viernes, 31 de julio de 2026

Cuando subo.


A menudo cuento los escalones cuando subo.

Nunca cuando bajo.

Pensé que solo lo hacía yo, pero he descubierto que es algo común, hasta cierto punto.

Incluso se han hecho estudios sobre eso y buscando en internet los he encontrado.

No son estudios dedicados a ese hecho, en específico, pero lo abordan dentro de su corpus.

En uno, por ejemplo, se planteaba una asociación entre el esfuerzo que supone subir y la correlación numérica positiva.

Mientras que, al bajar, ocurriría todo lo contrario.

El otro informe hablaba de las distintas zonas del cerebro que se activan cuando subimos y bajamos escalones.

Eso como un mero acercamiento, por supuesto, pues el estudio estaba en alemán y la traducción automática no funcionó muy bien.

Más allá de eso, lo que quería plantear es que nunca coinciden mis cuentas, cuando registro los escalones.

O no dos veces seguidas, al menos.

Me refiero a que un día puedo contar treinta y al otro veintisiete.

Y luego veintinueve, treinta y uno, veintiséis o nuevamente treinta.

La otra vez hasta bajé para contar de nuevo y volvieron a fallar las cifras.

En eso estaba, por cierto, cuando una chica me preguntó qué estaba haciendo.

Y claro, yo me avergoncé un poco, pero al final se lo dije.

Ella se rio y se ofreció a subir conmigo y a contar cada uno por su cuenta.

Finalmente yo dije veintinueve y ella treinta y uno.

Tal vez lo que pasa es que no llegamos al mismo sitio, me dijo.

Sonrió entonces de forma despreocupada y se despidió, diciendo que debía bajar nuevamente.

Nunca llegamos al mismo sitio, repetí yo, mentalmente, mientras la observaba bajar.

jueves, 30 de julio de 2026

Ya te lo dije.


En el bar había un cura bebiendo cerveza.

O no sé si era realmente un cura, pero al menos tenía sotana y algo que parecía una biblia sobre la mesa.

A nadie parecía importarle que estuviese ahí así que decidí que a mí tampoco debía importarme.

Pedí también una cerveza.

El garzón que me atendió tenía una cicatriz en el rostro y otra en la mano.

Tal vez tenía más, pero no se las vi.

Poco después llegó con una cerveza extranjera, que no había visto antes.

Me dijo que era alemana y muy buena.

Se llamaba Unerforschlich.

Me tomé tres, mientras buscaba una cita (que no logré encontrar) en un libro sobre la vida de Leopoldo II.

Cuando salí, finalmente, me encontré con un tipo que no dejaba de preguntarme algo confuso.

En principio entendí que me preguntaba por un tal Bobby Parker y le dije que no lo conocía.

Luego, sin embargo, comprendí que preguntaba si era yo el que andaba preguntando por Bobby Parker.

-¿Bobby Parker? –dije-. ¿Por qué iba a preguntar por él…? ¿Quién mierda es Bobby Parker?

Entonces el tipo sacó una pistola y me apuntó.

-No vuelvas a preguntar por él –me dijo-. Esta es la última advertencia.

Luego dio un paso atrás y disparó al aire.

Me miró amenazante.

Yo asentí.

miércoles, 29 de julio de 2026

¿No vas a darme tu opinión?


(Voces)

-¿Y?

-¿Qué?

-¿No vas a darme tu opinión?

-No sé… ¿es necesario?

-Claro, para eso te lo conté.

-¿Seguro que no te vas a molestar?

-Claro que no… ¿Acaso no te gustó?

-No. En realidad no.

-¿Por qué?

-Es que… no sé… No creo que sea un buen chiste.

-¿De verdad piensas eso?

-Sí. O sea, puede que para otros sí, pero no es un buen chiste para mí al menos.

-¿Tocaba algún tema personal… algo que te complique?

-No. Solo no me pareció un buen chiste.

-Pero te reíste.

-No. No me reí.

-Te estaba viendo, de frente… Vi que te reías.

-No… Reír no. A lo mejor sonreí un poco, cuando terminó…

-Entonces sí te hizo sonreír, al menos.

-Pero no me hizo sonreír el chiste... Fue más por tu actitud al contarlo, creo yo. Por tu expectativa…

-Entonces quiere decir que estabas más atento en mi actitud que en el chiste… Tal vez por eso no te fijaste en la historia del chiste y no te gustó…

-Recuerdo bien el chiste, solo no me provocó risa… ya te dije.

-Pero, a ver… repíteme el chiste.

-¿Para qué?

-Para ver si es cierto que le pusiste atención… Tal vez se te fue un detalle y eso hizo que perdiera gracia… Lo he probado con más de veinte personas y todas dicen que es muy bueno…

-Pues entonces el chiste es muy bueno y a mí no me hizo gracia… no veo nada grave en eso. Veinte de veintiuno no está mal… De hecho, no sé para qué sigues probándolo luego de los veinte o de los diez…

-¿No quieres repetirlo, entonces?

-No es eso, pero…

-Entonces sí vas a repetirlo…

-No, hueón. No voy a hacerlo.

-Ya ves. Estás molesto. Es un problema tuyo… De actitud.

-…

-El chiste era bueno, además... Sí, supongo que tampoco disfrutas del sol o de la lluvia… Es una cuestión de cómo enfrentar la vida, al final…

-De acuerdo, velo así.

-Lo veo cómo es. El chiste es bueno, hueón. El sol es bueno. La lluvia es buena. No le hacen daño a nadie.

-Soy alérgico al sol…

-¿Qué dijiste?

-Soy alérgico al sol, se me inundó la casa, el chiste era más fome que la mierda…

-¿Ves? Tengo razón, hueón. No sé para qué te pregunto…

-Ya, hueón… dejémoslo así… me vas a hacer enojar de verdad…

-Amargado… Seguro que reírte te hace daño…

-¡Me cansaste, hueón…!

(Golpes)

(Voces después, entrecortadas)

(Etcétera)

martes, 28 de julio de 2026

A estudiar topos.


Se fue a Turquía a estudiar topos.

Llevaba años en eso, preparando un libro sobre mamíferos subterráneos.

Turquía era especial en este sentido, pues ahí podía encontrar varias especies endémicas de topos.

Una vez nos envió una foto en la que aparecía con una familia de topos en medio de la nieve.

