lunes, 31 de octubre de 2011

Encuentro con la gran calabaza, o cómo se contenta a un espantapájaros.

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I.

Sé ser desagradable. Practiqué muchos años y podría decirse incluso que me gradué con honores. No necesito estar borracho ni haber tenido un mal día. Es cuestión de disponer de cierta forma el discurso y estar atento para descubrir qué cosas molestan a los otros. Eso al menos en primera instancia.

Una cosa que molesta a algunos es por ejemplo que uno se vaya por las ramas.

¿Conocen esa expresión?

Quiere decir que uno promete hablar sobre un tema y luego va alejándose poco a poco de aquello que prometía ser el centro. Me acuerdo que tenía un tío que hacía eso. Se llamaba Luis, y era hermano de mi madre.

Él me enseñó que otra cosa que molesta es que uno trate al otro como un tonto, y le vaya explicando las cosas paso a paso. Me refiero a que aunque se trate de algo sencillo uno comience a dar ejemplos y haga caso omiso de la capacidad de comprensión que tiene el receptor. De esta forma, si yo les contara a ustedes, por ejemplo, por qué no deben tildarse, los monosílabos –salvo excepciones-, comenzaría a explicar paso por paso las resoluciones de la RAE (que es la que decide oficialmente qué se hace con estos temas) hasta que ustedes se sientan tratados como seres carentes de ejercicio sináptico (eufemismo para referirme a la falta de inteligencia).

Pero claro… no quiero hablarles de técnicas ni elucubraciones varias. Pues mi interés aquí es más sencillo, y consiste en hablarles sobre la gran calabaza, muy de moda por estos días.

¿Y es que saben…? Hoy me encontré una gran calabaza. Estaba en un terreno donde cultivan flores y donde además se encuentra un espantapájaros.

No sé, sin embargo, si se trata de la Gran Calabaza –la original, me refiero-, pero sin duda era un interlocutor válido.

-No se atreva a acercarse –me dijo la calabaza-. No estoy lista aún y el espantapájaros está triste.

-¿Y qué tiene que ver que el espantapájaros esté triste…? –pregunté yo.

-¿Y qué tengo que ver yo con Halloween y ya ve como me despedazan…? –alegó ella, mientras se le quebraba la voz y el espantapájaros sonreía.

Dicho esto la calabaza se volteó y el espantapájaros volvió a su expresión indolente.

Y claro, yo comencé a pensar en lo fácil que era alegrar a un espantapájaros y en que la calabaza encontrada era un tanto difícil de tratar, con lo que mi pensamiento se volvió neutro y equilibrado, como la vida de las flores plásticas.


II.

Sé tanto ser desagradable que a veces hasta resulto agradable. Lo sé porque me lo han dicho y porque he indagado al respecto, con buenos resultados.

Quizá es por eso que nunca he logrado por mí mismo sacarle una sonrisa a algún espantapájaros.

Y es que a los espantapájaros le molestan las contradicciones.

En cambio, de las calabazas uno al menos puede obtener una sonrisa a base de cuchillos, con lo que se empareja el tema.

Con todo, debo reconocer que sigue siendo el ser humano común, el mayor de mis desafíos.

Y es que no me quedan claras las ventajas de ser agradable o desagradable con mis semejantes, y esto me lleva constantemente a un estado de desesperación que se ha ido transformando, con el tiempo, en algo así como una rutina.

Así y todo, cuando me toca enfrentar a personas por las cuales estoy sintiendo un profundo afecto –y no crean que esto sucede muy a menudo-, cualquier tipo de diferencia entre ser agradable o desagradable desaparece y la torpeza viene entonces a ocupar el sitio de honor, y provocar algunos desajustes.

Pero bueno, hablar de mis torpezas sería en el fondo comenzar a hablarles de otra historia, y podrían pensar ustedes que con eso yo comienzo a irme por las ramas… y claro, yo querré entonces explicar y ustedes sentirán que los trato como si fuesen estúpidos... Y a fin de cuentas en ambos casos habré terminado ofendiéndolos.

Por eso -no porque sean estúpidos sino justamente por no quererlos tratar como si lo fuesen-, es que dejo hasta acá este texto, y me dispongo mejor a dormir, después de excesivas horas de vigilia…

¿Entendieron aquello que quería decirles…?

Eso espero.

domingo, 30 de octubre de 2011

Si me preguntan a mí sobre el paisaje.

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“No ha de presumirse la existencia de más cosas
que las absolutamente necesarias”.
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Vemos por ejemplo un paisaje,
uno cualquiera,
no importan los elementos.

Si me preguntan a mí,
lo cierto es que veo agua
y sauces,
y hasta gente caminando
en la distancia,
como pequeñas manchas
de colores
que se esparcen
con el viento.

Ellos, sin embargo,
supongo que no saben
que son el color de este paisaje,
ni que son observados...

y claro,
eso los vuelve más tristes, quizá,
si esto fuese cuantificable
en razón de la tristeza.

Con todo,
a veces el paisaje se deshace,
y alguien saca el tapón
de aquel lugar,
y el agua entonces se va
y los árboles se secan
y hasta esos que eran manchas
prefieren cambiar de dirección
y elegir mirar otro paisaje
desde fuera.

De esta forma,
ocurre que a veces me pregunto,
¿puede aún considerarse paisaje
ese pequeño lugar abandonado?

¿Qué lo diferencia realmente
de aquellos paisajes
atiborrados de pequeñas
dosis de belleza…?

¿Y aquel que lo ve…?

¿Qué sucede con el hombre que nos ve…?

Porque claro…
podría decir qué pienso,
pero también de ese paisaje
habría que quitar entonces
algunos elementos…
y así y todo
siempre estaríamos
viviendo fuera.

¿Entienden qué significa eso…?

Me pasó por ejemplo
con el vecino de un departamento,
que se fue sin decir nada
y hubo que forzar la puerta
para evitar malas sorpresas
y entender un poco más
del que era su paisaje.

Ropas en cajones,
platos sin lavar
y hasta papeles dispersos…

Y es que todo existía ahí
como niños que hubiesen sido
abandonados en el bosque
y que perdidos fuesen manchas
apenas diluidas
e irrecuperables.

Pero cómo saber,
me pregunto entonces.
¿cómo saber qué parte del paisaje
es sombra
y qué parte de él
llevamos dentro?

¡Qué poco sé de aquellas cosas…!

Debiese velar para entenderlas.

Pero duermo.

sábado, 29 de octubre de 2011

Teníamos una buena vida, o sobre la significación de la buchaca.

"No lo sé, dijo Chloe,
quizá sea verdad."
B.V.


-Teníamos una buena vida –me dijo-. Ella tocaba el piano de una manera maravillosa y yo era excelente para jugar pool. Pero claro, como en los salones de billar no suele haber un piano y en las salas de conciertos tampoco abundan las mesas de pool, lo cierto es que comenzamos a distanciarnos un poquito.

-Comprendo –dije yo.

-Yo no me percaté, para ser sincero –continuó-, pero un día en que la bola blanca y la once estaban alineadas perfectamente en dirección de una buchaca, me di cuenta…

-Disculpe que lo interrumpa, pero ¿qué es una buchaca?

-Es donde entran las bolas del pool…

-¿Los hoyos?

-Mmm, no exactamente… esos son vacíos no más, la buchaca es como la bolsa que recibe las bolas que caen por el vacío… ¿me entiende?

-Sí, pero siga no más…

-Bueno… le decía que en un momento determinado me di cuenta de este distanciamiento… es decir, cuando vi esas dos bolas perfectamente alineadas me di cuenta que quizá nosotros ya no lo estábamos tan bien, y decidí hacer algo…

-¿Algo así como alinearse con ella?

-Eh… no… para ser sincero no. Solo me emborraché… pero lo bueno fue que comencé a dejar el pool, que era además mi fuente de trabajo.

-¿Y qué pasó?

-Muy poco. Ella salía a dar clases o pequeños conciertos y yo salía a emborracharme… hasta que un día fui a un bar que sí tenía un piano, y desde lejos pude ver una figura de espaldas, tocando, que se me hacía familiar…

-¿Era su esposa?

-Eso pensé… tenía el pelo del mismo largo y estaba tocando una melodía sencilla… unas pocas notas que parecían ir cayendo en una especie de vacío…

-¿Cómo en las buchacas?

-No… sin buchacas… caían en el vacío y pasaban por mí… era como si me estuviese dando cuenta que todo había caído siempre en mí, pero sin poder retenerlo, me refiero… como una mesa sin buchacas, por seguir su razonamiento…

-¿Y qué ocurrió entonces… en el bar…?

-Sucedió que bebí mi último trago, no tanto por sentirlo equivocado sino por sentirlo casi como un derroche, otra de las cosas que caían en mí y que iban a ningún sitio, si me entiende… conté hasta 10, recuerdo y me acerqué hasta el bar y la abracé apenas terminó la canción…

-¿Y ella?

-¿A quién se refiere?

-A su mujer, en el bar…

-Eh… es que no era ella, al final.

-¿Era otra mujer?

-Tampoco, eh… verá, era un tipo de pelo largo y con una barba espesa que me sacó dos dientes… mire…

El hombre se saca entonces una placa y me muestra sus encías, donde apenas pueden observarse un par de piezas.

-¡Querrá decir que le dejó dos dientes…! –exclamé yo, asombrado.

-No, los otros me los sacó mi mujer, cuando se fue de casa… Le arrancó las teclas al piano y luego siguió con mis dientes… bueno, en realidad le dejó cuatro teclas al piano y a mí dos dientes… ¿cree usted que signifique algo?

-¿Qué haya dejado esas cosas?

-Sí… yo a veces lo interpreto como una especie de esperanza…

-Mmm… quizá, la esperanza se cuelga a veces de las cosas más extrañas…

-Qué extraño… lo mismo me dijo Berta…

-¿Berta era su mujer?

-No, era mi amante… fue la razón por la que mi mujer me arrancara los otros dientes…

-¿Entonces su esposa lo abandonó porque usted la engañaba con Berta?

-Eh… no tanto… es decir, mi esposa lo sabía, pero un día llegó más temprano y descubrió a Berta tocando el piano…

-¿Y por eso…?

-sí… ¿y sabe? ya antes nos había sorprendido en la cama, pero no fue hasta que Berta ocupó el piano que mi mujer reaccionó…

-Sí… lo mismo le pasó a un amigo que encontró a su novia teniendo sexo con su perro…

-¿Y qué ocurrió?

-Pues que mi amigo lo esperaba de su novia, pero le amargó profundamente la infidelidad de su perro…

-¡Era de esperarse…! Malagradecido…

-Sí, eso mismo pensé…

-¿Y de mi caso que piensa…? Después de todo se lo conté para que me diese una opinión, no para que usara el material en un texto mediocre… y lo dejara ir…

-¿O sea que usted quería que yo fuese su buchaca…?

-Pues sí, podría decirse que sí… aunque ya me está aburriendo el ejemplo ese…

-Disculpe, intentaré no nombrar más esa palabra.

-Se lo agradeceré…

-…

-¿Y…? ¿Me va a decir qué piensa?

-Es que no puedo.

-¿Por qué?

-Es que pienso en eso que dije que no iba a nombrar… en la posible necesidad de aquello…

-Pero piense en mí para opinar… ¡yo no soy una buchaca!

-No, por supuesto que no, usted ni siquiera es un vacío…

-¿Qué quiere decir?

-Lo que dije: usted ni siquiera es un vacío…

-¡¿No?! ¿Y qué mierda se supone que soy entonces…?

-Dos dientes –le digo-. Por el momento…

Y justo entonces, sin aviso, le lancé el primer puñetazo.

viernes, 28 de octubre de 2011

¿Por qué son tristes las historias tristes?

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“¿Alguna vez has intentado caminar
metido dentro de un ataúd…?
Pues yo, me hice un lío con los pies y, al caer,
aplasté a un perrito…”
Boris Vian.
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Creo que es un error
de los grandes
narrar de forma triste
las historias tristes.

