sábado, 31 de julio de 2010

Fin de mes / Algunas películas (II)

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Retomo, antes de terminar el mes, la entrada anterior, para alcanzar a revisar algunas de las películas que durante estos días se fueron quedando fuera; veré un poco de cuáles me acuerdo a ver si puedo exprimirlas un poco antes de arrojar las cáscaras y pasar a frutas nuevas.
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IV. La llamada de Cthulu, de Andrew Leman (2005)
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Esta curiosa película basada en relato más difundido de Lovecraft, recrea la estética de las películas mudas de los años 20 con un éxito relativo.
Por una parte, por más que el intento está por momentos bien llevado, se nota demasiado que se trata de una película contemporánea intentando parecer antigua; ya sea porque algunos actores revelan que no menejan del todo bien la expresión necesaria para el desarrollo de un film mudo, o porque a ratos se nota demasiado que la película está envejecida digitalmente.
Los decorados sin embargo me parecen bien realizados, y la música sabe conducir bien la película creando un ritmo que permite avanzar la narración sin demasiados enredos y la hace incluso agradable de seguir.
Lo único lamentable es que la idea base de esta película es algo desaprovechada tras evaluar el valor total que alcanza. Y es que la narración de Loveccraft parece hecha a medida para a este género, a la vez que las posibilidades que se abren al realizar una escenografía vinculada a ratos con el expresionismo cinematográfico de los años 20 pudo haber dado una verdadera obra de arte.
Quizá faltó ponerse de acuerdo en un inicio sobre qué tipo de película se quería hacer: un simulacro de aquellas películas, o un verdadero homenaje que permitiera incorporar una mirada más personal por parte de los actuales realizadores, y explotar al máximo los recursos que se utilizaban en esa época.
Y sí, nuevamente se prefiere el experimento al intento más arriesgado de construir una obra de arte. Y Lovecraft sigue sin tener una película realmente a la altura de sus textos.
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V. La puerta del infierno, de Teinosuke Kinugasa (1953)
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La verdad es que esperaba más de esta película. Por una parte porque me imaginé que era una adaptación de un relato que me encanta de Rionosuke Akutagawa, y por otra porque contaba con una serie de galardones entre los que se incluía ser la primera película japonesa premiadad con la Palma de oro en Cannes y también la primera obra nipona que obtuvo con el Óscar a la mejor película extranjera y el premio de los críticos en Nueva York.
Ambientada en la edad media, la película aborda la historia de un guerrero que pide como premio al emperador, el poder casarse con una mujer que luego se entera está casada.
Más allá de las vueltas de la trama, y de la personificación de los personajes principales, -fiel a la representación clásica de los personajes japoneses heredada del kabuki-, la película carece de la trascendencia y la mirada íntima de los mejores exponentes japoneses que trabajaban ya en la misma época.
No es que sea una mala película, no se malentienda, pero sin duda el cine japonés aún no era descubierto en occidente, y faltaban aún algunos años para que se reconociera abiertamente a Mizoguchi, Kurosawa y Ozu, como indiscutidos maestros, y lograra apreciarse más plenamente el excelente trabajo cinematográfico que se realizaba en este país.
Entre lo que puede destacarse de la película está también el empleo del color, para nada sutil, por cierto, pero que permite potenciar visualmente la presencia de este mundo otro que comenzaba a abrirse paso en occidente, y ciertos gragmentos de la música que ayuda a crear cierta atmósfera que sin embargo no sabe sostenerse plenamente a lo largo del film.
En resumen, una película interesante, con un buen empleo de colores y útil para acercarse al cine nipón, pero que carece del peso y la maestría alcanzadas por otras de su misma éspoca. Rica en costumbres y fiel reflejo de cierta identidad japonesa que tras la invasión norteamericana debía reafirmarse, pero donde se extraña una visión más íntima y delicada de los procesos que ocurren en las sensaciones y sentimientos de cada personaje.
Un sake correcto y bien realizado, pero que no embriaga.
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VI. Puedo escuchar el mar, de Tomomichi Mochizuki (1993)
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De las varias películas que vi con mi hijo durante el mes elijo ésta como la primera -ya veré si me alcanza el tiempo para señalar algo sobre Gen, el descalzo, y descarto ya alcanzar a hacerlo sobre Toy Story 3, Kung-Fu Panda y otras que mejor ahorro hasta de nombrar-.
Elijo ésta porque a pesar de su sencillez y de ser una de las menos conocidas de los estudios Ghibli, hace de esa misma sencillez, la fuente desde la cual se brinda una sensibilidad extraña de ver en los cines de animación, incluso de los japoneses.
Esto, porque la sensibilidad y delicadeza a la que apela esta película, deja de lado toda pretensión de grandeza e incluso deja la profundidad característica que alcanzan los personajes de las películas desarrolladas por este estudio totalmente de lado.
La historia se centra en unos estudiantes de un típico instituto japonés de provincia; primero en su época escolar, donde se aborda especialmente la relación entre una suerte de triángulo amoroso entre dos amigos y una niña recién llegada de Tokio, y luego a partir de lo que han echo con sus vidas tras juntarse años después en la misma ciudad donde estudiaban.
Me gusta esta película porque, si bien carece de una profundización en la historia personal y en los sentimientos de los personajes que muestra, sabe encontrar en cada uno de ellos, ciertas actitudes, momentos y diálogos, que nos permiten acceder a la gestación de lazos afectivos verdaderos, sin la pirotecnia de otras películas y sin imágenes fantásticas o tremendamente conmovedoras como a veces se (mal)acostumbra.
Para algunos, supongo, esta historia podrá parecerles hasta nimia, sin sabor, incolora.
Pero supongo que debemos aprender a valorar también estas propiedades. Lo pensaba mientras hacíamos sushi con mi hijo, ayer, y le intentaba señalar como era necesario sacar todo el sabor del arroz para poder sentir mejor la presencia de cada uno de los otros elementos empleados; incorporarlos delicadamente y sin abundancia, hasta dejar que cada uno entregue ese sabor que sólo recién descubrimos.
Y es que sí, se puede disfrutar a fondo esta película como si fuese un vaso de agua, sin chispitas y colorantes y sin un típico "sabor naranja"; se puede encontrar en ella cierto secreto, cierta delicadeza, que sólo podemos entender realmente cuando se nos muestra de esta forma, cercana, sencilla, superficial quizá, pero igualmente fascinante.
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VII. Dodes ´Ka Den, de Akira Kurosawa (1970)
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Recién en 1970 Kurosawa filma éste, su primer film a color. Eligió una buena historia, buenos personajes, buenas locaciones, pero algo, en el resultado final de todos esto, terminó destiñendo.
Y es que teniendo todo para ser una tremenda película, esta pequeña ópera coral, como la clasificarían hoy en día, no alcanza las alturas de sus otras creaciones, y, de hecho, se queda a una distancia considerable de ellas.
Es como si para llegar a una cumbre Kurosawa hubiese llevado provisiones en exceso. Y esa misma sobrecarga le dificultase luego alcanzar su propio cometido.
En este sentido, la película se excede en historias, en colores, en la actuación de algunos personajes y hasta en las vueltas que da el guión una y otra vez buscando decir algo que la escena inicial y su primer personaje, ya parece haber dicho por completo.
La historia sucede en los suburbios de Tokio, donde distintos seres marginados conviven en medio de una miseria común y falta de significados, como si buscasen darle la vuelta a un hoyo que se intenta evadir. Algunos se escapan de la realidad a partir de sueños, o locura, mientras otros lo hacen a partir del alcohol u otras costumbres. Pero lo cierto es que el vacío está en el centro de su mundo, y se presenta como algo que no puede ser evitado.
Es cierto, algunas de las escenas de las películas son bastante logradas, y es posible empatizar con varios de los personajes y hasta conmoverse en algunos momentos. Pero hay algo que no permite avanzar en esta película, algo que se excede y que impide un andar cómodo y que termina por hacer que esta película no llegue donde, aparentemente, pretendía llegar.
Con todo, no deja de ser una buena película, sólo que, acostumbrados a mirar el cielo con Kurosawa y ver claramente sus estrellas, esta película parece llenarse de guirnaldas y hasta fuegos artificiales, que ensucian un poco aquella mirada, a pesar de sus buenas intenciones.
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VIII. Gen, el descalzo, de Mori Masaki (1983)
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De nuevo Japón.
Una película no muy conocida a pesar de sus similitudes con La tumba de las luciérnagas, con la que comparte varios elementos: el contexto, el centro del argumento, el ser animada y hasta el estar protagonizada por niños.
Aunque lo crean o no, esta película, resulta más cruda que la película de Takahata.
La historia nos muestra la vida de un niño en los tiempos finales de la segunda guerra, un tiempo de carencias y dificultades para él y su familia. La película nos muestra su vida familiar, la relación con sus hermanos, con su madre embarazada, con su padre. Pero como la historia sucede en Hiroshima y está comenzando Agosto del 45, sabemos muy bien qué es aquello que va a pasar.
A pesar de saberlo, sin embargo... a pesar de esperarlo y saber que va a ocurrir de un momento u otro la película golpea con aquellas imágenes. Y es que Masaki no se anda con sutilezas para mostrarnos lo que ocurrió. Nada del hongo atómico o los homenajes abstarctos que se hacen hoy en día. La película nos muestra lo que sucedio realmente. La calcinación de los cuerpos. La piel caída a jirones. El andar de un lado a otro de esos seres a medio morir que quedaron dando vueltas por la ciudad tras la caída de la bomba.
Sorprende verlo en una película de animación, sorprende verlo porque nos acostumbramos a no ver lo verdaderamente terrible, y porque, cuando lo vemos, solemos verlo como algo distante, algo que ocurrió hace mucho, algo que no va a volver a pasar.
Y duele explicarle a mi hijo que eso ocurrió realmente. Y que días después volvió a ocurrir en otra ciudad, y que hasta el día de hoy, aunque de otra forma, existen bombas de esa magnitud aunque menos ruidosas, explotando en distintas partes. Sin dejar huellas tan visibles, pero con similares resultados.
La película impacta tanto que bloquea incluso las emociones que podamos sentir con lo que sucede después con estos personajes. Hay algo que no puede explicarse en esa película y que está dentro de lo que entendemos por ser humano. Algo que debemos callar pues nada de esto se ha solucionado aún más allá de los acuerdos y los fingidos desarmes de los que somos testigos cada cierto tiempo.
Una película que duele tanto verla, como acordarse de ella, pero mucho más explicársela a tu hijo, decirle que eso ocurrió de verdad y mirarlo después a la cara.
Algunos dirán que por momentos la película busca demasiado la emoción, que exagera a ratos, y quizá sea cierto. Quizá bastase con que una película mostrara el rostro de aquellos que arrojaron la bomba y no supieron nunca tener expresión alguna. Y quizá entonces tengamos la valentía de reconocer que lo verdaderamente terrible no es sólo que eso se haya cometido, sino que aquellos quienes lo cometieron, son tan humanos, lo queramos o no, como nosotros.
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IX. Tokyo, (película en tres partes) de Gondry, Carax y Bong Joon-ho (2008)
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Esperaba poco de Tokyo. No recuerdo que en estos experimentos por reunir obras de varios directores se haya dado un acierto que valga la pena. Sólo algunas partes altas que han logrado prevalecer sobre otras como La rosa magnética, en el film Memories y algunas otras que se me escapan ahora y que quizá me desvíe al nombrarlas.
Además, de los tres directores -Gondry, Carax y Joon-ho-, sólo me generaba espectativas el último, y además, Gondry particularmente me parece alguien sobrevalorado principalmente gracias a Charlie Kaufman, guionista de Eterno resplandor y director de una de las mejores y más olvidadas películas de estos últimos como lo es Sinécdoque Nueva York.
Como sea, el caso es que Gondry me hizo callar. Se hace cargo de la primera historia de una manera tan sencilla y directa que me parece sin duda lo mejor que a hecho, por sí mismo.No sólo siento que aborda bien el tema de la ciudad y del sujeto dentro de la ciudad, sino que logra, quizá sin proponérselo, alcanzar una profundidad de la que carecen los otros filmes en que se ha hecho cargo del guión.
La historia es de una pareja que busca habitación en Tokio, pero algo ocurre en la pareja a medida que sigue la búsqueda. Aparecen ciertos cuestionamientos y ciertas transformaciones que enriquecen la obra de Gondry y me hacen morderme la lengua y decir que sí, que el burro hizo sonar la flauta, y hasta imporviso un tema suave y bien hecho: de principio a fin.
La segunda historia está a cargo de Leos Carax y parece estar hecha para sernos desagradable. Quizá por eso me gusta. Caricaturiza, juega, se burla un poco y si bien sucede en Tokio parece hablarnos de algo que podría suceder en verdad en cualquier otra ciudad.
Su obra juega a parecer profunda y luego ligera, pero algo me hace sospechar que no lo es tanto. Como si el director francés la estuviera rebajando de gusto para hablarnos de otro tema que atraviesa la narración sin enfocarse directamente (la comprensión humana, el lenguaje y lo que vemos de los otros).
Acepto que se diga que "Merde" -que así se titula la parte hecha por Carax- es una mierda, pero no me digan que no cayeron en su trampa.
La historia nos muestra a un ser salido de las alcantarillas que detesta a los humanos y cuyo único objetivo es lanzarse en contra de ellos. Podemos ver la reacción de las personas, la persecución, el intento de juzgarlo sin entenderlo.
Hay algo, sin embargo, en este personaje, que me agrada, y algo en la creación de Carax que me ha llevado a defenderla. Algo que por último puede ser llevarle la contraria a una obra que ha sido hecha justamente para ser atacada.
La última historia corre a cargo de Bong Joon-ho. Está bien hecha es bien construida y se mantiene en el tema de la ciudad y del sujeto alienado que, en este caso, se recoge al interior de ella.
La obra aborda el tema de los hikikomoris, personas que se han retirado de una vida social en las grandes ciudades japonesas y que han decidio vivir encerrados con el contacto mínimo que puedan establecer con otras personas.
La narración está bien llevada, tiene buen ritmo, y parece haber organizado cuidadosamente cada una de sus tomas. Podría ser la mejor de las tres, pero ya que Gondry me sorprendió le cedo el galardón.
Y debo reconocer además, que la película "completa" me gustó, pues siento que entre las historias sí se establecen lazos importantes, sobre todo por la forma de enfrentar la figura de un individuo al interior de la ciudad, y porque todas de cierta forma hablan de la no pertenencia, de cierto desarraigo... las tres, en definitiva, son distintas formas de plantear una misma inquietud que puede hacerse un individuo al interior de Tokio o al interior de otra gran ciudad, y que no puede ser enunciada directamente ni a partir de una sola historia.
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Y sí, a pesar del intento me siguen faltando películas de las que vi en Julio de las que quisiera sacar en limpio algo... (L´appat, Arrebato, Chronopolis... por nombrar algunas), pero bueno, todo mes llega a su fin.
Y entrar a clases luego de las vacaciones ha sido caótico.
Supongo que a veces se nota.
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Fin de mes / Algunas películas (I)