Nos explicó que eran animales que se habían adaptado a las difíciles condiciones de las montañas orientales del país.

La fotografía, en específico, había sido tomada en la altura del Hakkari.

Junto a él, podía verse al menos a seis topos que se asomaban desde la nieve.

Estos topos no me tienen miedo, escribió en el anverso de la foto. Viven bajo dos metros de nieve y yo me he metido hasta sus cuevas, cubriéndome de nieve, también.

Luego de permanecer un tiempo en la región fue hasta Armenia, donde compró una pequeña casa.

Hizo esto pues planeaba quedarse a vivir, durante al menos un año, hasta terminar de escribir su libro.

En ese lugar, por cierto, también era posible encontrar topos.

A veces pienso que siempre son los mismos topos, nos escribió esa vez, en el anverso de otra foto.

En ella, él volvía a aparecer junto a otros topos, esta vez en un terreno aparentemente seco y algo desolado.

Sin embargo, si te fijabas bien en la imagen, parecía verdad que los topos parecían los mismos.

Y claro, el más cambiado era él, sin duda.

Menos mamífero que todos, con el paso del tiempo.

Y más subterráneo.

lunes, 27 de julio de 2026

En un viaje a Tailandia se subió a un elefante.


En un viaje a Tailandia se subió a un elefante.

Ocurrió el último día de sus vacaciones, horas antes de tomar al avión que la llevaría de regreso a su hogar. A miles de kilómetros de ahí.

El punto es que calculó el tiempo y aprovechó de ir al lugar donde podría hacerlo, pues estaba prohibido montar elefantes en los distintos santuarios y parques nacionales que visitó durante su viaje.

Un vendedor le había dado el dato hacía unos días y ella se había decidido a ir.

No era solo por la foto, se decía, sino por la experiencia.

Era la posibilidad de montar un animal que en algunas décadas -según había oído-, probablemente podría desaparecer.

O eso al menos fue lo que explicó.

Cuando llegó al lugar se sorprendió al ser la única visitante.

Era un predio extenso, en los bordes de la ciudad, donde podía recorrer unos cientos de metros en elefante, acompañada por un guía.

No había mucho que ver, pero al menos podría andar sobre el elefante.

Nada de fotos, le dijeron. Está prohibido.

Y ella aceptó.

Ya sobre el elefante, sin embargo, pensó que no tendría cómo demostrar a los otros lo que había hecho y se desanimó un poco.

Además, el bamboleo del animal, al caminar, era más brusco de lo que ella había creído. Y la altura era considerable si llegaba a caer.

Con todo, intentó disfrutar aquel momento, y a pesar de que el paisaje era un tanto simple y monótono, se entretuvo observando la piel del elefante, y pasando sus manos sobre ella.

Ya al final, al descender, intentó tener un gesto de cariño al despedirse del elefante, pero este se mostró indiferente con ella, aunque le pasaron algo de comida incluso, para alimentarlo.

-¿Cómo se llama el elefante? -preguntó ella.

-No necesita nombre -le contestó el guía-. Ya es viejo.

Ella observó al animal con más cuidado.

Le pareció que era cierto.

En la mirada del elefante podía notarse que el animal era mayor y hasta podía intuirse que no estaba interesado en ver mucho más.

-Ya terminó la visita -dijo el guía, para instarla a dejar el lugar.

Ella escuchó y se alejó del animal para irse del lugar.

Ahora solo falta llegar al aeropuerto, subirse al avión y regresar, se dijo.

Ya en el avión, pensó que no estaba realmente regresando.

Puede ser algo confuso, pero eso fue lo que nos dijo.

-Subo al ascensor, entro al departamento, pero no siento que llegar acá haya sido un regreso -explicó.

Es por lo largo del viaje, le dijimos.

Ella asintió.

No nos creyó tal vez, pero asintió.

Con eso basta, me dije.

domingo, 26 de julio de 2026

Dos o tres enfermedades.


Dos o tres enfermedades.

Eso es lo que tengo.

Da lo mismo el nombre y la gravedad de todas esas mierdas.

A mí me importa el número.

Y eso es lo que exijo a los médicos.

Dejo que me den tratamientos, es cierto, pero luego no los sigo.

Una vez tuve siete enfermedades y tampoco tomé ninguno.

Ahora me dicen que dos o tres, simplemente.

Y yo insisto.

Me molesto incluso, porque no puedo entender la negligencia del diagnóstico.

¿Dos o tres, doctor?, le pregunto.

Y el puto doctor dice que no puede decirlo bien, y que lo importante es otra cosa.

¡Qué mierda va a saber ese médico culiao!

¿Cómo chucha va a saber qué mierda es lo importante?

No se lo digo así, por supuesto, porque trato de contenerme.

Pero igualmente me desbordo:

¿Dos o tres y no puedes decirlo…?

¿Me he hecho como veinte exámenes y no puede decirlo?

El doctor me mira como consultándome qué hacer.

Luego se acomoda en la silla y me habla, con tono extraño.

Si quiere le digo dos, me dice.

O tres, si lo prefiere.

Yo le digo entonces que quiero la verdad, simplemente.

Y le explico que un número es el camino más breve para acercarse a ella.

Para y volverlo objetivo.

Al final el tipo llena una ficha en silencio mientras yo permanezco ahí.

Luego me entrega una receta diagnóstica y me despide.

Dos, dice.

Y yo agradezco, aliviado.

sábado, 25 de julio de 2026

Acá soy como Clark Kent.


Acá soy como Clark Kent.

No me pongo lentes, pero hablo un poco de otras cosas.

Esquivo aquellos temas en que no puedo ocultar mi intensidad.

Y río, entonces, acercándome a salidas que no son.

No me pongo lentes ni cambio mi peinado, pero de igual forma sigo los pasos de Clark Kent.

Ocupo su técnica digamos.

No es que lo piense o planifique, pero si analizo descubro de inmediato que eso es lo que hago.

Escribo artículos pequeños.

Noticias de hechos que apenas suceden o que no dejan marcas.

Describo huellas que se borraron, pero nuca detallo a dónde van ni para qué.

Y es que no quiero exponerlos, en definitiva, a ningún tipo de daño.

Así y todo, soy consciente que el daño les llegará igual.

Que hasta aquello que guardamos, para proteger, termina desgastándose.

Pero pienso también que acelerar ese proceso no me corresponde.

