Como no sabe qué decir habla de cosas que no sabe. Sin pensarlo, lo hace. Sin planificarlo. Lo hace movido por los nervios y probablemente no haga daño. En ese sentido, al menos, no lo culpo. Después de todo, lo mismo hacemos todos.
Lo que me llama la atención, sin embargo, es aquello que dice. Frases específicas, quiero decir. No aquello de lo que habla, que por lo demás no existe. O para mí, al menos, no es claro. La construcción mínima entonces. Los ladrillos arrojados en cualquier dirección y que no construyen nada.
Esta vez, por ejemplo, entendió mal unas palabras y terminó diciendo que dios era un coágulo. No es que hablara sobre dios o sobre coágulos, pero de pronto eso es lo que dijo. Luego siguió con otras cosas y yo me quedé pegado en esa frase. Detenido en esas palabras que de pronto fueron para mí una especie de coágulo que detuvo en parte el flujo de palabras.
¿Te has dado cuenta que dijiste que dios es un coágulo?, le pregunté poco después.
Él me miró extrañado y lo negó, en principio. Luego, aceptó la posibilidad, y señaló que bien podría haber dicho eso como cualquier otra cosa. Que siempre le ocurre un poco así. Y que no es algo que se pueda tomar en serio.
Mientras él explicaba, por cierto, yo observaba.
Era extraño, pero sentía que algo se había detenido. O se había revelado detenido.
Y claro, como entonces no supe qué decir fue mi turno de comenzar a hablar cosas que no sé. O sea, a decirlas. Y como es tanto (lo que no sé) no me detuve y pasé de una a otra como si esa fuese una forma de sobrevivir. De entrar en calor para no congelarse. Hacer que las palabras fluyan como si ellas fuesen la sangre.
¿Como si ellas fuesen la sangre?, me interrumpieron.
Y yo observé y reí un poco porque no era distinto a todos.
Y también porque el mundo, aunque detenido, sabía disimular bien.
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