Nadie.
Da lo mismo quién, yo digo Nadie.
Como si fuese un nombre, lo digo.
Como si le hablase directamente y estuviese frente a mí.
Nadie.
Sin apuro, lo nombro.
Después de todo, sé que vendrá.
Es necesario.
Sin duda, es necesario.
No la sed, probablemente, pero al menos la memoria de la sed.
Es cierto.
Nadie notará la diferencia.
Entonces, los oiré hablar como si tuviesen sentido, sus palabras.
Luces y sombras, dirán.
Calor y distancia, dirán.
Entre otras cosas.
Yo, por supuesto, fingiré que es cierto.
O que tiene sentido, más bien.
¿Qué sol?, les preguntaré entonces.
¿Hablan del sol, no es así?
Pero claro, ellos simplemente se mirarán unos a otros.
Y luego, intentarán disimular que no saben de qué hablan.
Y es que eso es lo que ocurre siempre.
O casi siempre, para no exagerar.
Nadie sabe de qué habla.
Por eso, afirmo, da lo mismo quién.
Y por eso yo prefiero decir Nadie.
Nombrarlo, como decía en un inicio.
Llamarlo.
Convocarlo.
Y buscarlo en el espejo, aunque no aparezca.
Es así.
Es así como se desprende, quiero decir.
Como se desprende lo que sobra de nosotros.
Aquello que sobra y que éramos también nosotros.
Sin duda.
Nadie habla de ello.
Nadie lo espera.
Pero lo oigo venir.
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