domingo, 14 de julio de 2019

¿Sabes?


-¿Sabes…? Estaba pensando que aunque no hiciera nada hoy, igual llegaría mañana…

-¿A qué te refieres?

-Lo que te digo. Si en este momento, por ejemplo, yo me quedo así, sin moverme y hasta respirando de a poquito, sin influir en nada ni en nadie… el día de mañana igual va a llegar.

-Claro… no entiendo a lo que vas…

-Pues a nada en especial, en realidad… Solo ocurre que me di cuenta de eso…

-¿Que el mañana llegará igual?

-Claro… y el mañana de después de mañana y el fin del invierno y luego la primavera y luego… ¿qué sigue luego…? ¿el verano?

-Sí, el verano.

-Pues eso, si no hago nada de aquí hasta entonces todo llegará igual… No es que antes haya pensado que era yo quien los hacía llegar, pero es raro darse cuenta de eso…

-¿Darse cuenta que las cosas no dependen de ti?

-No… darse cuenta que puedes no hacer nada… que puedes estar así sin moverte o moviéndote de a poquitos, como decía antes… y que no importa… o no al menos para que lleguen todas esas cosas…

-Eso suena como algo triste.

-No… No es triste. Lo dije mal si se entendió así… De hecho, es todo lo contrario… Saber eso te libera, más bien, o te da un descanso… no cargas tú con el mañana, ni con el fin del verano, ni con la primavera… Solo debes ver qué hacer mientras eso pasa…

-¿Ver qué hacer?

-Sí… o no hacer… acuérdate que no es obligación… y además nuestras acciones no tendrían consecuencia en todo aquello, o si tuvieran, serían consecuencias muy limitadas…

-Pues eso también me suena como algo triste…

-Resuena en ti como algo triste, tal vez… Pero si lo piensas, yo no he dicho absolutamente nada.

sábado, 13 de julio de 2019

No tenemos más rey que el César.


-No tenemos más rey que el César -me dijo.

Yo lo miré, estaba parado firme, delante mío.

No se me ocurría qué contestar.

Conté hasta ocho antes que rompiera el silencio.

-No tenemos más rey que el César -repitió.

-Ya -dije entonces, por decir algo.

Pero el hombre no se iba.

Me fijé en sus ojos.

Brillaban un poco, humedecidos.

Parecía exigir algo, aunque no entendía qué.

-¡No tenemos más rey que el César…! -volvió a decir.

O a gritarlo, más bien, esta vez.

Intenté mostrarme tranquilo.

Tal vez era yo el que debía guiarlo hasta palabras menos crípticas… más agradables.

-¿Y es buen rey…? -le pregunté.

Él no respondió.

Pensé que no había entendido.

-El César ese… del qué hablabas… -quise explicar-. ¿Es un buen rey…?

El hombre no cambiaba su expresión.

Parecía angustiado, de cierta forma.

Intentaba calmarlo, pero no sabía bien cómo.

-Te lo pregunto porque… eh… bueno… ya que es el único que tienes… sería terrible que no fuese un buen gobernante, ¿no crees?

-¡No tenemos más rey que el César! -respondió, con una expresión molesta.

Su posición se había vuelto incluso más rígida, si podía.

Pensé en entregarle mis documentos, o hasta el dinero que llevaba, pero no sabía en realidad qué quería.

Di un paso atrás mientras quería ver su reacción.

-¡No tenemos más rey que el César…! -me gritó, como diciendo “no te muevas”.

Pero yo me moví de todas formas.

Me fijé que él se quedaba en el mismo sitio, como si no pudiese moverse hasta que yo dijera la frase que él esperaba.

Quise comprobarlo y me alejé otro paso más.

-¡No tenemos más rey que el César…! -gritó otra vez… desde el mismo sitio.

Noté que a esa distancia corría menos riesgo.

Me sentí un poco más seguro.

Ya estábamos a unos cuatro metros de distancia.

-Mira, lo cierto es que no te entiendo…

-¡No tenemos más rey que el César…! -interrumpió.

-Eso es lo que no entiendo…

-¡No tenemos más rey que el César…! -volvió a gritar, sin darme tiempo para hablar.

-No tenemos más rey que el César…! ¡No tenemos más rey que el César! ¡No tenemos más rey que el César…! -seguía gritando, desesperado.

Como no se movía, a pesar de sus gritos, decidí irme del lugar.

El tipo seguía gritando y yo me daba vuelta, tras alejarme un par de pasos, para asegurarme que no viniese detrás mío.

