lunes, 17 de marzo de 2025

Para que no escuchen los de atrás.



Voy a un bar donde toca un grupo que me recomendaron.

No iba a ir, en principio, pero el nombre del grupo me resultó llamativo: “Para que no escuchen los de atrás”.

Tocaban una especie de jazz fusión, aunque su mayor gracia no era precisamente el estilo de música que tocaban.

Digo esto porque lo que en realidad llamaba la atención del grupo -y que además explicaba su extraño nombre-, era que todos los temas que tocaban se percibían a un volumen extremadamente bajo, por lo que, efectivamente, era imposible de escuchar por aquellos que se encontraban más lejos del grupo, en el bar.

Estoy consciente, sin embargo, que hablar de volumen del sonido es una apreciación subjetiva, pero estoy seguro que si hubiésemos medido la intensidad, la presión del sonido o hasta el fon y el son de su música, estos habrían respaldado -hasta cierto punto, al menos-, mis primeras apreciaciones.

-Siempre tocan bajito -me comentó alguien, casi en un susurro-, como si no quisiesen incomodar a nadie…

Yo asentí.

-A veces imagino que son unos adolescentes ensayando a escondidas en la casa de sus padres -agregó luego la misma persona-, o imagino que están contando una especie de secreto, en un lenguaje extraño… imposible de amplificar.

-Ya... -dije yo, mientras le hacía un gesto para que dejase de hablar.

No es que me molestasen sus explicaciones, por cierto, pero lo cierto es que uno dejaba de escuchar la música del grupo, si uno prestaba atención a algo más.

El grupo siguió así, extendiendo su música por casi dos horas, con breves pausas entre tema y tema hasta que anunciaron que cerrarían el local.

Los que estaban ahí cuando se despidieron, aplaudieron muy bajito, aunque largo rato.

Yo, como lo encontré un poco injusto, intenté aplaudir un poco más fuerte, pero los mismos integrantes me hicieron callar.

-Para que no escuchen los de atrás -dijo uno, sonriendo.

Eso les quería contar.

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