Sí, igualito al método de Clark Kent.

Igualito salvo que yo no me pongo la capa ni los calzoncillos sobre los pantalones.

Igualito salvo que yo no revelo mi fuerza.

Y es que confunde, pienso, esa fuerza.

A ustedes y a mí, nos confunde.

Ustedes depositarían la confianza en algo fuera de ustedes mismos y yo me engañaría jugando a ser la solución.

Por eso, Clark Kent.

Tal vez alguien, atento, puede fijarse y descubrirlo, pero nadie lo hace.

Así vivo, entre ustedes.

Soy como Clark Kent.

viernes, 24 de julio de 2026

Servicios.


No se clava tan fácil en nosotros un tenedor. No como un cuchillo, al menos. No es que sea imposible, pero requiere más fuerza probablemente. Y para más fuerza, más rabia. No es solo cuestión de las puntas romas, sino que tiene relación con la repartición de fuerzas. Eso y que se debe vencer más resistencia con el golpe. Ya saben, la resistencia de la piel. Como es un tejido elástico, su objetivo principal es deformarse para absorber el impacto antes de romperse. Y eso hace, aunque no queramos. Se estira automáticamente, como un globo, ante la presión. Como un globo, digamos, pero como un globo que no revienta. Entonces los tejidos internos mueven el impacto hacia los lados, para protegerse. Lados que también somos nosotros, pero es la parte de nosotros que no ha recibido el golpe, directamente. Que no ha intentado ser perforada, digamos. Así, la piel se rompe solo cuando la fuerza supera el límite de tensión. Y es difícil superarla, ciertamente, por nosotros mismos. Cuando además es en contra de nosotros mismos, quiero decir. A lo más rompemos vasos sanguíneos, pero no piel. Y nos enfocamos en la fuerza y por ende en la rabia, pero no reconocemos el camino inverso. La resistencia. Bajar la resistencia, me refiero. Ceder, desde nuestra piel. Y para eso, comprender. Y es que si fuese así hasta con una cuchara alcanzaría. Hambre de nosotros mismos, es en definitiva lo que falta. No un cuchillo.

jueves, 23 de julio de 2026

Electrodomésticos.


Soñaba con electrodomésticos. Galpones llenos de electrodomésticos. Él recorría el lugar y los observaba. Muy tranquilo avanzaba entre ellos. Como si no tuviese más que hacer. Al principio el sueño era sin ruidos, pero de a poco comenzó a escuchar algo así como vibraciones. Un sonido leve que le hizo entender que los electrodomésticos estaban enchufados. A la espera. Listos para usarse y comprobar su funcionamiento. Comenzó entonces a acercarse a ellos poco a poco. Puso atención. Creyó descubrir que las vibraciones eran distintas en unos y en otros. Tenían un ritmo distinto. Como si el corazón le latiera a cada uno con distinta intensidad. Con la misma sangre, tal vez, pero a distinta intensidad. Ahora, cuando paseaba entre ellos, posaba la mano sobre alguno. Como si recorriese una perrera con animales mansos, fuera de sus jaulas, dispuestos en hileras. Todos a la espera de algo que no necesariamente era él. Todos de distintas razas, edades y tamaños, pero ajenos a cualquier reacción o movimiento. Perros con la vista baja. Limpios y tranquilos. Electrodomésticos, en todo caso, debe recordar. En uno de los últimos sueños se acercó a una lavadora. Le pareció ver algo dentro, en el compartimiento de la ropa. Dudó, pero no quiso abrir la tapa y volvió a avanzar. Pensó que podía ser un niño, escondido ahí dentro. Un niño mirando hacia afuera esperando algo más que lo esperado por los electrodomésticos. Algo distinto, mejor dicho. No algo más. Un niño que lo había visto, cuando se acercó. Y él, casi como otro electrodoméstico, simplemente siguió avanzando. Tal vez en otro sueño, se dijo. Pero debo ser otro, probablemente, para hacer otras cosas. Nadie grita, se dijo, casi despertando. Electrodomésticos, al fin.

miércoles, 22 de julio de 2026

222


Tengo dos diarios, me dijo. Uno para la verdad y otro para la mentira. Por años tuve solo uno, pero siempre terminaban quedando cosas fuera. Así fue pasando el tiempo hasta que un día me di cuenta que podía tener dos. Un diario para la verdad y otro para la mentira, como te decía recién. Apenas se me ocurrió aquello comencé a comprobar mi teoría y entonces ratifiqué que en esos diarios cabía todo. Nada quedaba fuera, quiero decir. Nada de mí, ni de mi experiencia, ni de lo que creía ser, aunque no lo fuese realmente. Es cierto que en ocasiones debía pensar un poco en cuál de los dos diarios anotar algo, pero esa era a fin de cuentas la única dificultad. En ellos podía anotar todo, y eso era lo importante. Sentía que lo debía hacer, incluso, como si se tratase ahora de mi responsabilidad. Esto que te digo ahora, por ejemplo, debiese estar escrito en uno de ellos. Terminar estándolo, quiero decir, luego que terminemos de hablar. Aunque claro, dependiendo del diario en que termine escribiéndolo podría cambiar todo. No el enfoque simplemente sino la naturaleza misma de la cosa registrada. Tú mismo, por ejemplo, podrías terminar en uno de esos diarios. En uno, quiero decir, pero no en ambos. Supongo que me entiendes, dijo.

Y yo asentí.

martes, 21 de julio de 2026

Vemos lo que pasa.


“Lo que pasa es real.
Pero la vida también”.
M.E.


I.

Vemos lo que pasa.

Con mayor o menor detenimiento, pero lo vemos.

A veces, incluso, tenemos un juicio sobre aquello.

Aun así, si no tuviéramos ese juicio, lo que pasa ocurriría igual.

Por lo mismo, a veces pienso que mis juicios no son parte de la realidad.

Este, tal vez, es un ejemplo.


II.

No.

Un ejemplo no, sino un mal ejemplo.

Y es que hay juicio, pero ¿qué es lo que pasa?

O más bien, ¿qué es lo que vemos qué pasa?

Nada, probablemente.

Un juicio sobre una observación vacía y luego un juicio sobre otro juicio.

Ahora bien, ¿quieres otra observación y otro juicio?

Acabas de desperdiciar un buen epígrafe, me digo.


III.

