I.
Encontré bajo mi almohada los ojos de Edipo.
De pura casualidad los encontré.
Estaba buscando algo que ahora, ya no es importante.
Aunque lo fue.
Los ojos, por cierto, estaban intactos.
Sin heridas aparentes, me refiero.
Y me miraban, incluso, más asombrados que yo.
II.
Como era de noche decidí encender la luz, para observar mejor.
Lo hice.
Nos miramos un rato.
Nada decían, pero yo sabía que los conocía de algún lado.
Son los ojos de Edipo, descubrí entonces.
Supongo que no pude ocultar el asombro.
Ellos adivinaron y parecieron asentir.
Se produjo un silencio incómodo.
Disculpen el desorden, les dije.
Aunque ellos, ciertamente, no hacían caso de mi cuarto.
Solo me observaban a mí.
Por eso, repetí: disculpen el desorden.
III.
Parecían tranquilos, los ojos de Edipo.
Nada había en ellos que demostrara inquietud.
Me refiero a que no parecían tener culpa.
Y tampoco, en modo alguno, me estaban juzgando.
Así y todo, no sabía bien qué debía hacer.
De qué forma interactuar con ellos, quiero decir.
Además, como no estaban sus orejas, pensé que era inútil hablarles
o preguntarles cualquier cosa.
Igual, como están tapados por la almohada, no deben haber visto nada, me dije.
Eso me tranquilizó.
De hecho, fue por eso mismo que, tras unos minutos, decidí volver a taparlos.
Nada tienen que ver acá, me dije, para justificarme.
Tras esto, apoyé mi cabeza sobre la almohada que estaba sobre ellos.
Apagué la luz.
E intenté dormir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario