domingo, 2 de junio de 2013

Amanece y riego las plantas.


Amanece y riego las plantas.

Lo hago porque me hace bien.

Siempre dudo un segundo, mirándolas.

Hasta que decido regarlas.

A veces parece que no lo necesitan.

A veces estoy cansado, es cierto.

Pero ese segundo siempre hace en mí el mismo efecto.

Con todo, no es fácil decidir hacerlo.

Y es que hoy, el cuerpo se queda inmóvil, igual que lo que hay dentro.

Y hasta esa pequeña acción tiene un peso amargo.

Un gran peso amargo.

No sería un buen Dios, pienso entonces.

Además, no basta con regarlas.

De hecho, quizá ser honesto sea justamente no regarlas.

Dejarlas ahí, me refiero.

Verlas morir de a poco, cada mañana.

Es decir… nadie condena por eso.

Y claro… todos lo hacen, además, de una forma u otra.

Ver morir, me refiero.

Ver morir.

Una vez de chico, mirando las estrellas, pensaba eso.

Concentrado mirando las más débiles, hasta verlas desaparecer.

Yo era testigo de esas muertes, pensaba.

Y sentía algo así como un secreto.

Un secreto que era además una sensación extraña.

Ajena y propia… intransmisible.

Satisfacción y culpa en ver morir.

Comprensión e incomprensión, al mismo tiempo.

Eso recuerdo mientras estoy frente a las plantas… frente al espejo incluso…

Entonces, abro la llave, y dejo correr el agua.

El agua se va así, pura, por una alcantarilla oscura hasta mezclarse con más agua.


Si existe, Dios debe tener, una bondad infinita.

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