jueves, 30 de septiembre de 2010

El hueón que se leyó Umbral.

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No sólo es una falta de respeto, sino una patudez y una más de las acciones que demuestran que el estudio literario, la crítica y en general el pequeño mundo de aquellos que se dicen expertos en literatura o que están validados por una serie de títulos y publicaciones respecto a temas y autores, son en gran parte unos fraudes o simples arrogantes que se toman la palabra porque no existe nadie que les rebata, porque todos son iguales, porque todos tienen miedo de decir que el rey está desnudo y prefieren pasearse en iguales condiciones. Alabándose y criticándose y creyéndose importantes mientras nos hablan de un estudio de la vegetación presente en el espacio físico que recorre el Quijote, o se ponen a hablar de las vanguardias y de Juan Emar mientras coordinan qué harán después de las palabras, del creerse distintos, y de dirigir las clases a los nuevos estudiantes que comienzan poco a poco a parecerse a ellos.

No importan los nombres. No importa si lo que nos molesta es Zambra, o Andrés Morales, o Federico Schopf. No importa si es la desidia, o la arrogancia o simplemente la estupidez de alguno de ellos. No importa porque el problema de fondo es más amplio, más profundo y más inaccesible. No importa porque uno mismo no es mucho más que ellos y todo está tan tibio en aquel mundo que da náuseas, y la única alternativa era, -pensábamos-, llenarse de alcohol afuera de esas salas y no entrar. Buscar la fiebre leyendo a destajo y tomando también a destajo para evitar la tibieza... porque los muertos no son fríos, como nos dicen: los muertos son tibios, y hay algunos que hieden... y mientras hieden te hablan de literatura, y no tienen reparos en llevarse a sus bocas podridas los nombres más puros, y tratarlos como si fueran iguales a ellos, y no hubiesen intentado justamente ser lo contrario... enseñar lo contrario.

-¿Y quién es ese hueón que habla?, -preguntaba un tipo-. ¿Qué mierda se cree si pasa borracho o jugando fútbol todo el día y no hace nada por nadie?

-Es el hueón que se leyó Umbral, -decía otro, como si hubiese sido algo realmente importante.

Y es que en cierto sentido leerse Umbral te daba un estatus. Después de esas cinco mil y tantas páginas del libro de Emar uno pasaba de ser el hueón, a secas, a ser elhueónqueseleyóUmbral, y obtenías así tu primer título.

Lo malo de eso era que podías incomodar al resto, o hasta podías comprobar cosas que intuías, pero de las que aún no estabas seguro. Podías comprobar, por ejemplo, que un par de textos publicados como inéditos de Emar, cedidos por la familia y analizados por los mayores expertos en el autor, estaban en verdad contenidos en aquel tremendo libro ya publicado. Ese del que todos hablaban, pero nadie leyó, al parecer, u olvidó muy pronto. Nadie. Ni familiares, ni expertos. Todos hablaban de los textos inéditos y de su estilo y las vanguardias y el experimento artístico... de su importancia, de su trascendencia. Pero nadie había sabido que aquellos textos inéditos salían antes de la página 2000 del texto... y nadie por supuesto sabía -y creo que nadie lo afirma así tajantemente- que lo que Emar alcanzó con Umbral es un abismo que no sé en verdad si otro autor -al menos de los nuestros- ha alcanzado.

Y es que Emar juntó aire, viajó, publicó tres libros el mismo año, escribió magníficas notas de arte y jugó en la superficie... y los engañó a todos antes de sumergirse en otras profundidades. Porque Umbral es un libro que a través de todos esos laberintos te lleva a un secreto sutil, sencillo y profundo. Esconde al fondo de toda esa farsa de vanguardia y experimentación un mensaje bello y humano al que nadie ha llegado.

Y sí. Yo estaba orgulloso de ser elhueónqueseleyóUmbral. Y equivocado por supuesto en muchas cosas, pero sentía que había sido útil haber leído atentamente y completamente aquello que ese tipo escribió. No me importó que fuera cuico, o que apenas trabajase unos años escribiendo para el diario del papá. Me aguanté todo eso. Leí y marqué esas cinco mil y tantas páginas porque aposté por él, por su humanidad... porque de tanto hablar de aquello debía darse cuenta que lo importante era otra cosa. Y yo esperaba ese momento.

Y creo que gané la apuesta. Umbral es como esos jardines en laberinto tremendamente pomposos y perfectos, pero en cuyo interior hay algo de una belleza tan sencilla y tan simple que nadie espera, y que, quizá por lo mismo, nadie ve... o nadie entiende que es su centro.

De esto estaba harto Juan Emar, bufones humanistas... de toda su farsa y sus arengas ridículas y vacías... se les rió en la cara... jugó a parecer uno de ustedes y como ninguno lo ha leído -así de simple- no saben que se rieron de ustedes todo el tiempo.

Pierdan tiempo jugando con sus textos. Con sus análisis y sus palabras vacías. Yo también perdí el mío y hasta lo sigo perdiendo, auqnue intento no hacerlo, y en verdad no sé como.