Cuando estaba ya en la esquina, a unos quince metros del hombre aún lo escuchaba gritar.

-¡No tenemos más rey que el César…!-seguía diciendo.

Me agaché a recoger una piedra.

-¡Cállate, loco culiao…! -le grité entonces, mientras e lanzaba una piedra, para ver si se iba.

No le llegó.

Ni siquiera se inmutó, en todo caso, cuando le pasó por el lado.

Siguió gritando, en mi dirección, como si nada.

Sin moverse ni un paso. Con los brazos rectos, a los costados.

Entonces recogí otra piedra. Y otra más.

Había muchas, en ese sector.

Volví a fallar con una, pero me acerqué unos pasos antes de lanzar la siguiente.

Pensé que incluso con la cabeza hecha pedazos aquel hombre seguiría gritando.

Pero decidí que iba a intentarlo, de todos modos.

viernes, 12 de julio de 2019

Botar cosas.

*
Botar de arrojarlas al piso. No de llevarlas a la basura. De sacarlas de su ubicación y lanzarlas violentamente. No queriendo romperlas, necesariamente, no siempre con tanta violencia, pero estrellándolas al menos. Dejándolas caer con más o menos fuerza para ir probando reacciones. Ajenas o propias, las reacciones. De ambas, probablemente.Inventando incluso a un otro a partir de la ausencia de reacción tras habar botado algo. De eso -más o menos-, se trata.

*
También en peleas de adultos y mucho en dibujos animados. Pero yo pensaba primero en los niños. En mi casa, por ejemplo, cuando los traen de visita y van arrojando todo lo que encuentran. Y claro, mi casa es propicia para ello. Abundan las repisas y los objetos dispuestos sobre superficies. Eso arrojan. Me miran y las arrojan. Los adultos se acercan y a veces los reprimen, pero yo los dejo hacer. Escondo tal vez las más frágiles y hasta a veces -cuidándome que me vean solo los niños-, arrojo yo mismo alguna al piso para ver sus reacciones. Extrañamente, tras verme hacer eso, los niños suelen dejar de botar las cosas. No sé a qué se deba este comportamiento.

*
Una vez alguien me dijo que yo juntaba aquellas cosas para alguna vez botarlas. Para arrojarlas cuando tuviese rabia y necesitase explotar. Como esas mujeres de antaño que lanzaban platos, en las películas. Hasta me citaron un estudio que explicaba qué tipo de personas organizaban sus cosas de esa forma. Al principio no lo tomé en cuenta, es cierto... pero ahora estoy seguro que alguna vez será así. Arrojar las cosas, me refiero. Botar repisas, lanzar objetos, derrumbar incluso, la biblioteca. No sé en todo caso si estoy lejos o cerca de ese momento. Por las dudas, en todo caso, he comenzado a guardar en cajas los elementos más frágiles. Eso hago, por estos días.

jueves, 11 de julio de 2019

Un poco más.


I.

Incluso hay documentos oficiales al respecto, pero yo lo leí en el genial Monstruos y Prodigios, de Ambroise Paré.

El caso está clasificado en la sección de “ilusiones diabólicas” y hace referencia a una muchacha llamada Magdalena, sirvienta de un rico ciudadano de Constanza, quien contó a quienes la conocían que había sido embarazada por el diablo.

A partir de los rumores y ante la posibilidad que esto pudiese ser cierto -ocurre en el siglo XVI, dicho sea de paso-, la mujer es retenida en una sección de la cárcel durante el mes previo al que debía dar a luz.

Entonces, atendida en el mismo lugar, resultó que tras el trabajo de parto no hubo un bebé, sino una serie de objetos extraños que habrían salido de su vientre: clavos de hierro, trocitos de vidrio y de madera, pequeños huesos, piedras, mechones de cabello… y otras cosas igual de extrañas que se detallan tanto en el libro de Paré, como en un documento oficial que se conserva hasta el día de hoy, en los registros históricos de una biblioteca de la región.

De la muchacha no se dice más en los documentos, salvo que sobrevivió al “parto”; y tampoco hay más información de los elementos que el Diablo, aparentemente, había puesto en su vientre.


II.

En el catálogo oficial del Museo del Juguete, en Praga, se hace referencia a un muñeco tradicional para el cuidado de los niños, probablemente originario de Suiza o Italia, cuya datación aproximada es el inicio del siglo XVII. Los materiales de aquel muñeco son tan extraños como coincidentes: trozos de hueso, piedra, clavos de hierro, vidrio y cabello, entre otros.