No es real lo que no pasa.

La semilla que no crece, por ejemplo.

O la vida que no se gasta.

Y es que solemos ahorrar en lo único que no es superfluo.

En lo único que, si somos sinceros, verdaderamente necesitamos.

Una vez, no hace mucho, un tipo me hablaba de esto.

Yo miraba tras él, por cierto, mientras me hablaba.

Entonces seguí con la vista a unos chicos que llevaban una pelota.

Dos chicos que, por el contrario, ni siquiera se fijaron en nosotros.

Como si acá no pasara nada, me dije.

lunes, 20 de julio de 2026

Se equivocó de funeral


I.

Se equivocó de funeral.

Llegó antes y confundió a uno de los deudos.

Luego lo siguió y llegó junto a la tumba, donde dejó las flores que había llevado.

Estuvo así, cabizbajo, sin hablar con nadie, hasta que comenzaron a hablar.

Solo entonces, cuando mencionaron un nombre que no reconocía, se dio cuenta del error.

No levantó la vista.


II.

Fue una situación incómoda.

Pensó que podía provocar molestias si se iba, así que se quedó un rato.

Luego calculó que debía irse de igual forma, si quería alcanzar a llegar al funeral correcto.

Trató de alejarse unos pasos, caminando hacia atrás.

Retrocedió con pasos pequeños, pues temía tropezarse y caer sobre otra tumba.

Luego se acordó que había dejado las flores y pensó en sacarlas, pero al final desistió.

Finalmente fingió que lo llamaban, se alejó unos pasos, y se fue a buscar el otro funeral.


III.

El funeral al que iba estaba al otro lado del cementerio.

Se enteró porque un encargado le mostró un mapa y le indicó la zona.

Había un carrito que podía llevarlo, pero le pareció que iba muy lento y decidió apurar el paso.

Caminó rápido y por el camino se robó un pequeño arreglo floral, que estaba en una tumba.

Llegó cuando había terminado y algunos se estaban despidiendo.

Reconoció a su vecino, cuyo padre había muerto, y vio que estaba hablando con alguien más.

Escuchó que el vecino contaba de una vez que su padre lo llevó a pescar a un embalse donde no había peces.

Era una anécdota extraña, que no parecía transmitir alegría ni tristeza, sino un hecho, simplemente.

Esperó así unos minutos más hasta que el vecino terminó de hablar y notó su presencia.

Le dio el pésame.

Cuando se iba del lugar, notó que junto a una tumba abierta había un letrero.

Era un aviso de peligro, y una frase para que los niños no se acercaran al lugar.

Sin saber por qué, fue hasta el lugar y quitó el letrero y lo dejó boca abajo, sobre el pasto.

No podemos evitar lo que tiene que pasar, se dijo.

Justo entonces, comenzó a llover.

domingo, 19 de julio de 2026

Listo para la tierra.


Vestirse y desvestirse.

Está bien, pero… ¡¿tantas veces?!

Cualquiera se cansa, después de un tiempo.

Y si no te cansas, al menos te confundes.

Una vez por ejemplo don Sergio, un señor mayor que vive en la esquina.

Salió a comprar desnudo de cintura para abajo.

Dijo que iba por algo para la once, cuando lo detuvo un guardia municipal.

No hizo preguntas, sino que lo subió al carro e hizo sonar las sirenas.

Luego pasaron por la calle para comprobar domicilio y ubicar a algún pariente.

Entonces les explicaron a los guardias que don Sergio no tenía parientes.

Que era tranquilo y que nunca habíamos visto nada raro en su conducta.

Son casi ochenta años vistiéndose y desvistiéndose, dijo él, a modo de excusa.

Los guardias lo dejaron en su casa, según entiendo, luego de cursarle una multa.

Se habló semanas, sobre la situación.

Yo también me he equivocado, dijo doña Marta, un día que salió a comprar verduras.

Solo que yo no salí desnuda, sino que me vestí dos veces.

Cuando yo tomaba más, dijo don Lalo, una vez porfiaba con quitarme la ropa, pero ya estaba desnudo.

Me arañé la piel y desperté hasta con heridas, dijo riendo. Después no tomé como en dos meses.

Hubo otras historias que ya no recuerdo, pero al final, como siempre, la situación se olvidó.

Y todos, por supuesto, seguimos vistiéndonos y desvistiéndonos hasta el cansancio.

Debiese existir un punto medio, digo yo, cuando pienso esto.

Una forma de evitar el absurdo ese... 

O en el peor de los casos cambiarlo por otro.

No es que sea un gran tema, pero me he acordado hoy, pues hace unas horas se han llevado a don Sergio.

Vino una ambulancia, pero se fue despacito, así que yo creo que no se viste ni desviste más.

O no por sí mismo, al menos.

Ya estaba listo para la tierra, comentan los vecinos, que salieron a mirar.

Todos, pienso yo.

sábado, 18 de julio de 2026

Ida & Regreso



(Ida)

-¿No me vas a acompañar, entonces?

-No. Ya te lo dije varias veces.

-Pero la idea es que lo pienses entre una y otra vez que me respondes. No que me repitas un no sin dar explicaciones.

-Te dije que tenía cosas que hacer.

-Pero no las estás haciendo ahora.

-Claro que no, ahora me tienes hablando de todo eso, pero igualmente las voy a hacer.

-En este rato en que intento convencerte ya estaríamos llegando.

-Pero no fue así. Y ahora habría que sumarle más tiempo al que ya hemos perdido.

-Vamos… Son solo quince minutos para llegar. Veinte a lo sumo. Acá vamos a seguir probablemente el mismo tiempo.

-Eso es solo el tiempo de ida.

-¿Cómo?

-Quince o veinte minutos es el tiempo de ida. Luego yo debo regresar y son quince o veinte minutos el tiempo de vuelta. Nadie nunca piensa en eso.

-No se trata de pensar, sino de ir. De actuar. Siempre estás pensando demasiado…

-Son por lo menos treinta o cuarenta minutos, según tus propios cálculos. Ida y vuelta, quiero decir. Eso más el tiempo que he pasado diciéndote que no, sumarían casi una hora. Y luego debo restársela al tiempo que tengo para realizar mis cosas…

-Pero si ya lo sumas no tienes por qué restarlo… Solo acompáñame y ya está. Por el camino me terminas de explicar tus cálculos…

-No hay nada que explicar. Todo lo que suma resta en algún lado. Te pasa lo mismo que con la ida y el regreso. Si te fijas, lo que pides es siempre el doble de lo que crees que pides…

-¿No vas, entonces?

