lunes, 9 de julio de 2012

Ropa americana.




Mi madre me explicó de pequeño que la ropa americana era más barata porque ya había sido usada. Y claro, a partir de esa misma razón había que lavarla antes de usarla, explicaba ella, pues podían tener infecciones, o microbios, o quién sabe qué tipo de enfermedades infecciosas.

Así, recuerdo haber ido a numerosas tiendas y haber quedado prácticamente hipnotizado mirando esos montones de ropa –literalmente apiladas, en ocasiones-, pensando en el tipo de gente que las había usado anteriormente.

Porque claro, la ropa que estaba ahí había sido elegida, por otros, para luego ser desechada. Sin embargo, más allá de la simplicidad de esa conducta, algo había en ese hecho que resultaba inquietante, en ese entonces.

Con todo, no debe haberse tratado de un cuestionamiento muy profundo, pero lo cierto es que la idea de esa ropa como una especie de cáscara que había pertenecido a otra persona, creaba en mí una sensación extraña cuando llegaba el momento de utilizarla.

Es decir, yo estaba vistiendo algo que había sido la cáscara de otro –me decía-, y desde ese punto de vista, era imposible sentir que yo hubiese elegido verdaderamente aquellas prendas.

Puede parecer poco importante, lo reconozco, pero la idea de no elegir realmente aquello y simplemente haberlo seleccionado porque debía hacerlo, hacía nacer en mí la sensación de estar utilizando un disfraz, o al menos, algo que no me pertenecía.

Y claro, de ahí a sentirme dentro de lo que los demás veían, había solo un paso… pero era un paso que me alejaba de los otros. De ser reconocido por los otros, me refiero.

Era como probarse las ropas de un muerto, pienso ahora, aunque en ese entonces yo solía pensar en aquella gente como gente viva… desconocida y viva, como todos los seres humanos, en definitiva, si vamos a ser honestos.

Así, con el tiempo, supongo que esta sensación fue trasladándose a una serie de otras situaciones que operaban de manera similar a la de aquellas ropas: el uso del lenguaje, la manifestación de los afectos y hasta lo que acostumbramos entender por nuestra “propia” forma de vivir la vida.

Y es que, finalmente, supongo que todo ha de derivar siempre en las mismas cosas… o en el desconocimiento de las mismas cosas, si soy sincero.

Disculpen si sueno confuso… pero miren sus ropas vacías, si quieren, y sabrán de lo que estoy hablando.

Confieso, de paso, que a veces lloro cuando plancho mis camisas, sin saber por qué…

1 comentario:

  1. Te entiendo perfectamente...en mi caso jamás llegué a usar nada de esa ropa precisamente por sentir que estaba usando lo que otros habían desechado por viejo e inservible -por más que el estado y la limpieza haya sido aceptable- lejos de sentirme atraída por el efecto que el uso previo y ajeno le haya podido dar a esa vestimenta -sé que hay otros que así lo interpretan-. Lo mismo me pasa con los libros usados.

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