miércoles, 27 de mayo de 2026

Se tuerce el pie y el que se lo tuerce se queja.


I.
Se tuerce el pie y el que se lo tuerce se queja. Se detiene y hasta se culpa porque piensa que fue a base de un descuido o una torpeza. Entonces, con más sorpresa que dolor, mira el tobillo desde el que nace el pie torcido y piensa que todo es suyo. Luego, observa también el piso porque estima que todo ha de tener razones. ¡Cuánta inocencia la de aquel que descansa su peso sobre el pie torcido! ¡Cuánto egoísmo e ignorancia al pensar que todo lo que porta es suyo!


II.
Quién sabe realmente por qué se tuerce un pie. La única forma de saberlo, tal vez, sería preguntándole al pie mismo. Eso pienso yo, al menos. Además, tendríamos que intentar respondernos algunas preguntas mientras estudiamos lo ocurrido. Por qué un pie y no el otro, por ejemplo, o por qué no se torcieron ambos. Y claro, para obtener respuestas certeras habría que preguntarle también al otro pie. Al torcido y no torcido, quiero decir. Eso, si queremos comprender, por supuesto. Luego, esperar que sean honestos, con nosotros. Y escuchar.


III.
Voz de uña tiene el pie. Voz cartilaginosa. No se explica a sí mismo, y menos le interesa responderle a uno. Si pensara más me negaría a andar, parece decir. Cuestionaría el hacia dónde y el porqué y hasta no aclararlo no daría un paso. Por eso, dicen que cuando se sabe vivo, es cuando realmente el pie se tropieza. Se traba digamos, tras descubrir con sorpresa, su propia existencia. No nos movemos hasta que sepamos, dice. Y claro, tu vuelves a quejarte porque el dolor te protege de otras cosas, en el fondo. Así, a veces, hasta te olvidas que en principio querías comprender. Y te quejas, entonces, exclusivamente por costumbre.

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