-No.

-¿Puedo insistir al menos un par de minutos más?

-Puedes. No puedo evitarlo.

-…

-…

-Nah… mejor me voy.

-De acuerdo. Que todo ande bien.

-Gracias… Aunque igual podrías haber ido…

(Regreso)

viernes, 17 de julio de 2026

Un demonio que estornuda.



Sabía que estaba ahí.

Desde hace mucho.

No escondido, pero creyendo al menos no ser visto.

A una distancia tan corta que huir, de ser necesario, hubiese sido imposible.

De cualquier modo, no había realmente de qué huir.

Y es que él, no estaba ahí para atacar, a fin de cuentas.

O no de la forma en que solemos entender ese concepto.


Sabía eso, por cierto, mayormente por intuición.

Y también por la experiencia de saberlo siempre ahí, sin duda.

Si quisiera otra cosa, pensaba, ya lo habría hecho.

Tal vez incluso tenga más miedo que yo.

Aunque ambos, estoy seguro, hemos aprendido a vivir con ese peso.


A veces, de noche, cuando cree que duermo, se acerca un poco más.

Y ha comenzado a acercarse hasta los bordes mismos de mi cama.

Ha tomado incluso el libro que leo, antes de dormir.

Sin dejarlo luego, necesariamente, en el sitio en que se encontraba.

La última vez, de hecho, se quedó leyéndolo un rato a unos pasos de mí.

Creo que era una obra dramática de Norman Briski.

Lo oí entonces murmurar unas palabras, como si leyese en voz baja.

Como diez minutos duró aquello.

Luego se alejó unos pasos, hasta quedar justo tras la puerta del cuarto.

Casi como un guardián.


El estornudo, entonces, lo sorprendió más a él que a mí mismo.

jueves, 16 de julio de 2026

Cómo fue.


-Lo lamento.

-Gracias.

-…

-…

-¿Y cómo fue?

-¿Qué cosa?

-¿Cómo murió?

-Lo encontraron muerto abajo del árbol.

-¿Colgado?

-No, para nada… abajo del árbol no más.

-Pero abajo el árbol tiene las raíces…

-Debajo de sus ramas, quiero decir, junto al tronco del árbol.

-Ah…

-…

-¿Apoyado?

-¿Cómo?

-Si lo encontraron muerto, pero apoyado en el tronco.

-No te entiendo.

-Ya sabes… sentado en el piso, pero apoyado en el tronco del árbol.

-No… estaba tendido, creo, recostado en el piso, junto al árbol.

-Ah…

-…

-A lo mejor se cayó.

-¿Qué…?

-Que tal vez lo que le pasó fue que se cayó del árbol y se murió.

-…

-¿Fue eso?

-¡Claro que no…! Ese no era un árbol en que uno pudiese subirse, además tenía casi noventa años…

-¿El árbol?

-No, hueón… el muerto tenía noventa años… ¿Cómo se te ocurre que alguien de esa edad va a andar subiéndose a un árbol?

-Tal vez lo intentó y por eso se cayó.

-…

-¿Estaba golpeado?

-¿Qué?

-Te pregunto si el cuerpo estaba golpeado.

-No, hueón… ¿por qué mierda debería estar golpeado?

-Si se cayó del árbol debía haber tenido un golpe…

-¡No se cayó del árbol, lo encontraron muerto nada más, junto al árbol…! Supongo que le dio un infarto o algo así, tenía noventa años…

-…

-…

-¿Te molestaste?

-Claro, hueón… ¿qué mierda importa cómo murió…? Iba a pasar, nada más, y pasó… ¿para qué tanta pregunta?

-…

-…

-¿Le tienes miedo a la muerte?

-Uff… ¿vas a seguir?

-Yo creo que te molestaste porque le tienes miedo a la muerte.

-No te voy a contestar más.

-No te molestes… 

-...

-Además, es normal tenerle miedo a la muerte. Si quieres podemos hablarlo.

-…

-Después del funeral podemos sentarnos junto al árbol que decías, para que enfrentes el miedo de una vez.

-…

-Incluso podemos hablarlo sin vernos, con el tronco de por medio, para que no te resulte incómodo.

-…

-Yo no le temo a la muerte, sabes, así que te puedo ayudar…

miércoles, 15 de julio de 2026

Acá.


A M. le encargaron cuidar el departamento de un amigo.

Visitarlo cuatro veces por semana, idealmente.

Esto durante el mes y medio que F., el amigo de M., estaría fuera del país.

Las tareas de M. eran breves y específicas: regar las plantas, ventilar un poco y alimentar al erizo.

M. se comprometió a hacerlo y le pidió que le entregara instrucciones escritas y detalladas, para evitar problemas.

Lo hizo así durante dos semanas sin tener inconvenientes.

Es decir, regó las plantas, ventiló un poco y le dejó comida al erizo.

Sin embargo, a la tercera semana, comenzó a inquietarse por no ver nunca al erizo.

La comida se acababa, ciertamente, pero nunca había logrado verlo.

Se lo comentó a F., en una oportunidad que hablaron por teléfono.

F. le dijo que no se preocupara; que Mark Twain (ese era el nombre del erizo) era nocturno y que debía estar escondido durante el día.

En vez de calmarlo, la idea del erizo escondido inquietó más a M., quien comenzó a buscarlo.

Estimó que el departamento era pequeño y que no había muchos sitios para esconderse.

Por lo mismo, se dedicó a buscarlo durante varios días en que fue al departamento, aunque sin lograr encontrarlo.

Un par de semanas después, cuando quedaban pocos días para el regreso de F., M. se dijo que iba a encontrar al erizo, y decidió quedarse una noche al interior del departamento, esperando ver al erizo cuando fuese por la comida.

M. se arrellanó en el sillón a esperar que oscureciera.

No planeaba tomar al erizo ni molestarlo de forma alguna, solo ratificar que existía viéndolo en silencio, y seguirlo con la vista para ver dónde se escondía.

Mientras esperaba la noche, M. tomó un libro que encontró en el departamento y aprovechó de leerlo.

No era extenso y tenía letra grande, así que podía terminarlo mientras esperaba.

