domingo, 5 de septiembre de 2010

Sombras en el paraíso, de Aki Kaurismäki (1986)

"Nunca se aprende. Ya estaba harto del tema.
Creía haberlo sopesado desde todos los ángulos posibles.
Ciertas heridas e imperfecciones se consideran graciosas,
aunque sean graves para quien las padezca.
Es gracioso, es muy gracioso... Se pasa bien mientras se ama.
¿Esta de acuerdo?"
Aki Kaurismaki, Sombras en el paraíso.

No sé si existe otro cine al que pueda compararse el realizado por el finlandés Aki Kaurismäki. Y no me refiero sólo a su realización y al desarrollo de los films, sino al efecto que produce encontrarse con alguna de sus películas, con sus personajes, y con la extraña, pero simple atmósfera que de ellos se desprende, hasta envolvernos.

Nada de grandes y estructurados protagonistas, nada de tramas enrevesadas y de magnitudes que la alejen de la realidad proletaria en que se desarrolla... nada de artificio, nada de aquello que hace que el cine se vuelva a veces empalagoso y te agote... Kaurismäki no necesita nada de eso para convertirse en uno de los mejores realizadores que podemos encontrar hoy en día. Uno que ha seguido un camino propio, pero en el que cabemos todos... uno que sabe entregarnos sus films sin adorno alguno, desnudos, bellos sin necesidad de maquillaje, ni retoques. Honesto hasta la transparencia.

Esta vez, -a riesgo de que esa honestidad y esa belleza siga trizando cosas acá adentro-, me acerco nuevamente a Sombras en el paraíso, una película que vi ya hace bastante tiempo y que hoy la dejo hacer de todo... porque también he aprendido que las películas de este director hay que recibirlas siempre como un regalo, como un abrazo... y no ofrecer resistencia alguna.

En este film, el galán de Kaurismäki -el único galán al que he llegado a parecerme- Matti Pellonpää, es un recolector de basura: Nikander, un ser extraño del que nunca llegamos a saber siquiera el nombre de pila, pero que, sin embargo, nos revela, por mano de Kaurismaki, algo mucho más importante que su nombre: una esencia que le permite vincularse con otros hombres, y con las necesidades básicas de estos. La búsqueda de la felicidad, del amor, y hasta de sí mismo.

Conoce entonces Nikander a la cajera de un supermercado, y todo parece entonces a punto de cambiar... Pero el cambio al que pueden acceder los personajes de Kaurismaki, tiene un costo... y ese costo, la maravilla con que sus personajes parecen estar dispuestos a pagarlo, es lo que termina transformando sus películas en pequeñas obras de arte, y hasta en un canto a la dignidad y a la belleza de la que es capaz el espíritu humano.

Y es que los personajes de Kaurismaki son tan bellos que ni siquiera saben mentir, no saben ser otra cosa que ellos mismos, y han aprendido que aquello que son no necesita ni exige nada del otro, salvo lo más difícil de todo: exigir que sean también ellos mismos, y busquen darse al otro, en vez de buscar recibir.

La manera de definirse además, que tiene cada uno... la manera de entender y descubrir qué es aquello que quieren hacer... de la forma en que quieren vivir... hacen que envidie un poco a estos personajes... su simplicidad, su transparencia, y hasta el darse que los hace brillar en esas películas llenas de frío y sombras... y bueno... es Finlandia, pero es también -y por lo mismo- la posibilidad de una belleza aún más plena, por nacer y sobrevivir en medio de todo aquello.

Kaurismäki, en definitiva, logra transformar ese aparente vacío, esa frialdad con la que nos encontramos habitualmente, esa dignidad rota por un sitema que ha hecho de nuestra forma y metas de vida algo vergonzoso... logra transformar todo aquello, decía, en una película hermosa, llena de vida: de hambre de vida... y llena también de la fuerza suficiente para que sus personajes salgan a buscarla, y se hagan responsables de ella.

Películas maravillosas las de Kaurismaki, a fin de cuentas: La vida de la bohemia, Ariel, El hombre sin pasado, o La chica de la fábrica de cerillas... poco importa el nombre en verdad... porque ellas hablan de lo mismo, nos llenan de tristeza, pero a la vez saben hacernos reír y hasta ayudan a no desfallecer... películas que nos muestran que la ingenuidad puede sobrevivir incluso en el mundo de hoy, así como siguen naciendo día a día flores pequeñitas en medio del pavimento...
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"No quiero nada de nadie. Soy Nikander, ex carnicero, actual basurero. Tengo los dientes y el estómago fatal. Mi hígado no anda bien, mi cabeza tampoco. No me preguntes qué quiero..."

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