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Se acaba un mes otra vez y de nuevo quedan varias cosas fuera. No es que todo deba tener cabida acá, pero el punto es que de una cosa en otra queda poco tiempo para organizar prioridades y quizá ya va siendo hora que ordene y repostule algunas cosas para que esto, además de un caos -cosa que no me molesta mucho-, no se transforme en un montón de cosas escritas porque sí y pierdan un poco el rumbo.

Mientras, -ya vendrá tiempo para lo otro-, doy cuenta breve de algunas películas que vi por estos días y de las que no tuve tiempo de reseñar nada. Así que escojo algunas de ellas ahora con tal de darles una última vuelta y ver si consigo sacarles algo más en limpio.

I.
La ley del silencio, de Elia Kazán (1954)

Por más que se intente es imposible separar cualquier apreciación de esta película de las acciones particulares de su director. Y es que necesitado de justificar la delación a sus ex-compañeros de partido, Kazán intenta expresar en esta película una especie de defensa pública.

Me gustaría creer que no, que bajo el personaje que interpreta Brando, existe una autocrítica por parte del director; que la valentía que muestra ese personaje expone conscientemente aquello que no tuvo Kazán... pero al parecer los sentidos que intentó significar el director en esta película, se mueven en otra dirección. Una dirección igual de cobarde que la primera delación, sólo que esta vez el director se delata a sí mismo, y se revela como un ser que prefiere encubrir sus propias debilidades e intentar construir un mundo que las justifique.

Quizá por esto demoré por años la visión de esta película. Sabía lo que trataba y prefería quedarme con la tremenda impresión de Un tranvía llamado deseo o de Un rostro en la multitud, antes que meterme justamente en el centro de esa acción que enturbia la relación que tenemos con este director, con la admiración que provocan casi la totalidad de sus films: las inmensas interpretaciones logradas, el buen producto final que solía obtener de cada una de sus películas.

No se trata de juzgarlo y de condenarlo, pero me gustaría haberlo sentido dudar, haberlo sentido presente y consciente en esta película... No sé cómo hubiese actuado yo y por otra parte siento mucho más terrible e irresponsables otras actitudes de directores y actores que se han llenado la boca criticando a Kazán y que han traicionado cosas mucho más importantes en su día a día.

Con todo, la película La ley del silencio me parece una excelente película. La actuación de Brando nuevamente soberbia -tal como ya lo había hecho en El tranvía... o en ¡Viva Zapata! para este mismo director-, la música de Bernstein, la fototgrafía en blanco y negro, las actuaciones en general que parecen mantenerse siempre a gran altura... son una serie de pilares que hacen que esta película siga fuerte en pie, a pesar de que parece haber sido hecha para sostener a otro y no para sostenerse a ella misma.

Es así como no creo que pueda olvidar fácilmente algunas escenas de la película; la fuerza del personaje del sacerdote o algunos diálogos algo rebuscados, pero igualmente soberbios que se dan de cuando en cuando a lo largo del film.

Por último, creo que, sin darse cuenta, Kazán termina no sólo por delatarse a sí mismo sino también por condenarse tras realizar esta película. Y no es una condena que tenga que ver con la traición o la delación de otros o con lo que creemos injusto o inconveniente para una sociedad. La verdadera condena de Kazán es olvidar quién era él mismo; dejar de verse, ausentarse de sus films que sólo justificaron algo que él no era, y que terminaron de echar tierra sobre algo que quizá algún día intentó recuperar, cuando ya era muy tarde para hacerlo.
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II.
Cabezas cortadas, de Glauber Rocha (1970)

No es esta una de mis películas favoritas de Rocha, principalmente porque el enfoque que plantea y el ritmo que desarrolla me recuerdan un poco a eso que han llamado a veces cine surrealista o que han pretendido clasificar, junto a una serie de otras creaciones bastante disímiles e incomparables, bajo el título de cine experimental.

No me gusta demasiado porque a pesar de tener cierta atmósfera que me atrae y una sensación que, desde su personaje principal, sabe irradiarse a todo el film, deja de lado momentos notables, a la vez que desaprovecha la posibilidad de llevar a mejor término un guión que en varios momentos sabe abrir puertas hacia lugares atractivos, los cuales, luego, no se consigue siquiera explorar.

Me gusta, sin embargo, la actuación de Francisco Rabal; me parece excelente -a priori- la figura de este rey que además de gobernante parece ser también su propio reino: un lugar algo venido abajo como todo aquello que busca ser gobernado por alguien que desconoce la vastedad de su propio imperio, de su propia condición.

Me agradan y sorprenden también algunas de las canciones escogidas para el film, o la naturaleza de ciertas tomas que a ratos recuerdan a Parajanov... pero sobre todo, creo que el derrumbe de este reino, la lucha contra la soledad y el propio derrumbe que atormenta y persigue a cada hombre... la lucha contra el olvido, a fin de cuentas, es un tema que a ratos se pierde en el film. No porque pase a hablarse de otra cosa o porque parezca que hay otras sensaciones abriéndose paso, sino porque la cuestión formal, el experimento estético que aquí se realiza abre espacios para -según mi opinión-, demasiados otros elementos, con lo que se termina debilitando, extraviando quizá. el rumbo que toma este film a ratos y que, al menos para mí, se convierte en su mayor logro.
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III.
Rescate al amanecer, de Werner Herzog (2006)

Obviamente no es el Herzog que me gusta (aunque esto sea obvio sólo para mí). Pero es Herzog. Y tanto las cosas buenas como las malas de esta película -sí, quizá muchas de estas últimas-, están hechas de gusto por Werner y las miro con respeto.

La narración de la película es simple, sus personajes se revelan menos complejos que otros de sus películas, incluso la filmación, las tomas realizadas, no parecen ser excesivamente difíciles ni plantean desafíos demasiado grandes como a los que nos tenía acostumbrados el director alemán.

Y es que vale la pena preguntarse qué hace Herzog realizando una película con Christian Bale -no juzgo aquí su calidad como actor sino el que esté trabajando con Herzog solamente-, o qué hace contándonos la historia de estos norteamericanos en Vietnam, capturados en medio de la jungla y luchando, solos, por su propia liberación... Porque aquí no se trata de que un ejéricto entero se mueva para salcarte el pellejo como con Spielberg, ni de ser un súper soldado que pueda vencer a todos por sí solo como Stallone o Chuck Norris...

Herzog cambia el switch y con estos elementos construye una película que parece en muchos momentos casi un reality, pero que sabe adquirir fuerza no sé en verdad de donde, quizá de esa misma realidad con la que se juega en esos experimentos y que nos parece tan alejado del cine que cuando de verdad aparece nos extraña o descoloca porque no estamos acostumbrados a ese tipo de realidad y queremos posicionarnos frente a una obra de arte y juzgarla como tal.

