miércoles, 5 de marzo de 2025

Casas mudas.


Ahí están.

Unas junto a otras.

Como si fueran una, casi.

Una hilera de casas, digo, ahora vacías.

No sabes para qué.

Dan sombra, es cierto.

Eso está bien.

Pero nada escuchas si pasas junto a ellas.

Casas mudas, entonces.

Firmes aún, pero mudas.

No tienen pulso, esas casas.

Seguramente, quién construyó olvidó algo.

Así las veo yo, al menos.

Como cuencas sin ojos.

O como bocas sin grito.

Casas mudas, en definitiva.

Casas con un silencio compartido.

Sin grandes daños, pero resecas por el sol.

Alguien ingenuo, estoy seguro, podría incluso pensar en restaurarlas.

Solo les falta pintura, diría.

Lo estructural parece bien.

Y claro, no es que eso fuese falso, pero es una verdad incompleta.

Una verdad muda, digamos, como las casas.

Concreta, por supuesto, pero muda.

Y nadie quiere a las casas mudas.

Su silencio incomoda más que el grito.

Y hasta sentimos que nos desprecia o nos acusa.

Por esto, tal vez, nadie viva en esas casas.

Las dejamos ahí, simplemente, como una piel abandonada.

Si pudiéramos, incluso, las echaríamos abajo.

O eso al menos creo yo.

No sé para qué, en todo caso, pero observo a los que pasan junto a ellas, y pienso eso.

Casas mudas, me digo.

Hileras de casas mudas.

Desde el principio, digamos, hasta el fin.

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