Trabajaba haciendo carteles.
O letreros, más bien.
Todo a la vieja usanza.
Recibía encargos y los pintaba a mano, me refiero.
Esto lo hacía sobre una amplia mesa de madera, en un galpón viejo.
El galpón, quedaba en las afueras del pueblo, junto a la carretera.
A veces, por temporadas, él también vivía en aquel lugar.
Los carteles, por cierto, solía hacerlos en metal.
Según decía, se dañaban menos que en otras superficies.
Pintaba el fondo por lo general con dos colores.
Luego seguía con las letras.
No usaba moldes ni repetía los letreros.
Sus trabajos eran únicos.
Prácticamente todos los letreros del pueblo habían sido hechos por él.
De hecho, tenían un estilo bastante parecido.
Como me vieron fotografiándolos, algunas personas me hablaron sobre ellos.
Los de fondo verde grisáceo los hizo cuando perdió a su esposa, me dijo el dueño de una ferretería.
Fueron como dos años de carteles con el fondo de ese color, comentó una mujer que vendía tortillas.
Tras esto, según entendí, la gente del pueblo habló con él y lo amenazaron con no hacer más encargos si no cambiaba esos colores.
Y claro, él se habría molestado un poco, pero luego lo hizo.
Yo creo que hasta lo salvamos y él no se dio ni cuenta, dijo un farmacéutico.
Suele ocurrir así, comenté yo, mientras le pedía a las personas que posaran también junto a algunos letreros.
Poco después, antes de volver a Santiago, pasé por el galpón y hablé brevemente con él.
Fue amable, dentro de todo, pero no me permitió tomar fotografías.
Ya al partir, le pedí que me vendiera un letrero.
Uno cualquiera, le dije.
Alguno que no hayan retirado o que tenga algún error.
Él asintió y luego de un rato volvió con uno, envuelto en periódicos.
Se lo pagué y me despedí.
Tras salir, desenvolví el letrero para ver qué decía.
“Siempre es temporada de caza”, estaba escrito en él.
Volví a envolverlo como pude y lo guardé entre mis cosas.
Finalmente, regresé a Santiago.
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