Y no crean que lo digo
pensando únicamente
en el interior de los otros,
que es la tendencia
que a veces suelen criticarme.

Hoy hablo más bien desde mi interior,
ese mismo que ventilo aquí
de vez en cuando,
jugando a que no duele
y a que todo está sanando,
para no incomodar a nadie
con preocupaciones innecesarias.

Y es que como les decía en un inicio:
narrar de forma triste
las historias tristes
es un error tan absurdo
como seguir enterrando un puñal
en el cuerpo de un muerto
al cual amamos.

Para evitar esto,
sin embargo,
puede uno poner
entre las propias sensaciones,
trampas que sirvan para atrapar
esos dolores,
y transformarlos luego,
superficialmente al menos,
en algo lo más lejano posible
de la verdadera tristeza.

Acostumbramos de esta forma,
preguntarnos si el lobo atrapado
en una trampa para conejos,
pasa a convertirse entonces
simplemente en un conejo…

Y claro… de la misma forma
podríamos preguntarnos qué sucede
si atrapamos a un hombre
al interior de una forma de vida
equivocada:

¿Dejaría también ese hombre
de ser un hombre verdadero…?

No sé si me explico,
sin embargo,
pues bastante torpe soy
cuando intento hablar de sensaciones…

Y bueno… también para sentirlas
ya que estamos en eso.

Y es que eso pienso
cuando intento contar una historia,
y estimo que acercarme a la tristeza
con tristeza
es casi como servirle a usted
un plato de puré
con patatas fritas.

¿Quiere usted?
le diría,
de todas formas...

De esta manera,
quizá usted piense
que estoy bien…

y le sonría a mi sonrisa
y hasta me abrace con afecto…

Y es que eso debiese bastar,
supongo,
para los otros…

No sé si con eso se entiende…

¡Nunca más una historia triste
para las historias tristes…!

Ese es mi nuevo compromiso.

jueves, 27 de octubre de 2011

Nunca se sabe.

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I.

Para evitar problemas nombraré a mi alumno con la letra F.

No creo que aparezca alguien que lo conozca por estos lados, pero nunca se sabe.

Además, es por esa misma razón que lo que voy a contar terminó sucediendo de esa forma. Porque nunca se sabe, me refiero.

Ahora me explico.


II.

Como no sé el verdadero comienzo diré que F se mostraba inquieto en su silla. Los alumnos estaban en prueba y yo los miraba, aparentemente concentrados. Es decir todos, menos F.

Así, mientras F seguía inquieto, yo mismo comencé a inquietarme, como si aquello fuese contagioso.

-¿Te sucede algo, F? –le pregunté en voz baja, acercándome a su puesto.

Él guardó silencio, pero seguía moviéndose.

-¿Quieres ir al baño? –le pregunté.

-Pero es que estamos en prueba… -contestó.

Y claro, me enterneció un poco que respetase las reglas así que le dije que fuera. Y él fue.

Sin embargo, apenas salió, algo en el aire pareció hablarme… e incluso sentí que el resto de los niños me miraban como ocultando algo.

Nunca se sabe, me dije entonces, y tomé la decisión.


III.

Fue así que salí de la sala sin que los alumnos se diesen cuenta.

Puede sonar extraño, o hasta parecer mentira, pero ellos no se percataron de nada, mientras yo iba tras F, a ver qué sucedía.

Fui en silencio. Sin razones claras, pero en silencio.

Fue así que vi cómo se ponía con cuidado un calcetín, mientras guardaba un papel, o algo similar, en su bolsillo.

-¿Qué es eso, F…? ¿Estás bien? –le pregunté.

Él me miró sorprendido, escondiendo aquello que creí un papel, en su bolsillo, y yo entonces pude apreciar que en el calcetín tenía F una pequeña marca de sangre.

-¿Qué te sucedió? –le dije.

F guardó silencio. Parecía mirar en varias direcciones, como si esperase que alguien apareciera.

-Tienes una herida, -insistí-, hay que desinfectarla…

Fue entonces que F, tras mostrarme los elementos con que se había desinfectado, me contó una extraña historia.


IV.

La historia de F incluía un elemento tan extraño como perturbador, aunque él parecía contarlo con la mayor naturalidad.

-Cada cierto tiempo me sale un dedo extra –me dijo-. Generalmente es en el pie derecho, pero también ha brotado algunas veces en el izquierdo…

-¿Un dedo?

-Sí, uno pequeñito –siguió-, pero me preocupo de cortarlo apenas tiene el tamaño suficiente…

-Pero eso es… no sé… imposible.

Entonces F me miró y sacó de su bolsillo un pequeño papel que envolvía justamente uno de esos pequeños deditos, con pequeños rastros de sangre…

-Es posible –me dijo-, y a todos nos pasa de alguna forma…

-¿Qué cosa?

-El nacimiento de estos pequeños brotes –continuó-, el surgir de algo que debemos arrancar de nosotros prontamente…

-¿Por qué?

-No sé… porque estamos bien sin eso, supongo, o porque no lo necesitamos… todos saben de eso…

-¿Todos? –pregunté sorprendido.

-Todos –contestó él, mientras sentía un ruido de voces, tras de mí.


V.

Sentí entonces la puerta del baño cerrase abruptamente y entrar a un gran número de personas.

Eran mis alumnos. Los que estaban en la prueba, me refiero.

-No se preocupe –me dijeron-, de alguna forma tanto nosotros como usted estamos también en la sala, rindiendo la prueba…

-Pero…

-Pero nada, profe… -continuaron-, queríamos que usted lo supiera, simplemente… por eso le pedimos a F que le contara…

-¿O sea que ustedes saben lo que le pasa a F…?

-Eso nos pasa a todos –me dijeron-, y comenzaron luego cada uno a sacar un pequeño trozo de carne, y a extenderlos, mostrándome todo aquello.


VI.

No pude distinguir todo, sin embargo, porque vomité casi al momento.

Por lo demás, no todos eran dedos… pude observar extraños fragmentos de piel, trozos de algo que parecía ser músculo, y hasta un pequeño feto que aún se agitaba, en la palma de una mano…

-No debiese darle asco, profe… lo realmente asqueroso es no quitar de nosotros todo aquello que comienza a podrirse… -me dijo F, tras verme vomitar.

-No entiendo qué es lo que pasa –le contesté-, yo no soy así, yo…

-Usted debiese sumarse –me insistieron-, y ya verá cuánto peso se saca… no se trata de algo estético, claro, supongo que se habrá dado cuenta… pero tiene que ver con ser nosotros…

-Yo ya soy yo, no necesito arrancarme nada…

-Todos lo necesitan… -agregó F-. Da lo mismo si es un trozo de corazón, o la lengua… pero tarde o temprano todo aquello termina contagiándonos dolor y el dolor es malo…

-¡¿Quién mierda les dijo eso…!?

-Mmm… no sé… es algo que se sabe, yo creo –dijeron los niños, como poniéndose de acuerdo.

Pero yo volvía a enojarme con ellos y hasta tuve que tratar violentamente a algunos, para que me dejaran salir.

Luego volví a la sala y retomé mi lugar.

Perturbado.

Observando a cada uno de esos chicos fingir, como si no hubiese ocurrido nada.

-Son unos cínicos –les dije entonces, y todos dejaron los lápices a un costado de la prueba, y me miraron.


VII.

Nunca se sabe.

Hagamos lo que hagamos nunca se sabe.

La gente puede mentir mirándote a los ojos y alejando de sí mismo aquello que prefieren no portar… y es así como algunas certezas se alejan, y luego hasta se olvidan.

Con todo, creo que al menos sobre algunas de nuestras sensaciones, podemos llegar a saber unas poquitas cosas…

Y claro, eso reconforta un poco.

No sé si en las casas o en otro tipo de baños la gente se encerrará y puedan encontrar –si buscan-, aquellos pequeños fragmentos de carne, desperdigados…

¿Se desangrará también el espíritu ante esos extraños ejercicios…?

¿Qué es, en este respecto, lo que les ha sucedido a ustedes?

miércoles, 26 de octubre de 2011

Dudar del mundo.

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“No lo acarició porque no sabía si ese era el gesto
que debía hacer”.
Clarice Lispector.
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En mitad de la noche
dudas a veces si el mundo que hubo antes
será el mismo
que existirá mañana.

Lo digo sin sufrimientos, claro,
y pensando en cambios leves:
libros fuera de lugar,
palabras que intercambiaron
sus significados,
o el calcetín que nunca
apareció en sitio alguno…

pequeños guiños del mundo,
a fin de cuentas,
para revelarte que está vivo.

Con todo,
seguimos poniendo en duda
una y otra vez
aquello que aprendimos.

Así,
resulta que desconfiamos del ojo,
y del oído…
y hasta del corazón,

porque creemos que es más fácil
perder las cosas
y encontrarlas,
que mantenerlas siempre
al interior
de nuestras propias creencias.

Podría dar ejemplos,
contar historias
o buscar metáforas exorbitantes…
pero al final
la verdad es tan sencilla
como cierta:

y el ejemplo de uno mismo,
querido lector,
debiese bastar
para poder demostrarlo.

Y es que arriesgas sin querer
todo aquello
que por un mínimo instante
has sido capaz
de poner en duda.

Recuerda entonces
que la noche,
no es capaz de deshacer nada más
que tus creencias,
y que los leves cambios del mundo
no vienen hacia ti
para dañarte.

Deja por lo tanto
que el viento despeine al mundo,
o que se despierte agitado
porque tus sueños
le hayan hecho cosquillas…

Y es que el mundo no se ríe de ti
ni te hace daño
porque quiera…
es solo que su comunicación
es casi tan torpe
como la mía,
y no sabe abrazarte
sin producir con ello
algunas magulladuras.

Sé que duelen…

¡Sé cuánto duelen!

Pero piensa que aquello
que pusiste en la balanza
puede no estar para ti
cuando despiertes…

Así, finalmente,
si esto sucede,
podrías pasar a ser como un vacío
dentro de un vacío,

pero el dolor de no saber
es siempre más amargo.

martes, 25 de octubre de 2011

La posibilidad de un milagro.

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Un amigo trae fotos de una gruta extraña. Un lugar que pretendió constituirse como un centro de peregrinación y al que asistieron miles de personas, hasta hace poco tiempo, en busca de un milagro.

Sin embargo, a diferencia de otros lugares, no existe ni una sola señal de agradecimiento por favores concedidos, ni nada similar. Solo la gruta en cuyo interior está la figura de un santo, dado vuelta.

-¿Cómo dado vuelta? –le pregunto a mi amigo.

-Dado vuelta po, hueón -me contesta-, al revés.

-¿Pero así como boca abajo?

-No… dando la espalda no más

Tras decirlo me muestra una foto donde algo alcanza a apreciarse la figura, que representa a un hombre vestido de negro, y con el pelo un tanto largo. De espaldas.

-¿Y qué santo es ese? –le pregunto.

-Mmm--- no sé, nadie conocido, que yo sepa.

-¿Pero y qué sentido puede tener entonces?

-¿Qué cosa?

-Una peregrinación a un lugar donde hay un santo que nadie conoce, y más encima vuelto de espaldas.

-No sé po hueón… a mí me mandaron de un departamento de estadísticas no más...

-¿Cómo?

-Que me encargaron hacer un seguimiento de las visitas realizadas y ver cuántas de las peticiones suelen resultar efectivas.

-¿Y quién se supone que ordena hacer esos seguimientos? ¿Hay algún ministerio de la fe, o algo así?

-No sé, hueón... a mí no me informan, a nosotros solo nos encargan el trabajo y eso es todo… ¿Querís que te cuente los resultados o no?

-¿Qué resultados?

-Los del estudio po, hueón… eso del porcentaje…

Y yo digo que sí.

Y él me cuenta:

-A lo mejor no me vas a creer –parte diciendo-, pero el porcentaje de peticiones que se conceden a los peregrinos de esa gruta, es exactamente 0.

-¿Cómo 0?

-0 po, hueón… “Cero”… ni un solo caso de milagro concedido…

-Pero y si alguien le pide algo obvio…

-¿Cómo qué?

-No sé… como que no caiga un avión y te aplaste…

-¿Tú crees que alguien pidió eso?

-No, pero podrían haberlo dicho.

-Pues sí, podrían haberlo dicho, pero al final la gente pidió la mayoría por enfermedades, o cosas tradicionales…

-¿Y?

-Y nada… o sea nadie se benefició… Hicimos un seguimiento con 350 casos y en ninguno de ellos se revirtió alguna situación…

-¿Pero estás hablando casos extremos… enfermedades terminales, cosas así?

-Para nada. Si hasta resfríos hubo que terminaron volviéndose crónicos en vez de mejorar tras un tiempo prudente…

Luego mi amigo sigue contándome sobre la recopilación de información y el cierre de la gruta, que había sido determinado apenas se entregaron los resultados.

-¿Y quién la cerró? –pregunto-. ¿La municipalidad, una institución sanitaria o algo así…?

-Los militares, hueón. Igualito que el área gringa que resguardaron por los ovnis o si se tratase del perímetro de Chernobyl…

-Pero no puede ser por la gruta… si ni milagros produce…

-¿Estás seguro…? –dice finalmente mi amigo, antes de irse y dejarme a solas con el dilema…

Yclaro, yo quedo pensando entonces en aquel lugar, en los militares y en los estudios que se pidieron sobre las peticiones… y de pronto caigo en cuenta…

La imposibilidad absoluta de un milagro constituye sin duda el verdadero milagro… me digo, como si hubiese dado con la clave.

Y claro… justo entonces, la tierra comienza a moverse, como si se avecinara algo.

lunes, 24 de octubre de 2011

Oscuro como el corazón del mundo.

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“Papá,
¿las vacas mugen por lo mismo que la gente habla?”
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El viejo leía:

“Y entonces se dio cuenta que su vida era igual a un departamento piloto, pues todo su interior estaba poblado de muebles en perfecto orden, pulcramente organizado… un lugar para visitar, en definitiva, pero no para vivir en él…”

Yo lo miraba leer y dejaba que las palabras se enterraran en mí, como dardos. Sin detenerme a escucharlas.

Y claro, a veces duele escuchar a los otros, aunque las palabras sean erróneas.

Y es que no son buenas las palabras. A veces pueden ser tiernas, es cierto, pero la mayoría de las veces sería mejor coserse la boca, aunque nos duela. Para evitar el daño…

El viejo seguía leyendo:

“…Y los científicos inventaron frutas de un material igual a la fruta, y las mujeres aprendieron a prolongar su belleza por años… pero se sorprendieron de pronto cuando los hombre dejaron de amarlas, de todas formas… quizá justamente por dejar de convertirse en quienes debían ser, y preferir la quietud, la permanencia…”

El lugar estaba vacío y el viejo hablaba. Yo debía haberme preguntado para quién hablaba, pero preferí no hacerlo. Al final me puse a llorar por nada, que es además por lo que se llora siempre.

Quizá por eso, salí del lugar y dejé al viejo hablando solo. Por un momento pensé que me llamaba para que volviese, y hasta me decía “hijo”… pero no quise escucharlo, ni que me viese llorar, pues tendría que inventarme una razón si es que él pedía explicar algo.

Caminé horas, por los cerros. Por el camino debo haberme peleado, o caído, pues cuando hice una pausa descubrí que me faltaban las zapatillas y tenía los nudillos rotos.

Todo estaba oscuro como el corazón del mundo. Y hacía frío.

Sentía voces.

Una de esas voces era la voz de Andrés. Un amigo de la Universidad que se mató porque vio el momento en que su polola era besada por otro tipo. Todos después hablaron de lo estúpido que fue, sobre todo porque el tipo le había dado el beso a la fuerza a su polola.

¡Qué estúpido! Dijeron todos.

Y hasta una vez me pelee para que pararan de decirlo, pero luego me di cuenta que no tenía argumentos y desistí de todo. Incluso tuve que pedir disculpas.

La polola de mi amigo dijo esa vez que entendía mi rabia, que el único culpable era aquel tipo que le había robado un beso.

Y claro, ella se había juntado con ese tipo un par de veces y sabía que a él le gustaba… ¡si hasta incluso le caía mal...!, pero qué mierda, el único culpable era aquel tipo…

Y es que nadie habla de las cosas innecesarias. Nadie es culpable de las cosas innecesarias.

Así, la muerte de Andrés fue innecesaria, pues el hueón de mi amigo había depositado mal la fe que le quedaba.

Lo peor, sin embargo, es que yo sé que Andrés no creyó que ambos se besaban. Es decir, estaba conmigo y ambos vimos en la escena un pequeño forcejeo…

Con el tiempo, sin embargo, he llegado a pensar que él cambió un acto innecesario por otro, nada más. Y en eso, como decíamos, no hay culpables.

Pero claro, esa es solo una de las voces que oí mientras caminaba. Pero como además los pies me dolían y hasta me sangraban un poco porque el suelo estaba pedregoso, me vi obligado a aminorar la marcha… una marcha innecesaria, pensé entonces, y no sé por qué me puse de golpe a reír en voz alta.

Y es que algo había de chistoso en todo eso. No para uno, claro, porque uno era parte de aquel chiste, pero reí para cagarles la alegría a los otros… para no ser parte de la representación humorística que se realiza día a día en el corazón oscuro de mundo.

Así, mientras reía, sucedió que vi una vaca.

Y la vaca era grande y estaba seria y era como un demonio.



Pero a quién se le ocurriría hacer un demonio con esa apariencia, pensé… y la risa se me secó de improviso, como si hubiese dicho una verdad sin darme cuenta.

Sin embargo, para ser demonio la vaca disimulaba bastante bien. Pastaba y de reojo me miraba, como habría hecho cualquier vaca… pero no me dejé engañar.

-Sé quién eres –le dije.

-Mmm… -dijo el demonio.

-Tengo los pies heridos y los nudillos rotos, pero esas cosas sanan rápido -le dije.

-Mmm… -volvió a decir el demonio.

Yo guardé silencio y lo miré directo a los ojos.

El demonio seguía disimulando.

-Quizá pienses que actuando así vas a hacerme caer en un error… -seguí-, además este es tu espacio… un cerro… una vaca… ¿lógico no?

-Mmm…

-Si hasta el demonio puedo parecer yo, para alguien que nos vea desde lejos… con la respiración alterada, sangre seca en el rostro… y en un lugar oscuro, en medio de la noche… ¡pero no me engañas…!

Tomé entonces desde el suelo una pesada piedra, al mismo tiempo que el demonio comenzó a acercarse directamente hacia mí, aún masticando pasto en el hocico.

Pensé así, mientras se acercaba, en el trayecto que seguía ese pasto. Dibujé en mi mente el mapa del recorrido pasando por cada uno de sus estómagos, y fue así que por un momento dudé que aquel fuese verdaderamente un demonio, pues cierta sensación de pureza, relacionada con su alimentación, me invitaba a alejarme de esa idea.

Quizá por eso, ante la duda, la piedra terminó en el suelo, justo antes que el animal llegase hasta mi lado y me mirara de frente, masticando aún, simulando indiferencia.

Así, ya sin opción de protegerme, y confundido, decidí mejor dejar las cosas a la suerte y cerré los ojos, esperando la resolución de aquel ser, que rumiaba a mi lado.

¿Y saben…?

El demonio no atacó.

Simplemente pasó la lengua por mis manos, y el dolor de los nudillos desapareció, apenas lo hizo.

Fue entonces que abrí los ojos, y la vi.

Al lado mío, como si esperase algo de mí, o como si quisiese con sus cuatro estómagos, ayudarme a purificar mis propias sensaciones.

-¿Mmm…? –preguntó ella.

-No te conviene –le dije-, mis sensaciones suelen ser amargas…

-Mmm… -insistió.

Y claro, yo no supe que hacer, ante su insistencia.

Además, el cielo estaba oscuro… y hacía frío.

Y yo debía decidir algo.

domingo, 23 de octubre de 2011

Botellas volando por el aire.

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-Esos sí que eran días, doctor –le dije-. Momentos que podías contar y escribirlos y que contenían mil aventuras… borracheras, alucinaciones, mandíbulas desencajadas… si hasta botellas volando por el aire había, doctor…

-¿Botellas volando..?

-Sí, botellas volando por el interior del bar, porque…

-Eh… disculpe que lo interrumpa, señor Vian, pero ¿usted me está diciendo que las botellas vuelan…?

-No, doctor… ya no vuelan, pero volaban, y el bar parecía un lugar vivo, un campo de batalla en que…

-Ejem… señor Vian…

-Sí…

-No sé como plantearlo, pero… ¿me está diciendo usted que las botellas volaban por sí mismas? ¿O habrán sido lanzadas por los otros comensales?

-Ja,ja… comensales… dígales hueones no más, doctor… además nunca comíamos, era tomar no más…

-Y las botellas eran lanzadas por ellos, supongo…

-Claro, doctor, eran lanzadas por los hueones… ja,ja… anote eso… quedará chistoso en su libreta… Botellas lanzadas por hueones… me gusta cómo suena…

-¿Y borro entonces que eran botellas que volaban por el aire?

-¿Había escrito eso, doctor?

-Sí… fue lo primero que usted dijo.

-Mmm…

-¿Qué sucede?

-Deje mejor esa frase: Botellas que volaban por el aire…

-Qué cambiante es usted, señor Vian… pero déjeme preguntarle… ¿es solo por algo estético?

-¿Qué cosa…?

-El elegir dejar esa frase.

-Ah… no… no tanto, es que pensándolo bien, creo que luego de ser lanzadas… no sé cómo decirlo… las botellas volaban por sí solas, aunque fuese un ratito…

-Explíquese.

-Mmm… es que no sé… digamos que se demoraban más en caer, simplemente.

-¿Esa es su impresión?

-Sí… claro que era antes, no más.

-¿Por qué antes?

-Porque ahora ya no ocurre, doctor… de eso le hablaba… y es que… me da vergüenza decirlo, sabe… pero…

-Dígalo, no hay problema.

-Es que… bueno, está bien, lo diré: no me emborracho hace semanas, doctor… y no sé… algo me pasa…

-Pero eso está bien…

-No sé, doctor… es que extraño esas historias que me pasaban a veces… yo mismo buscaba algo, no sé… ¿de verdad no le parece grave?

-Para nada… creo que es todo un avance que ya no beba…

-No he dicho que no beba, solo que no hasta emborracharme…

-¿Bebe poquito…?

-¡Poco…! Poquito es diminutivo de niña… Hoy día, por ejemplo…

-¿Qué pasó hoy día?

-¿No se va a burlar…?

-No, cuente tranquilo…

-Hoy me junté con un amigo y… y… pedí helado con frutas…

-¿Helado con frutas?

-Sí, con frutas y hasta chocolate encima… y tuve que esconder un libro de Bukowski que andaba trayendo… porque me daba vergüenza…

-Pero si Bukowski terminó sus días con un Jacuzzi en medio de la casa y dicen que hasta regaba flores…

-¡Pero se emborrachaba en el jacuzzi y meaba las flores…!

-Pero no se altere, Vian… mejor piénselo bien… ¿qué es lo que quiere?

-Quiero no ser mamón, doctor… se imagina… ya se me arrancan a veces algunos sufrimientos, pero más encima mamón… “piececitos de niño, azulosos de frío…” ¡Se imagina, doctor…! ¡Eso voy a terminar diciendo…!

-Ok., eso es lo que no quiere… pero ahora dígame qué quiere.

-¿Qué quiero de qué?

-Qué quiere de todo, Vian… ¿quiere cambiar el helado con frutas?

-¿Y con chocolate encima?

-Sí, con chocolate encima… ¿quiere cambiarlo?

