I.
No exijo.
De verdad no exijo.
Pero de vez en cuando me gustaría que terminase por llegar algo que espero.
No hablo, por cierto, de algo en concreto o específico.
No tengo nada en mente, en realidad.
Así y todo, pienso que sería agradable que (sin exigir) llegase algo
que uno bien podría pedir a gritos.
No solo por pedir, claro está, sino por carecer de ese algo.
Pero claro… eso es casi como exigir y no lo quiero de esa forma.
Y es que quiero agradecer, tal vez.
Algo en mi interior, sospecho, ansía la gracia.
II.
Mientras espero que eso pase, sin embargo, no me quedo.
Camino, conozco… vitrineo un poco.
Nada en especial es lo que busco.
Tampoco lo hago con apuro.
Si hasta tumbas voy a ver.
De hecho, podría decir que el mundo entero se ha convertido, para mí,
en una especie de catálogo.
De todas formas, entro y salgo del catálogo como si mirase un refrigerador vacío.
Ningún dios es del color que busco.
III.
No exijo.
Pero ando por ahí buscando si alguien me entrega de pronto eso que busco.
No es que lo pida, siquiera, pero quién sabe.
Hoy mismo, por ejemplo, escucho a unas chicas hablando de algo extraño.
Discutían, o eso me pareció, sobre el color de los párpados por dentro.
Un color que no ve el ojo, por supuesto, o que no sabe que lo percibe.
Y claro, me quedé en esa frase como en una estación en la que de pronto se detiene el metro.
Por más tiempo del habitual, quiero decir.
Entonces, como no exigí que volviese a andar (y nadie lo hizo)
decidí aprovechar el tiempo y sincerarme un poco.
No exijo, me dije.
Todavía no exijo.
Y rompí de un solo golpe, el catálogo en dos.
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