Y sí, quizá esa sea la gracia de esta película: despojar este tipo de películas de la grandeza característica, quitarle esos diálogos pomposos, y hacerla real -real a la escala Herzog, con Grizzly Man como referente, por supuesto-, y construir, sin embargo, una obra extrañamente atractiva, sin maquillajes, con la cámara constantemente encima de esos tipos que no son más grandes ni profundos que cualquiera... sólo raros quizá, -pero esa rareza es la normalidad para Herzog, recordemos-. Una película que dentro de la obra de Herzog me parece tan absurda como... ¿cómo qué?...

Quizá como el viajar miles de kilómetros a matar hombres sin razón alguna, sin saber siquiera qué representa mi país, o qué es lo que realmente uno es, quiere o representa... Y sí, me parece que ese es el absurdo que termina por reflejar esta película, el mismo absurdo que se reitera también en el final, de una manera tan explícita que llega incluso a molestar...

Pero es Herzog, me repito, y si el final o la película entera molesta, o si la siento a ratos absurda, o demasiado desnuda para ser totalmente atractiva, supongo que Herzog lo ha querido así, y ha querido que me molestase... y ha querido también que me incomode ante todo esto que existe bajo las colinas donde otros clavan banderas que flamean imponentes mientras él parece contentarse con contarnos una historia sencilla, que fue así simplemente, absurda si se quiere, desmaquillada, como si filmásemos a la diva recién levantada con el pelo revuelto y las ojeras nada atractivas un tanto marcadas... Sí este es Herzog, después de todo. Y sigue haciendo exactamente lo que quiere con su cine. Nos guste o no.

viernes, 30 de julio de 2010

Encuentros con apóstatas (IV)


El otro día tuve un sueño raro. Formaba parte de un grupo musical, aunque en un inicio no quedaba muy claro de qué se trataba. Yo iba cargando unas cosas junto a otros tipos vestidos de igual forma. Todos llevábamos un pantalón de vestir, camisa y hasta el pelo cortado de la misma manera. Íbamos por unas calles de piedra, como de ciudad antigua. Creo que éramos 5, aunque el número parecía variar a medida que avanzaba el sueño.

El caso es que llegábamos a un lugar también de piedra, muy antiguo, en ruinas casi. Sólo entonces me daba cuenta que éramos una banda y que íbamos a tocar allí. Al final yo cargaba un violín, aunque recuerdo que toqué varios instrumentos durante el sueño, además de ese.

Pero más allá de lo que haya tocado, o la música en sí o hasta la presentación misma que realizamos, me interesa el desarrollo que tuvo la música durante el sueño, y la transformación que dicha música y hasta nosotros mismos, -los músicos-, tuvimos en él.

Y es que nuestra banda se llamaba "La David Banner", como el nombre del científico que se transforma en Hulk en los cómics, y, al igual que él, nuestra música, y hasta nuestra apariencia, iba cambiando a lo largo del concierto.

Todo empezaba en calma, todos vestidos ordenadamente, música de cuerdas y algo de piano... pero poco a poco la música se empezaba a acelerar, se incorporaban algunas percusiones y las cuerdas comenzaban a destemplarse, como si estuviesen a alturas distintas... los ojos verdes de pronto comenzaban un poco a brillar y, si bien no terminábamos como Hulks gigantescos, nuestra ropa parecía romperse, en parte, nuestro pelo se desordenaba, y la música adquiría tal fuerza y velocidad que ya hacia el final del sueño no hubiese existido forma de sobrepasarla, ni de derivar luego en otra cosa.

Intentando darle vueltas al asunto al otro día, -principalmente buscando si existía o no la David Banner o si reconocía en alguna parte las melodías que aún daban vueltas en mi cabeza-, me acordé de pronto de qué era aquello que podría haber suscitado el sueño. Y me di cuenta que el hecho real quizá tenía más de fantasía que todo aquello que había soñado.

Y es que el otro día, creo que fue el último martes, vi en un letrero de un almacen de barrio -había tomado mal una micro hacia la escuela nocturna y me bajé unas cuadras lejos del lugar-, un aviso que me llamó la atención. En él se indicaba -tal cual-, que cambiaban $100 por $80, junto a un "¡Aproveche!" escrito con grandes letras junto al precio del kilo de pan y de otras cosas algo más racionales.

Una vez conversando con la señora del local, -no soy muy bueno para acercarme a la gente, pero la intriga me ganó-, ésta me contó una historia no tan disparatada. Lo que sucedía realmente es que en el lugar ellos cambiaban $80, en monedas de $10, por $100 en "productos". Es decir, si la persona pagaba con monedas de a $10, la compra realizada (pan, huevos, golosinas o lo que comprasen en aquel lugar) se veía reducida en un 20%.

El objetivo de esto era que el esposo de la señora construía desde hacía años, según lo que la mujer me contó, una especie de castillo con monedas de a $10. Una tremenda construcción que estaba en un cuarto de a casa, cuyo único uso era albergar esa cosntrucción que ya llevaba creciendo tanto tiempo.

-Para el terremoto se cayó la cuestión -me cuenta la señora-, mi marido armó el medio alboroto, y eso que también se cayó una tele y hasta con los cortes de luz se nos dañó una de las máquinas, pero al viejo loco apenas le preocupaba su construcción, y no se le podía ni hablar del asunto... se ponía enojón y mañoso como él solo, incluso desde entonces que cerró la puerta de ahí cuando él no está para que nadie vea sus monedas, su castillo, o lo que sea que esté haciendo ahora.

La señora se ríe, luego llega una vecina a comprar y tras escuchar que me está contando la historia de las monedas comenta algo del marido de la señora, y le deja saludos. Luego me siguen contando la historia:

-La cuestión es que el Luis se puso tan mañoso con lo del terremoto que incluso nos terminamos enojando, yo casi me devuelvo a Cauquenes, que es de donde soy, pero al final nos abuenamos un poco... El viejo éste decía que estaba a punto de terminar, y alegaba contra Dios, como si el terremoto hubiese sido hecho pa´ puro que él no terminara lo que estaba haciendo...

-¿Y ahora cómo va? -le pregunto.

-No sé nada ahora. No me muestra ni me deja entrar. Le puso un pestillo con candado y la pieza esa no tiene ventanas así que no sé na´. Igual yo prefiero que haga esa cuestión a que tenga otros vicios. Si ni el mundial vio por estar encerrado arreglando la cuestión esa...

Entonces la historia se interrumpe porque llega más gente a comprar. Como me estoy tomando una bebida de las que se devuelve el envase espero un poco más. Mientras, intento mirar hacia adentro de la casa, que está unida al local, pero apenas se ve una repisa llena de cosas: papeles, fotos, figuritas de loza y un violín entre medio...

-¿Toca alguien el violín? -le pregunto antes de irme, por preguntar alguna cosa.

-Ah, -dice la mujer, alegre, mientras lo va a buscar-, este violín era del Luis... tocaba re-bonito. Tenía un grupo en la iglesia, pero al final se salió...

La señora me pasa el violín y luego va a buscar el arco y me lo pasa como si yo supiera tocar...

-Tocaban los dos -me dice-, con mi hijo. Pero de que murió mi hijo, el Luis no tocó más. Y se puso a hacer esa cuestión... Igual mejor eso que el trago, en todo caso... También dejó de ir a la iglesia y dejó el cigarro, así que después de la desgracia al menos pasa más tiempo en la casa y ya no anda pasado a humo... Yo a veces pienso que no quiere terminar esa cuestión, se demora y se demora con la cuestión esa... por ejemplo no le gusta cambiar monedas en el banco según él porque se las dan nuevas, pero yo creo que es pa´ demorarse más no más... A veces trae unas pal negocio y me dice que no le sirven y se hace el enojado porque no termina...

Me cuenta hartas cosas más y hasta me pide que toque algo en el violín. Yo le digo que no sé, pero ella me dice que trate, para que suene un poquito, me dice, y pareciera que cree que le miento y que sé tocar. Yo al final intento y sale un sonido que me gusta, aunque no me atrevo a intentar nada más, así que le devuelvo el instrumento.

-¿Va a volver? -me pregunta al final.

-Sí, yo creo, -le digo.

-Me gustaría presentarle a Luis, -me dice-. Usted le caería bien.

-De pronto le traigo unas monedas...

-Si po, ahí tendrían tema pa´hablar... -termina. Y se ríe un poco.

Yo me apuro para llegar a tiempo a mis clases, aunque en verdad iba algo adelantado. Como andaba medio perdido camino un rato en una dirección contraria hasta que le pregunto a alguien y me ponen nuevamente en orden.

Recuerdo que entre las figuras de loza que estaban en la repisa donde se encontraba el violín, también ví un Hulk, de plástico, que no sé de quién habrá sido.

También me acuerdo mientras escribo que en el sueño hubo un momento en que tuve puestas unas manos gigantes de Hulk -he visto que las venden en algunos lugares y que creo hacen ruido- y que con ellas también, en el sueño, intenté tocar el violín y apenas sostenía el arco.

Al final pienso que la señora tenía razón en algo. Creo que le caería bien a su esposo. Siempre se me acercan los que ya no creen, aunque luego yo los deje en evidencia.

Es así que a éste, sin conocerlo, lo elijo como mi cuarto apóstata.

Y ahora, para terminar, abro el libro que está sobre mi cama a un lado del notebook:

"Estamos de más si miramos en quienes somos" me dice entonces Ricardo Reis.

Pero yo no le hago caso.
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jueves, 29 de julio de 2010

Encuentros con apóstatas (III).

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No creo en la desesperanza, porque tampoco creo en la esperanza. Nunca me ha parecido realmente una virtud, como suelen clasificarla. No creo que pueda tenerse ni que, por lo tanto, pueda dejar de tenerse.
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Me molesta entonces toda ese gente que habla de la esperanza en algo, como si tuviesen la certeza de ese algo. No veo valor en eso, no aprecio en ello virtud alguna.

Me gusta más la desesperación, me atrae la idea que contiene, la fuerza asociada a este término, la idea de enfermedad a la que la asociaba Kierkegaard. La muerte, en definitiva, que viene a calmarla y a la vez la origina.

No me refiero aquí al desesperar por algo, o de algo. Yo hablo de la desesperación como una sensación cuyo origen está justamente en la falta de certezas, en la incertidumbre de ser uno mismo.

Y es que tal como planteara Kierkegaard en su Tratado de la desesperación, el querer deshacerse del yo, -algo así como el desesperar de sí mismo-, es la fórmula de toda desesperación. La ecuación que la explica.

Me acuerdo de esto al pensar en un chico que conocí hace unos días. Otro apóstata que viene ahora a reforzar la serie. Un chico al que le dicen "el uña", y que trabaja repartiendo pedidos en una calle del sector centro de Santiago.

Lo conozco de casualidad. Porque me quedo hablando con el dueño de un local que vende revistas y que va a irse del sector en poco tiempo. El local está vacío y estamos hablando. Entonces aparece el uña.

Es un chico alto, un poco encorvado. Usa una ropa café que no le queda muy bien. Lleva las manos pegadas al cuerpo y sólo las separa para entregarle al dueño de la tienda una cajetilla de cigarros. Se le ve la piel reseca, dura. Como si fuese una especie de reptil y estuviese cargando una piel muerta.

