lunes, 13 de septiembre de 2010

El lenguaje perdido de las grúas.

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Robo el título de esta entrada al único buen libro que ha escrito David Leavitt, -aunque como él plagió luego a Stephen Spender, no debiese aquí dar explicaciones-. Es más, me aventuraría a decir que ni siquiera es un buen libro, pero tiene unas pocas páginas, en su capítulo central, -las referidas justamente a este lenguaje perdido- que le dan una luz distinta a este texto y que permiten ampliar el "espectro significativo" y hacer que sobresalga notoriamente sobre los otros que ha escrito.

En aquellas páginas, Leavitt nos cuenta sobre el caso de un niño, criado por una madre que tenía cierta deficiencia mental, y que pasaba la mayor parte del tiempo solo, mirando por una ventana, hacia un solar en construcción.

El caso es que en aquel solar, había grúas, chirriando todo el día, y moviéndose lentamente de un lugar a otro. Y como la madre desapareció por varios días, resulto que unos vecinos dieron parte a la policía y entraron al lugar a rescatar al niño.
¿Y qué encontraron? Cedo aquí la palabra a Leavitt:

"Encontraron al niño vivo, quien presentaba un aspecto notable, a juzgar por la severidad con la que había sido descuidado. Jugaba pacíficamente en su mugrienta cama y se detenía cada pocos minutos para mirar por la ventana. Su juego no se parecía a nada de lo que pudieran haber visto antes. Miraba por la ventana y levantaba los brazos. Los movía dando sacudidas y se paraba. Se ponía de pie sobre sus flacas piernas y se caía, pero volvía a incorporarse. Emitía ruidos extraños con la garganta, una especie de chirrido. ¿Qué estaba haciendo?, se preguntaron los asistentes sociales. ¿A qué clase de juego está jugando?"

Leavitt en el libro, a través de la voz de Jerene, -un personaje que estudia el caso-, establece la relación entre las grúas y la formación del lenguaje del niño, señalando incluso que el muchacho, tras ser llevado a numerosos centros donde intentó educársele, no respondió de forma alguna con nada que no tuviese relación con las grúas: sólo jugó, rió y reaccionó, ante las figiras de estas maquinarias...

Más allá de esto, sin embargo, la pregunta central que se hace el personaje de Jerene, al estudiar este caso, según la narración de Leavitt, fue la siguiente:
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"¿A qué suena todo esto? ¿A qué se parece? Ese lenguaje pertenecía exclusivamente a Michel, y, con él, se perdió para siempre. Qué maravillosas, qué imponentes debieron parecerle esas grúas en comparación con las pequeñas y torpes criaturas que lo rodeaban. Todo el mundo, a su manera, pensó Jerene, encuentra lo que debe amar y lo ama. La ventana se convierte en espejo y, sea lo que sea aquello que amamos, en eso nos convertimos nosotros."

Esta idea de la comunicación y del lenguaje, adquiridos a través de la imitación, pero motivada a partir de vínculos afectivos, me llevó en su momento a confeccionar unas guías para mis alumnos sobre la formación del lenguaje, donde incluía unos textos referidos a la forma en que lo "adquiere" Victor de L´Aveyron (un niño lobo encontrado en 1799...), entre otras cosas... pero más allá de todo eso, la figura de las grúas, -que ya ejercían sobre mí una extraña atracción-, se vio ampliada. Ya no sólo como algo estético, sino como una especie de ser, un Dios casi que ayuda a construirnos y que se instala por sobre aquello que a ojos nuestros entendemos como grandioso, o monumental.

Recuerdo por ejemplo haber dormido en una grúa en unas vacaciones en el sur de Chile, justo después de haber pasado toda la tarde viendo como era la encargada de poner una cruz en lo alto de una iglesia... o cómo trato de incluirlas siempre en las fotos que tomo y que ellas se permiten estar cerca...

En este sentido, quizá una de las cosas que más recuerdo hoy en día de Barcelona -en la que estuve apenas unos días-, es la gran cantidad de grúas, que sobresalían incluso por sobre todos los altos edificios de la cudad -que no son muchos, en todo caso-, y que muchos turistas intentaban dejar de lado en sus fotografía, o alegaban por su presencia, por ejemplo, junto a la Sagrada Familia, o la Catedral u otros lugares de importancia.

Veía entonces a la gente persignarse frente a la catedral, e imaginaba que lo hacían en verdad frente a las grúas. Puestas ahí sobre todo: sobre las ruinas romanas, las construcciones medievales, y la ciudad que ha crecido como un musgo de plástico, género y neón sobre esas rocas...

Y sí, es por esto que las grúas han pasado a ser para mí casi seres divinos, ante los que inclino la cabeza cuando paso y a los que tengo que fotografiar apenas tengo oportunidad -siempre que sienta el consentimiento de ellos, claro está-. Y es que me asombran su grandeza, su cuerpo estilizado, su frágil fortaleza... estructuras que parecen vivas ahí en medio del paisaje urbano.

Dioses, a fin de cuentas, que han venido a velar en medio de nosotros, ocultos en trajes de metal, donde nadie se atreve a buscarlos...

2 comentarios:

  1. Cómo olvidar esa guía que hoy recuerdo como el niño grúa.
    las guardé todas en una caja junto con los pocos cuadernos que me importaban de la época escolar.
    mi progenitora jugando al tetri con los cachureos, carpas, cobertores y otras cosas del hogar, guardó esa caja al fondo del cuarto que hicimos debajo de la escalera que lleva al segundo piso (para aprovechar ese espacio es claro que las cajas se acomodan mejor bajo el último peldaño, el más alejado).
    Hoy en día, curiosamente, lo recordaba como un cuento que había escrito usted.

    Está todo como un tesoro (que no recuerdo a cabalidad en qué consiste) pero que en su momento lo desenterraré.
    Es otra piedra de mi colección.

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