solo un poco… no me gusta tomar café tan tarde…

-Sí… Lo recuerdo.

-…

-¿Sabes…? Veo todo y es como… No sé… como si hubiese una flor cortada en un florero… pero con el tallo hacia arriba…

-Pues en esta casa no hay floreros.

-Claro, era un ejemplo… para explicar la sensación…

-Lo sé… Yo también trataba de explicarte que no hay nada…

-…

-¿Qué haces?

-Estaba viendo esto… Parece que ya no suena la caja de música…

-¿Estás bromeando…?

-¿Por qué?

-Esa es la moledora de café.

-Uff… con razón la bailarina no empezaba nunca a moler los granos…

-…

-¿Ya ves…? Antes te habrías reído.

-Puede ser… por cortesía...

-Tal vez eres tú entonces la que tiene el tallo hacia arriba…

-No lo creo. Tal vez lo tenía antes… Ahora siento que he vuelto a mi posición correcta.

-…

-…

-Creo que ya está el café.

viernes, 10 de mayo de 2019

Hombre con máscara de perro.


I.

M. me cuenta que ayer lo asaltó un tipo que llevaba una máscara de perro.

Fue a la salida de un banco, justo al doblar por una calle angosta que se había quedado momentáneamente sin transeúntes.

Entonces, cuenta M., el tipo con la máscara de perro apareció desde detrás de un auto que se encontraba estacionado y lo apuntó con un arma.

“Guau”, dijo el hombre con la máscara de perro, mientras lo apuntaba.

Al parecer no dijo nada más.


II.

Yo pensé que me estaba hueveando, pero justo cuando comenzaba a reír me pegó un culatazo en la cabeza y casi me hizo caer.

Ahí todavía tengo el corte… mira.

Entonces el hueón indicó con su pistola mi mochila, donde había guardado el dinero, antes de salir del banco.

Y claro, yo se la pasé sin pensarlo, ya que me corría sangre por el rostro, y estaba nervioso.

Además, el dinero no era tanto y yo nunca he sido muy valiente.


III.

M. me explica que la máscara de perro era de goma, y estaba llena de detalles.

Era de esas que cubren totalmente la cabeza y tienen aperturas para ojos boca y un par de pequeños agujeros a la altura de la nariz.

Por lo mismo, no pudo describir al asaltante cuando, minutos después, fue a denunciar el robo.


IV.

Más encima me huevearon los pacos.

Por ejemplo, el que tomaba apuntes me preguntó si el hueón movía la cola.

Yo respondía porque en principio no me daba cuenta que me estaban hueveando, pero al final me molesté y les exigí que hicieran algo por buscar al tipo o encontrar lo robado.

A lo mejor Boby enterró la mochila, dijo uno.

Tal vez podamos mandar un agente encubierto con máscara de gato… dijo otro.

Yo no tenía mi teléfono para grabarlos y ellos lo sabían.

Y se aprovechaban de eso y se reían y hasta me decían que no había nada que hacer.

Ante lo inevitable no vale la pena esforzarse, me dijeron.

Es como con la muerte, dijo uno que estaba más lejos, haciéndose el listo.

En una de esas también anda por ahí con una máscara de perro, remató otro.


V.

Esa misma noche, sorpresivamente, alguien llamó a M., al teléfono de su casa, para decirle que había encontrado sus cosas.

Era una voz de mujer, posiblemente mayor, según calculó M.

En la mochila estaban sus documentos, un libro de Arlt y hasta la totalidad del dinero, le informó.

La mujer le pidió la dirección para enviarle la mochila por encomienda, pues dijo no estar en condiciones de juntarse.

Entonces M. pensó que podían estarlo engañando, para obtener más datos, y el maricón les dio mi dirección.

Ayer, de hecho, llegó la mochila con la encomienda y comprobé que venía todo.

Leí el libro de Arlt, lo guardé en mi biblioteca y hoy me gasté el dinero.

A M. le dije que en la encomienda venía un collar de perro y un hueso.

Me creyó porque sabe que no miento, salvo cuando escribo.

No supo sin embargo que esta vez yo mismo escribí y leí aquello que le dije.

Esto no es, por cierto, una confesión.

jueves, 9 de mayo de 2019

Un hombre y su auto.


Lo leo en el periódico.

Un hombre quería meterse a la cama con su auto.

No meterse a la cama dentro de él, sino acostarse con él, bajo las mantas, con el auto a un costado.