-¡Este es el uña! -me dice el dueño de la tienda como haciéndose el simpático-. Lo vamos a echar de menos también... ¿cierto uña?

Pero el uña no responde.

-Cuando llegamos fue el primero que nos vino a ayudar. Nos trae el almuerzo, algún cigarrito... está acá desde chico, me contaron.

El uña entonces, como previendo que van a hablar de él -así como una mamá empieza a contar cosas de su hijo frente a la polola que ha llevado a casa-, se sienta a un costado y toma una Condorito, como para evitar participar.

-Yo no sabía por qué le decían el uña, pero el tipo del kiosco me dijo que era porque no sentía nada. Ni dolor, ni se ríe, ni ninguna cosa. Una vez lo atropellaron acá y no hizo ni un gesto... ¿te acorday, uña?

Uña sigue hojeando la revista, pero no dice nada. No tiene cara triste ni expresión alguna en especial. Sólo pasa de una página a otra a tiempos regulares, como si estuviese haciendo el test de cooper y guardara aún sus energía.

-La cosa es que el hueón crece no más -dice el dueño-, como una uña. A veces hasta hay que decirle que se lave porque el hueón se pone un poco cochino... pero todos acá lo cuidan. La de la tienda de allá le pasa ropa, en la peluquería le cortan el pelo gratis, le compramos la comida... yo le ofrezco revistas, pero casi siempre las lee acá y no se las lleva...

El tipo me sigue contando alguna cosa más, pero yo me quedo atento mirando al uña. Siento que me recuerda a alguien, pero no recuerdo a quién. Quizá al ladrón de ceros del que les hablaba el otro día...

-¿Tiene cara de esperanzado, o no? -escucho que me pregunta el tipo de la tienda.

-¿Quién...?

-El uña, po...

Yo lo miro. El uña parece haber terminado la revista pues ya no tiene hojas que voltear. Se queda mirando la última hoja. No sé qué responderle al tipo de la tienda, pero por suerte él sigue hablando un poco más hasta que se escucha que llaman al uña desde fuera, desde otro local...

El uña deja la revista donde estaba y se va del lugar sin hacer ni un gesto de despedida ni nada. Simplemente sale por la puerta, encorvado, con el mismo ritmo que le he visto en todo momento.

Al final el dueño del lugar me vuelve a hablar.

-Está cagao el hueón... -me dice-, no entiende na´. Lo de esperanzado te lo decía hueveando no más a todo esto, si ese hueón no tiene cara de na´... cara de uña quizá, o de desesperanzado en todo caso...

Por la ventana veo al uña que entra a un local y que sale luego en otra dirección.

-A mí no me acepta plata ni revistas. -sigue el de la tienda-. Pero a veces le paso plata a don René, el de las empanadas, y él se la entrega al uña, o le da algo de comida con eso. Igual es raro el hueón. Una vez me reclamaron de que a unas Condorito le faltaban algunos Plop...

-¿Cómo?...

-Que le faltaban los "Plop", la cuestión que ponen al final, como pa´ que uno se ría, para mostrar que terminó el chiste... Yo revisé y vi que le faltaban a varias y que eran justo las que saca este hueón. Pero no le dije nada eso sí, total de esas tengo como diez cajas allá atrás y no las voy a vender nunca.

No recuerdo mucho de qué hablamos después. Lo dejé que me contara de su nuevo local mientras yo intentaba sin mucho éxito ponerle fin a la visita. Al final el tipo me invita unas cervezas para cuando cierre, pero me voy a dar una vuelta y no regreso.

Entonces me quedo pensando en el uña. En la esperanza y desesperanza en que no creo y que, de todas formas, no tenían relación alguna con lo que era aquel chico. Ese chico estaba desesperado... no de algo o por algo, como decía en un inicio. Este chico tenía la desesperación esa de que hablaba Kierkegaard aunque también, de la misma forma que la tenía, la había, de cierta forma, superado. Y es que era un ejemplo claro de eso que planteaba el filósofo danés respecto al querer deshacerse de uno mismo -deshacerse por querer al mismo tiempo ser en verdad uno mismo, por aspirar a un yo distinto al que se es, distinto al yo que ya se tiene-.

Con esto no digo, sin embargo, que el uña estuviese aspirando a ese algo, de hecho, lo identifico un paso más allá, luego de haber deshechado de alguna forma ese yo, como si hubiese dejado incluso de creer en su propia desesperación... como si todo quedase en parte inconcluso, pero a la vez ya estuviese terminado (como los chistes de Condorito sin el Plop) o como un contrasentimiento que pasa a ocupar y establecerse como el todo posible de nuestras emociones.

No tengo a mano el libro de Kierkegaard, -para citar correctamente-, pero recuerdo que en el capítulo tres del primer libro del Tratado de la desesperación, -lo recuerdo porque fue un capítulo que volví a leer y marqué en varias ocasiones-, éste decía que Sócrates intentaba demostrar la inmortalidad del alma por la importancia y la capacidad de la "enfermedad del alma" -como le gustaba al filósofo nombrar al pecado- para destruir, de la misma forma como hace la enfermedad con el cuerpo. Luego, a partir de esa imagen, Kierkegaard señalaba que otra forma de demostrar la inmortalidad del hombre era a partir de la impotencia de la desesperación, por esa terrible contradicción de la desesperación.

Y es que sin eternidad en nosotros mismos, plantea Kierkegaard, no podríamos desesperar; pero si pudiera destruir al yo, entonces tampoco habría desesperación.

Pues bien, tras ver al uña siento que Kierkegaard de cierta forma se equivoca. No se trata de que no existiría una desesperación, sino que comenzaría a existir una desesperación distinta, innombrada todavía: la desesperación del no ser, del dejar de ser, del renunciado. La desesperación del contrasentimiento. La desesperación del apóstata total. O como queramos llamarle.

Pienso entonces en las razones que llevaron al uña a arrancar los "plop" de aquellas revistas, pero no me centro en la razón que tuvo él (desde él) para arrancarlas... más importante me parece entender por qué dejó esas revistas sin el "plop", qué quería mostrar con esto.

Y es que más allá de ser una manifestación directa de esa nueva desesperación, la acción de este chico, -y su vida misma, de hecho-, parecen haber quedado en suspenso, justo al borde de dos abismos hacia los cuales es imposible caer cuando se es un apóstata.

Porque hasta para caer se necesita creer en los abismos -y en un yo que pueda caer por ellos, ciertamente-.

Y sí, elijo al uña como mi tercer apóstata.

Al uña, como un reptil a punto de cambiar su piel y que de pronto decide no cambiarla. Y hasta decide, además, dejar de tener algo debajo.

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miércoles, 28 de julio de 2010

Encuentros con apóstatas (II)

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Estamos de más si miramos en quienes somos, dijo una vez Ricardo Reis. Lo dijo despacio, como si su voz fuese el sonido de un lápiz mientras se mueve sobre un papel en un cuarto que está vacío.
Y es que en cierto sentido también está vacío el cuarto en que estamos. Lo sabemos en silecio y de una forma extraña. Con el temor de descubrir que no somos, con el dolor de entender que ni siquiera fuimos, y con la desesperación de saber que no seremos.
No se trata de juegos de palabras. No se trata de juego alguno.
Simplemente se trata de algo que aprendí de mi segundo apóstata.
La historia es la siguiente:
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Hoy llego antes al colegio nocturno. Lo suficiente para que el personal que está sea aún el de la jornada de la máñana y para que quede un alumno en la ofica de inspectoría esperando que vengan por él.
Y no se trata de que vengan a buscarlo porque sea un niño pequeño. De hecho, no es su familia la que ha de venir a buscarlo.
La inspectoría está vacía y alguien me hace un gesto de lejos para que salga del lugar, aunque no lo interpreté bien. Malentendí que me quedara con el chico aquel hasta que llegara el inspector, o alguien.
Intento saludar al niño, pero no se mueve ni me devuelve gesto alguno. Yo me pongo en cuclillas a leer un libro de Odas de Ricardo Reis. El chico parece tener unos 14 o 15 años y me fijo que mueve la cabeza en dirección al libro y que luego vuelve a su rigidez.
-Es un libro de poesía -le digo-, es de un tipo que se llamaba Fernando Pessoa, pero inventó que era otras personas y escribía como si fuera ellas. No era no más cambiarse el nombre, era como escribir con estilos distintos como si fuese personas distintas.
Miro de reojo al niño, pero éste sigue sin expresión alguna.
-Una cosa rara es que Pessoa, el apellido del tipo original, significa persona... ¿sabes qué significaba persona antiguamente... la palabra persona, me refiero?
-Máscara -con testa el niño, sin moverse-.
No esperaba que me contestase, en verdad. Al final le complemento la información un poco nervioso y sintiéndome un poco torpe al hacerlo.
Mientras finjo leer pienso que Ricardo Reis era el heterónimo que parecía creer menos en la vida de los creados por Pessoa. Médico de profesión, este heterónimo decía contentarse con el espectáculo del mundo: No tengas nada en las manos, -decía-, ni un recuerdo en el alma.
Pasan los minutos y ambos permanecemos en silencio. Como el minutero y el horario de un reloj que se ha detenido. Recuerdo un libro de Tabucchi sobre la muerte de Pessoa y las visitas de sus heterónimos, y por un momento siento que algo hay en este chico de Ricardo Reis, algo de ese nihilismo absoluto que sólo puede nacer de un médico tras ver en el interior del hombre unos cuantos órganos y un montón de tripas.
Me decido entonces a preguntarle al chico qué pasó. Que qué hizo. No parece que vaya a venir nadie y la situación ya se tornaba un tanto absurda y parecía extraña. Pero el alumno no me contesta. Aunque esta vez me mira, como si yo debiese saber algo de lo ocurrido.
Como no sé que hacer le cuento una historia a aquel niño. No sé por qué ni con qué sentido, pero le cuento una historia. Extrañamente siento que el chico me presta atención, y hasta en un momento me hace una pregunta sobre lo que le contaba. La pregunta me sorprende no sólo porque rompió aquel mutismo sino porque se trataba de una voz que no esperaba. Una voz extraña, como de niño chico... No se bien como explicarla, pero si tuviese que pintarla lo haría con un amarillo suave y unas pintas naranjas.
No alcanzo a terminar la historia porque llega el director, abre la puerta y me dice que lo acompañé. Me fijo que antes de salir pone el seguro desde el lado del niño y cierra la puerta. Es de esas puertas que puedes dejar puesto el seguro antes de salir y luego puedes abrirla con la llave o esperar que te abran desde dentro.
-¿Cómo entró? -me pregunta el director.
-¿Dónde?
-A la inspectoría...
-La puerta estaba abierta, -le digo-. Estaba junta.
Entonces al director me mira como si le estuviese mintiendo y me cuenta algo que no sé porqué no me sorprende.
-Ese chico echó en la mochila de una compañera la cabeza de un gato... -como él espera que yo ponga cara de consternado yo la coloco y espero que siga-, no sabemos de dónde sacó la cabeza, ni nada. Había llegado hace poco, desde el Sename. Ha repetido como tres veces.
Luego me explica que vendrán de la comisaría. Que hay una brigada o algo especial para "estos casos".
Espero que me diga algo más sobre aquel niño, pero en vez de eso me empieza a contar sobre él mismo. Sobre el llegar a ser director y sus responsabilidades. Me recomienda un magíster en gestión, para que no me pase toda la vida haciendo clases.
-Un profesor siempre aspira a dejar de hacer clases algún día -me dice-, a tener un cargo o algo, pero fuera de la sala de clases.
Mientras me habla llegan dos carabineros. Un hombre y una mujer. Llegan hasta la puerta y golpean, peroel niño no les abre, así que el director me deja para abrir con su propia llave el lugar y comentar algunas cosas con los carabineros.
Sacan al chico sujetándolo de los brazos, aunque éste no parece resistirse ni hacer alboroto alguno. Mientras sale nos miramos un poco. Siento que me reclama algo, quizá el final de aquella historia.
Respecto a la suya una profesora me comenta que era un tipo muy extraño y que lo que había hecho era como una broma con lo del gato de Chesire.
Nadie se pregunta por lo del cuerpo del gato.
Ni por el niño.
Nadie se pregunta por qué si estudiamos para ser profes "todo profe sueña con dejar de hacer clases".
Nadie encuentra raro que soñamos con ser algo para después dejar de serlo.
Me gustaría que lo de esta entrada fuera mentira, o que fuera un sueño. Pero el sueño sólo es bueno porque de él despertamos para saber que es bueno.
Pero este no es el caso.
Otros versos que me gustan de Ricardo Reis dicen lo siguiente:
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"Porque nada somos, no esperamos nada..."
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El nombre de ese chico es Felipe.
Él es mi segundo apóstata.
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martes, 27 de julio de 2010

