I.
Entre otras cosas, me dijo que no era tan fácil. Que no había instrucciones. Que debía limitarme a improvisar, y nada más.
No hay una voz que te relata la vida, recuerdo que dijo aquella vez.
Pero mintió.
II.
Sí existe esa voz.
La voz que te relata la vida, quiero decir.
No es que te la anuncie ni que la dirija, simplemente la relata.
De esa forma existe.
Por un tiempo pensé que era mi propia voz, pero ya salí de ese error.
De hecho, he descubierto que mi voz intenta imitar a la otra, al menos en el tono:
“Un día Vian se detuvo a escuchar a esa voz que te relata la vida”, intenté decir.
Pero no sé imitarla, en el fondo.
Aunque lo intento.
III.
No es que me guste analizar aquellas cosas.
Pero, así y todo, debo confesar que vislumbré una razón.
Y claro, puedo estar equivocado, pero lo que descubrí, en principio, es esto:
Carezco de la honestidad de esa voz.
Me refiero a que, aunque lo intente, es imposible relatarse a uno mismo.
O se puede, tal vez, pero con engaños.
Así, el reverso de ese engaño me advierte, antes de seguir:
Relatarse a uno mismo es mentir.
No hay otra forma.
Luego, vuelvo de a poco a escuchar a la voz esa que te relata la vida.
Sabe de mí, me digo, pero no todo.
Y es que solo sabe, en definitiva, lo que se puede relatar.
Y eso, por supuesto, no es todo.
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