-Mmm… no… Pero me gustaría que las botellas volaran igual entre las mesas, al menos.

-¿Quiere que le llegue un botellazo...?

-Eh… no sé… quiero esquivarlos yo creo, aunque siempre he querido una cicatriz en la frente, y todas las que he tenido ahí extrañamente se han borrado…

-¿Quiere una marca como Caín…? ¿Cómo de un maldito…?

-Ja,ja,ja… doctor… que le salió chistoso…

-Usted es el que lo pone como tema terrible y luego vuelve a cambiar su temperamento…

-Ja,ja,ja… pero es que le puso color… si faltó que saliera humo desde abajo… “¿Quieres la marca de un maldito…?” ja,ja,ja…

-No es gracioso, Vian.

-Ja,ja,ja…

-Gracioso es pedir un helado con frutas y chocolate encima cuando usted no suele darse esos permisos…

-Ja,ja,ja…

-O poner tres “ja” juntos, cuando en su blog con suerte había puesto alguna vez uno solo…

-Ja,ja,ja… no se pique, doctor…

-No me pico, como usted dice… pero…

-Deme permiso un día… siempre soy más serio y la verdad es que no suelo encontrar graciosas muchas cosas…

-Yo no lo cuestiono, Vian… pero el permiso debe dárselo usted mismo…

-¿Yo mismo…? Ja,ja…

-Sí, usted mismo… no quiero que después venga a quejarse de que no quise ayudarlo… y que…

-No se preocupe, doctor… ja,ja… creo que puedo vivir sin la marca de un maldito algunos días más…

-Pero acuérdese que esa marca es una protección.

-Pero es una maldición también… quizá no tenerla sea una bendición, después de todo.

-¿De verdad cree eso, Vian?

-Creo que sí… que puede ser una posibilidad, al menos…

-¿Y renuncia entonces a la botellas volando por el aire…?

-¿Renunciar...? No… Ya irán a volver… También son parte de la verdad las botellas volando por el aire…

-¿Y volverá entonces a pedir helado…?

-Ja, ja, ja… sí… quizá unas veces más… es que descubrí que me gustan los de guayaba, y los de maracuyá…

-¿Hay de maracuyá?

-Sí, y tiene fruta natural y un poquito de leche…

-Mmm..

-¿Qué pasa, doctor? ¿Quiere helado de maracuyá…?

-Puede ser… pero antes me preguntaba una cosa…

-Diga, doctor.

-¿No te estás volviendo maricón, cierto?

-No… ja, ja, ja… cómo cree…

-Entonces creo que tengo el diagnóstico…

-Ja,ja,ja… guárdelo doctor… si vine para tener la entrada de hoy, no más… ni siquiera traje dinero para pagarle la consulta…

-¿No me vas a pagar?

-No… ja, ja, ja… pero puedo darle helado de maracuyá, si así lo quiere…

-Mmm…

-¿Mmm qué?

-No sé… puede ser…

-¿Qué puede ser, doctor?

-Todo Vian, todo puede ser… pero por mientras, tráeme helado de maracuyá, que me dieron ganas…

-Ok, doctor… ¡vuela un helado de maracuyá para la consulta cuatro…! Ja, ja, ja… ¿entendió… dije vuelan, como las botellas…?

-¡Entendí, hueón…! Tráeme helado, mejor… y dos cucharitas.

sábado, 22 de octubre de 2011

Vian: ancestros ilustres.

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I.

Lo más lejos que puedo llegar rastreando ancestros es a un tatarabuelo que fue hasta los 13 años un niño lobo.

Es decir, no fue hasta su adolescencia que mi tatarabuelo fue sacado de un ambiente donde no tuvo contacto alguno con un ser humano, por lo que carecía de lenguaje y de todas esas costumbres y manías que vienen adjuntas en el pack de la civilización.

Con todo, los doctores que lo trataron, lograron que aprendiera unas cuantas palabras y hasta transcribieron un mensaje que legaría a sus descendientes, que decía más o menos así:

“Ahggg… Ahgggua… Pppaannn…. Baaño… Ahggg…”

Y bueno… no dijo mucho más al parecer. Tiene un retrato donde le pusieron una corbata y lo raparon, pero se nota que para él llevar esas ropas era igual que cargar con un traje de metal…

Se ahorcó a los 34 años, según me cuentan, con esa misma corbata.


II.

Otro ancestro que me llama la atención es un bisabuelo que hacía inventos raros. Era holandés y había llegado al sur de Chile patentado al menos 50 inventos (lo sé porque hay una placa conmemorativa en la que fue la casa de mi abuela, señalando el hecho).

Lo malo, sin embargo, es que al parecer inventó cosas bastante innecesarias, o derechamente absurdas.

Por ejemplo, tiene entre dichos inventos, la creación de una brocha gigante, que podía ayudar a pintar una superficie relativamente amplia con muy pocas pasadas. Sin embargo, la brocha necesita varios operadores así que tampoco terminó siendo algo muy útil.

Y bueno… ese es uno de mis ancestros de los que me gustaría averiguar más… pero lo cierto es que no logro dar con los inventos que habría realizado, y lo único que tengo de él es una foto en blanco y negro... muy poco, a fin de cuentas.


III.

El típico abuelo borrachín también lo tuve, y lo cuento entre los ilustres.

En la familia, sin embargo, prefieren decir que era “alegre” o “disperso”, aunque cuando sale en conversaciones más de confianza, vuelve rápidamente a ser un “borracho de mierda”, simplemente, y nada más.

Yo alcancé a conocerlo de chico y de hecho lo recuerdo con olor a trago, aunque quizá sea también parte de los recuerdos que tergiversamos a partir del rasgo distintivo que destaca la mayoría, y que no nos atrevemos a cuestionar.

Con todo, este abuelo solía hablar cosas que me maravillaban mucho cuando chico, y que yo pensaba que estaban sacadas de algún libro, o algo similar, que muy pocos conocían.

-Escucha bien… -me decía, con una botella en la mano-. Cambiarás de mujeres, cambiarán los gobiernos… no hay que creer totalmente en esas cosas pasajeras… sino el corazón se te va en eso y de pronto estás todo quemado y hasta dañado por esas cosas…

Recuerdo que siempre esas arengas las decía gritando, aunque venía luego un momento en que solía contradecirse, bajito, y me decía que no le creyera en todo.

Pero claro… lo cierto es que luego volvía a gritar:

-¡Todos te querrán hacer sonreír con villancicos, Vian…! ¡Cuídate de los villancicos…! Te van a hacer cantar como hueón y te van a hacer tragar una de las figuritas del pesebre…

Así, mientras, yo me paraba junto a la cama de mi abuelo y escuchaba atento sus palabras, lo cierto es que intenté por mucho tiempo creerle su discurso… siempre infructuosamente.

-Los adultos son derechamente hueones, Vian –decía mi abuelo-. Hueones dañinos más encima… ¿los has visto cuando van a comer? Ni siquiera van cuando tienen hambre… comen porque es la hora de comer, y así es en todo orden de cosas…

-¿Qué otras cosas? -preguntaba yo.

-No sé… -comenzaba a contestar él, como molesto-, comen cuando es la hora para comer, aman cuando calculan que es el momento, y hasta se reproducen durante la edad fértil…

Y claro… yo consideraba que eso era normal, y mi familia cercana también… así que apenas nos percatamos de que sus palabras encerraban algo detrás… De esta forma, cuando intentamos ayudar, resultó que ya era tarde…

No quería seguir viviendo y se murió. Así de simple.

Todo lo otro que pueda decir al respecto, es adornar aquella historia.


IV.

Como verán, no son muchos los ilustres de los que alcancé a contarles, y supongo que ya habrá tiempo de profundizar sobre alguno de ellos...

Quizá lo más recomendable hubiese sido que me tocaran otros, y haber heredado así algo distinto a la desconfianza en el lenguaje, el amor por el absurdo y el gen alcohólico… pero bueno… es lo que me tocó y no hay mucho que podamos corregir en ese aspecto.

Es decir, es como pinchar una rueda… a alguien tiene que tocarle, nada más… y no sacamos nada con alegar a un costado del coche, porque la vida se nos termina escabullendo por el otro lado.

Eso pienso mientras plancho con rabia mis camisas, ordeno mis corbatas y pienso en mi tatarabuelo. En la libertad que perdió… en las absurdas obligaciones que le fueron impuestas.

Y es que a veces siento que todos esos ancestros están repartidos igual que figuritas de fantasía, en repisas al interior de nosotros… figuritas de villanos, quizá, según lo que te enseñaron, pero esas son justamente las que al final terminan atrayéndome… las que necesitan comprensión, y hasta las que ocupan los mejores lugares.

Y bueno… esos son parte de mis ancestros… casi todos los demás, lamentablemente, dan la impresión que nunca estuvieron vivos…

Nunca.

viernes, 21 de octubre de 2011

Un hombre pinta su casa.

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Una vez me contaron la historia de un tipo que pintó su casa de un color brillante. Era una casa que estaba en la ladera de un cerro y que por lo descuidada y lejana, parecía casi abandonada.

Pero claro, los que habitaban por ahí cerca –apenas dos familias-, sabían que en aquel lugar vivía un hombre algo mayor, que a veces se bajaba a la carretera a tomar un bus, o simplemente caminaba por los sectores cercanos, con la ropa también opaca y desgastada.

Sin embargo, lo cierto es que nadie habló de él, en ese tiempo, pero si lo hubiesen hecho es muy probable que se refirieran a él como un loco, o al menos como un hombre extraño y aparentemente inofensivo, que vivía en un lugar abandonado.

Yo mismo, si lo pienso, debo haber pasado varias veces por aquel lugar, sin siquiera fijarme en el hombre ni en la casa, pues me gustaba ir a un sector que estaba al otro costado de la ladera donde él vivía, para alejarme de algunas cosas.

Otra cosa cierta, supe luego, fue que el paso del tiempo nos transforma. Y es que de a poco comencé a ir allá ya no para alejarme, sino para comenzar a encontrar algunas cosas, y comprender –pensaba-, algunas otras.

Y claro, quizá al hombre de esa casa le sucedió lo mismo, porque fue por ese entonces que el comenzó a arreglar su lugar, según me cuentan.

-Comenzó por desmalezar y limpiar un poco aquel entorno –me dicen-. Lo veíamos salir temprano a trabajar junto a la casa y hasta vino un par de veces a pedirnos alguna herramienta, porque quería hacer un jardín.

-Recuerdo que yo lo miraba desde lejos –me contó otro-, limpiando su terreno, que para entonces ya era pequeño y limpio, como el planeta del Principito… Él lo hacía todo meticulosamente, como si fuese un ejercicio de relajación, y hasta recuerdo haberlo visto barriendo la tierra de la montaña, a ambos costados de la casa.

El caso es que la historia sigue y viene entonces el momento de la pintura a la casa. Una pintura brillante, recuerdan todos, aunque no logran ponerse de acuerdo con el tono concreto.

-Era como azul eléctrico.

-Rojo metálico.

-Amarillo sol.

Pero bueno, supongamos incluso que fueron esos tres colores juntos con los que lograron pintar las salas de clase en una tarde de verano…

-Vimos durante tres días al hombre aquel pintando su casa –me explican-, pero apenas la hubo terminado, una fuerte e inesperada tormenta comenzó a caer en aquel lugar.

-Y como la pintura no estaba fija, ésta comenzó a correrse de su sitio –agrega otro-, revelando de a poco lo que había debajo…

Eso me cuentan sobre ese hombre y la pintura de su casa. Y concluyen incuso señalando que no hubo luego ningún intento por volver a restaurar el lugar, y que todo volvió a estar tan desastroso como antes.

Es así como me quedo pensando en el hombre aquel, y la imagen de la pintura cayendo por la piel de la casa hasta dejar nuevamente algo así como el cadáver, no deja de seguirme por un buen tiempo.

