martes, 27 de mayo de 2014

Clavos.



Tocan el timbre y salgo a la puerta. Saludo. Es un vendedor. Se presenta y me dice que observe su mercadería. Yo me acerco y observo. Es un vendedor de clavos. Me dice que tiene de varias medidas, pero me recomienda los de cinco pulgadas. Si hubiesen usado de estos hace dos mil años, me dice, a Cristo no lo desclavan. Yo asiento. Él, entonces, hace un recorrido por el desarrollo histórico del clavo. Micenas, Babilonia, antiguos Olmecas. Algunos datos me suenan falsos, pero prefiero no cuestionar nada. Luego entrega precios, menciona algo sobre unas garantías y me pregunta cuántos gramos quiero. ¿Un kilo?, pregunta. ¿Está bien con un kilo? Yo digo que no. Me demoro un poco, pero digo que no. Que no los necesito. El hombre insiste. Se molesta. Alza la voz. Dice que ninguneo los clavos. Que no sé mirar el mundo. Grita y se ofusca señalando que estamos colgados de clavos. Hasta Dios fue una figura borrosa colgando del clavo más alto, me dice. Yo lo escucho y permanezco tranquilo. Entonces recuerdo un cuadro. Uno que siempre aparecía inclinado cada mañana, cuando era pequeño. Estaba en un pasillo. Hasta me echaban la culpa de que yo lo movía, pero nunca lo hice. Nunca salvo enderezarlo, claro. El cuadro colgaba de un clavo, por cierto. Tras analizarlo mucho, recuerdo haber concluido que el cuadro se movía porque su equilibrio era perfecto. Es decir, solo porque el mundo giraba y el cuadro era sensible a dicho movimiento. Una estupidez, quizá, pero es lo que pensaba. Se acabó el recuerdo. Entonces volví a fijarme en el vendedor que seguía gritando. Ahora me acusaba diciendo que carecía de fuerza, que yo era de aquellos que no necesitan clavos pues carecemos también de valor para agujerear el mundo. Esperé que dijera todo lo que quisiera decir. No discutí con él sobre sus apreciaciones. Por último, cuando se calmó, le ofrecí una cerveza en lata para que se llevara para el camino. El hombre aceptó. Fui hasta la nevera a buscarla y vi que solo quedaba una. Helada. Me arrepentí. Luego, regresé con el vendedor y le propuse una apuesta. Él se lo pensó un poco, en silencio. Su rostro era extraño y me percaté de una cicatriz que tenía en la frente. Esta farsa es insostenible, me dijo. Tenemos que hablar.

2 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

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  2. Lo censuré, señor Gordo. Aunque está en lo cierto.

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