viernes, 28 de marzo de 2025

A veces no lo entiendo.


Habla raro. A veces no le entiendo. No por las palabras sino por la unión de lo que cuenta. Igual es difícil de explicar. El otro día, por ejemplo, me contaba que le gustaba escuchar la radio del vecino. No sé por qué me habló de eso, pero de pronto me encontré en medio de esa historia. Aunque claro, probablemente sea menos que una historia, en realidad. Una confesión, apenas. Me dijo que el vecino era un hombre mayor y que escuchaba apenas. Y que acostumbraba poner a gran volumen una radio vieja, sintonizando programas de esos que ya casi ni existen. De esos con noticias de zonas rurales y comentarios de noticias o situaciones que pueden ocurrir en cualquier lugar. El caso es que me cuenta que le gusta escuchar todo aquello. De hecho, me dijo que aquello le permite concentrarse en hacer lo que no le gusta hacer. Y claro, yo le pregunto qué es aquello y él cambia de tema. Habla de un viaje que hizo al norte, de un libro de un autor nórdico o de unas mandarinas que compró el domingo pasado y que no ha querido comer. Creo que le gustó tanto el aroma de estas últimas que no quería tocarlas, siquiera. Cómo sea, lo cierto es que habla raro. No miente, digamos, pero evade. Tiene derecho, por supuesto, así que lo dejo hacer. No me molesta, además, solo me extraño. De hecho, podría decir que escucharlo me apacigua. Y me permite a mí mismo pensar en otras cosas. Cosas concretas, me refiero. Cosas que extrañamente no puedo pensar cuando no oigo a alguien más hablar de la forma en que habla él. Arreglar una luz, por ejemplo, o botar algo que dejé hace semanas en el refrigerador. Unas mandarinas, por ejemplo. Un círculo vicioso, probablemente, pero sobre todo necesario. A veces no lo entiendo.

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