sábado, 22 de marzo de 2025

La tragedia interior.



Escuché a alguien hablar de la tragedia interior.

Entonces imaginé a Edipos, Medeas, Electras y Orestes dando vueltas dentro mío.

Físicamente los imaginé, quiero decir.

Presentes de forma tangible en el interior de mi cuerpo.

Por ejemplo, percibí a una Ifigenia escondida en uno de mis codos, que me molesta hace unos meses.

Y escuché a una Antígona hablando bajito -pero firme-, bajo mi sien derecha.

Ahora bien.

Dejo hasta ahí los ejemplos, esta vez.

Los dejo porque al ser parte de mi tragedia interior, debiesen permanecer, sin duda, dentro de mí.

Como parte de una función dirigida a un único espectador, que es también el anfiteatro y el texto.

Ensayando, practicando escenas, probando matices en sus voces para que los parlamentos se expresen finalmente de manera perfecta.

Sí. Así es.

Eso imaginé, aunque varios insistieron en que el concepto de “tragedia interior” apuntaba más bien a otra cosa.

Ingenuos, ciertamente, todos ellos.

Yo discutí, por cierto, compartiéndoles mi percepción y hablándoles de esa última función que se prepara en el interior de todos.

La verdadera tragedia interior que se gesta, se transforma y se ensaya día a día.

Lamentablemente, ellos prefirieron no escucharme.

Y no prestar atención, de paso, a las otras voces que habitaban dentro suyo.

¡Qué pena…!, me dije. Por eso no hay catarsis.

Ellos se pierden a sí mismos.

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