Encuentros con apóstatas (I)

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Es cierto, estamos en la apostasía. Hemos renunciado a toda fe tras darnos cuenta que no movimos montaña alguna. Sin embargo de vez en cuando se encuentran apóstotas extraños, gente que aparentemente renunció a algo, pero que parece apostar en verdad por otra cosa. Algo que no comprendemos, o que se nos escapa... Aquí van algunos de los que he descubierto en el último tiempo:
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I.
Al primero lo encuentro por casualidad. Estoy sentado en el banco de una plaza cuando alguien de pronto se sienta al lado. Hace frío. Yo intento hacer un dibujo que no resulta. De reojo, me fijo que el tipo del lado lleva guantes. Son de lana, tejidos, y tienen algo extraño.

Entonces me fijo mejor y noto que las manos de aquel tipo tienen seis dedos. Como no me convenzo vuelvo a fijarme y a contar... sí, son seis. El tipo lo ha hecho fácil pues tiene las manos sobre sus rodillas,

-No tengo seis dedos -me dice entonces, como adivinando-, una abuela que quise mucho me tejió estos guantes y los hizo así: de seis dedos cada uno.

Yo asiento. El tipo me habla con cierta soltura y parece alegre, casi, como si contase un chiste.

-Mi abuela murió -prosigue-, hace poco. Estos guantes los tejió poco antes de morir... ya estaba medio rara... tenía 94. Los últimos años siempre hizo cosas raras, sin explicación alguna. El dedo extra del guante lo relleno con algodones o cualquier cosa...

Entonces se toca uno de los dedos y lo dobla hacia atrás, demostrando que aquel dedo del guante está vacío.

-Por lo menos sólo fueron los guantes. A mi hermana por ejemplo le hizo un sweater sin el agujero para la cabeza, o a mi primo le hizo una chomba con tres brazos... Tenía su pieza llena de tejidos raros. Tejía todo el día. Incluso cuando tomábamos once ella seguía tejiendo mientras le ayudábamos a comer... Siempre le preguntábamos por lo que tejía o se lo pasábamos para que lo corrigiera, pero ella lo devolvía sin decir nada, como si todo estuviera en orden.

El tipo hace una pausa y yo no encuentro qué decir. Simplemente miro sus guantes y de vez en cuando me llevo una lata vacía de bebida simulando que aún le queda, por hacer algo.

Entonces el tipo se saca uno de los guantes y me lo extiende.

Yo lo miro. El guante parece bien hecho. Como si de verdad estuviese todo en orden.

-Cuando chico creía que mi abuela era especial -me dice entonces, mientras busca algo en su billetera-, viví en su misma casa hasta como los 12 años y era normal para mí que mi abuela se metiera en mis sueños. En vez de rezar por las noches yo le pedía a mi abuela, en silencio, y ella respondía... Mira...

El tipo me pasa una foto de su abuela muerta.

-Esa se la saqué cuando estaba en el ataúd. Parece que se estuviera riendo, ¿cierto?

Yo miro la foto. La abuela parece viva y de verdad aparenta estar riendo. Como si hubiese hecho alguna broma y la mantuviese en secreto, haciéndose la dormida.

-Cuando se murió una tía pilló que tenía un trozo de lana roja dentro de la boca. -el tipo guarda la foto y se coloca nuevamente el guante que se había sacado-. Mi hermana se lo pidió a mi tía y se lo amarró en la muñeca, como un amuleto.

Observo que el tipo se para y se alista para irse. Lleva una mochila café y es como de mi estatura.

-Yo pensé en usarlo, pero la verdad ya no creo en esas cosas, -concluye-.

Y se va.

Yo me quedo en el lugar y anoto parte de la historia bajo el nombre de Andrés, que elijo al azar.

Entonces pienso que ese será mi primer apóstata.

Intento hacer un dibujo del tipo, pero no me sale. Además no recuerdo su rostro.

Dibujo una mano con seis dedos y le pongo una letra del nombre escogido en cada dedo.

Luego cierro la libreta. Luego la abro, y transcribo acá.
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lunes, 26 de julio de 2010

La visión del santo en el cine temprano de Glauber Rocha.

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Sorprende el primer cine de Glauber Rocha. Sorprende por su fuerza, por su naturaleza, por su ritmo. Sorprende porque más allá de su fotografía, de su visión social y su posición política, este cine apela al espectador exigiéndole que ponga en juego una parte de sí que el cine de hoy acostumbra dejar de lado. Sorprende porque exige pasión. Sorprende porque son obras que no están hechas para gente tibia. Sorprende porque golpea. Porque seduce. Porque derriba. Y porque edifica.
La verdad es que había leído bastante sobre este director brasileño, y visto algunas de sus últimas obras... y sabía, por cierto, que aquello que había que ver estaba en sus primeros trabajos, los cuales son un tanto difíciles de encontrar... Pero el tiempo había pasado y la verdad es que había olvidado el asunto.
Por eso, apenas me enteré que en el cine UC estaban dando una restrospectiva sobre este director, fue como acordarme de nuevo de algunas cosas leídas, ciertas anécdotas y algunas citas sobre el cinema nuovo y el cine esencial... pero sobre todo, acordarme que una vez alguien me dijo: "Tú vas a terminar en Sintra, como Glauber Rocha", y recién hoy me vengo a dar cuenta que aquel lugar que visité apenas por algunas horas y del que quedé maravillado, era ese lugar del que me habían hablado varios años atrás, -el mismo del que no he dejado de acordarme y hacia el que me nacen unas ganas enormes de volver...-.
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El caso es que me decido a ir y es entonces cuando me encuentro con Barravento, al parecer el primero de sus largometrajes. Una película llena de fuerza y ritmo en cada una de sus imágenes.
Filmada en las playas de Bahía, la historia se centra en la precaria vida de una comunidad de pescadores; hombres que han dejado su manera tradicional de trabajar y se han acostumbrado a servir a un patrón, sumisos y sin cuestionamiento alguno sobre lo que les ocurre y sobre el transcurrir de sus propias vidas.
La película, desde ese punto, incorpora elementos que le otorgan una profundidad que excede a la historia; un peso que la lleva a trascender ese momento particular desde el cual nace su argumento. Llena de cantos, bailes y brujería, la obra accede a un nivel donde parece enfrentarse el hombre con su propio destino, con su significado: con la esencia misma de aquello que le dicen que es y aquello que realmente siente ser, golpeando dentro.
La historia presenta entonces, para ilustrar ese conflicto, a dos seres opuestos. Por un lado, al santo, un pescador a quien todos siguen y que consideran protegido por la divinidad, un hombre que es capaz de llevar a los hombres hasta donde sea, siempre y cuando sepa responder a su calidad de santo y alejarse de las tentaciones del hombre común, es decir, siempre que sepa permanecer puro y olvidarse de su carne y los deseos que ésta provoca.
Por otro lado tenernos a un hombre que se ha alejado de los demás, -aunque sólo para afirmar su propia visión de lo que significa ser un hombre-. Un personaje subversivo, que intenta hacer reaccionar a los otros hombres del pueblo y sacarlos de la pasividad demostrándoles que un santo, o la espera, no son nunca un camino. Para esto, busca en todo momento oponerse al santo, destruirlo, pero no para que éste sucumba y tomar su lugar, sino para que éste retome su posición como hombre, y como tal, sepa guiar a aquellos que lo siguen hacia una situación en que el destino, aunque trágico, sea el resultado de sus propias acciones, de su propia lucha.
Se instala así en esta película un argumento que pasa a tomar, al menos por momentos, la categoría de un mito, un relato donde el hombre debe elegir la forma en que enfrenta su destino. Un relato donde parecen enfrentarse dos fuerzas más que dos seres particulares, donde todo parece tener resonancias universales, trascendentes, que revelan la presencia de un grito, contenido, que busca expresarse a través de los distintos personajes. Un grito que es Brasil entero y que revela sus necesidades a partir de esta película. Un cine sensual, agresivo, violento incluso, porque exige el dejar de creer en algo para comenzar a edificar la creencia en uno mismo. Aceptar la fiebre, delirar si es necesario, todo con el fin de dar a luz una rebelión también necesaria. Casi como un parto.
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Luego de este parto es necesario algo más, sin embargo. Y ese algo se aborda en otra de las películas tempranas de Rocha: Dios y Diablo en la tierra del sol, una película que ya no cuestiona la necesidad de la rebelión, sino que plantea simplemente dos caminos a través de los cuales dicha acción puede conducirse.
Dos caminos subversivos, dos caminos que se originan en la necesidad de seguir y creer en algo o en alguien que permita poner fin a la injusticia y exigir, desde ahí, la posibilidad de una verdadera existencia. Sí, dos caminos: el camino de Dios y el camino del Diablo. Aunque ambos revelan a fin de cuentas, estar prácticamente ligados.
El camino de Dios está representado por la figura de San Sebastián, un hombre que bajo la esperanza de una tierra mejor, de la llegada de un mundo divino, busca llevar a los hombres por un camino distinto, violento si es necesario para oponerse al mundo existente. Un mundo que debe ser destruido para que pueda, luego, renacer otro.
Por otro lado tenemos el camino del Diablo, un mundo donde otro hombre lleva a los suyos a la matanza, al saqueo, a la única justicia posible en un mundo corrupto, semiderruido, sin valor alguno. Un hombre que viene desde el creer, pero que ha sucumbido en la nada, en la ausencia de un sentido esperanzador y que busca destruir el mundo con sus propias manos, aunque termine con esto destruyéndose también a sí mismo.
Y es que el primer cine de Glauber Rocha parece exigir siempre la destrucción de algo. Parece imponer como base a toda su propuesta la no aceptación de un mundo, la lucha por romper las distintas convenciones que atan al hombre y lo controlan. Este cine de Rocha busca situar al hombre frente a la incertidumbre, obligarlo a escoger entre dos caminos distintos al que en su vida actual se encuentra. Busca, en definitiva, desesperarlo.
Y es en esta desesperación donde se gestan sus mejores personajes, en especial Antonio das Mortes, el encargado de dar muerte a Dios y al Diablo es esta última película y que se erige como personaje central de otra de las primeras películas de este director que lleva además su mismo nombre.
Y es que en este personaje se pone de manifiesto la figura real del hombre al que parece aspirar Glauber Rocha. La idea de un verdadero santo, aquel hombre que es capaz de ser un dios para sí mismo y para los demás. Un hombre que es capaz de hacerse cargo de su carne y de su espíritu sin miedo de lo que puedan desear ninguno de ellos. Alguien que es capaz de destruir a sus propios dioses y que es capaz de construirse él mismo sus propios mitos.
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Y sí, sorprende el primer cine de Glauber Rocha. Y hace varias cosas más, por cierto. Golpea, seduce, derriba y edifica. Y revela además la voz completa de un pueblo: la voz del hombre sometido, el hombre dormido en la muerte que es la esperanza, soñando siempre su propia miseria.
Y es ante esta miseria que el primer cine de Glauber Rocha lanza su grito y se transforma en fiebre. Es debido a esta esperanza que el primer cine de este director apela a la desesperación, y hasta la exige.
Y es que esta tierra no es ni de Dios ni del Diablo, parece gritarnos en estas películas, y ya va siendo hora en que el hombre la haga verdaderamente suya, y sepa exigirse, además, a sí mismo, la obligación de ser un santo. Y no un santo que habla de un mundo distinto a éste, nos aclara, sino un santo que no deja nunca de ser hombre, fiel y puro ante las exigencias que nos impone la carne y el espíritu. Un santo que sabe fundir en su propia existencia estos des ámbitos y los hace uno.
Un santo que es un hombre, a fin de cuentas. Como una posibilidad latente en cada uno de nosotros.
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domingo, 25 de julio de 2010