Era un auto negro, elegante.

Un Audi, creo, pero no recuerdo bien.

Entonces el hombre mandó hacer una cama para poder hacer lo que quería.

Varios meses se demoraron en diseñar y hacer su cama.

Y es que el problema no era solo el tamaño de la cama, sino la resistencia, la densidad del colchón y hasta la forma en que la ropa de cama debía ser dispuesta, para cubrir eficazmente al hombre y su vehículo.

Al parecer, sin embargo, todas esas dificultades fueron subsanadas y se logró así construir la cama.

Antes de usarla, el hombre mandó lavar varias veces el auto y hasta le compró llantas nuevas, para no ensuciar las sábanas.

Fue entonces que llamó a la prensa y dejó que lo fotografiaran, acostado junto a su auto.

Luego, respondió preguntas que se enfocaron principalmente en los aspectos técnicos de la construcción, y los aclaró al detalle.

Sin embargo, cuando se quiso indagar sobre el porqué, el hombre señaló que por ningún motivo iba a perder tiempo indagando en las razones que supuestamente motivaron sus acciones, ya que enunciarlas -según él-, no era más que llevar a cabo un engaño…

-En ninguna de las razones de los que hacemos -dijo el hombre-, está el verdadero significado de nuestras acciones. El único significado verdadero está en el deseo… en la pulsión carente de razón que es también, de paso, la acción misma…

Por último, le preguntaron si ahora, junto al auto, podía dormir mejor que antes.

-Hay hombres que solo pueden dormir cuando han hecho lo que debían hacer -respondió-. Pero yo no soy de esos hombres. Yo duermo bien si he hecho lo que deseo hacer, simplemente. Y casi siempre lo he hecho.

Con estas palabras, por cierto, termina la nota que aparece en el periódico.

Yo, por mi parte, elijo prácticamente las mismas palabras, para cerrar el día.

miércoles, 8 de mayo de 2019

Corto.


El día se me hace corto.

No digo que es terrible, pero es corto.

De hecho, el día es agradable.

Puede que hasta haya música, buen ritmo y vivos colores.

Sonreímos al saludar y andamos siempre limpios.

Supongo que nos bañamos, comemos y por supuesto, trabajamos.

Debe ser lo que hacemos, claro está, pero lo cierto es que no lo recuerdo.

Tampoco recuerdo conversación alguna.

Por otro lado, nuestras ropas están impecables.

Pareciera que nunca envejezco y el tiempo es espléndido.

Quejarse sería un despropósito así que no lo hago.

Pero para compensar, a veces sospecho un poquito.

No dejo de sonreír, sin embargo, mientras sospecho.

Y claro, lo que me lleva a dudar es un hecho bien concreto:

He encontrado notas en mis bolsillos, escritas con mi propia letra.

Nunca recuerdo, sin embargo, cuándo las escribí, ni por qué.

Las notas además proponen cosas absurdas.

Tanto así que yo mismo me siento absurdo cuando las muestro a los demás.

Que vivimos en un anuncio comercial.

Que hemos sido vaciados de espíritu.

Cosas así dicen las notas.

Y están escritas, como mencionaba, con mi propia letra.

Tal vez sea una broma que me hago a mí mismo, y por eso me río, al leerlas.

Además, me pregunto, ¿de qué podría ser el anuncio…?

Lo malo es que nunca llego a conclusiones pues el día llega a su fin abruptamente.

Ahora mismo, por ejemplo, llega el fin abruptamente.

Apenas alcanzo a saludar, y se acabó.

martes, 7 de mayo de 2019

Una fila de enfermeras.


Veo una fila de enfermeras, en la calle.

Igual que una fila de monjas en esas películas viejas.

Recuerdo, mientras las miro, una película mexicana antigua donde salían monjas en fila.

Caminaban recto, las monjas, en la película.

Sin mirar a nadie y avanzando siempre a un mismo ritmo.

Por calles en las que la gente vivía otra clase de vida.

Otra vida y a otro ritmo, digamos.

Y con otros intereses.

En ese tiempo, yo entendía que iban así porque iban hacia Dios.

Aunque si iban hacia Dios, pienso ahora, quién sabe desde dónde venían.

O por qué no llegaban.

Eso pensaba al ver las monjas, claro.

Eso y otra serie de preguntas que me hacía en ese entonces y que extrañamente no he olvidado.

Con las enfermeras, en cambio, no pienso mayor cosa.

