Una vez por año, aproximadamente, sueño que estoy en Pompeya.
El lugar exacto cambia, es cierto, pero sé que estoy en la ciudad poco antes de la erupción final del Vesubio.
Extrañamente, no nace en mí (en el sueño) el deseo de escapar de esa erupción.
Es decir, no siento deseos de correr hacia la costa o buscar algún refugio, sino que mis inquietudes toman más bien otro sentido.
Dicho sentido, por cierto, dice relación con la “postura” que tomaré al momento del contacto con la lava.
Con esto, no quiero decir que me interese adoptar o fingir una “postura” falsa, sino que hago referencia a la elección de la acción que realizaré al momento de ser abrasado por la materia expulsada por el volcán.
En otras palabras (y aunque parezca algo frívolo en primera instancia) lo que me inquieta es la forma que adoptaré para la posteridad.
Y es que será justamente la forma que adopte el cuerpo petrificado, lo que permitirá a otros, en el futuro, decidir quién era yo, qué hacía y hasta intuir mi historia.
Rotularme, digamos, a fin de cuentas.
Y claro, lo que me angustia del sueño es precisamente eso: poder facilitar (con mi postura) las pistas necesarias para propiciar una identificación correcta.
Ni siquiera para los otros, confieso, sino también para mí mismo.
¿En eso consiste el sueño, entonces?
Pues sí, en eso consiste.
No es que lo fabrique o lo busque, pero así lo enfrento, digamos.
Y sí… quince veces, calculo, he soñado ya que estoy en Pompeya.
Y la vida, en el sueño, no me queda bien.
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