jueves, 13 de marzo de 2025

Una caligrafía ajena.



Una caligrafía ajena.

Sí.

Eso es lo que ves.

Te descubres observándola sin entender la razón.

Así y todo, no dejas de hacerlo.

Es como abrir el refrigerador para descubrir si tienes hambre.

No está ahí la respuesta, me refiero, pero de cierta forma la provoca.

Piensas esto, claro está, mientras observas.

Tu mirada no se ha alejado ni un momento de los signos en la hoja.

Y es extraño.

Y es que tienes el lápiz en la mano, pero no recuerdas del todo.

Vuelves a los signos, ahora.

A sus curvas.

Una caligrafía ajena, te dices, otra vez.

Te quedas ahí, frente a ella, repitiendo eso.

Como si estuvieses atrapado en la superficie de la hoja.

En los signos de la superficie, más bien, si somos precisos.

Eres un poco como esas moscas que quedan atrapadas en el papel con pegamento.

No reconoces esos signos.

Tampoco sabes si el contenido te es propio, o al menos común.

De hecho, quizá sea una exageración que hablemos del contenido.

Y es que no llegas ahí, en modo alguno.

Te detienes antes.

Te conformas pensando que es una caligrafía ajena.

No importa de quién.

Y menos qué comunica.

Como la primera vez que escuchaste tu voz, en una grabación.

Y es extraño, nuevamente.

Te quedas en el tono, quiero decir.

Y hasta te es cómodo que sea ajena.

Y es que así, puedes mirarla como se mira al mundo.

Sabiendo que no te pertenece.

Sabiendo que todo intento por acceder a su significado es prácticamente una batalla perdida.

Sí.

Eso es lo que ves.

Una caligrafía ajena, sin duda.

Signos mudos.

Signos que se quiebran, simplemente, como platos.

Y es que todo, al final, se quiebra como platos.

Incluso tú, aunque lo niegues.

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