El coche no parte y no sabes. No sabes por qué, me refiero. Estás dentro y lo intentas hacer partir una y otra vez, sin lograrlo. Dejas de insistir entonces, por un momento. Podrían dedicarte a pensar qué le ocurre, pero lo cierto es que no sabes nada de autos. Nada de su mecánica, quiero decir. Nada de su funcionamiento. En este instante, por ejemplo, solo sabes que no parte. Que no quiere, digamos, echarse a andar. Así y todo permaneces dentro. Como si esperaras algo que no sabes. Algo que no sabes qué es, quiero decir. Entonces, respiras hondo y observas. Extrañamente, no fijas la vista en el interior ni en el exterior del auto. Tu observación apunta más bien a fijarse en el límite del auto. En el borde. En el lugar preciso en que termina el auto mismo y lo que existe fuera de él. Ahora, de cierta forma soy el auto, piensas. Soy el auto porque estoy dentro suyo, te dices, y al igual que él me he detenido. No partes, digamos. No te echas a andar. Si fueras el vehículo de alguien probablemente ese alguien estaría dentro tuyo, deteniéndose justo ahora, igual que tú. Y vaya uno a saber si mi piloto es también vehículo de otro piloto y todo ha comenzado a detenerse poco a poco. Todo quieto, pero a la vez todo unificándose en esa misma quietud. Y claro, el tiempo pasa y debieses estar pensando ahora en aquel sitio al que planeabas dirigirte. Un buen sitio, sin duda, aunque ahora no puedes recordarlo. Solo recuerdas que el coche debía partir y no parte. Y que, como dejaste pasar un tiempo ahora puedes volver a insistir, si así lo quieres. Lamentablemente, compruebas, el coche no parte en lo absoluto.No parte, digamos, y aún no sabes el por qué. Y eso te inquieta, por supuesto. Tampoco se echan a andar las respuestas, te dices. Todo falla un poco, pero está bien. Así, tranquilo, reclinas el asiento. Aprovechas de descansar un rato antes de volver a intentarlo. El coche no parte y no sabes, te digo entonces. Tú me observas. Y así.
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