En el catálogo, aparece una foto menor en blanco y negro que apenas se distingue, y se menciona que está fuera de exposición desde el año 2010.

No se dice más al respecto.


III.

La relación puede ser ridícula, sin duda. Y estoy consciente que no es nada original después de las numerosas películas de muñecos diabólicos y otros argumentos de esa índole. Sin embargo, a veces suelo tomarme en serio estas historias.

Las dejo acá, apenas esbozadas -mal esbozadas la mayoría de las veces-, pero lo cierto es que trato de decir a través de ellas alguna otra cosa (que no sé, en realidad, si pueda llegar a decirse).

Como casi nadie lee esto -y si se lee es poco probable que se distinga aquello que realmente se está intentando decir-, aprovecho de cerrar el texto de la forma más arbitraria posible: con una frase sacada de la página en que quedé de un libro del que estaba preparando un posible control de lectura (El caballo amarillo, de Boris Savinkov):

“Si la cruz es pesada, álzala aún más. Si el pecado es grande, comételo. Y el Señor sufrirá contigo, y te perdonará”

Una hermosa blasfemia, sin lugar a dudas.

Y poco más.

miércoles, 10 de julio de 2019

En dos patas.


Acostumbró a su perro a andar en dos patas.

Primero fue la gracia de un momento, pero luego el perro se acostumbró a hacerlo por sí solo.

No siempre, es cierto, pero al menos lo hace todo el tiempo al interior de la casa.

El perro se llama Gastón.

Camina chistoso y parece una especie de mayordomo preocupado, aunque inútil.

Se mueve de un lugar a otro, pero es evidente que no tiene en la casa una labor concreta.

Tiene un plato con agua y otro con comida sobre una mesita, para que coma y beba de pie.

También tiene un par de cojines, para que descanse.

Prácticamente no ladra y mantiene por lo general una apariencia seria.

Nada de sacar la lengua ni andar babeándose encima.

Cuando vienen visitas acostumbran ponerle una corbata tipo humita, para que su gracia sea más vistosa.

Y puede sujetar una pipa en el hocico, así que de esa forma suelen siempre fotografiarlo, o grabar algún momento.

Como ellos no tienen hijos algunos dicen que Gastón es como el hijo que nunca tuvieron.

Y aunque algunos lo piensan, nadie se atreve a decirles que el perro, en dos patas, es también como el amor que nunca tuvieron.

A veces creo que Gastón se los diría, si es que supiese hablar.

Pero hasta el momento, al menos, solo le han enseñado a andar en dos patas.

martes, 9 de julio de 2019

Tréboles en un cuaderno.


Corta tréboles de cuatro hojas y luego los pega en un cuaderno.

Lo hace desde pequeño, cuando un tío le prometió darle una moneda por cada uno que encontrara.

Era difícil, pero esforzándose podía encontrar alguno, de vez en cuando.

Si tenía donde buscar y un poco de tiempo, por supuesto.

Desde entonces han pasado más de quince años y todavía, cuando ve tréboles, se pone a buscar de inmediato.

Sin embargo, cuando está con otra gente se avergüenza y finge a veces buscar otra cosa o simplemente se aguanta.

Como yo lo conozco desde hace años y me tiene confianza una vez me mostró el cuaderno.

En cada una de las hojas había entre ocho a diez tréboles de cuatro hojas sujetos con scotch.

Debajo de cada uno, con signos pequeños, la fecha y el lugar donde fue encontrado.

Algunos tréboles están muy dañados y apenas se nota lo que son.

Dentro del cuaderno también tiene sueltas algunas fotos, la mayoría muy antiguas.

-¿Y te han dado buena suerte? -le pregunté esa vez, al ver su cuaderno.

-No sé… -contestó-. Ni buena ni mala, yo creo…

-¿Ni buena ni mala…? ¿Qué quiere decir eso? -pregunté.

-Que me han dado lo que debían darme, nada más… -señaló-. La suerte que yo merecía, supongo.

-Hmmm -dije yo, todavía sin entender.

lunes, 8 de julio de 2019

Dormido.


No sonó el despertador.

Se quedó dormido.

Mientras seguía durmiendo -a medio despertar, más bien-, notó que la luz estaba entrando por la ventana.

Comprendió que era tarde pues generalmente se levantaba cuando aún estaba a oscuras.

