domingo, 2 de agosto de 2026

Fideos fríos.


I.

M. quiere almorzar fideos fríos.

No sabe bien por qué, pero eso es lo que quiere.

No se lo dice a nadie, por supuesto, porque vive solo y ella misma se cocina.

Recuerda haberlos comido alguna vez, como ensalada, acompañados de palta, tomate y trocitos de pimiento.

De cualquier modo, eso no es lo que quiere ahora.

Ahora solo quiere fideos fríos.

Corbatitas o espirales, en principio.

Se los imagina así, fríos, y únicamente con sal.


II.

Es extraño cómo uno quiere de pronto alguna cosa.

Ya ven, por ejemplo, lo que ocurre con M.

Me refiero a que no es que tenga vacío el refrigerador ni escasa la despensa.

Simplemente quiere fideos fríos.

Así, si se cuestiona sobre aquello, estoy seguro que no llegará a obtener respuesta alguna.

Ya sea porque no la hay, o porque no sabe, realmente, a qué parte de ella misma preguntar, para encontrarla.


III.

M. se cocina fideos fríos.

Lo hace igual que cuando se prepara fideos calientes solo que esta vez debe esperar a que se enfríen luego de cocinarlos.

Mientras espera, se da cuenta que no sabe exactamente cuánto debe esperar para que los fideos se enfríen.

Aunque claro, no es que el frío llegue a los fideos, sino que los abandone el calor.

O más bien que cedan su calor al entorno, como procedimiento físico.

Voy a comerlos sola, dice entonces M., en voz baja.

Minutos después, mientras mastica y los traga, ella siente que también está cediendo algo.

No sabe qué ni a quién, pero sin duda está cediendo.

Finalmente, sin razón alguna, deja el último fideo en el plato.

Justo al medio, lo deja.

Como un final.

sábado, 1 de agosto de 2026

Un consuelo.


Antes no, pero ahora cada vez que lo veo termina hablándome sobre la muerte. O sea, ni siquiera de la muerte en sí, sino de otros temas o hechos que rodean el fenómeno. Periodos de duelo, funerales, cementerios, enfermedades terminales… cosas así. No sé cómo llega a eso, pero siempre lo hace. Intento evitarlo, por supuesto, pero lo cierto es que cuando me doy cuenta siempre es tarde y hasta descubro que he entrado en la conversación y estoy opinando al respecto. He tratado de analizar esto y descubrir su técnica, pero lo único que he sacado en limpio es que siempre habla con el mismo tono, y tal vez por eso no me percato… aunque no sé. La otra vez, por ejemplo, habló de un caso X. Una tía suya, supongamos. Habíamos comenzado hablando de la final del mundial de fútbol y de pronto me encontraba en medio de una historia sobre la lucha de esa tía contra el cáncer. Diagnóstico, tratamiento, reacciones de parientes cercanos… Recuerdo que hasta me mostró fotos de los últimos días de esa tía. Porque claro, resultó que al final perdió. Al menos el cáncer también se muere, dijo entonces, a modo de conclusión. Como si se tratase de un consuelo.

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