El milagro de Ann Sullivan, de Arthur Penn (1962).


Dios le debe una resurrección a Arthur Penn. O al menos a las primeras de sus películas. No es que estén olvidadas del todo, pero existen algunas que me gustaría saber, al menos, que son buscadas.

En este sentido, no es que quiera una resurrección gratuita de las primeras películas de Arthur Penn -ni que vuelvan a darlas en el cine o lo que sea-, sino que dicha resurrección sea en verdad el llamado a la vida originado en la búsqueda y necesidad que de ellas tengan algunas personas.

Pienso por ejemplo en El zurdo, o en la impresionante Jauría humana, ya que Bonnie and Clyde y hasta el mismo Milagro de Ann Sullivan que acabo de ver, tienen cierta recurrencia y buena reputación.

Había guardado esta última película por largo tiempo. No había querido "consumirla" de golpe junto a las otras del director y que vi casi todas juntas. La había guardado así como una chica guarda el último chocolate de una caja -digo una chica porque un chico nunca lo reconocería al menos-, o como a veces no quiero terminar el último de los libros de autores que me han impactado.

El caso es que la vi esta última madrugada. Conocía la historia de Helen Keller, por supuesto, pero aún así la historia y la forma en que es narrada no dejó de impresionarme. Puede que a algunos le moleste exactamente esta forma de unir la narración que tiene este director en algunas de sus películas, pero a mí es casi lo que más me atrae.

Para el que no sepa la historia Helen Keller, le cuento que fue una niña que siendo aún un bebé quedó sorda y ciega tras una enfermedad. (Mal)criada por sus padres, la niña creció como una chica terrible chocando con el mundo que la rodeaba y comportándose agresivamente con todo aquello que no alcanzaba a comprender. Más allá del miedo que debe haber sentido esta niña, y la extraña forma como deben haberse organizado sus sensaciones, el punto es que era considerada prácticamente un "caso perdido", y su familia, estaba en la disyuntiva de deshacerse de ella internándola en algún lugar, o intentar algún último esfuerzo aunque sin tener muy en claro en que dirección éste debía realizarse.

Es en ese contexto es que llega Ann Sullivan. Una joven de una vida difícil, criada en orfanato, operada varias veces a raíz de una incipiente ceguera... quien sería la encargada de "transformar" a Helen. De realizar un milagro.

Es en este hecho, en el inicio de este proceso de enseñanza donde la película se centra, se toma tiempo a veces para mostrarnos ciertos procesos e intenta intercalar ciertos datos sobre la verdadera protagonista de esta película. Porque a diferencia de lo que pasó en la vida real, donde Helen Keller fue premiada en numerosas ocasiones y pasó a ser toda una celebridad -al menos en parte de su vida-, Ann Sullivan pasó casi siempre desapercibida... es decir, todos se cegaron con el milagro, pero olvidaron a quien lo había realizado. Y olvidaron también que un milagro no es gratuito sino que se hace a base de trabajo.

En la película de Penn, sin embargo, Ann Sullivan tiene el rol especial, que da muy claro que ella es el canal, el foco a través del cual Helen logra iluminar un mundo, y la fuerza de este personaje, el deseo de esta persona por enseñarle ese mundo queda plasmado de una hermosa forma en la película.

Como profe de lenguaje, además, la película abre una serie de puertas que permiten reingresar a una noción de lenguaje que a veces tenemos abandonada. A recordar que el lenguaje no es asir un mundo, sino que es un mundo mismo... es un alimento, es la comprensión y comunión con aquello que desde el exterior pasa de pronto a posarse dentro de uno. No para estancarse ahí, por supuesto, pero sí para visitarnos, para enriquecernos interiormenete, para permitirnos, a través de la comprensión, amar realmente a ese mundo. A los otros. Y hasta a uno mismo.

Recuerdo ahora que en una entrada anterior señalaba que no creía en la educación, pero espero haber dejado en claro que no creo en la educación "como suele entenderse hoy en día"... Y es que creo profundamente en la educación, cuando no sólo nos lleva a conocer y comprender un mundo, sino a descubrirlo, y a descubrir un mundo en que las posibilidades de todos nosotros sean en verdad infinitas.

Porque lo queramos reconocer o no las posibilidades no son infinitas para todos. El mundo está lleno de Helen Kellers que no tienen película alguna y que no aprendieron un lenguaje, ni lograron entrar a la universidad o dar conferencias ilustrando su propio caso... y descubrirles ese mundo a veces, no resulta igual de alentador, ni gratificante.

Y es que Dios no sólo le debe una resurrección a Arthur Penn, sino al mundo aquel donde las posibilidades sean infinitas para todos.

sábado, 24 de julio de 2010

El ladrón de ceros.