Van en fila y es un tanto raro, lo admito.

Pero sus uniformes y mis años han desvanecido los enigmas.

No hay preguntas, digamos.

No hay extrañamiento.

Datos, tal vez, poco más ocurre al verlas.

La segunda tiene un cuerpo atractivo, me digo.

La última se parece a una chica que vi en Abril morir ahogada.

A eso se resume la fila de enfermeras.

Las dejo pasar, simplemente, hacia donde quiera que vayan.

lunes, 6 de mayo de 2019

La bomba que nadie vio.


Cayó sobre la ciudad hace un mes casi.

La bomba que nadie ve.

La bomba que nadie vio.

La bomba transparente y silenciosa.

Las esquirlas se enterraron en la carne, pero apenas y podían sentirse.

Un leve temblor, tal vez.

A lo más los ojos se irritaban, pero el daño no era inmediato.

Con quienes hablé no creyeron mis palabras.

Fue un viento fuerte, dijeron algunos.

La contaminación, dijeron otros.

Y al final siguieron con sus vidas.

Todos siguieron con sus vidas.

Como si la vida en realidad se desarrollara por inercia.

Por un impulso dado hacía tanto tiempo que ya nadie recuerda hacia dónde avanzamos.

O intentamos avanzar.

Ahora, en cambio, algo se instaló en la sangre.

Luego de la bomba, me refiero, algo se instaló en la sangre.

Prácticamente no se siente.

No aparece en los exámenes.

Me los hice casi todos y nada aparecía.

Reclamé en los laboratorios y fui con distintos doctores.

Solo uno, por no discutir, aceptó que pudo haber ocurrido.

Pero no se preocupe, me dijo, de igual forma eso no afectará en su vida diaria.

No me dio ni un día de licencia.

El trabajo fortalece el espíritu, me dijo, mientras sonreía.

Pero claro… él no sabía una mierda de mi espíritu…

Y tampoco sabía una mierda de mi vida diaria…

Llegó entonces el día siguiente y debía volver al trabajo.

Pero no volví.

Debía volver con los otros, pero di un paso al costado.

Observé el cielo y cerré los ojos para saber si venía alguna bomba más.

No se oía nada, si soy sincero.

Aunque es cierto: la bomba era silenciosa.

Podía fácilmente seguir explotando, pensé, en ese mismo instante.

Respiré hondo, mientras pensaba qué hacer.

Y nada pensaba, en el fondo, cuando pensaba qué hacer.

Déjala explotar, dijo una voz entonces.

No le des más vueltas, hijo.

Déjala explotar.

domingo, 5 de mayo de 2019

La mirada estrecha.


I.

-¡Ves ese hombre que está ahí, junto a la vía…? Pues está ahí desde la mañana. He estado atento y no lo he visto levantar la vista. Yo creo que está esperando a que pase el tren… posiblemente para arrojarse…

-No lo hará.

-¿No?

-No. El tren no pasa por ahí.

-¿Estás seguro?

-Sí. Estoy seguro.

-Tal vez antes pasaba.

-No. Nunca ha pasado por ahí. De hecho, eso no es una vía.

-¿No?

-No. No es una vía, fíjate en los extremos. Es una escalera, simplemente, sobre el suelo.


II.

-¿La viste bien, ahora?

-Sí. Me costó, pero ahora la vi.

-¿De verdad pensabas que era una vía?

-Sí… Lo que pasa es que tengo la mirada estrecha.

-¿Tienes la mirada estrecha?

-Sí. Bastante estrecha. Nada de vistas panorámicas, solo el centro.

-¿Y eso es malo?

-Pues no sé. No sabría contestarte. Desde cierto punto no lo vislumbro bien…


III.

-Igual es raro, en todo caso, que el hombre esté ahí hace tanto tiempo…

-¿Qué hombre?

-El tipo ese, junto a la escalera…

-Pues a lo mejor piensa que está frente a una vía…

-¿Y espera lanzarse, dices tú?

-Claro… por la actitud, digo yo…

-Para eso tendría que tener también la mirada estrecha.

-Tal vez la tenga.

-Hmm… No sé… No creo.

-¿Vamos a preguntarle?

-¿Ahora?

-Claro, ahora…

-¿Y no íbamos para otro lado, ahora?

-¿Para qué lado?

-No sé, para otro…

-Sí… Supongo que sí…

-Mejor seguimos, entonces.

-De acuerdo… sigamos.

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