domingo, 16 de octubre de 2011

Diez niños en torno a una abeja, o el inicio de la cuenta regresiva.

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Diez niños gritan y se empujan mientras observan una abeja. Son pequeños y supongo que les han dicho que son peligrosas, que pican y hasta que tienen lancetas venenosas, aunque obviamente exageran la reacción. Es la aventura de hoy, para ellos, y eso es lo que importa. Algo que vivir, algo que contar, algo que recordar. Razones suficientes, sin duda.

Nueve de esos niños, sin embargo, nunca han sido picados por una abeja. Pero claro, quizá han oído hablar del dolor y eso los atrae, y los hace gritar. Además son niños que no suelen estar expuestos a otra clase de dolores. O si los tienen no los nombran de esa forma. Así, vamos entendiendo que la soledad, o la angustia que te oprime el pecho, no son realmente dolores, y aprendemos en cambio a temer de las abejas. Así, hay que gritar por las abejas, y estar en paz cuando tus padres regresan tarde de noche o no regresan, o cuando los escuchas discutir en su cuarto. Además ellos son de tu especie y no tienen lancetas, te dicen.

Ocho de esos niños son de un mismo curso. Estaban en recreo y se han atrasado justamente por culpa de la abeja. Los otros dos están castigados así que supongo que si la abeja termina picando a uno de ellos sería de cierta forma algo justo. Aunque claro, si digo esto abiertamente, como profe, probablemente una gran cantidad de apoderados terminarían reclamando ante los directivos. Y gritarían en torno a ellos y entonces pasaría yo a ser la abeja. La amenaza. El ser de otra especie.

Siete de esos niños llegarán a ser profesionales destacados. Ese es el porcentaje que ofrece nuestra institución, basándose en las estadísticas de los últimos años. Un bien porcentaje, piensan los padres, quienes estiman que sus hijos pueden derrotar fácilmente a tres de diez competidores, y alcanzar el éxito. Así, podrán pasar de una forma más fácil a ser parte de ese otro alto porcentaje que declara ante las encuestas gubernamentales sentirse “feliz” (aunque la información sea contradictoria pues casi la totalidad de los felices dicen desconocer “el sentido de la vida”, por lo que no alcanzo a entender qué es lo comprende cada uno, con “ser felices”).

Seis de esos niños, por otro lado, mienten respecto a sus experiencias con las abejas, pues todos dicen haber sido picados alguna vez y alguno incluso comenta haberse tragado una abeja “que le picó los pulmones” cuando era más chico. Así cuando otro niño le pregunta sobre las consecuencias de aquello, el supuestamente picado comenta que le dolía el cuerpo cuando tosía, y que hasta le salía sangre.

Cinco de los niños votan a favor de dar muerte a aquella abeja, mientras los otros se oponen exclusivamente por la dificultad y peligrosidad de tal misión. De esta forma, cuando me ven venir, son estos mismos cinco niños quienes se acercan a pedirme que dé muerte a esta abeja, y me cuentan parte de la información que les he entregado con anterioridad.

Cuatro de estos niños me conocen. Me dicen teacher Vian y hasta parecen simpáticos y alegres de verme venir. Sin embargo, al poco tiempo de hablar me doy cuenta que en realidad me están dando órdenes para que ponga fin a la vida del insecto, por lo que incluso alguno saca su celular para grabar la ejecución. “Mátela desde acá, para que se vea”, me dice, y los otros dejan de mirar la acción en directo, y comienzan a ver lo que sucede a través de la pantalla. Yo quedo en silencio y no hago nada, pero ellos esperan que los obedezca de un momento a otro.

Tres niños comienzan a empujarse para ver mejor lo que ocurrirá y se tiran de sus ropas y hasta caen al suelo. Quizá esperan que los detenga, pero yo no lo hago, así que al final dejan de pelear por sí mismos. Sé que son niños y conozco el discurso ese de los angelitos y la pureza… pero definitivamente la contaminación está empezando demasiado temprano, y los niños en general hoy día me dan miedo. Poco más.

Dos niños parecen darse cuenta que algo no saldrá como planean. Ellos me miran directamente y perciben algo extraño, que los hace incluso retroceder un poco, como si fuese yo, de pronto, el de la lanceta. Ambos parecen mirar entonces en otras direcciones, como buscando a otro adulto que venga a dar muerte a esta nueva amenaza. Los otros en cambio siguen expectantes, sin imaginarse, ni cercanamente, lo que va a ocurrir.

Un solo niño alcanzó a correr antes de que yo comenzara mi labor. Con todo, no logrará esconderse fácilmente, pues conozco este lugar y deduzco cuáles son los posibles escondites. Quizá piense que esté a salvo por un tiempo, pero solo será el tiempo de la cuenta regresiva. Así, finalmente, comenzará la siega, y todo brote será arrancado, sin dilación alguna.

1 comentario:

  1. No sé por dónde empezar..."por el principio" dirían los demasiado obvios, pero lo cierto es que no sé bien cuál sería el principio (o por lo menos no sé cuál lo sería para mí).
    en fin...me ha erizado la piel imaginarme a esos niños atentos a la posible futura ejecución de la pobre abeja, alistando sus celulares para captar el momento crucial. Se me ha erizado aún más al pensar que entonces-siguiendo las estadísticas- en un futuro cercano habrá siete nuevos exitosos profesionales con una mentalidad formada de tal manera que, ante la posibilidad de otro exterminio injustificado, reaccionará en forma similar, respondiendo a su impulso primero de pisotear al diferente, por miedo y/o desconocimiento, buscando quizás primero el guiño complaciente de la autoridad establecida que lleve acabo semejante labor.
    Me quedo pensando que cada uno de nuestros gestos sea tal vez una muestra a escala reducida de lo que somos como especie y que sin duda, observando cómo nos comportamos en nuestras pequeñas anécdotas cotidianas, podremos entender porqué el mundo está como está y por qué hasta la misma naturaleza corre riesgo de extinguirse.

    Un abrazo...y perdón por el divague! =)

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