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No sé de qué se puede acusar realmente a un ladrón de ceros. Supongo que de robo, por cierto, ¿pero un robo de qué?
El asunto parece más cercano a un problema simbólico, pero el nuevo problema nos deja otra vez donde mismo, pues tampoco tenemos idea respecto a qué simboliza el ladrón de ceros, o qué significado esconde el robo mismo realizado.
Pues bien, supongo que para llegar bien a entender eso se necesita una historia más ordenada, así que comienzo mejor de otra forma. Ahí les va:
Sucede que además de ser profe, de vez en cuando trabajo como conserje. En el lugar no saben que soy profe, por supuesto, así que podemos dejar el primer dato a un lado pues nada tiene que ver con la historia del ladrón, -aunque no deja de ser un dato a tener en cuenta-.
El punto es que como conserje debo anotar observaciones y otros registros en un libro. El libro en sí se encuentra en un escritorio que existe en la entrada de un edificio, que es además el sitio donde paso casi el 80% del tiempo en aquel trabajo.
Así que como el tiempo es largo y no siempre se puede estar leyendo cosas más serias o viendo películas en el notebook, a veces me pongo a hojear el libro de observaciones.
El libro, por lo demás, daría para escribir una serie de otros libros -observaciones sobre disturbios en departamentos, discusiones entre otros conserjes que se dejan comentarios y hasta amenazas, por ejemplo-, pero lo que me interesa aquí es otro punto, y es el siguiente:
En el libro estaba escrito sobre la extraña desaparición de ceros. Así, tal como suena. En el edificio estaban desapareciendo los ceros de todas aquellos departamentos entre cuyos números se encontraba un cero -no voy a profundizar aquí, pero la verdad es que un cero nunca me ha parecido, propiamente un número-.
En el libro estaban anotados varios "reclamos": de la señora del 301, del abogado del 402, de la chica del 403 y de una señora del 602. Esto sin contar el cero desaparecido del 601 de los rockeros -que como deben dinero no tienen derecho a estampar su reclamo-, y el que desapareció del departamento 501, que está en arriendo.
Vale decir, del edificio habían desaparecido un total de 6 ceros -lo que por cierto sigue siendo cero-, y no se tenía pista alguna de quién podría estar tras estas acciones.
Luego de leer esto digamos que me entusiasmé con "el caso". Recorrí el edificio y comprobé que los ceros no fueran más fáciles de arrancar que los números que lo rodeaban, pero no era ese el caso. Los ceros y las otras cifras, ofrecían la misma resistencia.
Decidí investigar. Me fijaba en cada uno de quienes entraban y salían considerándolos como posibles sospechosos. Tomé apuntes absurdos. Descarté sin razones concretas a un rasta del 605 y a las chicas del 101. Sospeché de algunos más que otros, pero al final no descubrí nada.
Pasaron los días. Hasta que se me presentó un nuevo turno y me fijé que el cero del 405 había sido soltado. Cuando lo ví estaba ligeramente dañado por lo que sospeché que se trataba de un hecho reciente.
Mi plan, -bastante estúpido por lo demás-, consistía en esconderme en uno de los shafts, donde se dejan las basuras reciclables y espiar el sector. Pensaba que el ladrón de ceros aparecería en cualquier momento. Cada cierto rato sonaba el citófono y debía bajar corriendo a contestar.
Al final, tras llegar la noche, y considerar cada vez más absurdo mi plan -además sospechaba que el abogado del 402 me había visto esconderme en el lugar-, decidí quedarme abajo y ver una película.
En eso estaba cuando sonó el citófono. Era un tipo que repartía sushi, en una moto pequeña que estacionó en la entrada del edificio. Traía un encargo para el 606. Pregunté al departamento, era cierto. Pero apenas tuve de frente al tipo noté que algo extraño pasaba y supe de inmediato que se trataba del ladrón de ceros.
El hombre, -no podría precisar edad, lo aseguro-, tenía la piel seca, los ojos casi sin expresión y caminaba como si todo él hubiese sido una cáscara. Como la cáscara de un plátano vacía que hubiesen secado al sol. Era como si aquel tipo hubiese apretado el botón eyector del alma, y ésta lo hubiese abandonado ya hace tiempo. Era un tipo como un cero.
Tras esperar que me comunicara el hombre se acercó al ascensor y se alistó para subir. Yo me acerqué un poco, pero en verdad no logré ver nada más pues la puerta se cerró de golpe. Entonces me fijé que en vez de ir hasta el piso sexto el ascensor se detuvo en el piso cuarto.
Debo reconocer que medio miedo. Pensé en subir y descubrirlo, pero las luces de los pisos se encienden cuando alguien se pasea por ellas y él podría darse cuenta. Además nunca me había enfrentado con un ladrón de ceros, y desconocía -y temía, es cierto-, sus posibles reacciones.
Desde abajo pude ver como se encendían las luces del piso cuarto. Luego pasó un momento y se encendieron las del quinto y el sexto. El hombre entregó su pedido. Y bajó. Lo vi pasar por mi lado sin mirarme y dirigirse a su motoneta. Entonces hizo sonar el motor para que le abriera la puerta, y esperó.
Sí, soy un cobarde. Mi único acto heroico fue demorarme en abrirle. Y apenas fue un rato. Volvío a hacer sonar el motor y yo apreté el botón. Eso fue todo.
Luego subí al cuarto piso y comprobé que el cero del 405 ya no estaba. Era de noche y me quedé contemplando el cero que no estaba. Me sentía observado. Como si al ser arrancado el cero hubiese quedado un ojo puesto en aquel lugar. Un ojo sin párpado, como del que hablaba Tolkien.
Por un tiempo que no supe medir me quedé así. Inmóvil. En silencio. Tanto así que las luces del piso volvieron a apagarse al no detectar movimiento. Me puse a pensar que quizá lo ocurrido hablaba de algo más, algo relacionado con aquello que nos roban y que no alcanzamos a percibir. Algo así como la extracción del apéndice o la resolución que nos quitó a Plutón. Algo que sólo sentimos a partir de su ausencia y que no percibimos antes, quién sabe por qué razones.
Me gustaría decir que la historia acabó aquí. Que descubrí al ladrón de ceros y que él se fue y esa es toda la historia. Pero lo cierto es que no es tan simple.
Nada es tan simple. Nada es causa y efecto. Y es que ahí, en medio de la oscuridad de ese pasillo me puse a escuchar, me concentré en percibir lo que había tras las puertas de todos esos departamentos. Escuché una mujer llorar, un hombre comiendo solo y tomándose una cerveza, sentí a un niño que se escondía bajo sus sábanas... percibí un par de mujeres jugando a las cartas y a una pareja de amigos teniendo sexo...
Pero del lugar donde recién se había arrancado el cero no lograba oir nada. Era como si hubiese un gran vacío allí dentro. Era un vacío helado, que me transmitía un miedo absurdo, que no recordaba haber sentido antes. Un miedo que era también como un vacío, como una cáscara, como el hombre-cáscara aquel que había eyectado su alma... Estoy seguro que no podré explicar bien de qué naturaleza era el vacío que había tras esa puerta, mientras que de todas las otras habitaciones me llegaban ruidos, sensaciones... nada tranquilizadoras, por cierto, pero que no guardaban relación alguna con el vacío de aquel lugar.
No pude moverme. No sé si lo intenté, pero creo que no hubiese podido. Puede que hasta estuviese llorando, no lo sé.
Entonces se prendió la luz del 405. Bajo la puerta del departamento donde había sido arrancado el cero se veía una luz casi demasiado naranja. Brillante. El vacío, sin embargo, que emanaba aquel lugar, era el mismo.
Entonces la puerta se abrió. De golpe.
Jamás me creerían que vi en ese lugar. Así que no voy a contarlo.
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En el libro no puse nada especial a la mañana siguiente.
No sé de qué se puede acusar realmente a un ladrón de ceros.
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viernes, 23 de julio de 2010

Sobre Zenón y el museo eterno de los ahoras.

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A diferencia de lo que defendía sobre el espacio, Zenón planteaba que el tiempo, a pesar de ser infinito, podía dividirse en una serie de instantes indivisibles, es decir, una serie continua de “ahoras” en los cuales era posible encontrar todas las cosas o seres del mundo, en un continuo reposo.
Zenón planteaba esto, como base para sostener uno de los cuatro argumentos elaborados en torno a la posibilidad o imposibilidad del movimiento, al menos como “hecho pensable”.
Ahora bien, más allá de lo que realmente proponía Zenón respecto al movimiento –pues me parece que estos argumentos buscan, desde Zenón, plantearse como paradojas más que exponer una teoría concreta-, la cuestión expuesta aquí respecto al entendimiento que hacemos del tiempo, me parece, al menos, atrayente, sobre todo si la pensamos en oposición a otras visiones, aparentemente opuestas o distintas, -como la de Heráclito, por ejemplo-, que nos parecen, sin duda, -al menos hoy en día-, más fáciles de aceptar y más compatibles con la importancia que le damos a todo aquello que, para nosotros, indudablemente es y cuya existencia nos compete, es decir, a nosotros mismos.
Y es que si aceptamos sin más la visión de tiempo propuesta por Zenón para argumentar la imposibilidad del movimiento (el movimiento sería imposible pues cada cosa, al suceder siempre en un ahora distinto estaría siempre en reposo y ocupando siempre un mismo espacio) tendríamos no sólo que anular la idea de un continuo en el cual realizamos nuestros actos, sino que además, la posibilidad misma de la existencia así como hoy la entendemos, relacionada con la idea de un transcurso y un devenir, se vería también imposibilitada.
Para explicarme mejor, reproduzco la reconstrucción del razonamiento de Zenón en ese argumento, realizado por Aristóteles:
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(1) Todo lo que ocupa un lugar igual a su propio tamaño está en reposo.
(2) En el presente lo que está en movimiento ocupa un lugar igual a su propio tamaño.
Por tanto:
(3) En el presente, lo que está en movimiento está en reposo.
Ahora bien:
(4) Lo que está en movimiento se mueve siempre en el presente.
Luego:
(5) Lo que está en movimiento está siempre –durante todo su movimiento- en reposo.
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Si bien Aristóteles intenta atacar el razonamiento de Zenón –negando que la forma de entender el tiempo infinito como una suma de momentos indivisibles-, lo cierto es que su contraargumentación cae también en un vacío, que se origina, creo, en la carencia de una estructura significativa concreta, para lo que entendemos por tiempo, y, más específicamente, por la posibilidad de entender certeramente lo que significa “presente”.
Y es que entender el presente como un ahora estático, como vislumbra Zenón, y entender, desde ahí, el tiempo como el resultado de la suma de todos los ahoras, nos lleva también a descomponer nuestra propia existencia en momentos indivisibles, significativos sólo en un momento indivisible determinado.
De esta misma forma, la ilusión del presente continuo se revelaría como una falacia, pues el movimiento –y la vida misma- sería algo similar al resultado de una película en stop motion, o el juego que hacemos cuando dibujamos una figura en una cantidad de hojas continuas y simulamos, moviendo las hojas rápidamente, simular que la figura está en movimiento.
Pero ¿qué seríamos entonces nosotros de ser realmente el tiempo una suma de ahoras donde existimos de forma estática, casi como en una gran serie de fotografías? ¿Qué serían nuestros sentimientos y nuestras acciones de aceptar esta concepción?
La respuesta, si bien puede parecer surgida de un razonamiento absurdo –al menos si lo abordamos desde nuestra “experiencia”-, abre un aspecto que me resulta atractivo: la identificación de nuestra existencia con un proyecto constante, o dicho de otra forma, sólo es posible nuestra existencia, en los ahoras que se encuentran aún por venir, -cosa que ya nominalmente se nos hace imposible pues ¿cómo he de entender un ahora que aún está por venir?-.
Es decir, sólo sería posible plantearse en nuestros constantes ahoras, la existencia de otros momentos aún no divididos en porciones indivisibles, pues formarían parte de un continuo que no alcanzo a experimentar ni “diseccionar” desde mi ahora particular.
Dicha existencia, por cierto, si bien pareciera estar contenida en el ahora indivisible al que hace referencia Zenón (un “ahora”) pasaría a contener de esta forma, una porción, no sólo de divisibilidad, sino de infinito. Como si cada ahora contuviese en su estado fijo, la semilla de un futuro que es continuo y siempre inaprensible: algo así como una proyección dada como posibilidad, como esa semilla de mostaza o la levadura escondida de la que se hablaba en San Mateo.
Una serie de imágenes extrañas se me viene ahora como si arrojasen pequeñas luces sobre ciertas posibilidades abiertas a partir de esta paradoja: como el ahora de un monedero que contiene en su interior la posibilidad de algo que se ha de adquirir en el futuro… o la resonancia de una nota musical, de una sinfonía entera digamos contenida como posibilidad en el útero de una pequeña nota…
Pienso también en Monet, en sus últimos años pintando en Giverny, en aquello que quería pintar cuando reconstruía –y desconstruía- aquellos cuadros una y otra vez… o en el “ahora” que pretendía fijar Rothko en sus pinturas, o, menos aún, en cada una de sus pinceladas.
Porque, después de todo, ¿dónde está el ahora que me contiene en este momento? y ¿qué es lo que contiene ese ahora? ¿Cuál es la posibilidad que contengo, mi existencia digamos… mi única posibilidad de existencia? ¿Soy realmente capaz de vislumbrarla… de hacerla trascendente?
Entendido así, sería exactamente lo contrario a lo que enuncia aquella frase de que “la muerte está contenida en la vida”, pues sería la vida –la existencia posible que sobrepasa y no puede ser expresada por ningún ahora específico- la que estaría contenido en nuestros ahora muertos, finitos, carentes no sólo de movimiento sino de latido alguno.
No hablo, sin embargo, de una idea de proyecto como la planificación de una serie de ahoras estáticos que han de venir a sucederme, sino más bien, como la constante posibilidad de existencia a la que me es posible acceder desde mi ahora, y, por lo tanto, será de la actitud con que enfrente este proyecto, -del deseo de vida que contenga mi ahora-, que mi existencia pueda ser entendida como un vacío, o como un todo vivo contenido al interior de una semilla.
De esta forma ya no tendrá sentido plantearse, por ejemplo, las siguientes preguntas:
¿Es un vacío o la expresión de una “eternidad continua” lo que nos muestra Monet al pintar sus estanques? O ¿Está vacía la luz “descompuesta”, desligada de aquello que ilumina, que propone Turner en algunos de sus cuadros?
Pues todo aquello que nos lleve a plantear una respuesta con un sentido único, nos llevará a excluir las distintas posibilidades contenidas en cada momento concreto e indivisible, afirmando así, su finitud, y alejándonos de cualquier intento de real comprensión que podamos tener respecto a nuestra posibilidad de “existencia”.
Y es que quizá Dios, de existir, sea el único ser al cual le sea posible recorrer los pasillos de este museo eterno de los ahoras, algo así como caminar por entre la lluvia con las gotas detenidas… vivas y cambiantes… Detenidas, pero con la posibilidad viva de algo dentro… una posibilidad que depende de cada uno de nosotros y que presenta sólo dos alternativas:
una visión de vacío, o un deseo de semilla…
A usted lector, de existir, le corresponde zanjar el asunto.
Ahora.

jueves, 22 de julio de 2010

Semba-Tsuru.