No quiso mirar la hora hasta que se hubiese duchado y actuado de forma similar a las otras mañanas.

No hay para qué desesperarse, se dijo, es solo cuestión de luz.

Dejaré que más tarde se transforme en cuestión de tiempo.

Encendió la cafetera y entró al baño.

Se duchó tranquilo, luego se vistió y repasó su afeitado con una máquina eléctrica.

Luego se sirvió el café.

Lo acompañó con un par de galletas de limón.

Todo estaba bien, solo había más luz.

Eso no podía ser malo.

Fue entonces que tomó su celular y miró la hora.

Luego tomó su bolso -había cambiado el maletín hacía un par de meses-, y fue hasta el auto.

Observó el auto antes de subirse.

No solía hacer eso, cada mañana.

Tal vez era porque la luz del sol, recién saliendo, iluminaba al auto de una forma que él no había visto antes.

Se quedó entonces en esa posición y cerró los ojos, frente al auto.

Imaginó por un instante que detenía el tiempo.

Sintió que la luz era tibia, cuando tocaba su piel, mientras cerraba los ojos.

Casi cálida.

La sensación era tan agradable que no quiso moverse.

El sol está ahí para esto, se dijo, como si hubiese hecho un gran descubrimiento.

La vida incluso, completó, está ahí para esto.

Respiró hondo.

Todavía con los ojos cerrados respiró hondo.

Sentía que había comprendido algo.

Dejó pasar unos segundos y se le ocurrió entonces contar hasta tres.

Sin tener un objetivo claro, se le ocurrió contar hasta tres.

Uno, contó.

Dos.

Tres.

domingo, 7 de julio de 2019

El otro Absalón.


I.

Para alegrar al rey trajeron otro Absalón. Era un par de centímetros más bajo, pero sin duda era más fuerte y hábil en batalla. Lo encontraron mientras recogían los cadáveres, empeñado aún en matar algunos enemigos a medio morir que se arrastraban por el campo. Sin decirle para qué lo querían lo lavaron bien y lo vistieron con bellas prendas. Luego le explicaron de la muerte de Absalón y la tristeza del rey. No es justo que sufra tras el triunfo en la batalla, le dijeron. Tú serás el nuevo Absalón, si él lo permite, hasta que acepte la pérdida. Entonces el otro Absalón fue llevado hasta el rey, quien lloraba en palacio.


II.

Desde lejos pudo confundirse el rey y alejar la tristeza un instante. Y es que el otro Absalón vestía igual que el perdido y se acercaba a palacio, acompañado por varios hombres. La distancia y los ojos engañaban bien al corazón, pero el rey sabía que a pocos pasos sería un simple monigote. Dio órdenes entonces para que no se acercase y paró de gemir un momento. De pie, ante los hombres, aprovechó el rey para brindar unas palabras por la victoria, pues no era justo para el pueblo ver al rey triste en pleno festejo. Dijo el rey que el costo del triunfo había sido alto, pero no pronunció el nombre de Absalón ni conocía tampoco el de los otros hombres muertos. Luego entró a palacio en busca de su cuchillo.


III.

Ya a solas, pidió el rey que llevaran ante él al otro Absalón. Poco después, desde el trono, pudo observar como este se postraba ante él y no se atrevía a alzar el rostro. Tú fuiste el costo de la victoria, dijo el rey, parándose del trono. Y Dios te envía nuevamente para que elija yo entre su pueblo y la sangre del que ha sido mi hijo, que ha de volver a ser derramada. Mientras decía esto, enterró de un solo golpe el rey el cuchillo en el otro Absalón y desgarró cuanto pudo. Ahora solo falta que otro rey llore a este otro Absalón, dijo el rey, que por un momento dudó si era el uno o era el otro.


IV.

El otro Absalón se vio llevado a palacio. Todo era posible, pues le habían advertido sobre las posibilidades que albergaba. Le entristecía el rey pensándolo su padre, y se avergonzaba de comparar un dolor con el dolor de un rey. Por eso iba en silencio. Por eso sus pasos eran breves. Se inclinó entonces y escuchó palabras que no comprendió ni intentó comprender. El acero, en cambio, era sin duda un lenguaje más directo. Lo sintió clavarse en su cuello, mientras se le arrancaba un grito. Fue como un pájaro que hubiese tenido dentro que se liberara por su propia cuenta. Cayó al piso. Sintió que alguien intentaba en vano separar la cabeza de su cuerpo. Yo ya he muerto, se dijo, y ahora ha muerto el otro Absalón. Nadie preguntó su nombre, así que a nadie entregaron el cuerpo. El rey olvidó, antes de la próxima batalla.

sábado, 6 de julio de 2019

Puedo escribir los versos más repetitivos esta noche.


