viernes, 17 de julio de 2026

Un demonio que estornuda.



Sabía que estaba ahí.

Desde hace mucho.

No escondido, pero creyendo al menos no ser visto.

A una distancia tan corta que huir, de ser necesario, hubiese sido imposible.

De cualquier modo, no había realmente de qué huir.

Y es que él, no estaba ahí para atacar, a fin de cuentas.

O no de la forma en que solemos entender ese concepto.


Sabía eso, por cierto, mayormente por intuición.

Y también por la experiencia de saberlo siempre ahí, sin duda.

Si quisiera otra cosa, pensaba, ya lo habría hecho.

Tal vez incluso tenga más miedo que yo.

Aunque ambos, estoy seguro, hemos aprendido a vivir con ese peso.


A veces, de noche, cuando cree que duermo, se acerca un poco más.

Y ha comenzado a acercarse hasta los bordes mismos de mi cama.

Ha tomado incluso el libro que leo, antes de dormir.

Sin dejarlo luego, necesariamente, en el sitio en que se encontraba.

La última vez, de hecho, se quedó leyéndolo un rato a unos pasos de mí.

Creo que era una obra dramática de Norman Briski.

Lo oí entonces murmurar unas palabras, como si leyese en voz baja.

Como diez minutos duró aquello.

Luego se alejó unos pasos, hasta quedar justo tras la puerta del cuarto.

Casi como un guardián.


El estornudo, entonces, lo sorprendió más a él que a mí mismo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Seguidores

Archivo del blog

Datos personales