I.
El corazón del objeto es el objeto.
El ser humano, en cambio, se complica demasiado.
Pretende distinguir órganos, funciones, emociones…
Llenándose así de nombres que no saben lo que nombran.
Intentan de esa forma parcelar un río o un océano entero.
No lo logran, por supuesto.
Aman y compran por pociones.
Amputan incluso partes de su cuerpo, cuando dicen que no les llega sangre.
II.
El corazón del objeto es el objeto.
No hay distinción alguna.
Ellos mismos incluso la desconocen, y de esa forma se conocen de inmediato.
Un montón de objetos juntos son de inmediato un montón de corazones.
No laten al unísono y tampoco lo intentan.
Saben que lo otro es siempre otro y no se angustian.
No gritan no rasgan su piel cuando otro objeto muere o los abandona.
No hay engaño alguno en el objeto.
No se plantean si es posible.
III.
El corazón del objeto es el objeto.
Su existencia es su forma de latir, y de cierta forma es un único latido.
Se dejan mover de un lado a otro sin preocuparse.
No les afectan las voces que dicen ser sus dueños.
Un día, por supuesto, dejarán de ser, como todos.
Pero no sabrán que es triste.
Sabrán que han sido, eso sí, y que luego dejaron de serlo.
El corazón de un objeto es el objeto, dirían antes de partir.
Pero saben que es innecesario.