Y es que siento, por ejemplo, que luego de esa lluvia no se trata simplemente de volver al estado inicial, sino que hay algo que termina revelando todavía más suciedad luego de esos colores caídos; igual como las personas que se atreven a amar nuevamente, y vuelven también a fracasar.

Son las mismas mellas, es cierto, pero parecen contener en sí otro sueño derrumbado…

-¿Y está seguro que le interesa arreglar ese lugar? –me preguntan

-Seguro –contesto yo.

Y entonces, las familias cercanas me ayudan a acercar los tarros nuevos de pintura hasta la casa. Todo con tal de cumplir con el sueño de ese hombre que desapareció y decidió dejar ese lugar, como si se tratase de un muerto.

-¿Y si llueve? –me pregunta uno de los vecinos que parece ser el más incrédulo-. Es que ayer escuché que era probable y…

-Si llueve vuelvo a pintar –lo interrumpo-. Vuelvo a pintar y repintar, pero esa casa va a quedar hermosa…

Ellos me miran y recién entonces se dan cuenta que sonrío… y que de paso cayeron en la trampa.

Saco así unas cuantas brochas extras de mi bolso, y comenzamos la tarea.

jueves, 20 de octubre de 2011

¿Comenzar por lo sencillo?

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I.

A veces pienso que vivo
en las lunes de Júpiter.

Y claro,
estar acá es un viaje simplemente
en busca de algo similar
a provisiones.

No hice listas,
sin embargo,
por lo que en el supermercado terrestre
parece que he andado
todo el tiempo
un tanto extraviado.

Por si fuera poco
no tengo dinero
ni bolsillos,
y el corazón mismo
cargaba tantas cosas
que se ha rasgado.

¿Dónde cargar?
me dije entonces.

¿Qué cargar?

Y creo que ya tengo las respuestas.


II.

A veces cuando cuento
que vengo desde una de las lunas
que hay en Júpiter,
la gente me mira
como si fuera un loco.

Exigen saber con exactitud
desde qué luna
y cómo llegue acá
y toda una serie de pormenores
que no hacen sino poner en duda
la veracidad de mis sensaciones.

Y es que esto de nuestro origen
y hasta nuestro destino
no deja de ser nunca
una cuestión que se dé
más allá del ámbito de la fe
y de las sensaciones.

Con todo,
para que escuchen las respuestas disfrazadas
yo les cuento que vengo de Temisto,
y que me teletransporté…
y es a la vez como si moliese verduras
en el plato de comida
de un niño mañoso.


III.

Un extranjero que conocí
me dijo que uno debía cargar
las provisiones necesarias
exclusivamente en los ojos.

Y bueno…
no es que no haya entendido lo que dijo,
ni que el medio de transporte
me parezca incorrecto,
pero aún así
suelo preguntarme:

¿Cuáles son las provisiones necesarias?

Y es que no sé, sinceramente,
con qué debiese uno llenar los ojos:

¿Mujeres hermosas,
ancianos,
flores que nacen en el pavimento,
niños no nacidos,
guerras…?

Eso pensé e intenté
por mucho tiempo,
pero al final desistí del intento.

Y es que no todos los extranjeros,
pienso ahora
venimos necesariamente
de un mismo sitio…
ni nos dirigimos, obviamente,
hacia la misma parte.

Esas son cosas
de las que uno debiese
no olvidarse.


IV.

Pero les decía antes
que había llegado a un par de respuestas;
sensaciones que de cierta forma
me hacen sentir un poco más seguro
hoy en día.

Con todo,
puede que usted piense que esa seguridad
tenga que ver con la certeza que doy
en cada uno de mis pasos…

Si es así,
déjeme decirle que está
complemente equivocado…

Y es que estoy de paso
y debo volver…
de eso estoy seguro.

Pero nada puedo llevar
y nada debo llevar
salvo mi propio peso…

Y claro...
los ojos van vacíos
como el corazón
a fin de cuentas…

y hasta el universo entero
está rasgado.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Quinientos sesenta y siete.

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Había una vez una mujer que quería dar a luz, pero no estaba embarazada.

Con todo, pujó y pujó con tanta fe que al final le salió un hijo.

Sin embargo, quizá por poner en duda su propia fe y ver hasta dónde podía llegar, se puso a pujar nuevamente.

Y claro, le llegó otro hijo.

Y luego otro.

Ahora bien, creo necesario aclarar que si bien la mujer tenía mucha fe, ella no podría haber especificado bien en quién o en qué tenía dicha fe, pues no era muy dada a nombrar aquello en que interiormente creía.

Por lo mismo, sucedió que sus hijos no tuvieron nombres.

Así, cuando crecieron, los tres solían actuar siempre como si fueran una misma cosa: una trenza, quizá, para dar un ejemplo sencillo.

No obstante, el problema surgía cuando las acciones ya no eran el centro y las sensaciones pasaron a convertirse en el eje de todos ellos.

Y es que vale la pena aclarar, que las sensaciones de los tres niños eran siempre distintas.

Y no me refiero solo a distintas sensaciones entre los tres, sino distintas sensaciones en cada momento, al interior de cada uno.

La madre, en tanto, famosa por la calidad de la fe que profesaba, fue llevada a numerosos programas de tv, donde contaba su experiencia por un precio módico, u otro beneficio similar, que pudiese traducirse en efectivo.

Y claro, la historia motivó a muchas otras mujeres que, también sin estar embarazadas, quisieron comenzar a dar a luz distintas cosas.

Fue así que a los pocos días una mujer dio a luz un anillo de diamantes, otra un perrito chihuahua, y así se fueron sucediendo las cosas más inverosímiles que ansían poseer las personas en esta tierra.

Fue solo después de unas semanas cuando un primer hombre dio a luz. Y fueron sucediéndose así -quién sabe si contagiados por la pandemia de la fe-, toda una serie de alumbramientos espontáneos: dinero, un gorro mexicano, una botella de aguardiente, un pájaro dodo… es decir, todas aquellas cosas que los hombres ansiaban de esa silenciosa forma con que acostumbramos a desear lo que pensamos nos resultaría imposible.

Y el mundo se fue llenando de cosas creadas, o hasta autogestadas, por decirlo de alguna forma… lo que paradójicamente hacía que las cosas en general bajasen su valor, independientemente de su procedencia.

Es por la oferta y la demanda, decían en los programas de televisión, aunque no explicaban mucho más sobre la peligrosidad de los efectos.

Lo otro malo de esto, sin embargo, es que los “niños trenza” no pudieron nunca conciliar sus sensaciones. Así, desesperanzados y sin el menor interés por dar a luz algún objeto que pudiese reemplazar su falta de nombres y de una situación personal diferenciada, sucedió que un día los niños decidieron subir una gran montaña, que estaba a un costado de la ciudad.

Ya en la cumbre, y casi sin pensarlo, los tres lanzaron al unísono pesadas piedras a lo alto, que debían caer justo sobre sus cabezas, quién sabe con qué propósito.

Con todo, solo dos piedras dieron en el blanco, acabando con la trenza de inmediato y dejando a uno de los niños libre, aunque sin la menor posibilidad de comprensión.

Quizá por eso, cuando usó el poco de fe que tenía para dar luz a este texto, lo leyó al menos 6 veces, sin dar con interpretación alguna.

martes, 18 de octubre de 2011

Un pequeño malentendido.

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-¡¿Qué quieres decir con eso?! –me preguntó, sorpresivamente.

-¿Con qué? –atiné a decir.

-Con todo –me dijo, molesto- ¡Con toda esa mierda que vas diciendo por ahí, sobre mí, sin razón alguna…!

-¿Sobre ti?

-Sí, sobre mí… no te hagas el hueón.

-Pero si yo… -intenté decir.

-No quiero explicaciones, quiero romperte la cara… ¡te voy a hacer mierda…! ¡te voy a dejar la nariz metida en una oreja…!

-…

-¿Qué te pasa?

-…j… ja…

-¡¿Te estay riendo, hueón…?!

-Es que es chistoso…

-¡¿Es chistoso que te haga mierda la cara…?!

-Ja… no, eso no… pero la nariz en la oreja… ja,ja…

-¡¿Te estay burlando de cómo hablo, hueón…?!

-No, pero…

-Así que además de la hueá que anday diciendo, ahora te burlay de cómo hablo… ¡Vay a querer no haber nacido…!

-Ja,ja… como Cioran…

-¡¿Qué dijiste…?!

-Ja,ja… Nada, una hueá tonta no más, algo estúpido… ja…

-¡¡Repíteme lo que dijiste…!!

-Ja,ja… bueno… dije “como Cioran”…

-¿¿Y quién es ese conchesumadre…?!

-Era un rumano… ja,ja…

-¡¿Es chistoso que sea rumano, hueón…?! ¡¡Mi abuelo era rumano…!! ¡¿Te estay burlando de mi familia, hueón…?

Entonces el hombre pareció alterarse incluso un poco más y sacó una cuchilla, por lo que intenté ponerme un poco más serio.

-No… Cioran decía que era un inconveniente haber nacido, o sea lo decía en un libro… era filósofo…

-Para decir esa hueá no hay que ser filósofo… ¡eso lo estay inventando…!

-No, si es verdad… él decía eso…

-¿Y se mató el hueón ese, al final…?

-No. Siguió vivo, pero varios lectores de él se han matado…

-Mmm…

-¿Podrías bajar la cuchilla, por favor, a todo esto…?

Él la baja un poco, pero no la guarda.

-¿Cuándo decía esas hueás…?

-¿Qué… quién…? ¿Cioran?

-Sí, ¿cuándo escribió esos libros?

-No sé muy bien, creo que en los 70… a finales parece de esa década…

-¿Y para qué los escribió?

-¿Cómo?

-¡Que para qué los escribió...! No me hagay repetirte las hueás…

-Es que no entiendo la pregunta…

-¿Para qué iba a querer decir que la vida era una mierda…? ¿Eso es todo lo que dijo, acaso…?

-Mmm… si lo resumimos quizá sí, pero como que habló de varias cosas en que la gente cree y debiese no creer, o desestimar algunas sensaciones… o disfrutar del pesimismo…

-¡Eso es pura mierda! Además no te entiendo… ¿quién chucha puede disfrutar del pesimismo?

-No sé… supongo que es como dejarse ir por esas sensaciones, como dejar que te roben las cosas, o que sean absorbidas… como por un hoyo negro…

-¡¡No me vengay con hueás indecentes, maricón…!

-No… me expliqué mal… me refiero a que es como la vida es tan mala, mejor dejarse conducir hacia la muerte, o no oponerse al menos a esa idea, todo lo demás es tentación de existir…

-¿Y qué es eso…?

-¿La tentación de existir?

-Sí.

-Como otra idea, la creencia en que somos algo, el deseo de creer en nosotros, en nuestras propias ideas…

-¿Y eso es bueno?

-¿Según Cioran?

-Sí po, hueón.

-No. Para él no.

El hombre parece pensar un poco. Luego habla.

-¿Y por qué no se mató entonces?

-Porque decía que una vez nacidos ya era demasiado tarde, que era mejor dejarse ir hacia la muerte, despojándose de a poco de las cosas… creo que por eso le gustaban los vencidos, los que habían dado por perdida las cosas de antemano…

-Mmm… ¿sabís? Igual te voy a sacar la cresta, pero mi abuelo se mató…

-¿Tu abuelo? ¿El rumano?

-Ese… ¿creís tú que haya leído a Cioran?

-No sé…

-Se mató hace harto tiempo eso sí… ¿qué creís po, hueón? ¿leyó a Cioran?

-Es que no sé, ¿qué puedo decirte?

-Algo po hueón, es re fácil decir no sé, o no creer en algo… pero podís también buscar y preguntarte tú mismo: “Cian, ¿habrá leído a Cioran el abuelo de J.?

-¿Cian?

-Si po hueón, tú soy Cian y te tengo que sacar la cresta…

-Espera… no soy Cian, soy Vian…

-¡Es la misma hueá…!

-Claro que no… sería como decir que Vioran es igual que Cioran…

-¿Y quién mierda es Vioran?

