jueves, 13 de marzo de 2014

Nadie que pueda reclamarlas.


Una vez quise escribir un cuento sobre un hombre que miraba cómo hervía el agua. Parado junto a la cocina, dejándola hervir, simplemente.  

Lamentablemente, el cuento que hice esa vez quedó horrible.

Y es que además de no existir reflexiones o ideas de importancia, la única acción que probablemente desarrollaba el hombre, aparte de mirar el agua hervir, era dudar por un momento si metía el dedo o no, al agua hirviendo.

Con todo, esa vez envié el cuento a un concurso en el que salí segundo.

Lo chistoso fue que el cuento que salió primero era de un hombre mirando algo que creía era un ovni y el tercero de una vaca que miraba una piedra llena de bichos, que alguien había volteado cerca de ella.

Cómo sea… el punto es que esa vez nos hicieron leer nuestros textos en voz alta y descubrimos que eran demasiado similares.

Y claro, hasta nos avergonzamos un poco pues era difícil explicar la situación ante los demás.

Obviamente –pues nadie se preocupa realmente de estas cosas-, el asunto no pasó a mayores y terminamos los tres tomando unas cervezas en un bar cercano al lugar de premiación.

Por último, a partir de un acuerdo, los tres dejamos en el bar las medallas que nos habían regalado.

Así, resulta que hasta el día de hoy están las tres, colgando junto a una mesa, cerca del lugar donde bebimos.

Ya no hay nadie que pueda reclamarlas.

3 comentarios:

  1. Por qué no me sorprende tu respuesta?... Está bien, comenzaré una expedición en busca de las medallas perdidas... por dios que me va a salir caro :/

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