sábado, 29 de marzo de 2025

Demasiados.



¿El problema?

El problema es que somos demasiados.

Y que somos demasiados usando demasiadas cosas.

Aclaro, sin embargo, que no es que esté en contra de las cosas.

Tampoco es que me queje de la abundancia de ellas.

Las cosas, de hecho, están bien.

Apruebo su existencia, digamos, sin reparos.

Aunque a nadie, por cierto, le interese lo más mínimo esta aprobación.

Dicho esto, me gustaría señalar que el problema no radica tampoco en nosotros mismos.

Ni siquiera en la demasiada cantidad de nosotros mismos, que mencionaba en un inicio.

Y es que puede sonar contradictorio, pero lo cierto es que el problema comienza cuando hablamos de usar las cosas.

Sí: recién entonces comienza.

Ese es el problema.

Esa es la raíz, digamos, del problema.

Usar las cosas.

Manipularlas al punto que creemos que han sido diseñadas para nuestro uso.

Y claro, ocurre entonces que colonizamos las cosas.

Les quitamos su independencia.

Las esclavizamos, incluso.

No reconocemos su derecho a ser cosas separadas de nosotros.

Negamos su derecho a existir por su propia cuenta.

Eso es lo que ocurre.

No reconocemos, en definitiva, la república de los objetos.

Y como somos demasiados, ocurre demasiado.

Y cada vez son menos las cosas que se mantienen puras.

Incorruptibles a nosotros, quiero decir.

Como cosas en sí mismas.

¿Cuál es el problema entonces?

¿Es uno, acaso, el problema?

Pues sí, les digo, es uno.

Aunque podemos decirlo de diferente forma:

La escasez de cosas sin uso.

La casi inexistencia de cosas puras.

La extinción de las cosas para sí mismas.

Puede usted incluso formular otra expresión, pero el problema seguirá siendo el mismo.

Y estará ahí.

Aunque finjamos, otra vez, no verlo.

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