-Nadie, pero te lo decía para explicar…

-Mmm…

El tipo parece deprimirse y guarda la cuchilla en un bolsillo.

-¿Qué pasa? –le pregunto.

-¿Y si Cian también es nadie?

-¿Cómo?

-Nadie po hueón… ¿qué pasa si le quiero sacar la cresta a un hueón que al final no existe?

-Pero tú dijiste que él había hablado mal de ti…

-Eso me dijeron, ¿pero si era una forma de explicar no más?

-¿De explicar qué?

-Como actúan los otros po, hueón… como si les hubiera dicho hueás malas de mí…

-Entonces tendrías que ver quién es el culpable…

-¿Y si al final soy yo? ¿Me tengo que sacar la cresta yo mismo?

-Si quieres me avisas y te ayudo.

Luego él me mira y debe calcular si debe o no enojarse, o simplemente cambiar el tono.

-¿A lo mejor no hay culpable? –le digo al final.

Y a él parece gustarle la idea, pues antes de irse sonríe un poco, y hasta me da un abrazo.

Medio tosco y sin práctica el abrazo, pero abrazo amistoso al fin.

lunes, 17 de octubre de 2011

Hay una mosca en la sopa.

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“No se puede amar a una sola persona
Sin amar al mundo completo”
André Bretón.
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Algo me está pasando. Lo sé porque me he empezado a preocupar más de algunos seres vivos.

No de los humanos, sin embargo, pues ya bastante se preocupan ellos de sí mismos.

Es decir, siempre me han importado “los seres vivos”, no digo lo contrario, pero en estos últimos días he llegado a extremos insospechados.

Con todo, no hablo aquí de gatos, perros o pajaritos… que para eso –aunque no los suficientes-, ya hay varios interesados en este mundo.

Y es que hay que preocuparse por otros… por los olvidados…

...

-¿Y dice usted que le salió una mosca en la sopa? –me pregunta la encargada del casino.

-Sí –le digo- una mosca embarazada.

Le enseño entonces la mosca rescatada y en plena labor de parto, y hasta podría asegurar que la veo agonizar y encargarme a las pequeñas larvas…

-Entiendo la molestia por su sopa –me dice la encargada-, pero… ¿no estará usted abusando de la sensibilidad?

-¡¿Abusar de la sensibilidad…?! –grité indignado, y hasta con una lágrima en un ojo-. ¡¿Eso es lo único que le ocurre decir cuando una joven madre agoniza luego de haber caído en su trampa mortal…?!

-¿Se refiere a la sopa?

-Por supuesto… no evada responsabilidades…

-No lo hago –interrumpe ella, con una falsa calma-. Pero mis responsabilidades son con el cliente no con una mosca.

-¿Aunque ella se encuentre embarazada?

La mujer me mira entonces como si yo hubiese sido otra mosca que revoloteara cerca de ella.

-¿Cuál es el punto al que llegar? –me dice finalmente-. ¿Quiere armar un escándalo…? ¿O quiere dinero… popularidad?

-Por supuesto que no… ¡no quiero ni dinero, ni sexo, ni popularidad…! –le aclaro.

-Yo no ofrecí sexo.

-Eh… ¿No?

-No.

-Bueno… lo que planteaba es que de todas formas no habría aceptado.

Tras hacer una pausa (supongo que decepcionada), la mujer sigue.

-Mire, lo único que puedo ofrecerle son un par de comidas gratis… o sanitizar el lugar… sacar todas las moscas de este espacio, me refiero…

-¿Quiere usted provocar un genocidio?

-¿Qué?

-Un genocidio, se trata de…

-Sé lo que significa… pero no creo que sea aplicable a las moscas.

-¿No cree que sea aplicable a las moscas?

-Sí –dice algo molesta-. Eso dije.

-Ah… así que eso dijo… -le digo un tanto irónico.

Luego ella hace una última pausa, mientras yo, por mi parte, no encuentro nada que agregar.

-Hagamos algo –dice ella-. Usted piensa bien qué es lo que quiere, y me lo plantea mañana.

-¿Y si quiere algo para las moscas?

-¿Qué moscas?

-Las hijas desamparadas.

-¿Habla en serio?

-Sí, siempre.

-Mmm… pues tráigame un proyecto escrito sobre aquello que usted cree podría compensarlas, si eso es lo que desea.

Entonces yo asentí. Y me llevé a las larvas.

Ahora estoy haciendo el informe sobre las compensaciones, por lo que deberé dejar esta entrada hasta aquí, y simplemente adjuntarles algunas imágenes.

Otro día les cuento sobre la implementación, si se da el tiempo.


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domingo, 16 de octubre de 2011

Diez niños en torno a una abeja, o el inicio de la cuenta regresiva.

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Diez niños gritan y se empujan mientras observan una abeja. Son pequeños y supongo que les han dicho que son peligrosas, que pican y hasta que tienen lancetas venenosas, aunque obviamente exageran la reacción. Es la aventura de hoy, para ellos, y eso es lo que importa. Algo que vivir, algo que contar, algo que recordar. Razones suficientes, sin duda.

Nueve de esos niños, sin embargo, nunca han sido picados por una abeja. Pero claro, quizá han oído hablar del dolor y eso los atrae, y los hace gritar. Además son niños que no suelen estar expuestos a otra clase de dolores. O si los tienen no los nombran de esa forma. Así, vamos entendiendo que la soledad, o la angustia que te oprime el pecho, no son realmente dolores, y aprendemos en cambio a temer de las abejas. Así, hay que gritar por las abejas, y estar en paz cuando tus padres regresan tarde de noche o no regresan, o cuando los escuchas discutir en su cuarto. Además ellos son de tu especie y no tienen lancetas, te dicen.

Ocho de esos niños son de un mismo curso. Estaban en recreo y se han atrasado justamente por culpa de la abeja. Los otros dos están castigados así que supongo que si la abeja termina picando a uno de ellos sería de cierta forma algo justo. Aunque claro, si digo esto abiertamente, como profe, probablemente una gran cantidad de apoderados terminarían reclamando ante los directivos. Y gritarían en torno a ellos y entonces pasaría yo a ser la abeja. La amenaza. El ser de otra especie.

Siete de esos niños llegarán a ser profesionales destacados. Ese es el porcentaje que ofrece nuestra institución, basándose en las estadísticas de los últimos años. Un bien porcentaje, piensan los padres, quienes estiman que sus hijos pueden derrotar fácilmente a tres de diez competidores, y alcanzar el éxito. Así, podrán pasar de una forma más fácil a ser parte de ese otro alto porcentaje que declara ante las encuestas gubernamentales sentirse “feliz” (aunque la información sea contradictoria pues casi la totalidad de los felices dicen desconocer “el sentido de la vida”, por lo que no alcanzo a entender qué es lo comprende cada uno, con “ser felices”).

Seis de esos niños, por otro lado, mienten respecto a sus experiencias con las abejas, pues todos dicen haber sido picados alguna vez y alguno incluso comenta haberse tragado una abeja “que le picó los pulmones” cuando era más chico. Así cuando otro niño le pregunta sobre las consecuencias de aquello, el supuestamente picado comenta que le dolía el cuerpo cuando tosía, y que hasta le salía sangre.

Cinco de los niños votan a favor de dar muerte a aquella abeja, mientras los otros se oponen exclusivamente por la dificultad y peligrosidad de tal misión. De esta forma, cuando me ven venir, son estos mismos cinco niños quienes se acercan a pedirme que dé muerte a esta abeja, y me cuentan parte de la información que les he entregado con anterioridad.

Cuatro de estos niños me conocen. Me dicen teacher Vian y hasta parecen simpáticos y alegres de verme venir. Sin embargo, al poco tiempo de hablar me doy cuenta que en realidad me están dando órdenes para que ponga fin a la vida del insecto, por lo que incluso alguno saca su celular para grabar la ejecución. “Mátela desde acá, para que se vea”, me dice, y los otros dejan de mirar la acción en directo, y comienzan a ver lo que sucede a través de la pantalla. Yo quedo en silencio y no hago nada, pero ellos esperan que los obedezca de un momento a otro.

Tres niños comienzan a empujarse para ver mejor lo que ocurrirá y se tiran de sus ropas y hasta caen al suelo. Quizá esperan que los detenga, pero yo no lo hago, así que al final dejan de pelear por sí mismos. Sé que son niños y conozco el discurso ese de los angelitos y la pureza… pero definitivamente la contaminación está empezando demasiado temprano, y los niños en general hoy día me dan miedo. Poco más.

Dos niños parecen darse cuenta que algo no saldrá como planean. Ellos me miran directamente y perciben algo extraño, que los hace incluso retroceder un poco, como si fuese yo, de pronto, el de la lanceta. Ambos parecen mirar entonces en otras direcciones, como buscando a otro adulto que venga a dar muerte a esta nueva amenaza. Los otros en cambio siguen expectantes, sin imaginarse, ni cercanamente, lo que va a ocurrir.

Un solo niño alcanzó a correr antes de que yo comenzara mi labor. Con todo, no logrará esconderse fácilmente, pues conozco este lugar y deduzco cuáles son los posibles escondites. Quizá piense que esté a salvo por un tiempo, pero solo será el tiempo de la cuenta regresiva. Así, finalmente, comenzará la siega, y todo brote será arrancado, sin dilación alguna.

sábado, 15 de octubre de 2011

¿Qué vendo si no vendo aspiradoras?

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Tras tocar el timbre tres veces la puerta se abre y aparece un niño.

-Hola, ¿está tu mamá? –le pregunto.

-¿Vende usted aspiradoras? –dice él, sin escucharme.

-¿Aspiradoras…?

-Sí, son unas máquinas para aspirar el polvo.

-Sí sé lo que son, pero no vendo aspiradoras…

-Aspirar significa dos cosas –me interrumpe-. Una tiene relación con desear algo más, generalmente para uno mismo. Yo por ejemplo, puedo aspirar a tener mejores notas…

-Entiendo, aunque si me escuchas…

-El otro aspirar es más sencillo. Es como succionar, o meter aire hacia adentro, u otra cosa que se pueda absorber, desde afuera.

-Eh, sí, pero…

-Lo malo es que no se puede aspirar siempre de esta última forma, porque uno reventaría, como un globo. Lo vi en la televisión.

-Mmm…

-¿Usted para qué cree que existen palabras con más de un significado?

-¿Vas a escuchar lo que te responda? –le pregunto, algo molesto.

-Sí, pero también voy a dar mi opinión después.

-Pues la verdad no sé -le digo tras rechazar hablar en serio-, quizá para que tengamos que aprender menos palabras…

-Yo creo que lo hacen para hacernos daño…

-¿Si…? ¿Y quiénes?

-No sé como se llaman, pero me refiero a los señores del lenguaje… A veces inventan cosas raras, ¿sabe usted qué significa “tiene pájaros en la cabeza”?

-Eh… sí, más o menos…

-Mi abuelo me lo decía siempre y yo pensé que era bueno, pero el otro día se metieron pájaros a la casa y uno se murió golpeándose contra los vidrios… ¿cree que yo tenga un pájaro muerto en mi cabeza?

-¿Un pájaro muerto?

-Sí, como el que se mató chocando adentro de la casa…

-Pues no, no creo…

-También mi abuelo dijo una vez que había un muerto en el armario, pero luego dijo que no era cierto, pero que tampoco era mentiroso, y que eran cosas del lenguaje…

-Sí, a veces pasa, pero escucha, yo vine aquí por otra cosa…

-¿No para vender aspiradoras?

-No…

-Es que vi una película de un hombre que vendía aspiradoras y que visitaba a una mujer que vivía en un lugar sin polvo…

-¿Sin polvo?

-Sí. Vivía como en una casa sin tierra, ni animales, y donde nada se ensuciaba… entonces el hombre le dice que siempre hay polvo, pero ella dice que no y que puede comprobarlo…

-Espera… ¿es verdad lo de la película?

-No creo, las películas casi siempre son mentiras.