El título del libro era “Luro”, y había sido escrito por una argentina de la que M. nunca había oído hablar.

Poco antes de terminarlo, el erizo pasó cerca de los pies de M. y llegó al lugar donde estaba su comida.

Como M. parecía estar absorto en su lectura, no lo vio, cuando pasó.

Luego, poco después de terminar la lectura, M. notó que la comida del erizo ya no estaba.

Y el erizo, por supuesto, tampoco.

Con todo, M. estaba tranquilo y con una sensación extraña que al mismo le sorprendía.

Sé por qué estoy acá, se dijo.

Poco después, se tendió en el sofá, y se durmió.

martes, 14 de julio de 2026

No es tan bueno.


No es tan bueno acercarse a la meta, me dijo. De hecho, yo creo que los que dicen eso ni siquiera se han acercado. Y es que cuando te acercas y la tienes a la vista, te agotas de inmediato. Me refiero a que inconscientemente regulas la energía y calculas llegar con un último impulso, y nada más. Debido a esto, suele ocurrir que dejas entonces de pensar en la meta y piensas más bien en el descanso tras la meta. Y confundes, por supuesto, una cosa con la otra. Incluso, a veces, reemplazas directamente un término por otro y ya está. Ya es tarde, quiero decir. Tarde porque entonces descubres que la meta que buscabas nunca tuvo un significado claro. Apenas era una marca hecha ahí. Más adelante. Frágil y no necesariamente hecha para perdurar. Como marcada con tiza. Justo ahí donde la ves cuando te acercas y comienzas a desilusionarte poco a poco. Y los pasos son más lentos no solo por el cansancio sino porque cargan ahora con esa misma desilusión. Y es que no comunica nada, te dices. No revela nada ni reconforta tampoco por sí misma. Y claro, es entonces cuando te dices que no es tan bueno acercarse a la meta. Y resulta tan extraño oírtelo decir que prefieres decir que lo dijo otro. Sentirlo así incluso, si es posible. Y practicas entonces sin preocuparte de inconexiones y otros errores. Y queda así, más o menos. Malo, quiero decir. Ya ves.

lunes, 13 de julio de 2026

Salía a la calle a recoger monedas.


I.

Salía a la calle a recoger monedas.

A buscarlas mientras caminaba, me refiero, y luego detenerse y llevarlas consigo.

No volvía a casa hasta que recogía al menos dos.

No importaba el valor, pero era lo que hacía.

Era algo difícil de lograr, pero ante emergencias recurría a unas plazas donde siempre le iba bien.

Las pocas veces que regresó sin haber logrado su objetivo, registraba la fecha en su calendario.

Las monedas encontradas, por cierto, las dejaba en una lata vacía de café instantáneo.


II.

Una vez, recogiendo monedas, encontró dos veces la misma moneda.

No dos monedas iguales, sino dos veces la misma moneda.

No solo eran del mismo año ni tenían las mismas marcas, sino que eran exactamente la misma, según dijo.

Esas las dejó aparte de las otras, en una pequeña caja plástica.

Una vez, mientras tomábamos una cerveza, me las mostró.


III.

No solo ocurre con las monedas, me dijo esa vez.

Hay que aceptar eso.

No comprenderlo, necesariamente, pero sí aceptarlo.

Como me vio incrédulo, tomó esa vez ambas monedas y las lanzó al aire.

Las dos cayeron mostrando la misma cara.

Luego lo hizo varias veces seguidas y siempre las monedas coincidían cayendo del mismo lado.

Siempre dos caras o dos sellos, me refiero.

Ya ves, concluyó esa vez, tal vez nunca, realmente, hemos regresado a casa.

domingo, 12 de julio de 2026

Un rumor.


La vida es un rumor. No un invento, pero sí un rumor. Algo que se dice sin mayor fundamento y que va corriendo de boca en boca. Sin que nadie lo compruebe va corriendo. Gastándose un poco cada vez. Y engañando a algunos, a su paso. Así todo no es, tampoco, un infundio. No necesariamente un infundio, pero sí un rumor, como decía. No un infundio pues no busca provocar el daño. Aunque lo provoque, claro, pero sin dolo. Sin intención, digamos. Sí. La vida es un rumor, no hay duda. No sé si solo eso, pero al menos eso. Antes de lo eterno hay vida, se escucha por ahí. Igual que si dijeran que existe algo en las profundidades a las que no tenemos acceso. Pon atención. Quédate en silencio y pon atención. Hay susurros por ahí… Atrás de mi voz y de tu escucha. Hay murmullos. Pequeñas habladurías, incluso. Cotilleos, probablemente. No alcanzas a escuchar de qué, pero puedes comprobar que es cierto. Existen como si fueran grietas. Y cada grieta es asimismo una boca por donde escapa un rumor. Pues bien… la vida es un rumor, recuerda. Uno de esos que se escapa por una de esas grietas. Imposible saber por cuál, es cierto, pero anda por ahí. Eso dicen todos, al menos. Su es falso o verdadero, poco importa. No tenemos más. Tendrá que bastar con eso.

sábado, 11 de julio de 2026

Uno que no canta y solo mueve la boca.


I.

En los coros siempre hay uno que no canta y solo mueve la boca.

Siempre pensé que yo sería ese, de estar en un coro.

Luego, cuando estuve en uno, descubrí que el que no cantaba era otro.

Yo cantaba bajito, es cierto, pero igual lo hacía.


II.

El tipo que no cantaba es alto, bastante mayor y parece extranjero.

Me refiero a qué mira a todos como si no comprendiese el idioma.

De hecho, cuando mueve la boca, fingiendo cantar, no lo hace del todo bien.

Al finalizar el ensayo hablo con él. Me dice que se llama Jarek Jaskolka.


III.

Me lo cuenta solo a medias, pero yo comprendo que viene huyendo de algún sitio.

No es que huya del lugar, por supuesto, sino de alguien que lo busca.

Varias veces, de hecho, me pregunta si alguien ha preguntado por él.

Ella cree que si me mata me convierto en una llave, me dice.


IV.

Lo vi en tres ensayos más y luego el tipo dejó de ir.

Tal vez alguien descubrió que no cantaba y le dijo que no volviese a ir.

Para cubrir su puesto llamaron a probarse a varias personas.

Al final seleccionaron a una pareja de hermanos, así que yo cedí mi lugar.