Puedo escribir los versos más repetitivos esta noche.

Escribir por ejemplo:

Puedo escribir los versos más repetitivos esta noche.

Y decir entonces unas cuantas cosas sobre el amor.

Y unas pocas más sobre el extrañamiento.

Parafrasear, digamos, unas cuantas verdades ya escritas.

Y claro, leerlas a medida que escribo, usando un tono solemne y apesadumbrado.


Puedo escribir los versos más repetitivos esta noche.

Y quejarme un rato por el paso del tiempo.

Y hablar del dolor y del hambre y hasta del frío.

Puedo hacerlo sin salir de mí mismo y sin dar un paso hacia nadie.

Y hacer que tiemble mi voz.

E invocar al Dios que duerme tras las puertas cerradas.

Y regocijarme en el eco vacío de los signos.


Puedo escribir los versos más repetitivos esta noche.

Cualquiera podría, de hecho, escribirlos.

Pero los que los lean más alto parecerán que tienen verdad.

Y el de voz más lúgubre arrojará al final la palabra destino.

Las palabras se amontonarán a sus pies y se subirá en ellas como a un cúmulo de mierda.

Y pisará la palabra amor, y la palabra dolor, y la palabra hijo.


Puedo escribir los versos más repetitivos esta noche, dirá alguien.

Y tal vez ni siquiera sea noche, pero a nadie importará, que haya mentido.

viernes, 5 de julio de 2019

Ella se casó con un dentista.


Ella se casó con un dentista.

Había sido su secretaria, años atrás, y luego pasó a ser su ayudante.

Poco antes que se casaran el le pagó un curso para que aprendiera a usar algunos instrumentos.

También dedicó varias sesiones a dejar sus dientes impecables.

Hicieron un viaje juntos.

Poco después se casaron.

Él le presentó otros amigos dentistas y ella consiguió llevarse bien con algunas esposas.

Solían juntarse los fines de semana.

El dentista no quería tener hijos y ella aceptó.

También aceptó tener menos sexo del que hubiese querido.

A veces, por las noches, veían series documentales relacionadas con la ciencia.

A él parecían interesarle más que a ella.

En ocasiones, hablaban sobre el trabajo o planificaban el fin de semana.

No parecían tener grandes problemas.

En quince años ella lo engañó una vez y él no superó las cuatro.

Nunca con grandes escándalos, por cierto.

Nunca poniendo en riesgo el matrimonio.

Lo único que le molestaba a ella, persistentemente, era el tono de voz que él utilizaba cuando intentaban hablar de algo serio.

Y es que sentía que era el mismo tono que él usaba con sus pacientes cuando los autorizaba a escupir.

Cuando eso sucedía, en el lugar de trabajo, era ella quien le indicaba al paciente donde debía hacerlo y le acercaba un paño y un vaso con agua, por si quería enjuagarse.

Él, en tanto, daba por terminada su atención con esa frase, y solo le restaba despedirse cordialmente o aclarar alguna información, luego de aquello.

Ese momento, por cierto, a ella le molestaba, pues lo asociaba a una actitud del esposo en que lo percibía distante y desligado de aquello que lo rodeaba.

Cada día se repetía al menos 15 veces ese momento.

Ella podía aguantarlo, sin embargo.

Es solo un pequeño sacrificio, se decía, en pos de un bien mayor.

Cualquier persona sensata, sin duda, habría estado de acuerdo.

jueves, 4 de julio de 2019

Una respuesta.


Pasó años buscando respuestas.

O más bien, pasó años buscando a alguien que tuviera respuestas.

Respuestas en las cuáles creer, por supuesto.

Respuestas que al menos parecieran verdaderas.

Pasó así por varias iglesias y tuvo reuniones con numerosas personas.

Algunos parecían saber, por supuesto, pero finalmente solo encontraba decepciones.

Cuando ya prácticamente había dejado de buscar le hablaron de alguien que vivía en la montaña.

Sin mucha esperanza fue hasta donde vivía esta persona.

Era un hombre de unos sesenta años que vivía solo en una cabaña.

Le dieron mal la información, le dijo el hombre de la cabaña.

Yo no tengo respuestas.

Solo sé doblar cucharas.

Poco después le demostró que era cierto.