-No, me refiero a si es verdad que viste esa película.

-Sí. Anoche y hoy en la mañana, la dieron en un canal del cable…

-¿Te acuerdas cómo se llamaba?

-No. Pero me acuerdo que la vi dos veces. A pesar de que entendí bien la historia, pero había algo raro.

-¿Qué cosa?

-Algo en la historia. Es que se entiende, pero también no se entiende. Es como una vez que quise comer tutti frutti de a poco. Y fui mascando de todas las frutas que había en la casa.

-¿Y?

-Y comí todas las frutas, pero eso no era tutti frutti.

-Mmm… ¿y qué pasó con la película?

-Pasó que el hombre comienza a explicar que siempre hay polvo y la mujer decía que no. Y la mujer era muy alegre, pero de tanto discutir se puso a llorar, pero no entendí muy bien por qué. Yo creo que porque tenía su casa sucia.

-¿Y compró la aspiradora?

-No. Porque era cambiar la suciedad de un lugar a otro y eso no es limpiar, decía la mujer, llorando. Y porque todo si sigue aspirando revienta en algún momento, porque se llena de suciedad en un sitio que se va llenando.

-¿Te acuerdas algo más que dijeran en la película?

-Sí. Dijeron que todos los sitios son importantes y buscaron un destornillador para abrir la aspiradora.

-¿Y para qué querían abrirla?

-Para inventar una nueva parece.

-¿Una que hiciera desaparecer lo sucio?

-No, no se podía hacer desaparecer, decían. Así que querían una para transformar la suciedad en otra cosa, pero decían que era muy difícil…

-¿Y podían al final?

-No sé. Por eso la vi dos veces, pero justo en esa parte, se me mojaban los ojos y tenía que apagar la tele.

-¿Quieres decir que te ponías a llorar?

-No. Yo no lloro. Pero cuando pasa eso me enseñaron una técnica para que se vaya luego… ¿quiere que se la enseñe?

-Mmm… no, creo que no…

-¿Y qué quiere entonces?

-¿Cómo…? ¿Respecto a llorar?

-No. Respecto a llamar tres veces al timbre… ¿para qué vino?

-Ah… casi lo había olvidado… es que sabes, sin querer desde esa casa golpee una pelota de béisbol y rompí un macetero de tu casa… ¿está tu mamá?

-¿Para qué la quiere?

-Para contarle lo del macetero. Es que lo rompí.

-¿Qué es un macetero?

-Eh… es como una especie de fuente o vasija donde se ponen plantas.

-No, sí sabía eso, pero ¿no significa nada más?

-Eh… no, no que yo sepa…

-Pero entonces no es importante. Mi mamá siempre me dice que si es una cosa rota y no le duele a nadie, entonces no importa.

-Pero es que tenía una planta adentro.

-¿Como los pájaros en la cabeza?

-No… yo hablo del macetero… ahí había una planta y al caerse habría que trasplantarla, o algo…

-¿Porque la planta es un ser vivo?

-Bueno, sí, principalmente por eso.

-Entonces le voy a decir a mi mamá, pero no puedo ahora, porque no está…

-¿No está?

-No, estoy solo…

-Mmm… pues creo que será mejor volver más tarde –digo finalmente-. Fue un gusto…

-Ya, pero espere… ¿puedo preguntarle una última cosa?

-Sí.

-¿Por qué es más importante una planta que un macetero?

Y entonces yo lo miro a los ojos, e intento responderle, de la forma más clara que me es posible.

viernes, 14 de octubre de 2011

Se supone que los números no son.

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“Hacen tanta falta caballos blancos,
sueltos en Brasilia…”
Clarice Lispector.
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Se supone que los números no son. Es decir, no existen de la forma en que entendemos la existencia. Triste forma en todo caso. Si te puedes tropezar con algo, aquello existe, parece ser la consigna. Por eso digo que los números no son. Ojalá se entienda.

Hablo esto porque hoy volví a encontrarme con números. Y claro, uno no debiese hacerlo, según la consigna. E incluso habría que negar que eran números, o aceptar que al menos existían asociados a un conjunto de elementos, que organizaban.

¿Pero saben? Los números con que hoy me encontré existían de una forma indepeniente e innegable, separados de aquello que llamamos el sentido del mundo y sin designar nada salvo a sí mismos.

Era como encontrarse con alguien que tiene solo un nombre, y cuyo apellido desconoce. O con la sombra de ese alguien, más bien.

Por eso mismo creo que no tiene sentido contarles aquí cuáles fueron esos números, pues si lo hago, creo que lo esencial de todo esto se termina escapando sin remedio.

Así, si digo ocho, por ejemplo, puede que usted piense en ocho “algos”, con lo que usted estará nuevamente desapareciendo el ser del número, que fue a fin de cuentas lo que me encontré hoy día, hace tan solo un par de horas.

Aquí va el resumen del encuentro:

Yo había caminado apenas unos cuantos metros cuando de pronto me encontré con un zapato. Uno en buen estado, me refiero, en medio de la calzada.

Y bueno, como ando medio torpe estos días, lo primero que hice fue asegurarme que no fuera uno de los míos. Así que los conté… y el resultado fue correcto.

-No es mío –me dije, y miré por si había algún dueño cerca, pero no había rastros de nadie por el sector.

A continuación tomé el zapato, y lo observé. Parecía no tener uso.

Fue así que -mientras pensaba que aquel zapato era todavía libre y que quizá era propiedad exclusiva de sí mismo-, me percaté que había algo al interior del zapato.

-No es un pie –descarté en primera instancia, y entonces voltee el zapato y cayeron los números, que permanecieron así, desligados del mundo en que aterrizaron, sin numerar nada.

Lógico, sin embargo, intenté ligar el número con el zapato… precio, quizá, tamaño… pero no había éxito.

-Quizá los zapatos nuevos son algo así como el papel de regalo en que se envuelven los números – me dije. Y me convencí de aquello. Y hasta agradecí el regalo.

Pero claro, luego estaba el asunto de la utilidad del regalo. Como cuando te regalan un adorno que no sabes dónde poner porque te falta espacio. Además…

¿Qué se puede hacer con unos números huachos…?

Eso pensaba cuando salió un borracho de la botillería llevando en sus pies un único zapato.

-No es mío –se limitó a decir, cuando le acerqué el zapato.

-Pero a usted le falta uno –insistí.

-Pero ese no es mío… y uno no va andar llenándose de cosas solo porque tiene ciertas carencias – contestó.

Luego se fue. Calzado de un pie, como les contaba.



Puede que piensen que se acrecentó mi imaginación, pero les aseguro que fue en ese momento que entendí la real importancia de esos números caídos… Números que parecían de a poco ser absorbidos por el suelo, como las pequeñas lluvias.

-Hay que dejar que desaparezcan –pensé-. Que se reintegren a la tierra, naturalmente, para no tener que desaparecer uno. Hay que dejar que la esencia de los números desaparezca por los poros de la tierra… y aprender de aquello.

Y bueno… desaparecieron los números, y hasta su impresión se hizo un poco más débil apenas hubieron desaparecido.

El zapato, en cambio, estaba todavía ahí, a un costado, justo debajo la luz de un alumbrado que lo dejaba como en un escenario improvisado, y lamentablemente sin público.

-Quizá el secreto es que el zapato no es zapato –concluí entonces-, quizá hasta es un número que no quiere dejar de ser sí mismo y se protege de esa forma, para no diluirse en un todo…

Por último –mientras seguía reflexionando-, volvió a pasar el borracho y me ofreció cambiar una cerveza por el zapato encontrado.

-Pero es que no es realmente un zapato… –intenté explicar.

-No importa... Además la cerveza no es realmente una cerveza -me confesó.

Quise decir algo más, pero no se me ocurrió, así que simplemente cerramos el trato.

Y se acabó la historia.

jueves, 13 de octubre de 2011

Huellas de un pequeño cocodrilo.

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I.

Una vez intenté acariciar
un cocodrilo pequeño
y descubrí que no se podía:
donde fueras a poner la mano
él intentaba morderte.

Por suerte,
en un momento pude entender
que la única manera de acariciarlo
era dejar que te clavara los filosos dientes
sin retirar la mano
y mirarlo con cariño.

Luego él deja de morder
y sus ojos te acarician.


II.

Lamentablemente,
no somos tan sabios
como los cocodrilos.

Además está el problema
de que acostumbramos cuidarnos
de la forma equivocada.

Y ante el dolor nos volvemos fuertes.

Y a veces no hay regreso.


III.

Así,
miro a los hombres caminar
por las calles llenas,
y distingo en cada uno
un niño pequeño
y asustado
que clava en sí mismo
sus propios dientes.

Con todo,
carecemos a veces del afecto necesario
para mirarnos con amor
a nosotros mismos
y transformar en semilla

aquel daño.


IV.

Aún tengo en mis manos
pequeñas huellas
de los dientes de ese cocodrilo,
pero no son esas las huellas
que han perdurado en mí
con mayor nitidez.

Y es que duelen otras zonas,
cuando se elige
este proceso,
y más aún
cuando descubres
que quizá el camino que seguiste
no fue por mucho
el más correcto.

Y es que soy torpe
y no sé a veces
hablar sin mirar
al mismo tiempo…


V.

Un niño pequeño,
sin embargo,
no es igual
a un pequeño cocodrilo.

No importa si está
vestido de verde
o si tiene incluso
los dientes filosos…

Un niño pequeño
no es igual
a un pequeño cocodrilo.

Y es que a veces un niño
queda sintiendo culpa
de la mano que se aleja,
y no comprende.

Y hasta crece de inmediato.


VI.

Uno deja de asombrarse de algo
cuando pasa a asombrarse
de otras cosas.

Así,
resulta que ordenamos a veces
mal nuestras ideas,
y nuestras sensaciones
van quedando ajadas
como camisas mal dobladas.

Y claro,
hay que elegir después
entre andar sin camisa
o ponerse una de ellas
en mal estado,
y la decisión no es tan fácil
como parece.

Incluso,
los cocodrilos suelen morder
cuando no saben elegir
entre estas opciones.

Yo puedo atestiguarlo.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Pequeños terremotos.

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“Sí, es una opinión general:
se cree que la vida es una cosa necesaria”
Ibsen, Casa de muñecas.

“Ya no me asombro
de estas coincidencias”
H. Z.
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Depende de nosotros,
sentir los pequeños terremotos.

Dejarnos mover.

Temblar de esperanza
ante ellos.

Existen por algo.

Se acercan con un objetivo.

Y nos remecen un poco.

Esos son los pequeños terremotos,
que hacen que el mundo
comience a sonar
como si tuviera cascabeles
y se acordara que está vivo.

¿Pasará lo mismo con nosotros?

¿Tendremos cascabeles
que nos recuerden
lo que no debe olvidarse?

Quizá solo sea cosa
de estar atentos,
dispuestos
y con ganas de creer en todo aquello
que se derribó incluso
cuando lo creímos más fuerte.

Y es que la culpa,
sí la hubo,
no fue
de los pequeños terremotos.

Siéntalos sin miedo,
y alégrese como si el viento
lo estuviese despertando
haciéndole cosquillas.

Y sí,
depende de nosotros,
sentir los pequeños terremotos.

Dejarnos mover.

Temblar de esperanza
ante ellos.

¡Bienvenidos sean…!


martes, 11 de octubre de 2011

Tengo una huincha de medir que nunca he usado.

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“Era mediodía
y andaba arrastrándome por mi jardín,
que era como los de antes.”
Bob Dylan.
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Tengo una huincha de medir que nunca he usado. Me pregunto si se sentirá inútil. La compré por el diseño y porque cuando se le aprieta la nariz vuelve a guardar dentro de sí la huincha que hemos sacado antes fuera de ella.

No es del todo bonita, sin embargo, pues tiene una sonrisa dibujada que refleja cierta dosis de nerviosismo, lo que le quita un poco de ternura… Pero claro, su nariz -que es un pequeño botón rojo-, está ahí para volver fácilmente a congraciarla conmigo.