V.

Volví a ver a Jarek Jaskolka en un bar, unos meses después.

Nos saludamos brevemente y él me preguntó por el coro.

Yo le confesé que no sabía nada desde que me había ido, días después que él.

A ninguno de los dos, en todo caso, nos interesaba realmente aquel tema.


VI.

¿Crees que soy bueno o que soy malo?, me preguntó esa vez, antes de despedirnos.

Nadie es bueno ni malo, le dije. Todos fingen.

Entonces, observé que tenía una navaja en una de sus manos.

Todos fingen, repetí, mirando hacia otro lado. Y me marché.

viernes, 10 de julio de 2026

Ella se inventaba toda clase cosas.


Ella se inventaba toda clase cosas.

Frases, por ejemplo.

Me refiero a qué inventaba alguna frase y luego decía que era un dicho popular de algún país.

Una que recuerdo es esta:

No arrancarse los ojos, pero sí pisotear las imágenes.

La recuerdo porque utilizó la frase en una polera, que me regaló.

Estaba pintada a mano.

También tenía un dibujo pintado directamente sobre la tela.

Parecían manchas, en realidad.

Al regalármela me dijo que el dibujo era copia de un cuadro de un pintor polaco, y la frase, un antiguo dicho sefardí.

Y yo creí, por supuesto, porque sus palabras sonaban a verdad y no tenía por qué dudar de ella.

Sin embargo, con el tiempo, varios de nuestros amigos en común comenzaron a refutar algunas de sus historias.

Además, con internet se les hizo más fácil desenmascararla.

Así y todo, si soy sincero, a mí no me molestaba que sus historias fuesen falsas.

Y hasta me alegraba un poco –secretamente-, que lo fueran.

Lamentablemente, los otros seguían molestos y me pedían que hablase con ella y le exigiese mayor honestidad.

Y yo –no sé decir por qué-, nunca quise hablar sobre aquello, directamente con ella.

Tal vez por eso, ella decidió despedirse únicamente de mí, antes de marcharse.

Se había desecho del celular, incluso, para que nadie la contactara.

Esa vez, me pidió un número de cuenta para devolverme, alguna vez, el dinero que me debía.

Yo le anoté en un papel una cuenta falsa, para no hacerme falsas expectativas.

Luego nos reímos, recuerdo, pero no sé de qué.

Y nos despedimos.

Han pasado años, desde entonces, pero todavía creo que es la persona más honesta que he conocido.

Distinta cada vez, pero honesta.

A veces sueño que la vuelvo a ver.

jueves, 9 de julio de 2026

Cuerdas en todos sitios.


Cuerdas en todos sitios.

Juro que vi cuerdas en todos sitios.

Intentaba dar un paso y me enredaba en ellas.

No me retenían, pero las arrastraba conmigo.

Avanzando apenas.


Cuerdas en todos sitios.

Y yo también, por cierto, hecho de cuerdas.

Cuerdas entre sí, cruzadas, sin mucha tensión.

Con uniones imperfectas, llenas de espacios vacíos.

Tanto que podías fácilmente meter tus dedos entre ellas.

Como si hundieras las manos en la arena.

O en tierra blanda.

Un mundo hecho de cuerdas.

Y hasta las mismas cuerdas que daban forma a todo,
estaban hechas de otras cuerdas, trenzadas entre sí.

Ovillos de cuerdas, incluso, si alzabas la vista.

Y largas y finas cuerdas rojas si la sumergías en ti.


Cuerdas en todos sitios.

Unidas en un inicio, pero que van soltando, con el tiempo.

Cuerdas gastadas por el roce.

Ancianos a puntos de caer, deshilvanados.

Y un gran número de seres que se amarran a otros
como si eso pudiese salvarlos.

De vez en cuando, incluso, alguien hurga en sí mismo
queriendo encontrar algo más.

Creyendo hacerlo, probablemente,
y cayendo en el engaño.


Cuerdas en todos sitios.

Luz que cae, hecha de cuerdas.

De vez en cuando algún nudo, pero nada más.

Cuerdas en todos sitios.

Realmente en todos sitios.

Aquí, incluso, si quieres ver.

miércoles, 8 de julio de 2026

Parientes ilustres.

“No hubo héroes.
Sobrevivieron los que no lo merecían”
Z. H.

I.

Me cuentan de un pariente antiguo
que peleó en la primera guerra.

Poco más que un nombre es lo que tienen,
y ni de eso están seguros.

Alguna vez alguien guardó unas prendas,
un trozo de periódico y un par de medallas.

En el trozo de periódico se mencionaba la idea
de incluso hacerle un monumento.

A él y a otros cinco personajes destacados
en un par de batallas defensivas.

Nadie recordó su rostro, al parecer,
cuando quisieron hacerle una estatua.


II.

Otro pariente, aunque no sé si tan ilustre,
estuvo más de veinte años en un siquiátrico.

Trabajaba en él, en primera instancia,
pero luego fue uno más de los internados.

A veces me gusta imaginar que fue él
quien se diagnosticó a sí mismo.

Cuando el siquiátrico cerró, hace algunos años,
terminaron dándolo de alta.

Entonces fue que contactaron familiares
que pudieran ayudar a hacerse cargo.

Finalmente, aquello no fue necesario,
pues este pariente se fue a vivir al norte.

En un pueblo pequeño y casi abandonado,
cerca de la frontera con Bolivia.

Dicen que está bien, salvo que perdió un brazo.
Y que tiene más dinero del que necesita.


III.

Dos héroes en la familia,
me gusta imaginar.

Sin embargo, no sé realmente
mentirme a mí mismo.

Me engaño a ratitos, apenas,
y de vez en cuando a alguien más.

Dicen que es más fácil sobrevivir
haciéndolo de esta forma.

martes, 7 de julio de 2026

Bestias eléctricas.


Brillaban.

Con luces sucias, pero brillaban.

Con luces oscilantes y precarias, que cambiaban su intensidad.

Ni los rostros ni las sombras proyectadas resultaban confiables.

Menos aún, verdaderas.

Hasta las rocas, en el piso, parecían cambiar de sitio.

Dudabas de ellas, incluso, hasta que las oías hablar.

Dudabas que estuvieran, quiero decir.

Que estuvieran ahí realmente.

Parecían en principio gemidos lastimeros, pero luego notabas que no.

Descubrías que, en medio de ese brillo sucio, ellas fingían.

Aquello era la fragilidad que querían proyectar, simplemente.

Como estrategia de caza, tal vez.

Sí…

Eso es, a fin de cuentas, lo que era.

Y ellas, agazapadas, lo sabían desde un principio.

Tan sucias como la luz gastada que emitían.

Bestias eléctricas, al fin.

Cuatro grandes bestias eléctricas, que esperaban.

En silencio, salvo por las vibraciones que emitían.

Respirando apenas.

Sin moverse en lo absoluto.

Tanto así que más de alguno no las reconoció como bestias.

Ni como cosa viva en lo absoluto.

Cosas metálicas que brillan de mala forma, piensa alguien.

Maquinaria inservible.

Montón de estructuras dañadas y obsoletas.

¡Pero déjalos que hablen…!

Ellos no saben, por supuesto.

No reconocen a las bestias eléctricas.

No saben temerlas.

Desconocen incluso a aquel que las envía.

¡Cuatro bestias eléctricas!, dijo.

Con eso debiera bastar.

lunes, 6 de julio de 2026

Zona segura.


El cielo ha tomado un color extraño.

Dicen que, a lo lejos, hay un incendio.

No se ve el humo directamente, pero hay una zona del cielo más oscura, que estaría sobre el lugar donde se originó.

Como me ven observando, unas personas que estaban junto a mí, me cuentan que lo que se quemó fue una gran empresa con productos químicos.

Y que luego el incendio creció y se quemaron otras empresas y una gran zona residencial.

-Puede que el incendio siga creciendo –comentan-. Acá estamos a salvo todavía, pero nunca se sabe… Hay que estar atentos.

Yo asiento.

No agrego nada más, pues siento un poco exagerada su historia.

No digo que mientan, en todo caso, solo que lo muestran un poco más grave de lo que debe ser.

Además, pienso, no tendrían por qué mentirme.

A eso le doy vueltas mientras veo a otros grupos de personas grabando también el cielo.

Algunos comentan que se pueden observar las puntas de las llamas.

Parece que vienen hacia acá, dicen otros.

De cualquier modo, para que llegase el incendio hasta acá, calculo, el fuego debiese atravesar una comuna entera.

Cinco kilómetros, más o menos.

No es algo que deba tomarse en serio.

Lo único concreto, en definitiva, es que el cielo ha tomado un color extraño.

Algo anaranjado, diría, con pequeñas manchas café y líneas violetas.

Puedo verlo con calma, desde acá, pues el incendio está lejos.

Incluso, mientras observo, puedo tomarme el tiempo de escribir estas palabras.

Y es que esta es, indudablemente, una zona segura.

Acá nunca pasa nada.

domingo, 5 de julio de 2026

Noticias de K.


I.

K. propuso una vez que, en vez de monedas o billetes, la gente debiese utilizar dados.

Así, al pagar una compra o un servicio, quien paga debiese lanzar sus dados y ver si la cifra le alcanza.

Todo sin trampas ni dobles tiradas, por supuesto.

Solo azar para determinar tu poder adquisitivo.

La cantidad de dados a disposición, por cierto, sería la misma para todos.

La cantidad inicial, quiero decir.


II.

Luego de meses en que intentó dar forma a su proyecto, K. desistió.

Aseguró que su sistema funcionaba, pero que él, particularmente, tenía mala suerte.

Nos pidió, además, no volver a hablarle del asunto.

De aquel tiempo, solo dejó un archivo con sus ideas, cálculos y ejemplos.

Nadie lo ha abierto desde entonces, que yo sepa.


III.

Nunca supimos por qué, pero durante un par de años, luego del proyecto de los dados, K. anduvo con clavos en sus bolsillos.

Varios de nosotros nos dimos cuenta, por mera casualidad.

Yo mismo, por ejemplo, vi cómo se le enredaban algunos con sus llaves.

Esa vez le pregunté, pero ignoró mi pregunta.

Desde entonces, comencé a fijarme y noté que la forma de los clavos, se dejaba ver en sus bolsillos.


IV.

-No me gustan las preguntas que exigen respuestas -nos dijo K.. sonriendo, en una grabación que nos llegó hace algunos días.

Nadie sabe dónde vive ni en qué está trabajando, y en la grabación tampoco lo aclara.

De hecho, era lo primero que sabíamos de K., en el último año.

Igualmente, solo se trataba de un saludo y algo similar a una disculpa, según entendí.

No creo, sinceramente, que volvamos a verlo.

sábado, 4 de julio de 2026

Control y perspectiva.


S. hace un experimento.

Ve una y otra vez la misma película e intenta controlar el tiempo.

No controlarlo en el sentido de manejarlo o dominarlo, sino en el sentido de registrarlo y monitorearlo (llevar control sobre él).

Es decir, intenta medir los cambios en la propia percepción del tiempo, durante los numerosos visionados de la misma película.

Sé que lo realiza hace años, y hemos hablado un par de veces sobre aquello, pero todavía no me queda claro el cómo. Ni mucho menos para qué.

Recuerdo que una vez me dijo que la mayoría de las teorías son erróneas.

Que, al parecer, ella debía sentir más lento cada visionado, y recordarlos de forma cada vez más breve, sin percibir entre ellos mayores diferencias.

-Observar la película sin pensar en otras cosas se hace cada vez más difícil –me comentó una vez-. Yo intento tomar apuntes generales de lo que observo y marcar casillas en algunas plantillas que he diseñado, para registrar lo acontecido. Las plantillas son distintas cada vez, para evitar memorizarlas, pero igualmente me descubro pensando en otras cosas y de pronto descubro que la película ha terminado, y siento que me ha faltado tiempo para comprender algo. No es frustrante, pero es difícil de entender… y más aún de comunicar.

La última vez que nos vimos, por cierto, no tocamos el tema de su experimento.

Sé que sigue en él, ciertamente, pero preferí evadirlo. Ella estaba más silenciosa, pero al mismo tiempo sonreía más. Parecía más amable, probablemente.

Así y todo fue un encuentro que me resultó un tanto incómodo. Me sentí demasiado observado, tal vez. Leído, incluso.

Al final, al despedirnos, sus últimas palabras me lo confirmaron.

-El infierno será corto, -dijo-. Tú tranquilo. Todo es cuestión de perspectiva.

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