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Soy bastante torpe para las manualidades. Pero insistente. De vez en cuando me da por intentar algún pequeño dibujo en acuarela, o alguna marioneta con arcilla, o cosas por el estilo. Pero lo cierto es que son experiencias sin éxito.

A veces van bien encaminadas, pero viene una falla y todo queda hasta ahí; veo lo que he hecho y al final lo guardo, o lo boto y dejo de intentarlo por completo, o al menos por un largo tiempo.

Hoy fue el turno para el origami. Años atrás intenté con ello un tiempo, pero no había caso. Incluso siguiendo al pie de la letra las instrucciones, doblez tras doblez, pero siempre al final a mis figuras les faltaba algo... aunque no sé bien qué.

Todo comenzó porque leíamos con mi hijo un cuento donde se hacía mención al semba-tsuru, o las mil grullas, cierta creencia que señala que tras hacer mil grullas de papel puedes alcanzar la felicidad, o la buena salud, según la fuente de donde se obtenga la información.

Se hizo famoso a partir de una chica que hizo sus mil grullas para salvarse tras ser afectada por la bomba en Hiroshima -aunque al menos para ella no habrían tenido éxito-, por lo que cada 6 de agosto es una de las tradiciones que se realizan para conmemorar lo ocurrido en ese entonces.

La tradición sin embargo viene de mucho antes, por lo que se conocen varios orígenes y, desde ahí, numerosas variaciones. Yo me quedo con una que habla que la construcción de estas mil grullas porporciona la felicidad, pero siempre y cuando hayan sido hechas por mil personas distintas, quienes además te las hayan regalado por propia iniciativa y sin esperar recompensa alguna.

Además, según se señala en algunas versiones, cuando alguien intenta hacer las grullas para sí mismo, las figuras no suelen resultar... y las forma final queda algo distinta y no cuenta para obtener el efecto esperado.

Como sea, lo cierto es que intentamos con mi hijo hacer alguna. Él me contó que ya había intentado algunas veces siguiendo instrucciones, en su casa, pero que no había tenido buenos resultados. Al final lo convenzo para que intentemos y ahí estamos bastante rato intentándolo.

Tras fallar varias veces damos con un video en internet lo suficientemente claro como para que hasta yo pueda seguirlo... y bueno, los genes de mi hijo no difieren mucho y varias veces debimos comenzar nuevamente pues los resultados eran extraños y variados (lo más cercano que conseguimos fue una especie de pterodáctilo y algo similar a un avestruz, con patas y todo que salieron no sé de donde).

Por suerte el video nos sirvió un poco más y "algo" logramos construir. Al menos se ven simpáticas ahí una al lado de la otra sin que dudemos por instante cual es la que cada uno de nosotros hizo.

Como la idea es regalarlas mutuamente supongo que sólo faltan 999, lo cual ya es un avance.

Otro avance es descubrir en otro los mismos pliegues, las mismas terminaciones, y saber sin embargo, que somos distintos, distinguibles uno del otro como nuestras dos grullas...
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Video para la construcción de las grullas:

miércoles, 21 de julio de 2010

El corazón de Jacques-Louis David.


Como el de muchos otros, el corazón del pintor francés Jacques-Louis David tenía una extraña deformidad. La información se conoció tarde eso sí, cuando el pintor estaba muerto y se le negaba el ingreso a su país, para poder ser enterrado donde él deseaba.

Por esto, -para cumplir con su última voluntad-, el corazón del pintor fue extraído, en Bruselas, y llevado secretamente hasta Père Lachaise, donde se encuentra actualmente.

Además del cuerpo, se quedó en Bruselas quizá su mejor cuadro, La muerte de Marat, pintado poco después de que el político, quien además era amigo de David, fuera asesinado.

Al igual que a David, al cuadro se le negó el ingreso a Francia por mucho tiempo, -tal era el rechazo que causaba cualquier simpatía hacia lo que Marat representaba-, por lo que se decidió finalmente que debía quedar en la misma ciudad en que quedaron sus restos -salvo el deforme corazón, por supuesto-, casi como en un acto de rebeldía, o de orgullo.

Pero aquí no me interesa hablar ni de rebeldía ni de afanes políticos, -que sin duda David los tuvo, no olvidemos que después fue también cercano a Napoleón-, sino de un corazón deforme encontrado al interior de un hombre que murió fuera de la patria que ansiaba ver engrandecida, -al costo que fuese, es cierto-, olvidando quizá -vaya a saber uno si por la misma deformidad del corazón-, por encima de quiénes se pasaba para lograr dicha grandeza.

Y es que se dudó sobremanera que el corazón aquel que se pretendía ingresar a Francia fuese realmente el del pintor. De hecho, se puso en duda incluso que el corazón fuese el de un humano, pues la deformidad que presentaba era tal -tanto la forma, como la dimensión y las divisiones internas que el órgano tenía-, que no se creía posible que alguien hubiese podido vivir con ese extraño motor a cuestas.

Hubo pesquisas, investigaciones... fue necesario incluso cambiar el acta de defunción que atribuía la muerte a las secuelas de un accidente -David fue atropellado por un tranvía poco antes de morir-, y relacionarla directamente con la deformidad que su corazón presentaba.

Se dice que el corazón fue puesto en una pequeña urna confeccionada y pintada por Ingres -que había sido discípulo de David, al menos por un periodo-, y llevada a Francia donde fue enterrado, "con honores", en el cementerio de Père Lachaise.

Intento buscar información sobre donde está enterrado el cuerpo -sé que en Bruselas, pero no se menciona nada más-, pues me parece extraño -y hermoso también, de cierta forma-, que se visite el corazón deforme de una persona... que se construya una urna especial y sea enterrado "con honores", y, sobre todo, que la urna en que es enterrado haya sido pintada por Ingres, en secreto, sin saber siquiera, hasta el día de hoy, qué fue aquello que se pintó en aquella urna.

Después de todo, ¿qué es un cuerpo sin un corazón? ¿Han visto esas operaciones donde se le saca por un momento el corazón a una persona para corregir ciertas fallas? ¿No parece esa persona en ese instante una simple cáscara mientras el corazón sigue latiendo en manos del médico que se apresura a cauterizar o a realizar aquello para lo que necesitó sacarlo de su sitio?

Imagínense entonces que aquello que se extrae, no sólo contiene una vida y necesita ser sanado, sino que además no responde a aquello que esperamos encontrar... que sigue latiendo ahí, en nuestras manos, pero no se ajusta a aquello que uno esperaba... como si un niño estirara la mano para tomar un pájaro de un nido y encontrase de pronto un ser totalmente distinto, que no responde a nada de aquello que él conoce... ¿qué sucede entonces?

Pues bien, con el caso del corazón deforme del pintor Jacques-Louis David me sucede exactamente lo contrario. Es decir, me pongo en el lugar del corazón deforme, e intento entender, desde él, la extraña forma de amar, de ver, de comprender... aquello que en verdad tiene una naturaleza distinta a la suya, y que de cierta forma intenta tomarlo.

Y es que puede decirse que la voluntad de Jacques-Louis fue ejercida desde fuera, le fue impuesto ver algo en lo que confió más que en lo que veía su deforme corazón...

Sé que puede sonar absurdo, o complejo de explicar, pero pongo de ejemplo el mismo cuadro de la muerte de Marat: el pintor vio a su amigo, lo pintó, le quitó por supuesto las horribles manchas en la piel que justamente lo obligaban a pasarse en la bañera varias horas al día, e intentó dar cuenta de algo que sólo fue visto a medias, justamente como la revolución lo exigía...

Jacques-Louis David pintó un muerto abandonado, pinto al asesinado, ni siquiera "la muerte", sino la parte menos importante de aquello que realmente había sucedido.

Y es que al otro lado de esa muerte, o de ese cuerpo, está la asesina, la que acababa de clavar un puñal justamente en el corazón de Marat, una mujer decidida que tras darle muerte ni siquiera se alejó del lugar, sino que se entregó para ser guillotinada y tener derecho así, tras el veredicto del "juicio", de leer su propia sentencia -moral si se quiere-, para los que ejercían el poder.

Esto es lo que no vio el corazón deforme del pintor Jacques-Louis David, lo que dejó de percicibir tras ser tomado por una mano extraña que le reveló que era distinto y que no era confiable... que aquello que acusaba no debía ser cierto...

Aquí está por ejemplo lo que el pintor escribió en relación a su último cuadro (Marte desarmado por Venus y las Gracias):

"A veces me siento como Marte, despojado de todo aquello que me dio fuerza y seguridad en un momento, (...) aquella armadura que me distanció enormemente de mis propias de mis propias sensaciones (...) de mi desnudez. (...) Porque no pude confiar en mi desnudez, no confié tampoco en aquello que fueron realmente mis verdaderos impulsos, (...) quizá no los comprendí, quizá nadie los comprenda..."

Y sí, parece ser que hacia el final de su vida este corazón deforme de Jacques-Louis pudo ser visto realmente como lo que era, es decir, dejar de ser tomado por los demás como un ser extraño... parece ser que hacia el final de su vida pudo ver lo que había al otro lado de aquello que siempre observó, el otro lado de un mundo al que miró con ojos estrechos prácticamente durante toda su vida, a través de su pintura.

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Para terminar. les dejo la imagen que realmente importaba, el verdadero rostro de la muerte de Marat: Charlotte Corday, empuñando aún el puñal y aguardando a quienes la llevarían a la guillotina, cuadro que lleva el mismo nombre que el de David, pintado por Baudry, casi 100 años después...

Y les cuento además otra cosa extraña: mientras escribía esto escuchaba unas obras de Akio Yashiro (un compositor japonés) de quien me puse a investigar recién, -pues a pesar de escucharlo bastante no sabía mucho sbre su vida-, y encuentro información que señala que murió debido a una deformidad del corazón, descrita de forma muy similar a la de nuestro Jacques-Louis...

Y la sorpresa de esto, y la música de Yashiro, y la lluvia que suena allá afuera... hacen que mi corazón lata ahora también un poco más fuerte, como si pestañease, como si quisiese ver algo también por su propia cuenta... como si me estuviese reclamando:

-No soy un músculo... -creo que me dice.

Y tiene voz de piano, simpática, como si tropezase con algunas teclas y desafinase... un poco torpe tal vez... un poquito.

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