Quiere pararse por sí sola, la sangre.
Ponerse en pie, me refiero.
Quiere hacerlo por sí sola, decía, pero se desparrama.
Por eso busca en qué agarrarse y se hace de unos huesos, y hasta de carne.
Quien la observa, podría decir que su plan funciona, de cierta forma.
Así y todo, no se siente a gusto, la sangre.
Parece retraída.
Esquiva el mundo, incluso, como si este tuviese mal olor.
Se percibe vieja.
Cansada y distinta.
Siente que fluye para nada.
A veces, cansada, busca detenerse.
Se contrae.
Aguanta la respiración como un niño que se enoja.
Cierra los ojos hasta que ve luces.
Y es que quería pararse por sí sola, la sangre.
Ponerse de pie, como decíamos.
Pero no quería esto.
El músculo, el nervio, la grasa…
Todo aquello que era simplemente un accesorio,
parece ahora haber tomado un protagonismo pestilente.
Se pudre la carne.
Se seca la piel.
Se arruga.
Los ojos no cambian, es cierto, pero rara vez aprenden.
Y es que no se ven a sí mismo, los ojos.
Y se ciegan, incluso, cuando se enfrentan a la luz.
Y claro, la sangre se arrepiente, pero ya es tarde.
Lo intentará otra vez, probablemente, pero desde cero.
Por eso ahora planea algo.
Busca abandonarnos, creo yo.
Y la comprendo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario