sábado, 10 de julio de 2010

Isao Takahata, amante de los secundarios.

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Algo tienen las películas de Isao Takahata que no alcanzan a tener las de Miyazaki. Por más que a veces trabajen juntos o que el nombre de Miyazaki termine por imponerse para la comercialización de la totalidad de las películas, lo cierto es que entre ambos se marca una diferencia que queda muy bien plasmada en las películas que han contado con la dirección de uno, o de otro.

Hoy, que acabo de ver un par de las películas de Takahata -Goshu, el violonchelista, y Omohide Poro Poro-, me inclino hacia la intimidad y el ritmo de las películas de Isao, y me quedo con la visión de esta humanidad tan sencilla y simple, que puede hacer de hasta el más común de sus personajes, alguien en quien se reflejen los sueños y miedos de la humanidad completa, más allá de la ausencia de protagonismo, poderes, o características especiales.

No pretendo con esto, obviamente, señalar que Miyazaki carezca de profundidad o que su cine no de cuenta de lo humano, sino simplemente enfocarme en la sutileza con la que Takahata sabe esperar el momento justo para que sus personajes terminen por revelarnos algo que encuentra eco al interior de nosotros, y plantear cómo, a través de un ritmo objetivamente lento y cadencioso, puede llevarnos a esperar ansiosamente, aquello que en sus film termina por aparecer de la misma forma como germina una semilla. Porque tenía que hacerlo, es cierto, pero también porque hay algo secreto y mágico al interior de cada uno, algo de lo que no podemos dar cuenta del todo.

Y es que hoy se han dado juntas estas dos experiencias: las películas de Takahata y el plantar las típicas semillas de lentejas y porotos en algodón, cosa que le pidieron a mi hijo en el colegio, sólo que esta vez con una leve variación, de la que le hablaré al final de esta entrada.

Primero vimos Goshu, el violonchelista. Una película simple y breve que se centra en un músico que es parte de una banda. Un músico que lejos de ser el mejor, es uno más de entre los otros; algo más joven quizá, pero inclusive uno de los que más reparos consigue del director de la pequeña orquesta que debe interpretar una obra de Beethoven, en el corto plazo.

El músico, dolido por las críticas intenta mejorar su interpretación y no sabe cómo. Así, mientras practica, se ve interrumpido por una serie de animales que a la larga, obviamente, terminan por enseñarle algo que el desconocía, y que le permite mejorar, de cierta forma, su interpretación y su manera de enfrentarse a sí mismo, a sus miedos, y ante los demás.

La película por tanto es una extraña obra de aprendizaje, el testimonio de un secundario y su pequeño momento de protagonismo, aquel instante en que acaba por comprender que no todo estaba en contra suya, cuando aprende que del dolor y la rabia y del miedo pueden obtenerse frutos y no son sólo experiencias negativas, o vacíos que esquivar.

Una historia simple. Una fábula casi, salvo que la moraleja no está ahí en la superficie ni es tan facil de encontrar.

De hecho, mi hijo, quien estuvo atento y entendió toda la historia, me dice al final que "parece" que no la entendió, consciente de que hay algo más en ella, auqnue no le queda bien claro qué.

Y claro, se trata del paso de un niño a un hombre, de hacese consciente que uno no es centro del mundo, y que necesita de los demás y de superar los miedos y rabias a los que los demás te someten para lograr el verdadero crecimiento. Y ya vendrán tiempos para eso, me gustaría decirle. Tiempos en que tendrás que aprender eso por ti mismo.

Lo segundo que vemos entre juego y juego -y es que nos ha quedado tiempo estos días pues acaba de salir a vacaciones y no hemos tenido que estudiar-, es Omohide Poro Poro, otra obra de Takahata, bastante más compleja y elaborada que la anterior (en su "mensaje"), aunque nuevamente tan simple en su forma que es como estar mirando alrededor nuestro: los ritmos son los tiempos naturales que se establecen entre aquello que esta vivo fuera y dentro de nosotros, y la forma en que los recuerdos pasan algún día a nutrrnos y a ser determinantes en nuestro presente y en la elección de lo que queremos a futuro, para nuestra vida.

Extrañamente, a pesar de que la temática no daba quizá para un chico de 11 años, a mi hijo resultó gustarle bastante, y para qué hablar de lo que me fascinó a mí, tanto que aún se encuentra disputando el cetro con La tumba de las luciérnagas, como la mejor de las películas de este director.

Ya desde el título la película nos anuncia que su ritmo será extraño, cadente, silencioso. Omohide hace referencia a los recuerdos -no de forma tan simple pues también en su significado se adhiere la idea de occidental de impregnar-, mientras que Poro Poro es más una onomatopeya que una palabra concreta, referida al goteo de algo, comúnmente asociado con las lágrimas invuluntarias que se caen en el sueño -no me vengan ahora con que la sensibilidad nipona es un invento-, y con la idea del rocío, que aparece en las flores cada mañana.

La protagonista de la película tiene 27 años. Sí, no es una niña o un niño como en la mayoría de las obras Ghibli, es una mujer para quien el tema de la soltería y la no construcción de una vida "sólida" debiera -según el contexto en que se inserta-, comenzar a preocuparle. Durante la peícula, sin embargo, el presente de esa mujer se mezcla con distintos momentos que vivió cuando pequeña y con los que establece lazos en diversos momentos.

El nombre de esta mujer es Taeko, quien siente un poco que se le pasa la vida y no sabe tampoco cómo es... Pues bien, Taeko va a trabajar fuera de la ciudad, va a cosechar unas flores con las cuales, tras un largo y cuidado proceso, se fabrican tinturas. Pero ese cosechar, ese trabajar con y junto a la naturaleza, va haciendo nacer sensaciones que, relacionadas con los recuerdos que poco a poco la van impregnando de otros significados, desembocan en emociones que llenan de luz el film, y, de paso, nos impregnan también a nosotros de algo que bien puede transformarse en emoción, si dejamos que siga su curso correcto.

Y es que esta película es sin duda una obra que impresiona a cada momento, construye emociones, crece a un ritmo lento, como si echase raíces en todo instante, tiene una música excelente, posee una estructura narrativa muy bien construida, presenta una naturaleza viva donde nada, salvo las emociones y el transcurso de la vida de cada uno de los personajes, se roba protagonismo alguno... Y tiene, por sobre todo, un final tremendo, donde Taeko se hace consciente de aquella que fue, de lo que ha dejado pasar... de lo que puede construir, hacia adelante.

Sí, lo he decidido, la mejor obra de Takahata. La última que me faltaba por ver y la mejor, sin duda. (Y eso que no desarrollé nada sobre la música húngara, rumana y de otras latitudes que viene a enriquecer aún más este film).

Ah, se me olvidaba, el asunto de las semillas con mi hijo. Pues bien, más allá de lo típico, es decir, las lentejas y porotos en algodón levemente humedecidas con agua... esta vez el experimento incorporaba algo nuevo: había que colocar al interior de una caja una serie de divisiones y cerrarla, dejar sólo una entrada de luz y que esta no le llegase directamente a la semilla ¿para qué? supongo que la semilla ha de buscar la luz, -¿o la luz a la semilla?-. El punto es que la planta crecerá y seguirá la dirección de la luz, aunque esto le suponga cambiar de dirección dos o más veces, salir de las sombras, alejarse de sus raíces...

Sí, supongo que por eso me gusta más Takahata, porque más allá de la magia y la belleza de Miyazaki, incorpora una luz cálida, que impulsa a que algo al interior de cada uno brote también de alguna forma. Algo que está presente también en los secundarios de este mundo, entre los que no siempre tenemos la valentía, ni la fuerza de esperar, ni la certeza de creer que existe siempre algo que vendrá. Algo que de pronto revela un sentido aún en las direcciones más extrañas... sí, algo así decía también la última canción con que se cerraba la película:

"Si el amor no llega cuando tú lo esperas,
no olvides que él está, bajo la nieve del invierno...
Y en primavera, bajo el calor del sol,
la semilla brota, y se hace flor..."

¿Suena cursi? Pues sí, y también el sol y el brotar y todo aquello que por ser bello en la superficie, olvidamos también que encierra algo igual de bello, pero más profundo, en su interior. Algo que además de bello es necesario, y que guarda un secreto de forma tan poco segura que de pronto no te fijas y ahí está: directo en tus manos, o en tus ojos, o hasta en tu propio hijo, brillando en sus ojos mientras lo descubres esperando a que vengan esos brotes... porque deben venir... porque auqnue no entendamos bien cómo, es una promesa, un pacto: algo que se estableció entre la luz, el agua y la semilla, y de lo que, afortunadamente, podemos ser testigos -cursis testigos-, cada día.
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