Me gusta establecer esos vínculos. Sencillos, simpáticos… esos afectos que uno no puede recordar si no es con una sonrisa.

El amor verdadero debe ser así, imagino, simpático.

Pensar en un otro y que ingrese por el recuerdo –que es también una rendija-, una especie de brizna que refresque lo que somos, y que incluso nos engrandezca… tanto que tengamos que extender una huincha propia y secreta para medir las sensaciones que tenemos dentro.

Y es que eso también es extraño en mi huincha. Me refiero a si la huincha que sale de ella es parte esencial o no de ella, pues admitirán que es al menos extraño decir que sale la huincha desde dentro de la huincha y luego vuelve a entrar en ella.

Y claro, quizá también funcione así con nosotros. Salimos fuera, medimos a otro… y quizá ese contacto deje huellas que luego quedan dentro y resulta que sin darse cuenta uno ya ha crecido, y es grande. Como en el comercial de Milo.

De pequeño me preguntaba eso. El secreto de como crecíamos. Más allá de las rayitas en la pared que van marcando nuestra altura, por supuesto.

Y es que hasta el día de hoy me gusta imaginar que algo crece dentro de nosotros cuando tenemos nuevas sensaciones, o descubrimos algo, o conocemos a alguien que hace eco en lo que somos...

Con todo, las medidas externas suelen indicar también lo que nos separa de un otro, o de las cosas. A veces también de los que ya no están aunque en ese caso no sabemos hacia donde extender la huincha, y podemos malentender lo que son las distancias. Y entristecernos tontamente.

Pero decía antes que el amor verdadero debía ser así, yo creo, simpático…

Quizá baste con eso en principio.

Al menos para que entre el aire.



¿Saben en qué estoy pensando?

En qué le gustaría medir a mi huincha.

¿Creerá que es eterna?



Para que se sienta importante me acerco con ella hacia las cosas.

¡Qué frío suena decir las cosas cuando uno en verdad está hablando de libros…!

¡Y qué hermoso tenerlos a todos al alcance de la mano…!

Mi huincha debe estar feliz de trazar medidas entre ellos…

Así, su sonrisa mientras mide deja de parecerme nerviosa y es ahora de completa alegría.

Cuando vuelva a guardarse dentro de sí –pienso-, tendrá sensaciones provenientes de un mundo distinto, y se sentirá más grande, y hasta descubrirá que el viento le hace cosquillas en lugares que desconocía.

Y es que finalmente, concluyo, también la felicidad se atrofia, cuando no se usa.


lunes, 10 de octubre de 2011

¿Qué es un inventario?

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I.

De chico pensaba que hacer inventarios era una experiencia casi mística. Y es que relacionaba la palabra inventario con la idea de invento, o de creación, por lo que cuando veía un lugar cerrado que indicaba justamente que estaban en ese proceso, yo imaginaba que adentro estaban pasando cosas increíbles, casi como una ceremonia druida llena de saltos y polvos químicos que solo podían hacerse a puertas cerradas.

-¿Realmente crees que pasa algo así o me lo estás diciendo por molestar? –me preguntó en una ocasión la dueña de una tienda que solía cerrar por inventario una vez al mes.

Yo me quedé en silencio.

Y es que recuerdo que en ese momento la miré y comprendí de inmediato que mi idea era absurda, aunque seguía sin entender qué significaba esa palabra.

Fue así pasando el tiempo y la palabra inventario quedó guardada como esa ropa fuera de temporada que luego uno se olvida de sacar, hasta que de pronto te encuentras con ella, cuando estabas a punto de olvidarla.

Eso ocurrió un día cuando todavía no salía del colegio y me dieron un castigo en dicho lugar.

-Vian, usted deberá hacer el inventario del laboratorio –me dijo el inspector, y me entregó las llaves y una carpeta que contenía exclusivamente hojas en blanco.

Por mi parte, soberbio como era –el castigo tenía que ver con eso, justamente-, no me atreví a preguntar y fui directamente al lugar indicado.

El laboratorio, a todo esto, era apenas una sala que estaba llena de estantes y que tenía un lavaplatos en mal estado.

En los estantes, había algunos frascos –la mayoría rotos o trisados-, y unas cuantas bolsitas con polvos y cosas que no me llamaban mucho la atención.

¡¿Pero qué mierda era un inventario…?!

Eso me preguntaba mientras estaba ahí con las hojas en blanco y pensaba qué debía hacer, descontando por supuesto la opción más sensata que era preguntar al inspector o a algún profesor, pero lo cierto es que yo me creía por entonces algo así como un ser superior, y no podía preguntar algo tan básico.

Fue así pasando el tiempo y sucedió entonces que desde el interior, vi al inspector acercarse y no hallé nada mejor que esconderme en uno de los estantes para que no descubriese que no había hecho nada…

-¿Vian…? –preguntaba el inspector, pero yo no respondía.

Fue así que luego de llamarme varias veces, el inspector salió del lugar cerrando con las llaves que yo había dejado descuidadamente en un mesón, dejándome, de paso, encerrado.

Para peor era viernes, y nadie vendría al colegio hasta el lunes, salvo los perros que dejaban vigilando el patio, los fines de semana.


II.

A veces se pasa la vida sin darnos cuenta que no sabemos qué significan las palabras que usamos. O peor aún, a veces van pasando las palabras sin saber qué significa la vida que vivimos.

A mí me pasó con el inventario, por suerte, pero a muchos le ocurre con otras palabras, con lo que terminan encerrados en lugares mucho más complejos… como una relación, por ejemplo, o hasta una familia.

Y es que si es por volver al tema de los inventarios resulta que muchos de nosotros vamos envejeciendo sin siquiera percatarnos de qué es aquello que tenemos dentro, y qué cosas hemos ido extraviando por el camino.

Una abuelita que conocí una vez me contó, por ejemplo, que ella quedó de juntarse con el que seguía creyendo el amor de su vida junto a un nogal… pero claro, ella dijo que sí y olvidó que no sabía lo que era un nogal, y que esperó varios días junto a un sauce, hasta que el hombre apareció de novio con su hermana, quién sabe si por despecho…

Son cosas que pasan, podríamos decir, pero no sé si es bueno tomarlo tan a la ligera.


III.

Volviendo al laboratorio, recuerdo que esa vez, para intentar salir, terminé por romper un vidrio, aunque a partir del ruido los perros no dejaron de ladrar y venir a cada rato a pararse fuera de la sala.

Pasó así la primera noche y de puro ocioso me puse a hacer una lista con todo lo que estaba ahí, sin saber que con eso daba cuenta de mi castigo y lograba entender, de forma práctica, el significado del inventario.

Al final el sábado en la tarde, y luego de hacerme amigo de los perros que estaban fuera, logré salir del colegio, dejando sobre un mesón la lista escrita, que creía carente de valor y absurda.

-Menos mal que cumpliste con tu castigo –me dijo el inspector, al verme llegar-. El fin de semana entraron a robar e incluso rompieron la ventana del laboratorio, pero gracias a tu inventario pudimos descubrir que no se llevaron nada.

-¿El inventario…? –alcance a decir.

-Sí, lo dejaste sobre el mesón, junto con las llaves –dijo el inspector-. Yo mismo las guardé ese día y cerré el lugar…

Yo no quise corregirlo y la sensación quedó zanjada de esa forma. Sin que yo tuviese que inventar ni una sola mentira.

Con todo, aún no relacionaba la lista que había hecho con el inventario del que hablaba el inspector, pero explicarles cómo fue que me di cuenta de esa relación es ya pasar a otra historia; y como la ración de hoy ya tuvo la extensión suficiente y como también me parece que no tuvo mucha gracia, mejor dejo la historia hasta aquí. Nada más.

Además así, en el tiempo que ahorramos, quizá pueda usted aprender el nombre de algunos árboles… no vaya a ser que usted también se quede esperando la vida en el lugar equivocado.

No vaya a ser.

domingo, 9 de octubre de 2011

No decir.


“Mi salvación está en el secreto.
Y todo lo que yo hablo es para decir nada.”
Clarice Lispector.


I.

Soy un maestro en no decir. No niego que hablo y cuento cosas y hasta a veces invento, pero de decir, no acostumbro decir nada. O muy poco.

Por eso, la gente que realmente me comprende sabe que mis intenciones son otras. Dar indicios, o pistas, rodeando una y otra vez aquello que de ser dicho me dejaría sin opción alguna de ser yo, y de ser salvado.

Sin embargo, no siento que sea malo no decir. Y es que no decir es algo muy distinto al hablar por hablar y distinto también al repetir todas esas frases hechas con que a veces se nos va vaciando la vida.

A veces, incluso, pienso que Dios no se dice por eso. No se dice a sí mismo, me refiero.

Es decir: no se dice, para no vaciarnos la vida.


II.

Una vez me hice amigo de una señora muda. Yo iba de vez en cuando al lugar donde vivía porque intercambiábamos libros, y porque de una forma que nunca fue concreta sentía que me invitaba nuevamente, y hasta le alegraba mi presencia.

A veces me indicaba frases con sus dedos, de los libros que intercambiábamos, y supongo que yo vivía aquello como una forma de comunicación.

Con el tiempo, resultó que la señora comenzó a hacerme unos regalos. De hecho, comenzó a tejerme unos regalos.

Guantes, un chaleco, un gorro… pero todo con extrañas características.

Y claro… nunca he sido de aceptar regalos, pero no podía negarme… y era así como terminaba poniéndome a la fuerza esos guantes con cuatro dedos, o el chaleco que tenía tres mangas, o el gorro que parecía haber sido tejido para el hombre elefante.

Con todo, siempre agradecí sus regalos y nunca cuestioné nada.

Las preguntas vinieron después, claro, pero no fueron dichas. Y es que un día comencé a fijarme que la mujer tejía prendas absolutamente normales cuando se trataba de regalarle a otras personas:

Chalecos perfectos, bufandas normales, guantes proporcionados y con cinco dedos… es decir, todo armoniosamente construido.

Fue así que comencé a cuestionarme otras cosas. No que me diera aquellas prendas que le quedaban mal, como me indujo a creer un amigo… si no a pensar que me veía de una forma diferente… casi como un ser de otra especie.

No le dije nada, por supuesto. Y me guardé mis cuestionamientos.

Ella, claro está, tampoco dijo nada… aunque al menos ella no podía.

Luego dejamos de vernos, sin tampoco decir nada.


III.

A veces cuando uno no dice los otros se cansan. Y los entiendo.

Algunos necesitan que uno diga claramente lo que siente, o lo que ve en los otros, por ejemplo, y no hacerlo supongo que debe ser un poco incómodo.

A mí también me pasa, de hecho, y mi inseguridad en algunos aspectos hace que ello desemboque en relaciones extrañas, sobre todo cuando se entrelazan sentimientos.

Así y todo, sin embargo, mis sentimientos suelen hablarme claramente, pero en un lenguaje demasiado propio y casi siempre cuando ya es tarde.

Al respecto, creo que fue también Lispector la que dijo que solo sabía vivir las cosas cuando ya las vivió. Es decir, quizá debiésemos ambos concluir que en el fondo no sabemos vivir, y solo sabemos acordarnos.

Me hubiese gustado poder abrazar a Clarice, y no decirle nada.


IV.

Hoy fue un día de arranques. Y de silencio.

Miré, escuché y me escondí.

En eso estaba cuando de pronto un hombre se tropezó y cayó a mi lado.

-No me dolió –me dijo mientras se ponía de pie-.

Yo lo miré pensando que bromeaba, pero lo decía serio.

-Me tropecé y caí fuera del mundo, eso es todo –me dijo-. Por eso no dolió.

Luego se fue.

Entonces me quedé pensando que si cayó fuera, quizá yo también estaba fuera, sin saberlo.

Caer fuera del mundo duele de otra forma, pensé luego…

Todo lo demás que pensé –o que sentí-, permítanme esta vez, no decirlo.

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