I.
Vacío el árbol.
Así lo encuentras.
No sospechabas, pero ahora sí.
Más allá del árbol, incluso, sospechas ahora.
Y es que todo aparece sobrepuesto,
ante tus ojos,
como en una escenografía.
Así se manifiesta el mundo, a fin de cuentas.
No es tan malo, te dices.
No es tan malo como suena.
II.
Sin semillas.
Eso piensas.
No surgieron de semillas esos árboles.
Porque claro... ahora hay más.
No un bosque, pero sí unos cuántos.
Puedes ir entre ellos y contarlos, si así quieres.
Pero claro... finalmente ocurre que no quieres.
Los árboles no son para contarlos, me dices.
No se cuentan, por vacíos que estén.
III.
La corteza no basta.
No se sostiene, quiero decir.
No a sí misma, al menos.
Y mucho menos por sí misma.
Parece firme, pero se resquebraja.
Poco es, por sí sola.
Eso aprendes, antes de partir.
Luego partes.
IV.
Vacío.
Eso es lo que encuentras, si revisas.
Superficie únicamente.
Piel y ropas.
Raíces muertas.
Quién lo diría...
Y tú que querías ser parte de las cosas.
¡Cuánta ingenuidad, si te sorprendes!
¡Cuánta ingenuidad!
Así hasta que un día, sin percatarte, lo aceptas.
La vida sin semillas, me refiero.
Y la luz, incluso, como cáscara.
Ahora, algo se quiebra a lo lejos.
Eso escuchas.
No combates contra eso, por cierto.
No combates y está bien.
Árboles vacíos, simplemente.
Eso es, al menos, lo que observo.
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