Puso una cuchara de metal sobre la mesa, y tras concentrarse y mirarla fijamente la dobló sin tocarla en lo absoluto.

Ni siquiera puedo decirle cómo lo hago, agregó el hombre.

Ni esa respuesta tengo.

El que buscaba respuestas miró la cuchara y por un momento pensó que era más de lo que había encontrado en otros sitios.

Era solo un metal torcido, es cierto, pero al menos se trataba de algo verdadero.

El metal torcido, digamos, era algo verdadero.

No contenía el secreto del sentido de la vida ni la respuesta sobre la existencia de Dios, pero lo cierto es que la presencia de aquel metal torcido lo tranquilizaba un poco.

Si quiere puede llevarse la cuchara torcida, dijo el hombre que la había torcido.

Gracias, contestó el hombre que buscaba respuestas.

Se guardo entonces la cuchara en un bolsillo y mientras se alejaba, apoyó su mano en el metal frío de aquel objeto.

Uno puede creer en esto, pensaba el hombre, mientras subía al auto.

Uno puede creer en esto, repetía, y con esto basta.

miércoles, 3 de julio de 2019

¿Las razones?


¿Qué quieres que te diga…?

¿Las razones?

Pues las razonas son tan profundas que no las veo.

En otro tiempo… tal vez, lo hubiese hecho…

Pero ahora me encuentras mayormente en la superficie.

Flotando en mí mismo.

En la superficie de mí mismo.

No miento con esto.

No evado otro tipo de respuesta.

Lo que ocurre es simple:

Desde aquí no veo, las razones.

No las percibo, siquiera.

Aunque deben existir, por supuesto.

En la profundidad de uno.

Como esos extraños peces abisales.

Lo que te digo es cierto.

Las respuestas son tan profundas que no las veo.

Y yo he abandonado esa profundidad, desde hace tiempo.

No por cobardía.

No por miedo.

Pero no alcanzaba a salir, por ejemplo, cuando me requería la superficie.

Tal vez tú también sepas de eso.

En mi caso, al menos, me he cuestionado mucho sobre el lugar correcto.

El sitio donde establecerse en uno mismo.

Desde donde hablar, sin ir más lejos.

Y claro, sin decidirme del todo, deambulo por la superficie.

Y la voz se desordena y los signos se alinean torpes, como puede verse en este texto.

¿Así y todo quieres que te diga las razones…?

Porque si lo quieres o no, igualmente yo no puedo.

Creo que ya lo dije un par de veces:

Las razones son tan profundas que no las veo.

martes, 2 de julio de 2019

Un agujero negro en el fondo de una taza de café.


Preparo el café.

Me sirvo una taza.

La tomo mientras leo algo.

Poco después termino el café.

Como no lo filtro muy bien queda un fondo negro, en la taza.

Lo observo.

Por largo rato lo observo.

Entonces, sin buscarlo, lo descubro.

Un agujero negro en el fondo de mi taza de café.

Eso es lo que descubro.

Me acerco un poco para verlo de cerca.

Siento incluso cómo me atrae, hacia él.

Juego un poco con esa atracción.

Me acerco y retrocedo, para medir fuerzas.

Por un momento pienso que estoy ganando, pero de pronto comprendo que he sido ingenuo.

Y es que entonces, de improviso, el agujero negro comienza a absorberme.

Era un riesgo, digamos, y no tomé resguardos.

Mientras termina de tragarme vuelvo a estar sentado frente al café.

Justo en el momento en que el agujero devoraba mis pies.

Soy y no soy yo, pienso entonces, sentado frente a la taza.

O más bien: soy yo viendo como desaparezco en el agujero negro.

Para asegurarme de lo ocurrido, sin embargo, vuelvo acercarme al fondo de la taza.

Y el agujero negro, nuevamente, comienza a tragarme y se repite el ciclo.

Así, mientras observo a un nuevo yo desapareciendo, vuelvo a estar sentado pensando que tal vez ahora sea un yo disminuido en relación al que ha absorbido ese agujero.

Que sea eso y no lo sepa.

Para evitar que la situación se repita, entonces, decido tomarme los residuos que quedan en la taza, de una vez.

No debe ser muy sano, es cierto, pero sin duda es menos sano dejar ahí un agujero negro.

Así, tras tomar los residuos, siento de improviso un golpe fuerte, desde dentro, a la altura del pecho.

Si hice bien o hice mal, supongo que lo sabre otro día, o en otro momento.

Preparo el café.

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