Es cierto, hay miles de cosas importantes: la balacera en Ecuador que se produce en estos momentos, los 81 días de huelga de hambre que se cumplen hoy, o el abuelo de un edificio vecino que vive solo y que pasa horas junto a una ventana mirando en esta dirección y por quién quizá debiese intentar hacer algo, aunque nunca tengo idea de qué mierda hacer.

¿Pero saben? A veces prefiero guardar silencio sobre algunas cosas. No quiero parecer mejor de lo que soy. Ni hablar de cosas que me sobrepasan o sobrepasan el tiempo que me queda en el día para dedicarle a esto.

Por eso me fijo en ustedes. Porque su tibieza los hace valer menos.

No me importa la inteligencia ni sus títulos. No les creo sus vidas, ni sus análisis, ni nada que provenga de esos corazones tibios... muéstrenme el desborde, exáltense... golpeen al alumno que les vomitó al interior de la sala y que nunca entró a clases y que les inventó nombres y citas en cada uno de los trabajos.

Porque en verdad señor Wallace, nunca existió ese filósofo húngaro que alguna vez recordó haber leído... porque nunca, señora Imstrud, las citas que leí fueron sacadas de algo más que un papel en blanco... porque nunca, señor Schopff, las citas de mi tesis fueron ciertas... ni mi poema en náhuatl, señorita Invernizzi... todas esas cosas que para ustedes han desaparecido y nunca fueron importantes, han dejado en mí para siempre un sabor, no a victoria, sino a derrota compartida... un sabor amargo como pocos porque se establecía justo en medio de mí y de la literatura, que era el sinónimo de darse y amar a los otros que siempre pretendí entender y hacia lo cual, -hasta el día de hoy- intento acercarme, y compartir con mis alumnos, casi siempre infructuosamente.

Porque un día me di cuenta que eran llamas apagadas. Que eran barro no soplado. Que habían dejado que se les muriera algo.

¿Y saben otra cosa? Ese ni siquiera es el problema. Eso nos puede pasar a todos. Pero lo que no puede pasar, es cagarle los sueños y apagarle las llamas a los otros y repetir ese lenguaje muerto, esas disecciones absurdas, esa maqueta de vida y de sentimientos humanos hechos a la rápida y con papel maché.

Por eso mismo dejé el magíster en mitad de una clase, o decidí sentarme frente a la doctora alemana que nos vino a hacer el monográfico de Donoso sin decir ni una palabra... porque me estaban dictanto textos que podía leer por mi cuenta... porque más encima le estaban quitando el color mientras lo hacían... porque me enseñaron las sombras de la literatura, las huellas falsas... el cuerpo muerto... y les dio vergüenza hablar del alma.

Y es que no había espíritu en la palabra teoría. De la misma forma como en la teoría no había fiebre.

Mejor me quedo con los que no leen, o por los que van por todo. O con los que no aman, o por los que lo intentan hasta desbordarse. Me da asco la tibieza, y esta es la última vez que se los digo.

Desprecio la inteligencia y el estudio como cosa muerta, como nutriente que te dan antes de tener hambre. ¡Nunca conocieron el hambre! O la olvidaron... todo lo demás son mentiras, y excusas.

¿Qué quien soy para decirles eso? ¿Qué cuál es mi aporte, qué cuáles son mis logros?

No debiera contestarles eso, pero lo voy a hacer. No debiera hacerlo porque ninguno de ustedes ha pasado más de seis meses escribiendo día a día sin saber a quién, porque a veces siento que me pierdo poco a poco en todo esto... porque tengo el corazón hecho mierda mientras escribo y trato de sacar algo alegre o no tan negativo... porque quizá lo hago mal, pero no quiero corregir, y sólo intento ser sincero...

Cuando lo hagan, cuando intenten buscar algo adentro -y no me importa si lo encuentran-, cuando busquen adentro, decía, y den ese algo por meses... solos y tratando de entender cada día un poco más... cuando no sepan nada y busquen algo pequeño, algo que sea verdad para entregarlo... cuando después de trabajar doce horas y no haber dormido de hace treinta intenten entregar algo de ustedes... cuando se despreocupen de la forma y se arriesguen a hacer esas clases afiebradas que nunca hicieron... cuando se enteren que la persona que amaban anda con otro, o tengan miedo porque a lo mejor te impidan ver a tu hijo... cuando pasen todas esas cosas nimias y tribiales pero que pesan como la obra completa de Proust, y se mojen la cara para que no los venza el sueño e intenten de todas formas decir algo para alegrar a un otro -para alegrarlo y luego decirle una verdad ínfima, pero verdad al fin y al cabo-... cuando hagan todo eso... les voy a decir algo...

¿Qué quien soy? decían... ¿Qué cuáles son mis logros?

Pues bien, les voy a dar una adelanto:

Soy Vian. ElhueónqueseleyóUmbral. El hueón que va a escribir realmente a todo lo que da apenas conozca a alguien que tenga esa misma fiebre y lo necesite. Soy el hueón que escribe aquí jutamente para buscar aquello...
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¿Se entiende?

Soy un hueón que está creciendo. Y no lo hago sólo por mí.

Anótenlo en sus apuntes, y subráyenlo:

Soy Vian. ElhueónqueseleyóUmbral. Y soy un genio.

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