sábado, 13 de diciembre de 2014

Irse sin despedir.



A veces es mejor así. Sin despedirse, me refiero. Como el final abrupto de un cuento, o como las huidas de los gatos. Y es que las fórmulas esas, repetidas… es simplemente hacer evidente la distancia. Mejor el barranco de improviso. La palabra no dicha. La desaparición del mago. Supongo que me explico. Wingarden por ejemplo, que hablaba de un buzo que bajó al mar como cualquier día, pero no volvió a subir al barco. O como el que se internó en el desierto. O hasta como aquellos que se van sin pagar la cuenta (aunque ahí las razones son otras, claro). Y es que algo hay de hermoso en esos finales. No solo romántico, sino hermoso. El no final incluso si se quiere. La postergación de ese final. No encontrar el cuerpo del principito. Tampoco encontrar el de Saint-Exupèry. La posibilidad de cascabeles. Hacer que se pregunten si ese es el final. Dejar que aquello dependa de los otros. Guardar un nombre para decirlo, tal vez, en un nuevo momento. A veces es mejor así, sin duda. Sin despedirse y con la frase pendiente: ¿Se habrá ido…? ¿Has sabido algo…? ¿Estará bien…? Y mirar entonces la noche no para buscar respuestas sino para recordar que es mejor de esa forma. Sin irse, realmente. Sin un final. Que falte siempre la última palabra. Eso es

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