Desenterrad nada, nos dijo. No hay tesoro. O sea, algo enterré, pero no es valioso. Lo enterré por eso, de hecho, justamente porque no lo era. Pueden dudar de mí, pero es cierto. Busquen si quieren, en todo caso. Encuentren huellas. Sigan rastros. Y claro: elijan un lugar. Solo entonces caven si creen que es necesario. Yo, por mi parte, no voy a seguir con mis consejos, pues probablemente piensen que intento hacer trampas. Que quiero disuadirlos para que el tesoro siga siendo mío o algo así. Lo importante es que tienen mala comprensión, por supuesto, si piensan eso. Y es que bajo tierra nada es mío. Nada es de nadie, en realidad. Incluso si encontramos algo, bajo tierra, desenterrarlo es siempre una pérdida de tiempo. Y es que nada pasa a ser nuestro simplemente por haberlo desenterrado. O en otras palabras: no son nunca pertenencias las cosas que encontramos bajo tierra. Y es por eso, claro está, que el valor se nos escapa. El valor de las cosas, me refiero. Y claro, no hay tesoro, en definitiva, cuando piensas de esta forma. O no hay tesoro bajo tierra, al menos. Puedes dejar la pala, no te miento. No es necesario que la cargues. Bajo tierra solo hay piedras y cadáveres. Solo eso, nada más. Una vez, según recuerdo, salió una noticia de un tipo que aseguraba haber encontrado su propio cadáver bajo tierra. No sé bien en qué se basó, pero recuerdo que decía que esos restos eran suyos. De igual forma, en todo caso, no eran valiosos esos huesos. No revelan nada nuevo, me refiero. Alguien los cargó por unos años, simplemente, y luego se abandonaron. Ambos se abandonaron, supongo. Uno al otro, quiero decir. Es así. Desenterrad nada, entonces, ya se los dije. No es bueno removever la tierra, además. Ni las palabras ni la tierra es bueno removerlas. Y es que no hay tesoro, a fin de cuentas. No hay tesoro.
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